Fragmento:
Las nieblas bajas envolvían la garganta de Irkatal, ondulando entre peñascos en los que la luz de los tres soles se fragmentaba en iridiscentes promesas jamás pronunciadas. Galdur avanzó entre las rocas húmedas, la capa empapada adhiriéndosele a la armadura de escamas negras que portaba desde hacía seis inviernos. El aire olía a hierro y a cenizas; por encima, la silueta de la fortaleza Standeth perfilaba sus almenas entre la bruma, gigante caprichosa tan antigua como la misma montaña.
Duración: 10:04
Las nieblas bajas envolvían la garganta de Irkatal, ondulando entre peñascos en los que la luz de los tres soles se fragmentaba en iridiscentes promesas jamás pronunciadas. Galdur avanzó entre las rocas húmedas, la capa empapada adhiriéndosele a la armadura de escamas negras que portaba desde hacía seis inviernos. El aire olía a hierro y a cenizas; por encima, la silueta de la fortaleza Standeth perfilaba sus almenas entre la bruma, gigante caprichosa tan antigua como la misma montaña.
La daga de sangre, herencia de los Ases de Midrival, reposaba en su vaina al costado, pero Galdur no necesitó tocarla para sentir el poder vibrar en la gema roja de su empuñadura. La noche anterior había soñado con la daga: se abría ella misma ante él y, de su hoja, decenas de cuervos escapaban, tiznando el cielo de venas oscuras.
No era extraño. Las cosas estaban cambiando en el mundo, y hasta los sueños lo sentían. Ondeaban rumores sobre el regreso de los Turiath, dioses caídos o monstruos antiguos, nadie osaba decidir. Lo cierto era que Standeth, la fortaleza infame, había comenzado a latir de nuevo en mitad del yermo, y los lamentos de sus prisioneros se oían en las noches de luna nueva.
Galdur se detuvo junto a una roca salpicada de líquenes púrpuras y revisó su entorno. Entre los jirones de niebla percibió los pasos de Ishur, el guerrero del norte. Su armadura era tosca, de hierro barnizado con resina de resina negra, decorada con pequeñas figuras geométricas labradas por su madre, según decían, con el propósito de que la fortuna le acompañara. Era un monolito de músculos, barba trenzada y voz tan profunda que el propio trueno habría sentido celos.
—Tienes cara de que la daga te ha hablado otra vez —siseó Ishur, ajustando el martillo a su espalda. Un arma poco elegante, pensó Galdur, aunque nadie negaría su eficacia ante los engendros del abismo.
—No son voces. Son recuerdos. —Galdur no se molestó en mirar a su compañero; su concentración estaba en las ruinas, en las formas que bailaban entre las sombras. —La daga me mostró Standeth. Y dentro, algo que reclamaba mi carne y mi razón.
Ishur resopló, expulsando vapor por las ventanas de su nariz. Durante un instante, no dijo nada, luego ladeó la cabeza, midiendo a su amigo.
—¿Todavía crees que el rescate merece la pena?
Galdur tragó saliva, recordando la noche en que llegó la carta. Filia, la augur de los Gremios Bastardos, había sido tomada, y la última visión que su hermandad compartió hablaba de bóvedas húmedas, un altar de anémonas negras y guerreros de ojos vacíos, sin vida en su mirada.
—Es la única esperanza para este maldito reino. Si Filia revela la Profecía de los Tres Ríos antes de que Kingston la doblegue con su Sombra, habremos condenado a generaciones enteras. Y, además, le debo mi vida.
Ishur asintió, resignado. Había palabras que no se discuten cuando viajas junto a un hombre que carga los nombres de los que ha perdido. Se adentraron entre los peñascos, cruzando viejos mojones de piedra esculpidos con rostros grotescos. La magia de Standeth se infiltraba ya en sus pasos; sentían cómo la hierba retorcida se ahogaba bajo sus botas, mientras diminutos insectos flotaban en el aire como motas de polvo inquieto.
A media legua de la muralla apareció Berwen, la maga que los acompañaba. No era baja ni alta, daba la impresión de que su presencia se adaptaba según la luz. De piel mate, ojos grises como la tormenta, y un tatuaje en espiral en la sien derecha que se encendía cuando manipulaba las telurias, las líneas de poder subterráneo.
—Hay silencios que presagian sangre —dijo, sin preámbulos, acariciando el bastón de fresno. —Están reuniendo guardianes en la sala de los holladores. Me encontrarán si intento dispersar la niebla con un conjuro mayor.
—¿Y por qué no la dispersamos con acero? —masculló Ishur.
—Porque aquí —sonrió sin alegría— el acero sólo es tan fuerte como la voluntad. Y esta tierra devora voluntades.
Galdur no podía sino estar de acuerdo. En Standeth, la muerte nunca era definitiva; habían oído historias de los testigos olvidados, almas devoradas por la piedra, rezando porque sus cuerpos nunca fuesen recuperados.
El trío avanzó hasta el foso exterior, donde el agua olía a veneno y podredumbre. En la superficie flotaban cuerpos corroídos, blindados aún con armaduras rotas. El puente levadizo estaba alzado, y, a la luz de la tarde, dos siluetas armadas se vislumbraban en las aspilleras, inmutables.
—Si el rey del norte tiene algún aliado en Standeth, será ahora o nunca —susurró Ishur.
Pero lo que ocurrió después no fue un combate justo. Berwen echó una pizca de sal negra de un saquito de pergamino y entonó una palabra inhumana. De la muralla surgieron raíces espinosas que se retorcieron como dedos, arrancando a los guardias de sus refugios. Durante un suspiro, la naturaleza agonizante se sacudió el letargo, tomando para sí la fortaleza.
Entonces, con un crujido ominoso, el puente descendió. Galdur no perdió tiempo: girando la daga de sangre en su mano, avanzó entre las sombras, Ishur a su tórax izquierdo y Berwen murmurando protecciones viscosas a su derecha.
Apenas habían penetrado en el pasillo principal cuando una lluvia de flechas oscuras cruzó el aire. La daga de sangre se iluminó en rojo, desviando los proyectiles con estampidos secos. Ishur no fue tan afortunado; una flecha le rebanó el hombro, arrancando un gemido que reverberó en la piedra. Siguieron avanzando, más por instinto que por táctica.
Berwen conjuró un cono de viento antinatural, dispersando los arqueros de las almenas. Avanzaron atravesando salas que olían a musgo, esputo humano y algo peor. Por las rendijas del suelo se filtraba el sonido de cantos lúgubres, casi infantiles, seguidos de estertores.
Al llegar a la sala del Trono Quemado, comprobaron que la resistencia no era humana. En la penumbra, criaturas de carne y ceniza aguardaban; enormes, con rostros amorfos y miembros inflados. Eran los temidos hijos súbditos de la maldición, hijos de Standeth para quienes el dolor era la única patria.
—No están vivos, no del todo —advirtió Berwen, chisporroteando energía azul sobre su palma—. Si los matamos rápido, la fortaleza no los absorberá de nuevo.
El combate fue bestial. Ishur decapitó monstruos a mazazos, los cráneos estallando en rocíos oscuros contra las paredes. Galdur giraba y cortaba, movido por la daga de sangre que latía en su mano como un corazón enfebrecido. Berwen tejía sendas de relámpagos y fuego verde, abrasando a los que intentaban rodearlos.
Uno de los espectros logró aferrar a Galdur, quemándole la carne del antebrazo. Galdur gritó, sintiendo tanto frío que supo que moriría si no conseguía liberarse. Arrojó la daga a la boca aberrante del enemigo, y la hoja se hundió hasta la empuñadura. De inmediato, los cuervos de su visión onírica emergieron de la sangre coagulada: decenas de aves negruzcas picotearon la carne corrupta y desgarraron hasta que no quedaba sino una nube de polvo.
—Vamos —jadeó Galdur, recogiendo su arma—. Falta poco.
Bajaron escaleras infestadas de líquenes resbaladizos, atravesaron cámaras llenas de estatuas cubiertas de vendas manchadas por lágrimas, y finalmente encontraron la celda oscura que buscaban. Allí, sentada sobre un charco de aceite y una maraña de inscripciones arcaicas, estaba Filia. Débil, pero aún viva, los ojos anegados en locura y profecía.
—No pueden dejarme en manos de Kingston —murmuró con voz filosa—. La Sombra se cierne sobre el río Eliófito. Si ve la luz, la tierra quedará yerma durante diez mil años. Deben cortarme la lengua, antes que revelarla.
Ishur palideció, pero Galdur se arrodilló junto a su amiga. La daga tembló en su mano, como si adivinara el propósito.
—Podemos protegerte, Filia. Nadie te hará daño —prometió, aunque la duda le mordía el alma.
—Sólo hay una manera de anular la profecía: entregar el arma de los Ases de Midrival a la Fortaleza —Filia clavó la mirada en Galdur—. Hazlo y escapad. La daga absorberá la Sombra... o nos destruirá a todos.
Hubo silencio. Galdur sabía lo que Filia le pedía. Standeth no era una prisión, sino una boca antigua, hambrienta de poder. Lo que entraba, rara vez salía siendo lo mismo. Pero si la Sombra tomaba el reino, poco importaría su vida, la de Filia o la de Ishur.
Con un gesto tembloroso, Galdur depositó la daga sobre el suelo tallado en runas. La hoja tintineó, y de pronto todos los susurros de Standeth confluyeron hasta la empuñadura. Un relámpago desgarró la estancia: Galdur, Ishur y Berwen fueron arrojados contra la pared, mientras Filia caía de rodillas, la boca manchada de sangre.
En el siguiente parpadeo, la daga se fundió con la piedra. Un grito no humano recorrió la Fortaleza. Standeth vibró, las sombras licuándose tras las piedras. En cuestión de segundos, la atmósfera letal comenzó a disiparse: la magia oscura se retiraba, hambrienta, privada de su banquete.
Filia se incorporó, débil pero sonriente. Ishur tenía el brazo ensangrentado, pero seguía en pie. Berwen, agotada, miraba el lugar donde la daga había desaparecido.
—¿Y ahora? —susurró Ishur.
—Ahora, reuniremos a los que sobrevivan —dijo Galdur, un peso recién forjado sobre sus hombros—. Vigilaremos, cuidaremos de las riberas del Eliófito. No sabemos cuánto tiempo durará la calma, pero al menos esta noche Standeth se ha dormido.
Salieron de la Fortaleza, bajo un cielo despejado donde los cuervos de la daga, ahora simples aves, emprendían vuelo hacia la mañana. Sus pasos resonaron entre los peñascos mientras la vieja magia se replegaba, y el eco de su sacrificio permanecía, inmemorial, grabado en los cimientos de Standeth y en las llagas de su piel.
Porque en este mundo, pensó Galdur, los héroes son aquellos que deciden perder para que otros puedan soñar, aunque sea una noche más.
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