Portada del relato La noche de los umbrales
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Fragmento:


El códice, atado con férreas correas, colgaba de su hombro y pesaba como una culpa añeja: era un volumen perdido, escrito en una lengua de símbolos curvos que a veces, por las noches, parecía susurrar. Zerrar no sabía bien por qué había aceptado llevarlo a la Abadía de Piere, salvo por la promesa de la abadesa: “En su herida encontrarás tu respuesta. Nadie puede soportar mucho tiempo una herida no resuelta.” Así, insomne y escéptico, había partido antes del alba.

Duración: 07:59

La noche de los umbrales
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Texto de ajuste de pausa.

El pacto de los centinelas sin rostro

El Salón Verde y sus silencios

Corría un viento frío por los páramos de Riget tan solo unas noches después del último equinoccio, cuando el corazón de la tierra aún conservaba el calor de la cosecha y las manos de los granjeros, enrojecidas y agrietadas, buscaban abrigo entre las capas de lana mojada. Zerrar, el discípulo menos prometedor del Arzobispo de Estrellas, caminaba con pasos torpes por una senda antigua, cubierta de sigilo y arenilla, que pocos en el reino del Norte osaban recorrer ni siquiera de día.

El códice, atado con férreas correas, colgaba de su hombro y pesaba como una culpa añeja: era un volumen perdido, escrito en una lengua de símbolos curvos que a veces, por las noches, parecía susurrar. Zerrar no sabía bien por qué había aceptado llevarlo a la Abadía de Piere, salvo por la promesa de la abadesa: “En su herida encontrarás tu respuesta. Nadie puede soportar mucho tiempo una herida no resuelta.” Así, insomne y escéptico, había partido antes del alba.

El camino ascendía entre hayedos y robles, pero a medida que remontaba la senda, los árboles se transformaban, sus cortezas hinchándose como si retuvieran el latido de algo oculto bajo sus raíces. Pronto las copas tejieron un techo rígido y mortecino, donde ni las luciérnagas se atrevían a aventurarse. Zerrar sentía el peso de la vigilancia en su nuca; la llevaba a cuestas desde la Villa de los Cánticos, donde las viejas hablaban de un umbral invisible al norte, sellado por manos sin nombre desde la fundación del primer monasterio.

Quizá el relato era cierto, quizá no. Pero cuando dobló la última curva y vio frente a sí la explanada de la Abadía, supo sin entender cómo que toda la verdad que necesitaba estaba aguardando, imperturbable, entre aquellas piedras manchadas de musgo.

La Abadía de Piere no era como la había imaginado a partir de los dibujos en el códice: no era imponente ni tallada en alabastro, sino baja, poco más que un conjunto de salones pegados como ostras al corazón de una colina extrañamente regular. En su entrada principal, una inmensa puerta de piedra negra, sin herrajes ni buril, se insertaba en el muro. Nadie parecía custodiarla, pero la presencia que exhalaba era suficiente para desalentar cualquier paso innecesario. A su derecha, anidaban otras tres puertas: una de cobre antiguo, otra de madera sigilosa, y la última, apenas visible, parecía estar hecha de la misma niebla que rodeaba el lugar. Todas estaban cerradas firmemente.

Era sabido entre los cronistas que la puerta negra jamás había sido abierta desde que la memoria de los hombres la recordaba. Se decía que alguna vez fue un paso franco, una invitación de los antiguos para cruzar el umbral y ver “la otra obra de los dioses”. Pero tras el Crepúsculo de los Mayores, uno de esos olvidados horrores que sólo se menciona en altares cubiertos de polvo, la puerta fue sellada. Siglos después, nadie sabía ya si protegía al mundo de su interior, o protegía su interior del mundo.

Zerrar sintió el impulso de dejar el códice y huir, pero su orgullo—más aún que su curiosidad—lo detuvo. Se acercó a la entrada secundaria donde, según le habían indicado, la abadesa recibiría a su mensajero. Golpeó, no una vez, sino tres, posando la mano izquierda sobre el cobre de la aldaba. El frío del metal se le metió bajo la piel, ligero y punzante.

Abrieron. La abadesa no era una anciana de manos huesudas, sino una mujer de sonrisa triste y cabellos trenzados sobre la frente. La miró como si supiera los pensamientos que sacudían su sencillez.

- Has traído el libro —dijo, extendiendo la palma.

Zerrar lo entregó y, al hacerlo, las letras en el lomo del códice centellearon apenas. La abadesa acarició la tapa, y en su voz se mezclaron compasión y fatiga.

- Los sellos se debilitan —dijo—. Y algunos creen que deben romperse.

- ¿Romperlos? —preguntó Zerrar—. En la villa aún recuerdan al último que lo intentó. Cuentan que, durante el Llamado del Noveno Cuervo, gritó tal que la campana oeste se cuarteó, y ningún bronce se ha fundido igual desde entonces.

La abadesa asintió, guiándolo tras de sí por pasillos angostos. Aquí el aire se volvía cada vez menos humano y más mineral, y los techos descendían mientras avanzaban, como si las entrañas del monte renegaran de su visita. Por fin, ella se detuvo frente a una pequeña puerta de marfil resquebrajado. Detrás palpitaba un resplandor pálido.

- Entra. Debes ver.

Zerrar cruzó el umbral y se topó con un recinto redondo: en su centro, cinco efigies alzaban manos mutiladas hacia la bóveda, dispuestas en círculo alrededor de una piedra encajada en el suelo. Las efigies no tenían rostros; sólo la impresión, apenas sugerida, de bocas abiertas en mudo asombro, quizás terror.

- A cada puerta, un guardián. Cada guardián, un juramento —explicó la abadesa—. Cuando uno de los sellos fue traicionado… fue necesaria la mutilación simbólica, para que jamás pudieran volver a reclamar ni abrir con vida las Puertas.

Zerrar palmeó una de esas manos de piedra. Estaba caliente.

- Si nadie recuerda quién selló las Puertas, ¿quién podría abrirlas?

- Hay quienes recuerdan. No por elección propia, tampoco por linaje, sino por heridas. Heridas que no cierran y, de tanto doler, se vuelven llamadas.

Era una fábula inquietante, pero Zerrar vio en los ojos de la abadesa esa sinceridad que nada tiene que ver con la fe o la devoción, sino con una fatiga que sólo deja el haber visto a muchos intentarlo y fallar, a muchos querer y perderse en el intento.

- ¿Y si la herida es demasiado grande? ¿Si la llamada es más fuerte que la vigilancia?

La abadesa no respondió. En cambio, lo condujo de nuevo al vestíbulo, justo frente a la puerta negra, donde otra figura los aguardaba. Era un hombre alto, vestido con ropas de lana y cuero, del color del polvo viejo. Zerrar adivinó por los cabellos ralos y la expresión hosca que debía ser uno de los “Vigilantes sin Rostro”, aquellos que dedicaban su vida a contemplar las puertas desde este lado, para impedir tentaciones y, llegado el caso, sellar el umbral con sus cuerpos.

El Vigilante habló con voz grave:

- El dolor de los vivos llama a lo que acecha tras esta puerta. Y los muertos sólo vigilan. Pero hay noches, señor, en que incluso los Vigilantes titubean.

Permanecieron los tres un instante en silencio. Fue entonces cuando, muy lejos, sonó un lamento broncíneo: la campana oeste, la campana hendida, rotó en la torre como si lo último que le quedara fuera un eco terco y resentido.

La abadesa apoyó una mano en el hombro de Zerrar.

- Llevarás contigo la llave —dijo—. No forjarás un metal nuevo, ni aprenderás rituales olvidados. Llevarás la herida y la respuesta, y recordarás a quién debes tendérsela si la tentación resulta más fuerte que la vigilancia.

Zerrar, que jamás había comprendido del todo el abismo que latía bajo su torpe ambición, sintió entonces una certeza lenta y temible. No hay sellos eternos, pensó, sólo promesas agotadas y vigilias que se heredan. Quizás, en cada generación, algo nuevo intenta salir y algo cansado debe impedirlo. Quizá por eso las Puertas seguirán selladas mucho después de que él y la Abadesa sean polvo y olvido.

Por la noche, cuando sintió la llamada del dolor en su costado—la vieja herida de la adolescencia, nunca del todo curada—, comprendió la verdad del lugar. Él mismo era la siguiente puerta sellada: todo hombre y mujer que carga una herida no resuelta, todo aquel que resiste la tentación de abrirse a lo incomprensible y lo atroz, es, a su manera, un sello más en el gran umbral de la existencia.

La luna trepaba sobre el tejado mohoso de la abadía, y Zerrar, ahora custodio involuntario, supo que la vigilia apenas comenzaba. Maldeciría cada noche su destino, sí; pero también comprendería, en los instantes de mayor soledad, que el verdadero poder de un guardián yace no en su fuerza para cerrar puertas, sino en su dolor para no abrirlas jamás.

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