Portada del relato El Último Sendero de los Dragontia
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La lluvia caía con una persistencia paciente, tallando arroyos en las laderas del Monte Sable. Bajo ese manto gris y frío, Fía ajustó su capa de lanza sobre los hombros y observó, en silencio, el perfil de los edificios semiderruidos de la vieja ciudad de Edomur. El eco de las antiguas glorias apenas sobrevivía en las gárgolas milenarias y los grandes portones adornados por símbolos de dragontia: alas extendidas, ojos profundos, garras entrelazadas en un nudo de poder.

Duración: 08:17

El Último Sendero de los Dragontia
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía con una persistencia paciente, tallando arroyos en las laderas del Monte Sable. Bajo ese manto gris y frío, Fía ajustó su capa de lanza sobre los hombros y observó, en silencio, el perfil de los edificios semiderruidos de la vieja ciudad de Edomur. El eco de las antiguas glorias apenas sobrevivía en las gárgolas milenarias y los grandes portones adornados por símbolos de dragontia: alas extendidas, ojos profundos, garras entrelazadas en un nudo de poder.

La herida lateral palpitaba con cada paso. Desde la Traición de la Noche Marrón, Fía no había conocido, salvo en sueños lúgubres, la sensación de seguridad. La daga de obsidiana colgaba de su cinto; era todo lo que quedaba del linaje de los Maestros-Custodios. Sin embargo, el deber persistía, más pesado que el mismo acero de su hoja.

Con el alba, avanzó cautelosa hacia el centro de Edomur. A cada esquina, el casco abollado chisporroteaba con gotas; a cada sombra, la promesa de peligro. Las leyendas hablaban del último dragontia, Rianth, adormecido bajo la Gran Plaza. Los enemigos que caían sobre la ciudad cada mes no lo buscaban: lo temían. Pero Fía tenía otra misión, una tan profunda y precisa como la floración del primer jardín tras la guerra. Debía encontrar a Rianth, no para matarlo, sino para renovarlo. Solo así la grieta que partía la Tercera Era podría cerrarse. Esa era la última orden de su antecesor, el Maestro Eldrun, que agonizó arropado en sus brazos durante la huida a través del Portal de Lysala.

De improviso, una sombra saltó sobre ella. Garras puntiagudas y negras, ojos amarillos, el aroma picante de la grasa y la sangre. “¡Alteza!”, exclamó la figura, descubriéndose el rostro bajo una capa remendada. Era Hadrin, su antiguo guardia, a quien creía muerto tras la emboscada de los Tramposos del Sur.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó Fía, sabiendo de antemano cuánto arriesgaba un leal como él.

Hadrin se incorporó. “Han sellado los portales menores. Solo queda Lysala, y Edomur está envuelta en las nieblas de los que succionan la luz. Se rumorea que el vinculum con Rianth puede purificarse, pero requieren la Canción de Argad, la melodía prohibida.”

Fía frunció el ceño. Había oído la Canción solo una vez, de labios de su madre en la hora final del Sitio Blanco. Era más antigua que el Bosque Escrito. Dicen que quien la entona integra en sí lo mejor y peor de su linaje. Pero, sin la vara de sigilos, la canción destrozaría mente y carne por igual.

“Ven.” Hadrin selló el silencio entre ambos. Avanzaron juntos, presintiendo emboscadas, doblando los pies bajo el fango y la piedra mojada, hasta llegar al gran oculo del Salón de los Lechos.

Allí, entre jirones de niebla clara, encontraron la Esfera de Observación. Era una losa de piedra con inscripciones verdosas, y en su centro ardía una llama azul que no desprendía calor. Fía apoyó la mano: la losa palpitó, y la llama reflejó, durante un instante, el perfil de Rianth.

El dragontia dormía en una bóveda baja. Sus escamas eran más negras que la obsidiana, y de su pecho surgía un resplandor verde, como un segundo corazón. A su alrededor, los sellos de los Maestros tatuaban el suelo: nudos, runas circulares, fragmentos de canciones en idioma olvidado.

Hadrin extrajo de su morral una vara de sigilos, oculta durante años entre pan y excremento. “Esto era de la Archivera de Lumaraila”, susurró. Fía la tomó y sintió la electricidad en los huesos.

La Canción de Argad. Era la última esperanza.

Asomada al oído de la ciudad dormida, Fía entonó la primera sílaba con voz baja y quebrada. La vara respondió con un destello de oro viejo. El eco se millón en los salones vacíos, y, desde las profundidades, un rugido. Las notas, primero sutiles como niebla, luego tan fuertes como trueno, atravesaron piedra y distancia, llegaron a la cripta.

Algo despertó.

Desde la Esfera, vieron cómo las alas del dragontia se abrían, erguiéndose como estandartes de una batalla olvidada. Las runas parpadearon: unas veces verdes, otras amarillas. El resplandor fue tan intenso, que durante un momento, ni Fía ni Hadrin pudieron ver nada.

Entonces, de la bruma surgió la bestia misma, del tamaño de cuatro caballos, ojos de gema, lengua bífida.

“¿Quién se atreve?”, rugió Rianth. Su voz era doble, arrastrándose entre el trueno y el lamento.

“Yo, Fía de los Custodios”, contestó, el miedo convertido en fuego en sus entrañas. “Te invoco para cerrar la fisura de la Tercera Era. Necesito tu poder, tu sangre… tu sabiduría. Pero, sobre todo, te necesito como testigo.”

El dragontia observó en silencio a ambos mortales. Sus alas oscilaron en la penumbra.

“Fue la traición de los hombres lo que me condenó”, dijo Rianth finalmente, cada palabra tallando en el aire una lágrima de luz. “Hace siglos, cuando los Portales se abrieron y el Tiempo se quebró, fueron los de tu estirpe los primeros en encadenarme. ¿Por qué debería salvarlos?”

Hadrin avanzó, ciñendo la vara. “Porque también fuimos los primeros en llorar tu pérdida. Y ahora somos los últimos que recuerdan tu canto.”

Fía sintió cómo la Canción titilaba en sus labios. La Vara tembló en su mano, y la melodía surgió, plena y rota, igual que cuando era niña. El suelo vibró; Edomur exhaló su niebla, y los límites del espacio se soltaron.

En esa convergencia, el dragontia bajó la cabeza sobre Fía, y la vara encajó entre sus ojos. La melodía se volvió marea, torrente, río. El resplandor bañó los ojos de ambos humanos, y, por un solo segundo, Fía conoció las memorias del dragón: las guerras olvidadas, las fiestas, las traiciones, la soledad, la esperanza tempestuosa de una alianza eterna.

El dragontia gimió; algo muy parecido a una lágrima surcó la comisura de su ojo.

—¿Qué exiges, humana? ¿Poder, gloria… perdón?—

—Exijo que el mundo no se termine —susurró Fía. La Vara, casi fundida ya, crujió bajo la fuerza de la canción.—

—¿Y qué das a cambio?—

Silencio. Fuera de la cripta, la noche depositaba nuevos enemigos. La bruma exhalaba sombras, las gárgolas se agrietaban. Hadrin apretó el hombro de Fía, pero esta sabía lo que debía hacer. En la última estrofa de la canción, se abrió la palma y dejó caer sangre sobre las escamas de Rianth.

“Doy mi memoria… y mi descendencia. El recuerdo de nuestra unión será tu promesa. El fuego, mi herencia, será tuyo. Y, cuando mueran los hombres, tu nombre será lo último que se pronuncie.”

El dragontia absorbió la sangre. En ese instante, toda la ciudad de Edomur palpitó a su ritmo. La bruma se disolvió, las gárgolas sonrieron por primera vez en milenios. Desde todos los portales, los páramos se encendieron con una nueva aurora.

“Humana… ahora somos uno”, declaró Rianth, alzándose. Su cola agitó la piedra, su cabeza rozó la bóveda. “Al mundo le otorgo otro ciclo, pero el precio es alto: no habrá Tercera Era sin sacrificio.”

Hadrin apartó la vista. Fía no titubeó. “Acepto.”

El dragontia extendió la garra y la posó sobre la frente de Fía. Un rayo de luz azul se esparció. La música de la antigua canción creció en intensidad, ya no solo en su boca, sino en las piedras, en el agua, en el viento. El tiempo se reconfiguró. La fisura cesó, el dolor retrocedió.

Cayeron al suelo, exhaustos, cuando la ruptura se cerró. El dragontia, ahora de ojos humanos, sonrió. “Eres la última de tu estirpe, Fía. Pero también, la primera de una nueva alianza. Cuida de este nuevo mundo como cuidaste de mí.”

Así, al alba, la ciudad de Edomur resucitó, entre nubes doradas y renovadas promesas. Fía y Hadrin, unidos para siempre por la canción y el fuego, caminaron fuera de la cripta, sabiendo que todo dolor conlleva esperanza, y que la leyenda de los dragontia fue, finalmente, sellada.

En ese amanecer de los tiempos, el eco de la Canción de Argad se elevó como un faro entre mundos, atestiguando que incluso los fragmentos rotos pueden forjar, con la música y la sangre, una nueva era.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.