Bajo el cielo de cobalto, donde los vientos giran portando aromas de resina y de mar helado, se extiendía la muralla de Festar. La piedra era negra —demasiado negra para haber sido labrada por manos humanas— y, a lo largo de generaciones, ningún hombre había encontrado su final ni encontrado su principio. Algunos decían que Festar era el esqueleto de un dios caído, conservado como mensaje para los siglos venideros. Otros, menos predispuestos a la poesía y más a la desesperanza, la consideraban una prisión: el lugar donde todo comienza y concluye, o donde nada es real. Y esa mañana, cuando el sol apenas pintaba líneas violetas en la neblina, la muralla tembló.
Mi nombre es Erulei, y aquel fue el día en que sufrí la primera herida que no cicatriza.
En Festar todo guarda secretos. Al salir de la Torre de los Cronistas —siendo yo aún aprendiz, con mis túnicas apenas limpias, la pluma prestada y la memoria entrenada— aprendí que la ciudad misma susurra las historias para quien sabe escuchar. Mis oídos estaban aún poco acostumbrados a la verdad.
La plaza central admitía a los congregados esa mañana, formada por círculos concéntricos grabados en basalto antiguo. El lugar estaba repleto: mercaderes, caballeros de los clanes del Foso, mujeres de la Casa Cantora, allí reunidos por una tirana impaciencia. Algo había sucedido en la noche. Los rumores bailaban, dispersos, de boca en boca como el polen: “La torre ha hablado”, decían; “las raíces se han agitado”; “el norte ha despertado”.
A mi lado, el viejo Rewes ajustaba su cinturón de runas con dedos artríticos. Su mirada de cuervo sobreviviente me atravesó mientras entregaba la primera verdad del día:
—No busques saber, Erulei. Cuando los ancestros hablan, suelen pedir un precio.
Pero mi vida jamás se trató de ignorar los riesgos. Había venido a la Plaza del Nudo en búsqueda de historias. En ese rincón donde la niebla choca con la roca, las historias exigen ser escuchadas.
Fue la suma sacerdotisa la que apareció sobre el estrado circular, en medio de la multitud, envuelta en ropas plateadas bordadas con la runa de la raíz enroscada. Voces viejas, casi olvidadas, pareció que ascendían en torno a ella. Su cabello descendía como lianas, sus manos temblaban con el peso del tiempo.
—El Muro ha cedido —anunció en voz clara, que se sintió como un golpe de martillo en el pecho de todos—. La grieta se extiende. Y lo que duerme en la Tierra Profunda comienza a recordar nuestros nombres.
El silencio fue absoluto. En Festar, esa frase era una sentencia. Significaba hambre, significaba guerra.
Recuerdo el rostro del capitán Voran, endurecido bajo la barba escarchada. Recuerdo también su mirada de amargo presentimiento cuando dirigió la palabra a la asamblea:
—La grieta ha sido tocada. Hemos hallado huellas impresas en la obsidiana, más grandes que cualquier pie de hombre. Algo ha subido... o algo despertó y aún no se dejó ver.
Había miedo, sí, pero el miedo puede ser combustible. Los clanes del Foso discutieron entre sí, los mercaderes cuchichearon propuestas para fortificar las bodegas, la Casa Cantora entonó un breve lamento ancestral. Yo, por mi parte, sentí una urgencia: registrar, atesorar, presenciar. Lo que estaba por venir sería materia de leyenda, y toda leyenda canta más alto cuando nadie quiere escucharla.
No fue hasta el crepúsculo cuando la puerta sur del Muro se abrió para mí. Rewes, viejo y cansado, aceptó acompañarme portando el báculo heráldico de los Cronistas de Festar. Éramos dos sombras en acecho, cruzando el corredor vocalizado por ecos, descendiendo hacia la grieta donde la piedra mostraba sangre antigua y las raíces forzaban la roca. Llevábamos amuletos de hueso y una linterna nutrida de esencia de pez-luz.
Al llegar a la grieta, el aire tenía un extraño aroma—agrio, viscoso, lleno de reminiscencia marina aunque el mar quedaba a semanas de distancia. Los surcos sobre la piedra despedían un tenue resplandor, y un musgo blanco, poco común, crecía allí aceleradamente.
—No lo toques —susurró Rewes—. Es memoria cristalizada. Tocar el musgo de ruptura te devuelve sueños que no te pertenecen.
Pero yo no era una aprendiz que obedeciera sin preguntas. Me arrodillé e inspeccioné la grieta. Allí, justo en el borde, pude distinguir las huellas: tres garras, profundas, como si un ave monstruosa hubiera trepado desde algún vientre subterráneo. Pero lo peor no era lo que veíamos, sino lo que sentíamos: un frío que subía por la piel, penetrante, aletargante, desvinculado del aire. Era como si la tierra misma temblara de fiebre invisible.
Pero no pude apartar la mirada. Había un fulgor en el fondo de la grieta, latente. Dos ojos —o dos carbones— observándome desde la oscuridad, como si estuvieran esperando que dijera algo.
Fue entonces que el grito llegó:
—¡Aguas arriba! ¡Han cruzado la barrera!
Ecos de pasos y el estrépito de armas corriendo hacia el Muro. Por un instante, vi la vida de Festar en los rostros de los soldados que bramaban y los himnos de batalla entonados para infundir coraje en el corazón de los suyos. El trueno de tambores ancestrales vibró en la piedra, y la grieta pareció abrir la boca en una mueca depredadora.
Rewes me empujó:
—¡Erulei, aléjate!
Pero yo no podía irme. Porque, en esa grieta, en esa promesa de oscuridad, algo me llamaba por mi nombre, un nombre que no era solo humano.
Cerré los ojos y sentí el mundo girar dentro de mí. Imaginen la resonancia de la sangre antigua recorriendo los nervios de la tierra… una voz, extrañamente familiar, comenzó a hablar a través de mi piel.
—Nos olvidaron. Pero recordamos cada nombre, cada deuda, cada traición…
Visiones asaltaron mi mente: ramas de árboles muertos volando, caballos sumergidos bajo sombra, niños con ojos prístinos y labios sellados.
Cuando todo terminó, estaba temblando, y la voz ya solo era eco. Pero algo había cambiado en mí. No podía, ni quería, apartar la mirada de esa grieta. Incluso ahora, mientras escribo esto siglos después, mi mano duda y el pulso me recuerda: “Eres visto”.
Los clanes del Foso lucharon esa noche. Dragones oscuros —o lo que quedaba de ellos— ascendieron desde aquel abismo, envueltos en vapor y sueños rotos. Hierros mágicos se partieron; las palabras antiguas sangraron de labios ahora mudos. Festar resistió, pero el precio fue alto: la lluvia que llegó después tuvo gusto a ceniza, y los Campos del Norte se pardearon, infértiles.
Y la grieta… siguió allí.
Nos convertimos en un pueblo de centinelas. Teníamos memoria, por fin. Con el paso de los años, la batalla se congeló en cantos, en rituales y en cicatrices. Los jóvenes aprendieron a mirar la muralla como frontera y advertencia, no como promesa.
En lugar de una gran victoria, recibimos una gran lección: algunas puertas existen solo para recordarnos cuán pequeña es nuestra voluntad, cuán breve es nuestra permanencia. Mi propio cuerpo cambió; el frío de la grieta nunca me abandonó del todo. Algunos decían que me volví más sabio… yo sé que me volví más quebrado. Pues cuando Festar perdió parte de su inocencia, yo también la perdí, y en ese despojo hallé el verdadero deber: recordar.
He aquí lo esencial: las murallas no siempre nos protegen. A veces, nos contienen para que algo en nuestro interior despierte; a veces, retienen nuestras lealtades viejas y nuestros miedos más honestos. El mundo no olvidará lo que surgió de la grieta porque, cada ciertos siglos, la grieta hablará de nuevo, buscando un oyente dispuesto a convertirse en parte de su historia.
Y yo, Erulei, aun hoy guardiana de la memoria, custodio la grieta en el Muro. Paso mis días recogiendo verbos, cicatrices y secretos, e interrogo mi reflejo en el espejo de obsidiana:
¿Vendrá otra grieta?
¿Un nuevo despertar?
La respuesta no está en los augurios ni en los juramentos. Está en el temblor que recorre la piedra bajo mis pies, en la sospecha de que no estamos solos y de que nunca lo estuvimos. Festar sigue en pie —oscura, pétrea, paciente— y mientras la muralla recuerde, yo también recordaré.
En una ciudad que vive de murmullos, a veces los ecos son la única verdad.
***
Así concluye mi crónica. Guárdala bien, lector; podría ser que el próximo ciclo tenga tu voz como testigo, quizás tu sombra como heredera de una grieta aún mayor. Nada duerme para siempre bajo Festar, y los nombres… los nombres nunca se olvidan.
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