Portada del relato Las Cadenas de Veridia
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Fragmento:


Las piedras se humedecían en la cárcel subterránea, y podía olfatear la tristeza tan tangible como el moho, una tristeza que en Veridia olía amarga y densa, como el zumo de una amapola negra. Había esperado siete días, sin luz, contando los turnos de los carceleros y los pasos de las ratas. En la pared, a la derecha, una grieta me hablaba—no en palabras, no en sílabas, sino en pulsos de niebla, pequeños golpes de algo arcano que buscaba atravesar la piedra.

Duración: 08:11

Las Cadenas de Veridia
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Texto de ajuste de pausa.

No fue el día más oscuro de la Era del Reino Singrido, pero sí el más decisivo. Desde mi celda, ataviado en harapos de nobleza y olvido, oía al horizonte tronar de caballos: del pequeño ventanuco de hierro, la bruma azulada de Veridia se arremolinaba baja, ocultando los ejércitos y hasta las torres de la ciudad. Mi nombre fue, alguna vez, Geder Rulifant. Hoy no soy nadie. Pero supe, a una voz, que cuando una legión avanza bajo la niebla, morirá sangre por la corona—y que alguien guardó, celoso, sus últimas monedas de esperanza.

Las piedras se humedecían en la cárcel subterránea, y podía olfatear la tristeza tan tangible como el moho, una tristeza que en Veridia olía amarga y densa, como el zumo de una amapola negra. Había esperado siete días, sin luz, contando los turnos de los carceleros y los pasos de las ratas. En la pared, a la derecha, una grieta me hablaba—no en palabras, no en sílabas, sino en pulsos de niebla, pequeños golpes de algo arcano que buscaba atravesar la piedra.

Solo alguien avezado en sortilegios, como yo lo fui (y nunca dejé de serlo), podía captar esa vibración. Observé, con el hambre pintando mis costillas de amarillo, cómo se abría la grieta, y cómo una voz, propia y ajena, se colaba:

—Geder—susurró, como rama frotando con rama—, ¿aún vives? ¿O solo he hallado tu eco?

—Recóndito es el pozo, pero no tan profundo como mi rencor—contesté, sin miedo al castigo que pudieran oír los muros. Nadie humano recurrió a mí, claro; era el Dama Aufrey, vieja diosa de los caídos.

—Has de abrirnos la puerta. La Corona nos aprieta. La niebla necesita un camino.

Sabía, en huesos y pulso, de qué hablaba. Solo un descendiente de los Rulifant podía desatar el sello de la ciudad. Fue mi antepasada, la impía Lisbetha, quien ató la niebla con sangre de traidores cuando el Trono aún crujía en maderas. Y sólo mi línea podía soltar la niebla y sus horrores una vez más sobre el enemigo: y ahora ese enemigo estaba, para Veridia, dentro de sus propios límites, preguntándose quién sostenía las llaves de los dioses.

Quedé en silencio. La niebla quería guerra; yo, venganza. Alguien de la Casa Real me había arrojado aquí, disfrazado de traidor, porque sus dioses de oro temían el caudal de la fe vieja, la de la Dama Aufrey. Pero en nuestro linaje el favor de la diosa era un cuchillo de doble filo, un anillo que nunca se sacaba sin pagar—y ahora, ese pago se sentía inminente.

Aquella noche, la cerradura giró: cayó la puerta con un crujido, y una figura entró, con una lámpara de aceite que parecía devorar la oscuridad en vez de ahuyentarla.

—Eres una sombra, Rulifant—musitó, la voz oculta bajo la capucha—. Y las sombras son nuestra mejor seguridad.

No respondí aún; podía sentir el peso de los anillos familiares bajo el guante de ese visitante. Era, lo supe al ver la forma de sus manos, Lyra—la última de los Sobrantes, esos bastardos de la casa mayor, entrenados en el arte de permanecer invisibles.

—¿A qué vienes, Lyra? —Sabía que en la prisión sólo se encontraba un tipo de visita: la del que necesita algo que nadie más concedería.

—Los caballeros de Brulagar han entrado al Torreón Norte. Traen la Marca Dorada. El Consejo piensa ceder, pero la niebla se agita. La ciudad se partirá; los dioses nuevos y los antiguos dirimirán su pleito sobre las espaldas de los mortales.

—¿Y mi papel?—interrogué, aunque el destino ya clamaba en las venas—. ¿Seré su verdugo o su redentor?

Lyra se acercó, tirando de su capucha lo justo para ver sus cicatrices, una rama torcida sobre pómulo y barbilla. Sonrió, triste:

—Abrirás la niebla. Dejarás que el enemigo conozca el rostro verdadero del dolor. Pero antes debes entregarte a la Dama Aufrey del modo en que ningún Rulifant lo ha hecho—sin miedo, sin aspirar a nada personal. La niebla es devoradora y generosa a un tiempo.

Dejó mi llave a los pies, junto a una daga y una pequeña esfera negra: el orbe de las Lágrimas. Ese objeto, tallado por la antepasada Lisbetha al precio de su propia humanidad, era la única manera de traspasar el Sello del Rastro y abrir la niebla.

Nos deslizamos entre pasillos, oyendo los gritos lejanos de la batalla. La ciudad de Veridia era una marioneta rota bajo asedio, y mientras otros corrían temiendo el filo o el trueno, yo solo temía lo que se asomaba detrás de mis propios ojos. Subimos por escaleras, cruzamos estancias y patios donde la sangre chorreaba, en ocasiones por cortes de espada, pero más a menudo de puro terror. En el Salón de las Causas Deshechas me aguardaba el altar de la Dama Aufrey, camuflado durante generaciones por cortinas de seda y retablos de santos reyes.

En la penumbra, el altar era toda la magia del mundo contenida en unos pocos adoquines, runas y lamparillas. Lyra me miró; no hizo falta palabras. Ella me tapó los ojos con el vendaje de los Sobrantes, apretando despacio.

—¿Recuerdas la letanía?—preguntó.

—Recuerdo todo lo que duele.

Pinché el dedo en la daga, haciendo sangrar la yema, y avecé la piedra; sentí frío, el húmedo aliento de algo todo lo que era antiguo y voraz. Recité, en el idioma de los muertos, nombres prohibidos, promesas incalculadas.

En la sala tembló la atmósfera, y la niebla entró por los muros, primero un hilo, luego un río denso. El orbe absorbió mi sangre y luego se resquebrajó en mi mano con el sonido de huesos al romperse. Grité. El mundo se convirtió en un remolino de escarcha, visiones de Lisbetha abriendo con un hacha el pecho de su propio esposo, de la Dama Aufrey riendo en la sombra de mi linaje.

No sé cuánto tiempo estuvo quebrado mi espíritu. Al volver en sí, Lyra sostenía mi cabeza, con lágrimas verdaderas surcando sus mejillas embarradas.

—¿Ha funcionado?—pregunté, la voz deslustrada.

—Mira—dijo, y bajó mi venda.

La niebla inundaba la ciudad. Los soldados de Brulagar, dorados y arrogantes, caían de rodillas entre chillidos, algunos arrancando sus propias lenguas. Las estatuas de los santos sangraban; los caballos mordían el aire, asustados. La niebla no mataba—visitaba. Llevaba a cada alma la memoria de su mayor culpa y la convertía en carne y escándalo, hasta que o lloraban o enloquecían.

Y la ciudad, la vieja Veridia, temblaba pero resistía. Su población, acostumbrada al dolor, pasaba entre la niebla como entre encapuchados famélicos. Los enemigos, sin ese callo del alma, se dejaban devorar.

Lyra apoyó su frente en la mía.

—¿Qué has visto en tu éxtasis?—murmuró.

—La raíz y el desgarro. La cadena que nos ata a dioses y hombres. Si rompemos un eslabón, algo más robusto se forjará.

—¿Te arrepientes, Geder?

Pensé en ello. En la prisión, en los traidores de mi sangre, en la misericordia imposible. respondí:

—Tal vez. Pero elegí ser instrumento. Si alguien debe pagar, que sea yo.

Dejábamos el altar cuando un eco—la Dama Aufrey, la diosa innombrada—retumbó en el salón.

—Devuélvenos la niebla cuando la ciudad esté sana, Geder. Ningún Rulifant la ha domado—pero alguno podría aprender a negociar.

Lyra y yo recorrimos las calles, cruzando escenas de pavor y alivio, la niebla a nuestro alrededor como capa protectora. Había desatado más que una tormenta. Había puesto a la vieja Veridia ante el juicio de sus dioses—y de sí misma. No todos sobrevivirían. Y quizá, sólo quizá, los recuerdos oscuros que anestesian un linaje podrían mutar en un futuro menos cruel.

Al caer el crepúsculo, me senté en el puente del Río Sobrante, con Lyra a un lado y la niebla, contenida en la piedra de mi pulgar, palpitando como un corazón olvidado.

—¿Qué hacemos ahora?—preguntó ella.

—Vigilamos. Aprendemos. Quizá, algún día, perdonamos.

Y en el temblor gris de Veridia, la ciudad rota pero viva, supe que había hecho lo único posible ante la ira de los dioses y los hombres: ofrecer la libertad al precio de la memoria, y apostar a que el olvido no se convirtiera, otra vez, en la peor de nuestras armas.

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