Fragmento:
Ial, apoyado en el alféizar de la biblioteca, oteó la figura ciclópea desplazándose, flotando sin alas ni cadenas visibles, llevada por una fuerza anacrónica y voluble. Ciento diez años atrás, una torre similar precipitó una plaga de lamentos y locura sobre las islas del sur, y desde entonces a ningún isleño se le ocurría desear la cercanía de esas moles errantes.
Duración: 09:21
Isolaithe, la Maestra del Viento del Norte, trazaba un quiasmo de runas sobre la mesa de cartas celestes cuando la advertencia de las campanas de bronce desgarró la ambulante quietud de la isla de Valdegiro. El sonido era una advertencia solemne: una torre errante alzaba su silueta en las cercanías, y nunca había encuentro benigno entre los habitantes de las islas flotantes y los enigmáticos errabundos de la piedra y la bruma.
Las islas, disgregadas por capricho del Firmamento, vagaban a su merced; grandes fragmentos de un continente fracturado poco antes del Olvido Sombrío, donde, según historias mas antiguas que las propias nubes, la tierra y sus gentes se quebraron hasta habitar el aire. Allá abajo solía haber mares, ahora reemplazados por el Abismo Azul, una vastedad insondable salpicada tan solo por la ocasional sombra de las bestias caídas.
Valdegiro era una de las islas medias, ni gran metrópoli ni refugio diminuto, pero poseía un archivo de crónicas tan antiguo como la humanidad misma. Guardián de ese saber era Ial Shern, quien, tras cuarenta navíos a la deriva sobre corrientes aéreas, sentía más respeto por los peligros invisibles que por los visibles. Sin embargo, era imposible negar la inquietud de ver la torre de granito desvanecida emergiendo, descomunal sobre la bruma, tan sólida y mutante como la memoria de un sueño recurrente.
—Están demasiado cerca esta vez —dijo Isolaithe, sus dedos manchados aún con polvos de tiza azul—. Por el “Astrolabio de las Mareas Celestes”, la torre viene arrastrando nubecillas rotas. Eso es mal augurio.
Ial, apoyado en el alféizar de la biblioteca, oteó la figura ciclópea desplazándose, flotando sin alas ni cadenas visibles, llevada por una fuerza anacrónica y voluble. Ciento diez años atrás, una torre similar precipitó una plaga de lamentos y locura sobre las islas del sur, y desde entonces a ningún isleño se le ocurría desear la cercanía de esas moles errantes.
—Reúne al Consejo —ordenó Ial, su voz afilada por una prisa que nunca demostraba—. Nadie debe ignorar esa sombra que crece.
Para el amanecer, la torre había reducido la distancia entre ella y Valdegiro hasta el punto en que su sombra oscurecía la mitad oriental de la isla. El Consejo se reunió bajo la cúpula del Templo de los Altos Vientos. Velas negras ardían en las esquinas y el aire olía a tomillo y sal.
—¿Qué desea la Torre? —preguntó Isolaithe, su mirada paseando de uno a otro. Nadie tenía respuesta.
—Una vez mis antepasados extrajeron de una torre errante un orbe de luz líquida —dijo el viejo Sern, cronista de las generaciones—. Lo llamaron Ojo de Morvian, y según la leyenda permitió conocer las palabras no dichas. Pero decían también que cada reliquia así tomada costaba un precio: la desaparición de toda una isla durante un ciclo de lunas rojas.
El temor se enlazó a la esperanza; pues legendarios eran los saberes de aquellas torres, pero igual de legendarios sus tributos sanguinarios.
La bruma de la mañana siguiente trajo consigo el estampido de campanillas, un sonido antinatural que atravesaba la mente y no los sentidos. El aire se espesó y comenzaron a caer cenizas blancas; la Torre había extendido su umbral: un portal hecho con relieves en espiral, donde la piedra parecía sudar y respirar.
Fue Isolaithe quien decidió cruzar primero. Era joven, pero nadie poseía su don: el de oír las intenciones del viento. Sabía que cuanto antes se enfrentara a la voluntad de la Torre, menos solidificada se haría su presencia sobre la isla. La acompañó Ial, porque el custodio del saber no podía permitir que la memoria de Valdegiro se fugase en la niebla sin testigo ni crónica.
El interior de la Torre era un dédalo de espacios contradictorios: habitaciones demasiado pequeñas para entrar y salones donde el horizonte cabía sin deformarse. Hechizos antiguos, tallados a sangre abierta, se arremolinaban como polvo dorado por los corredores. Se oía un murmullo constante, como si la piedra conversase en una lengua ancestral y olvidada. Más de una vez sintieron la presión de miradas invisibles o la fugaz caricia de dedos hechos de neblina.
Habían avanzado lo suficiente para perder toda referencia de entrada o salida cuando atisbaron una cámara circular, presidida por un colosal artefacto giratorio: esferas en equilibrio imposible, flotando sobre un estanque de líquidos imposibles y reflejando paisajes que ninguna isla había visto jamás.
—Aquí reside el Ojo de las Mareas —susurró Isolaithe, sabiendo sin saber cómo lo sabía—. Un núcleo de conocimiento, sí, pero también un corazón latiente.
Ial, siempre cauteloso, intentó leer los glifos que circundaban el artefacto. Sus ojos se llenaron de palabras no hechas para ser expresadas en voz alta. En cada piedra había una promesa: poder, historia, condena.
Ial extendió la mano sobre la esfera mayor. Esta vibró con una nota agónica, y al contacto una avalancha de visiones inundó su mente: veía la creación de las islas, la ruptura de la tierra, la formación del Abismo, las gentes huyendo de la oscuridad reptante en la base de antiguos continentes. Veía a otros exploradores, en edades remotas y futuras, enfrentándose también a la Torre y extrayendo de ella luces y venenos, milagros y ruinas.
En el mismo instante, Isolaithe sentía la formación de un lazo, casi un contrato: la Torre preguntaba, no con voz sino con esencia, qué ofrecía Valdegiro a cambio de lo que buscaba en su corazón de conocimiento. Sintió la tentación de prometer cualquier cosa, de canjear memorias por respuestas a los mil enigmas del aire y la tierra.
Pero entonces comprendió que el precio no era impuesto por la Torre: era una consecuencia, como la gravedad, inexorable e imparcial. Lo que tomasen alteraría el tejido mismo de las islas, como el paso de un cometa parte la oscuridad del cielo por una sola noche.
—Debemos marcharnos —dijo Isolaithe, su voluntad resistiendo la embriaguez del descubrimiento—. El saber de la Torre está ligado a las islas; si uno se lleva más de lo que otorga, la balanza se rompe.
Pero Ial se había quedado absorto en la visión de lo que podría aprender, del conocimiento ancestral al alcance de su mano. Solo el grito de Isolaithe, un trueno de urgencia pura, logró hacerle soltar la esfera.
El regreso fue un descenso por corredores cambiantes, iluminados ahora por un resplandor ultraterreno, pues la Torre sentía la ruptura del equilibrio y comenzaba a retirarse, resintiéndose ante los intrusos. Cuando por fin emergieron al aire libre, la niebla se deshilachaba y la silueta de la Torre comenzaba su retirada silenciosa, alejándose en dirección al horizonte de islas dispersas.
Durante días, Valdegiro se vio invadida por sueños compartidos: visiones de islas cayendo, de ciudades sumergidas para siempre en el olvido errante de la Torre. Algunos habitantes, llevados por promesas de visiones y poder, intentaron saltar la brecha antes que la torre terminase de desaparecer, pero ninguno volvió.
Isolaithe y Ial, marcados por una runa que ardía bajo su carne como testimonio del pacto incompleto, supieron desde entonces que el precio por asomarse demasiado cerca al corazón de las torres errantes no era solo la tentativa desaparición de una isla, sino la alteración de la memoria colectiva. Ahora, había huecos en la memoria de los habitantes, lagunas donde antes hubo nombres y lugares. Isolaithe, Maestra del Viento, era la única que conservaba imágenes plenas de la Torre cuando sus vecinos solo recordaban fragmentos, como trozos rasgados de un tapiz.
Una tarde, al ocaso, la explanada principal de Valdegiro se cubrió de nubes bajas. Una pequeña torre, un farallón menor de piedra blanca, apareció a flotar sobre la plaza, más etérea que la mastodóntica anterior. De su interior surgió una figura transfigurada, en la que Isolaithe reconoció a su hermano menor, desaparecido hacia diez años votando intentar el cruce hacia una isla legendaria del sur.
Su voz era hueca, con palabras que sonaban a eco y promesa incumplida.
—Venimos a advertir —dijo con tono carente de emoción—. Las Torres rememoran, las islas olvidan. No intentes salvarlo todo; alguna vez será tu historia la que deba caer para que otra subsista. Conserva lo que puedas.
Y con un parpadeo de luz fría, la figura desapareció igual que había llegado, la torre menor elevándose hasta fundirse con el fulgor de la tarde. Los isleños, marcados por la renovada pérdida y a la vez por renovación de esperanza, permanecieron largo rato en silencio.
A partir de entonces, Isolaithe y Ial juraron que la lección de las torres errantes sería guardada por la tradición oral y por inscripciones que solo los elegidos leerían. Sabían que mientras las islas flotantes surcasen los cielos y las torres errantes cruzasen sus destinos, la humanidad flotante tendría que elegir siempre entre el saber y la permanencia, entre el recuerdo y la posibilidad de perderse a sí misma.
Bajo las voces del viento, Isolaithe susurraba la fórmula que ningún estudiante debía olvidar: “Donde moran las torres errantes, cada respuesta arrastra consigo el eco de una ausencia. Aprende, sí, pero aprende también a callar y dejar partir lo que no es tuyo.”
Y así, en cada generación, alguien alza la vista cuando las sombras de piedra cubren los campos celestes, sabiendo que el firmamento no tiene dueño, y que incluso el recuerdo puede pagar un precio demasiado alto.
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