Portada del relato El Último Susurro de las Montañas Olvidadas
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Fragmento:


—¿Tienes miedo? —preguntó una vocecilla irritante desde lo alto del hombro de Kressil.

Duración: 09:29

El Último Susurro de las Montañas Olvidadas
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Texto de ajuste de pausa.

Los nombres eran importantes en el mundo de Faraen, porque un nombre decidía más destinos que una espada filosa o un mago de mal humor. Esto lo recordaba bien Kressil (y, para que conste, Kressil había tenido que corregir la pronunciación de su propio nombre más veces de las que podía contar con todos los dedos de manos y pies, incluyendo las dos que le faltaban). Era una noche negra, tan negra que incluso la luna, así de atrevida, se negaba a salir, y nadie sensato nombraba esa oscuridad en voz alta, por miedo a que respondiera.

Kressil avanzaba a trompicones por la senda de los Everond, que no era realmente una senda, ni particularmente de los Everond, pero las cosas que caminaban sobre ella tampoco eran particularmente amigables, así que el nombre permanecía porque así lo habían decidido los aldeanos de Tesca, probablemente después de una buena borrachera. Al fin y al cabo, los Tescanos consideraban que una jarra de hidromiel podía solucionar cualquier problema, incluida la amenaza de las Montañas Olvidadas que se alzaban como dientes rotos sobre la llanura.

Las Montañas Olvidadas, lugar de leyendas y de pérdidas irreparables. Se decía que todo aquel lo suficientemente estúpido como para entrar allí por la noche (lo que, para ser honestos, equivalía a decir “cualquier aventurero con más valor que sentido común”) acabaría encontrando algo que buscaba, o algo que nunca quiso encontrar.

—¿Tienes miedo? —preguntó una vocecilla irritante desde lo alto del hombro de Kressil.

Era Lohen, el cuervo de jade. Así lo llamaban porque, en efecto, era completamente verde (excepto los días de mala digestión, en los que adquiría un tono entre esmeralda gastada y vómito trasnochador). También hablaba mucho, pero ese era un problema menos frecuente. Los cuervos en Faraen no hablaban comúnmente; sólo aquellos que habían sido víctimas de extrañas magias, relaciones incestuosas con deidades menores, o, como en el caso de Lohen, una apuesta demasiado osada contra un duende con buen oído musical y pésimo sentido del humor.

—No. —mintió Kressil, aunque ambos sabían que estaba mintiendo.

—Mientes peor que un dragón hambriento en ayunas —refunfuñó Lohen, agitando las alas para asentarse mejor—. Y hueles casi tan mal.

—Eso fue hace tres días, y no fue mi culpa. El trol ese tenía más ajo que cerebro —dijo Kressil, poniéndose a resguardo detrás de una roca mientras una ráfaga de viento helado barría la senda de los Everond.

Lohen sacudió la cabeza, lo que resultaba bastante impresionante para un cuervo de jade: el crujido de su cuello sonaba como cascabeles de cristal.

—Recuerda por qué estamos aquí. Si tu teoría es correcta, el Tribunal está cerca. Y no aceptan excusas. Tampoco aceptan sobornos, ni acertijos, ni... bueno, nada que implique escaparse por la tangente.

Kressil resopló, encogiéndose en su leve capa de lana, y avanzó. El Tribunal de las Sombras Lúcidas. El nombre sonaba como algo que sólo un poeta con resaca y mala leche podría inventar, pero era real. La misión era sencilla: encontrar la Piedra del Suspiro y devolverla a la Gran Maestra Lira, quien, por cierto, era tan encantadora como una jaula de erizos en celo.

La leyenda decía que la Piedra del Suspiro era capaz de congelar a cualquier corazón que albergase odio, miedo o, para algunos seamos sinceros, cuentas pendientes con las tabernas de la región. Kressil tenía todas esas cosas, y algunas más. Por eso necesitaba a Lohen: un cuervo de jade con un pico para alegatos y un historial limpio en robos de joyas malditas. Bueno, más o menos limpio.

Avanzaron entre los riscos y los matorrales resecos. La luna, en algún momento, decidió echar un vistazo, y asomó un ojo tímido tras el emparrado de nubes. Esa luz bastó para que Kressil distinguiera lo imposible: a media docena de pasos, la senda desaparecía, como si el mundo hubiese decidido cansarse y tomarse un descanso, dejando un borde tan abrupto que hasta las rocas parecían asustadas de precipitarse en el vacío.

Allí, de pie, esperaban tres figuras. Tres, como los dedos de una mano (pero no la de Kressil, más bien la de cualquier otro), envueltas en túnicas que ondulaban como si el viento soplase desde dentro.

—Tribunal —susurró Lohen con una reverencia. No era fácil para un pájaro, pero nadie en su sano juicio ignoraba las buenas maneras que se esperaban ante entidades ancestrales, ni siquiera un cuervo cuya dieta incluía ocasionalmente chinches.

La figura central levitó unos centímetros, en un gesto de autoridad poco sutil. Los miembros del Tribunal hablaban con voces múltiples, que oscilaban entre lo secular y lo ridículamente metafísico.

—Has venido a buscar la Piedra del Suspiro.

No era una pregunta, era una declaración que pesaba como una losa.

Kressil bajó la mirada, notando que sus pies (al menos el que le quedaba entero) temblaban ligeramente.

—Vengo… en nombre de la Gran Maestra Lira de Tesca. El reino está en peligro, y la Piedra podría salvarnos.

La figura de la izquierda se giró apenas, como un cuervo que observa un cadáver particularmente apestoso.

—¿Y crees merecerte el don, Kressil de Tesca? Conoces el precio.

Era cierto. Ningún don mágico en Faraen se otorgaba gratis. Si algo había aprendido Kressil en sus años de aventurero (y sus cicatrices así lo atestiguaban) era que cada milagro tenía su factura, y los cobros del Tribunal no aceptaban pagarés.

—Estoy dispuesto a pagarlo. —Y entonces Kressil comprendió que acababa de decir la frase que ninguna persona sensata debería pronunciar jamás.

La figura de la derecha, pálida como la memoria de una culpa, extendió un brazo descarnado y señaló un pozo en mitad del risco. La luz de la luna tembló como un corazón en ayunas.

El pozo era tan negro que daba la impresión de que no sólo devoraba luz, sino también esperanza y, de vez en cuando, alguna que otra cabra extraviada.

—Cada aspirante deja en el pozo aquello que más atesora —entonó el Tribunal—. Sólo entonces la Piedra decidirá si eres digno.

Aquello, pensó Kressil, no se parecía en nada a lo que las canciones de taberna contaban. Según las historias, uno debía luchar contra un demonio o recitar acertijos caprichosos. Aquí, la épica era emocional, y todos sabían que las emociones bien cocidas solían indigestar incluso a los héroes más experimentados.

Por supuesto, la pregunta era: ¿qué atesoraba Kressil? Había perdido dedos, amigos, propiedades, incluso la dignidad en una ocasión memorable en la taberna de Las Siete Sierpes (aconsejable no pedir la bebida “Sangre de Basilisco”). Lo único que aún le quedaba era el pedazo de amuleto colgando de su cuello: una baratija dorada, sin valor aparente, pero que había pertenecido a la persona más importante de su vida.

Miró a Lohen, que le observó con un ojo de jade lleno de resignación.

—Si lo tiras, no podré volver a verte, lo sabes —susurró el cuervo—. Es el vínculo. Sin él, me deshago… o me transformo en lechuza albina, y francamente odio las lechuzas.

Kressil tragó saliva, notando cómo la garganta se le cerraba. Pero el reino necesitaba la Piedra. Tesca estaba sitiada por una marea de bestias nocturnas y por los fantasmas del pasado. La decisión debía ser tomada… y, como todos los que desafían la fantasía épica ante el Tribunal, tomó la peor.

Desató el amuleto, sus dedos trabajando lentamente, con una torpeza que no era física sino pura vacilación emocional. Lohen esperaba, sin intentar disuadirle, porque los cuervos saben que el destino es un lugar donde uno llega solo, aunque vaya en grupo.

Cuando el amuleto cayó al pozo, el sonido que siguió no fue el de un metal golpeando el fondo, sino un suspiro. Fue tan real, tan humano, que Kressil sintió una lágrima quemando el borde del ojo.

El aire se llenó de luz. Las figuras del Tribunal levantaron las manos, y la niebla se apartó como un telón, revelando un pedestal en el centro del vacío. Sobre él, la Piedra del Suspiro refulgía con un brillo azulado, frío y sereno como la venganza de los mares.

—Has pagado el precio. Llévala, intrépido, pero recuerda: quien entrega lo más preciado, en realidad, se despoja de sí mismo —dijeron las voces, que ahora sonaban a niños y ancianos, a almas extraviadas y a amantes despechados.

Kressil cogió la piedra. El contacto era gélido, pero su determinación era más fría.

Dio la vuelta, bajando con pasos pesados. Lohen, fiel hasta el último grano de magia, fue desdibujándose por el camino, una sombra verde que sólo existía en los recuerdos dorados y en los cuentos que nadie cree, hasta que desapareció bajo la primera luz rojiza del alba.

El regreso a Tesca fue silencioso. Nadie esperaba que regresara, y los que apostaron que no lo haría se lamentaron con tragos amargos y promesas de no volver a fiarse de las probabilidades. Kressil entregó la Piedra a la Gran Maestra Lira, y el reino fue salvado… aunque nunca supieron el costo real de la salvación.

Esa noche, mientras las campanas sonaban y la gente celebraba la tregua, Kressil se sentó solo en el tejado de la posada. Lo único que le quedaba eran los ecos de un amigo caído en el pozo, la certeza de que había hecho lo correcto, y la amarga lucidez de que sólo la perdida da verdadero significado a los nombres, y a las leyendas.

Y en algún lugar de las Montañas Olvidadas, puede que un cuervo de jade, translúcido y olvidado, cante todavía la verdadera versión del cuento.

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