Portada del relato Reflejos en el Pabellón de Medianoche
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Fragmento:


La víspera del festival del Eclipse, mientras los aldeanos entonaban cantos bajo la luna doble, Lorien ascendió por el sendero serpenteante que conducía al Pabellón. A medio camino, el mundo pareció replegarse sobre sí mismo y el viento sopló en dirección contraria, trayendo consigo el olor a cera, tinta y pétalos marchitos. Nadie la vio partir salvo un niño, Tohr, que jugando entre los juncos divisó su capa alejándose y la luz titilante de la linterna que portaba.

Duración: 08:37

Reflejos en el Pabellón de Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Había una vez un reino tan vasto como la propia imaginación de un niño y tan antiguo como los susurros que arrastran los vientos al cruzar los bosques primigenios. Una bruma perpetua cubría sus campos, titilando con luces doradas y violetas, y en sus regiones más recónditas, al norte del Río Eridín y más allá de la muralla del Tiempo, se erguía el Pabellón de Medianoche. Allí, según los cronistas a los que sólo se les permitía contar la verdad de manera críptica, se encontraba una serie de puertas construidas enteramente de cristal.

Eran puertas, decían, tan finas como la escarcha sobre una hoja de cardo y tan resistentes como la determinación de los que han cruzado más allá de toda esperanza. Los aldeanos de Ylnaara, arracimados en la tibieza del mercado cuando el crepúsculo caía, discutían entre sí sobre su función: algunos creían que guiaban a los muertos al último exilio, otros que sus reflejos contenían los secretos de todos los nombres olvidados. Los más osados susurraban que cada puerta era un sendero hacia aquello que uno más anhelaba, siempre y cuando fuese valiente para mirar de frente su propio deseo.

Lorien, hija de los archiveros de Ylnaara, dedicaba sus noches a leer sobre los orígenes de las puertas. Su padre, un hombre severo y sabio, le había advertido que ciertos misterios estaban destinados sólo a los dioses. Pero Lorien, como las llamas, no podía evitar buscar la leña que la alimentara. A los veintiséis años, habiendo visto morir a su amor bajo la enfermedad del cristal —una dolencia extraña que convertía huesos y sueños en polvo reluciente—, se preguntó si acaso alguna de aquellas puertas no conduciría a un reino donde la muerte no tuviera dominio.

La víspera del festival del Eclipse, mientras los aldeanos entonaban cantos bajo la luna doble, Lorien ascendió por el sendero serpenteante que conducía al Pabellón. A medio camino, el mundo pareció replegarse sobre sí mismo y el viento sopló en dirección contraria, trayendo consigo el olor a cera, tinta y pétalos marchitos. Nadie la vio partir salvo un niño, Tohr, que jugando entre los juncos divisó su capa alejándose y la luz titilante de la linterna que portaba.

El Pabellón se reveló a Lorien como una estructura imposible: columnas torsionadas que sujetaban bóvedas entrelazadas, ventanales de obsidiana y, en el centro, un círculo de puertas de cristal, cada una distinta, puesto que cada una era reflejo de los sueños y miedos de quienes las contemplaban. Lorien sintió el impulso de retirarse, pero una voz suave, apenas un murmullo, se deslizó entre las vigas y la llamó por su nombre.

Se acercó a la primera puerta y se miró en ella. Su imagen se deformaba y multiplicaba; vio a una niña temerosa del fuego, a una joven ruborizada y altanera ante su profesor, a una mujer sosteniendo la mano de su amado moribundo. “¿Entrarías aquí?”, preguntaba la voz. No respondió. Así fue con las siguientes puertas: en una, el reflejo mostraba una estancia dorada y repleta de libros, y en otra, un campo interminable plagado de sombras esquivas.

Al llegar a la quinta, vio algo que la sobresaltó: no a sí misma, sino a su madre, muerta hacía más de una década, sonriendo en el huerto bajo la primera lluvia de otoño. La puerta vibraba apenas, como si los latidos que presionaban tras el vidrio no fueran del todo ajenos. Lorien extendió la mano. Un escalofrío la recorrió, pero al intentarlo, la superficie cedió y se encontró rodeada de silencio y bruma.

Atravesó la puerta y la embriagó un aroma a tierra mojada. Al frente, la figura de su madre cavaba con la pala menuda, entonando la melodía que Lorien no escuchaba desde antes del olvido. “Lorien”, dijo la figura, sin cesar su tarea. “¿Por qué has venido?”

“No podía soportar más este vacío”, respondió ella, sintiendo cómo la garganta se le cerraba por la emoción y el miedo. “Quise encontrar, al menos, una voz familiar más allá de la pena.”

Su madre se volvió, pero su rostro era ahora difuso, hecho de la misma niebla que conformaba las fronteras de este rincón imposible. “Cruzar puertas de cristal es tentar a los ecos, hija mía. Pregúntate si el consuelo que buscas es sinceramente para ti o para los recuerdos que no puedes dejar ir.”

Lorien sintió el suelo ceder bajo sus pies y, de pronto, fue arrojada hacia atrás, traspasando la puerta y cayendo de nuevo en el círculo del Pabellón. Jadeaba. Sentía lágrimas frescas, pero también una chispa de comprensión. Las puertas, concluyó, no ofrecían respuestas: cada travesía era una confrontación con los límites de lo que un corazón puede soportar.

Sin embargo, se sintió impelida a seguir, convencida de que el Pabellón no la dejaría marchar hasta haber cumplido el rito completo. Se irguió, limpiando la sangre de un rasguño en la palma, y enfrentó la séptima puerta, que reflejaba un mundo en llamas: edificios en ruinas, gente huyendo y una versión de Lorien contemplando la destrucción desde una colina. Sin pensarlo mucho, empujó el cristal. Se sintió atravesada por la certeza de que evaporaría cualquier parte de sí misma que no estuviese convenientemente acorazada.

El fuego era real; el calor la abrumó y el humo colmó sus pulmones. Todo dolía. Cruzar la puerta era morir y renacer en otro yo, uno arrasado por la pérdida y sin embargo en pie entre los escombros. Vio la figura en la colina: era ella, pero con ojos vacíos. Su otro yo no la vio, pero Lorien supo que esto era lo que ocurriría si permitía que el dolor se enquistara y devorara cualquier chispa de piedad.

“No te quedes, ni tampoco huyas”, murmuró una voz, tan semejante a su padre que el pecho le dolió. Lorien comprendió que las puertas no eran más que vórtices de posibilidad, y la talla de su alma dependía de los caminos que eligiera, no de los que el destino parecía enseñar.

Retrocedió. Al volver al Pabellón, la estructura misma parecía menos severa, más amable en sus pliegues interdimensionales. Había menos miedo, aunque sentía el peso de una gran responsabilidad. Reparó en una última puerta, más allá del círculo principal, más pequeña y discreta; apenas un ventanuco circular de vidrio azulado. Se acercó. Esta vez no vio reflejo alguno, sólo oscuridad. La ausencia completa de explicación.

“Cuando los hombres quieren poner nombres a sus anhelos, encuentran puertas de cristal. Cuando desistimos de los nombres, encontramos el umbral real”, resonó la enigmática voz, ya no lejana sino latiendo en el centro mismo de su pecho.

Lorien no tembló. Extendió la mano y, en lugar de empujar o abrir, simplemente apoyó la palma sobre la superficie lisa y fría. Por un instante, todas las luces y ecos del Pabellón vibraron: las puertas vibraron con la añoranza de todas las personas que alguna vez las cruzaron y de todas las que aún las soñarían. No entró. La puerta permaneció cerrada, y sin embargo Lorien sintió que una huella invisible cruzaba hacia ella desde el otro lado.

Comprendió entonces, como sólo se comprenden las cosas grandes y sencillas, que las puertas de cristal eran espejos de toda verdad; que ningún reino conquistado por artificios ni nostalgia se mantenía en pie si el viajero negaba su propio corazón. Las puertas existían no para franquearse, sino para revelarse, y tan sólo al abrazar el peso de nuestros límites somos capaces de vivir fuera del Pabellón.

Lorien regresó a Ylnaara al amanecer, justo cuando los aldeanos apagaban las antorchas del festival y volvían a las rutinas de siempre. Tohr, el niño de los juncos, la esperaba con el temor pintado de fascinación y respeto. No le pidió historias, sólo la sostuvo de la mano mientras cruzaba el umbral de su hogar. Nadie preguntó dónde había estado, pero los secretos más profundos no temen permanecer ocultos.

En los meses que siguieron, Lorien rehízo su vida, lloró menos y soñó mejor. Aprendió a cultivar un huerto, a leer en silencio a la luz del sol de la siesta, y a dejar que los recuerdos fueran parte del río, no diques que frenan su curso. Algunos decían verla pasear en noches de luna doble, siempre callada, aunque con un fulgor nuevo en la mirada, como quien sabe que puede cruzar umbrales invisibles en cualquier momento, y que la verdadera magia no es alcanzar lo inalcanzable, sino sostenerse en la incertidumbre y aun así escoger la esperanza.

El Pabellón sigue allí, en los confines del reino donde nacen la bruma y el rumor de los mitos. Y a su alrededor, cada generación teje nuevas historias sobre las puertas de cristal. Pero bastaría con mirar a los ojos de Lorien para comprender que los verdaderos portales están hechos de valentía y aceptación; y que quien cruza hacia sí mismo jamás regresa siendo el mismo, aunque siempre, de algún modo, vuelve a casa.

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