Portada del relato El Heredero de las Sombras Olvidadas
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Fragmento:


—¿Cuántos juramentos van a exigir de mí esta vez, Consejera? —gruñe Owan, mientras sus botas resuenan como mazazos fúnebres.

Duración: 09:15

El Heredero de las Sombras Olvidadas
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Texto de ajuste de pausa.

Aun cuando los cónclaves de los Magos Supremos se disolvieron como el vapor en una mañana fría, el reino de Caerawn permaneció en la penumbra. Décadas atrás, el Fuego Primordial fue sellado bajo el Trono de Ceniza para impedir el avance del Vacío —fuerzas ancestrales que, insidiosas, sabían disfrazarse con el rostro del rey y la voz del amigo leal. Los sabios lo advirtieron, y sin embargo, los herederos de la corona aprendieron a temer a los magos más que a las sombras que acechaban los límites del mundo.

De todos cuantos presenciaron el último sellado, solo sobrevive la Consejera Yrene, eternamente vigil en cuerpo y memoria debido a los pactos atávicos que la atan a su puesto. Parada en la sala del trono, entre columnas donde el tiempo se posa en forma de polvo, sueña el final de los tiempos: el instante en que el sello ceda y el Fuego y el Vacío se multipliquen en guerra.

A esa sala —cuyo silencio pesa más que cualquier secreto mutilado— entra Owan, legítimo heredero real. Lleva una armadura manchada no solo por la batalla, sino también por la sospecha. Sus ojos, duros, apenas logran derramar lágrimas por la reina madre, muerta la noche anterior tras un asalto de asesinos envueltos en niebla. Solo Yrene, oculta tras sus velos resplandecientes, le recibe de pie, con la dignidad de centurias reflejada en cada arruga de su rostro inmortal.

—¿Cuántos juramentos van a exigir de mí esta vez, Consejera? —gruñe Owan, mientras sus botas resuenan como mazazos fúnebres.

—El necesario para mantenerte humano, Alteza —responde ella, en una voz tan delgada que parece tejida con hilos de la misma suerte—. Si renuncias a la corona, el Fuego buscará otro huésped. Si te aferras al trono, el Vacío se hará carne en tu alma.

Owan mira hacia el escudo tallado en la pared más alejada, donde el águila y el dragón se devoran entre sí, eternamente entrelazados. Rumores de rebelión laten en los pasillos, y ya ha sentido esa extrañeza: ese murmullo detrás de los ojos, como si alguien respirara con él, una segunda conciencia sibilante. Intuye que el Fuego Primordial le observa, igual que lo hiciera con sus antepasados.

—Elegiste quedarte, Yrene —le reprocha—. ¿Qué sentido puede haber en este sacrificio inmortal? No somos dioses, ni tus conjuros nos salvarán cuando el Vacío despierte.

Yrene camina hacia el trono con la pesadez de los siglos encima, y al posar su mano sobre el respaldo, la piedra parece respirar, reverberando bajo sus dedos.

—He pagado con mi futuro para que la fuente nunca alcance a la copa. Y no habrá redención para mi linaje hasta que un heredero acepte el dolor de la llama… o la nada del abismo.

Silencio. Owan tiembla —no de miedo, sino de una rabia sin nombre, fruto de generaciones de coerción y miedo, de pactos sellados con la gangrena del orgullo.

—Te escucho, pero no comprendo. Hablas en acertijos. —Bate la mano, impaciente. Sus nudillos palidecen entre la empuñadura de su espada—. Dime cómo impedir que el Vacío entre a esta sala, y te obedezco. Pero no esperes que bese la corona cegado por tus misterios.

En la penumbra, la Consejera mueve la cabeza, no en negativa, sino en duelo.

—Harás lo que debes, o harás lo que temes. Ningún rey ha logrado escapar a esa bifurcación.

Mientras Owan maldice la improductividad de la conversación, las puertas dobles del salón se abren de golpe. La brisa nocturna trae consigo el hedor de la carne quemada y el grito lejano de las bestias sin rostro: los Heraldos del Vacío atacan el último baluarte, flameando a la distancia en círculos de negrura incandescente. En su avance, los guardias de la sala caen, quebrados, absorbidos en la grieta que va extendiéndose desde la escalinata del palacio hasta la sala misma.

Owan desenfunda su espada, plateada y runada, herencia que quema su palma con el nombre de todos los reyes caídos. El Vacío aparece ahora como sombras errantes: criaturas que antes fueron humanos, ahora distorsionados en líneas que se fragmentan y se repliegan sobre sí mismas, como miradas congeladas en el cristal.

—No harás esto solo —musita Yrene, y sus ojos, centellantes, estallan en un azul antinatural—. Dame tu confianza. Invoca la Llama Silente.

El príncipe casi ríe, pero recuerda los cuentos de infancia en los que la Llama se ofrecía a cambio de recuerdos, emociones o la propia alma. No obstante, el filo del peligro se inclina inexorable, y Owan entona la oración secreta que susurraba la primera reina según la leyenda: “Luz envuelta, sangre abierta, desgarra el velo, asume el precio.”

La Consejera levanta su báculo. Emergen lenguas de llama blanca, lamerendo el aire y sosteniendo en sus pliegues una corona etérea, incorpórea pero ineludible. El Fuego no arde; su calor es ausencia, promesa, una pragmática tortura.

Owan siente la corona posarse sobre su cabeza, sin peso pero llena de voracidad. Sus pensamientos se multiplican; su propia voz se disuelve en una amalgama de jadeos y relámpagos. Ve, por fin, más allá de la sala: contempla el gran jardín, una vez verde, ahora desmembrado en charcos de sombra; mira a los caídos y los aún próximos a caer; ve a su padre, muerto en batalla muchos inviernos atrás, y a la madre, todavía cálida, susurrando el nombre verdadero que solo los herederos conocen: Alveric.

El príncipe Owan ya no existe. Allí donde su cuerpo permanece, Alveric se alza: rey totalitario, un espectro empapado en las llamas vivas del Fuego Primordial, dispuesto —o quizá obligado— a intentar lo imposible.

Gira la espada y, al compás de la salmodia de Yrene, la blande contra las criaturas del Vacío. La hoja encendida deja un rastro de luz azul, que corta, no la carne ni el humo, sino el vínculo entre el Vacío y sus esclavos. Con cada tajo, retumba el nombre materno, como si la propia genealogía pesara más que la fuerza de sus brazos.

Pero el Vacío también conoce al rey. Una voz profunda, una suma de voces y ausencia, retumba en los márgenes de la realidad.

—Eres el último en la línea, Alveric de Ceniza. Todo lo que fue será olvidado. Yo soy el fin y el inicio. ¿Destilas esperanza o pura negación?

El sudor baña los ojos del rey-coronado. Cada paso es una pregunta desencadenada; cada muerte, una negación de sí mismo. Yrene le sostiene, anclando su espíritu a la tierra mediante palabras que ni siquiera recuerda haber aprendido. El Fuego se retuerce, reclama una penitencia a través del dolor.

Alveric arroja su voluntad a la tempestad, como una daga en la oscuridad.

—No tienes poder aquí, Vacío. No posees nombre; no puedes pronunciarnos. Desgarra cuanto quieras: mis hijos, mi historia, mi razón. No obtendrás sino ceniza.

Las criaturas, heridas con cada palabra, retroceden, como si algunos fragmentos del rey fueran brasas incandescentes. La sala se puebla de cuerpos que titilan entre carne y humo.

El Vacío cambia de táctica; se condensa en una figura espejeante, pura ausencia y promesa de paz. Se acerca a Yrene, y por primera vez en mil años, ella vacila.

—Consejera, —suena, con el eco de sus propios votos juveniles—, puedes volver a la vida mortal. Elimíname y la rueda cesará; tus huesos podrán descansar sobre hojas de otoño, no sobre el frío mármol del deber.

Por un segundo, la mujer aparta la mirada de Alveric. Sus dedos tiemblan; el báculo resplandece ahora menos nítido, como si todo el dolor de su eternidad se concentrara en ese instante.

El rey lo advierte y, agotando el último filamento de su alma, pronuncia el nombre secreto que solo los legítimos conocen. El nombre trina por la sala, y la Consejera, aturdida, recuerda la promesa hecha —no al trono, sino al niño alguna vez huérfano que rescató del tumulto—.

—¡Yrene! —grita Alveric, y una ráfaga de puro Fuego atraviesa la sala, envolviéndolos en llamas que no queman sino redimen. El Vacío chillido, incapaz de sostener la forma.

Por fin, el silencio regresa, como un animal herido que se arrastra hacia otra guarida. El reino ha pagado su tributo de sangre y renuncia, y los muertos yacen ahora en quietud luminosa, aguardando el juicio de la aurora.

La corona todavía arde en la cabeza de Alveric, pero siente que su peso va disminuyendo, igual que el recuerdo traumático se deshace en los labios de un padre amoroso. Yrene, exhausta, cae de rodillas, y por vez primera permite que una lágrima le surque el rostro.

—¿Se ha acabado? —pregunta, apenas audible.

Alveric contempla las ventanas, donde la luna rompe, lenta, la armadura de la noche.

—Nada termina del todo, Consejera. Pero hemos recordado que el poder no es posesión, sino acto. Que la corona no es rescate; es llama y abismo, siempre esperando el corazón capaz de arder —o de resistir la tentación de hacerlo.

Yrene asiente. Más allá, los sonidos de la reconstrucción se filtran: pasos, martillos, el crujir de una esperanza naciente bajo las ruinas familiares.

En el trono de Ceniza, donde antes sólo reinaba el miedo, una nueva llama crepita: discreta, feroz, humana.

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