El grito de la lechuza partió la noche en dos, y Madrek supo que, aquel día, la senda le llevaría al confín de sí mismo. Más allá de los márgenes del Reino de los Surniados, extendiéndose hasta donde la mirada se volvía sueño y el sueño memoria, se erigía el Bosque Inmaculado. Decían los ancianos que todo aquello que olvidamos crece sin freno entre sus raíces, y que cada hoja llevaba impresa una palabra no pronunciada jamás.
Madrek era Cazador de Palabras. No por devoción o simple curiosidad, sino porque las palabras fugitivas podían alterar el curso de las cosas, destilar venenos o encantos, y solo quienes sabían rastrearlas en los pliegues de la realidad podían devolverlas a los tomos correctos. Su oficio, tan antiguo como los mismos Surniados, lo había convertido en algo parecido a un mito para los niños, y en una amenaza para los custodios del equilibrio, como la Hermandad de la Letra Rota.
Cierta tarde, mientras cuadros amarillos se filtraban por la ventana de su estudio-torre, una carta lacrada en oro y ceniza llegó a sus manos. Su remitente, un personaje conocido solo como el Archicopista, le proponía algo inaudito: cruzar el Corazón del Bosque hasta el Olvido Perpetuo y rescatar el Libro Sin Fin, del que todas las historias emanaban y al que todas regresaban, antes de que la maleza y el tiempo lo consumieran todo.
Esa noche, Madrek vació la copa ceremonial de raíz de nial, envainó su cuchillo de hueso de anguila, y, con desgana meticulosamente cultivada, visitó a Helianne. Ella era la última de las Lectrices Verdaderas, capaz de decodificar las huellas que las criaturas de tinta dejaban sobre la corteza de los árboles y las páginas no escritas.
—“Estás loco”, fue lo primero que dijo Helianne, cuando le expuso el encargo.
—“No se trata de locura”, replicó, entregándole la carta, “sino de evitar que el olvido devore lo que aún no ha nacido”.
Le acompañaría, no tanto por la nobleza de la causa como por mantener el control sobre el hombre que a veces soñaba con fugarse de sus propias historias. Así, con el alba anudada a las espaldas y un saco de páginas en blanco colgando del hombro, ambos cruzaron la frontera donde la corteza se vuelve frontera de mundos.
El Bosque Inmaculado era demasiado antiguo para tener un solo nombre. Bajo sus bóvedas de copa carnal y carbonilla, el tiempo fluctuaba—algunos días lo devoraban a uno como una bestia, otros apenas permitían avanzar un suspiro. Las palabras errantes, pequeñas luciérnagas de signos negros, zumbaban entre los musgos y los helechos, deletreando títulos prohibidos y tramas imperfectas, tentadoras como promesas rotas. Grandes tomos polvorientos brotaban a los pies de los fresnos, encuadernados en corteza y savia, abiertos en narraciones circulares imposibles de finalizar.
—No debemos tocar ninguno—advirtió Helianne—. Si lees sus historias, podrías olvidar tu propio pasado y convertirte en uno de los Vagabundos Sin Última Página.
Madrek solo asintió. A su alrededor, los árboles susurraban las historias de todos los que pasaron antes que ellos, invocando nombres de héroes caídos y amantes desdeñados por dioses anónimos.
Pronto hallaron la primera señal del desorden que el Archicopista temía: una grieta en la corteza de un abedul, de cuyo interior fluía no savia, sino versos en caligrafía herida. Helianne murmuró en voz baja:
—La fractura es profunda. Si esto sigue, los bosques comenzarán a contradecirse en sus propios relatos, y el mundo caerá en contradicción.
Continuaron adentrándose. La espesura exterior dio paso a un crepúsculo perpetuo donde los árboles parecían custodiar bibliotecas, y los frutos eran palabras aún sin germinar. El suelo crujía bajo los pies, vibrando con resonancias de relatos olvidados, y a veces, pasos furtivos de seres que alguna vez fueron lectores. Aquí y allá, figuras encapuchadas con páginas por rostro espiaban a los visitantes entre los troncos; no eran hostiles, pero sí advertían el coste de la misión: cada tramo más cerca del Libro Sin Fin, una parte de sí mismos quedaría atrás, registrada para siempre o devorada por la maleza voraz.
Al tercer día, Madrek se detuvo frente a un claro. Allí, colgado entre dos robles milenarios, flotaba un códice imposible: ni atado ni sostenido, sus hojas cambiaban con el viento, escritas en tinta de aliento y memoria. Helianne arrojó un puñado de polvo de gualdrón sobre el suelo, revelando los círculos protectores y los avisos cifrados en lengua muerta.
—¿Qué dice?—preguntó Madrek, mientras el frío del claro le arañaba la piel bajo la camisa.
—“Aquí duerme lo que fue contado. Despiértalo y paga el precio: tu nombre, tu amor, tu miedo”.
—¿Y si no nos acercamos más?
—Entonces la historia termina aquí, y todos los caminos se vuelven ceniza.
Madrek miró el cielo, vioceando entre las ramas un parpadeo de imposible libertad. Entró en el círculo, y durante un latido sintió como si la realidad le pesara mil veces más. El libro tembló, soltó una página, que se deslizó hasta sus manos. Era la historia de su primer fracaso, el relato que siempre había evitado repetir y del que solo quedaban retazos borrosos. Al leerlo, lo recordó todo: la voz de su maestro traicionando, la última caricia de la madre que ya no tenía nombre. Y, de algún modo, ganó una cicatriz nueva, invisible, en el borde de su existencia.
Helianne, tras observar en silencio, también se acercó. El libro no se resistió, pero sus páginas le mostraron una bifurcación: el día en el que decidió desvincularse de su hermana gemela para salvarla, sacrificando la posibilidad de reconocerse cada vez que se miraba en el espejo. Ambas continuaron en silencio, como si el aire se hubiera vuelto más denso, más opaco.
Atravesaron los Anillos Suplantados—una serie de robledales en los que las copas se alineaban de modo que el cielo se partía en geometrías irrepetibles. Aquí, las historias perdidas resbalaban por el viento, y a veces se pegaban a la piel como sudores fríos. Encontraron a Eiden, un Vagabundo, recitando para sí mismo en la lengua de la desesperación.
—Perdí mi última página—confesó con una voz hecha de jadeos—. Ahora solo repito, cada vez menos yo, cada vez más historia ajena.
Helianne intentó ofrecerle la salida: un fragmento de texto propio trenzado en su cabello. Pero Eiden la rechazó, ya sin rostro salvo el eco de un grito contenido.
Más allá de los anillos, sintieron el primer temblor. El bosque exhalaba. Los libros brotaban y caían, las historias confundían principio y fin, y Madrek supo que estaban muy cerca del Núcleo Verdadero. Allí, en un claro donde la luz era pálida y absoluta cual muerte detenida, estaba el majestuoso álamo gigantesco, sus raíces entrelazadas con volúmenes primigenios y sus ramas extendidas hacia el infinito. En el centro, sobre un pedestal de hueso y jade, descansaba el Libro Sin Fin.
Un guardián los aguardaba—a medias ciervo, a medias encuadernador, portando delicadeza y furia. Su voz descendía desde todas las páginas a la vez:
—Cada historia tuya que quieras cambiar, la selva se la cobrará. Cada palabra que salves, una rama la perderá. ¿Aún deseas abrir el tomo?
Madrek y Helianne dudaron. El silencio era, por fin, la gramática imposible entre ambos.
—No queremos reescribir, ni robar, ni alterar lo que fue—dijo Helianne, sabiéndolo cierto—. Solo queremos evitar que el olvido devore lo que todavía debe ser contado.
El guardián inclinó su cornamenta coronada de minúsculos libros, y apartó el paso.
Madrek se acercó. El Libro Sin Fin era una piel palpitante, latía con el pulso de todos los relatos. No podía leerse de forma lineal, ni poseía contraportada. La única forma de consultarlo era rendirse a sus hojas y permitirle elegir qué historia necesitaba pronunciarse en ese momento.
Abrió sus páginas, y fue la historia del primer copista universal la que surgió; un relato de cómo la tinta surgió de la desesperanza y el consuelo imitó a la naturaleza para parir historias. Helianne advirtió de inmediato la grieta: una frase mal tejida, un bucle sin salida, semilla del olvido expansivo. Tomó su pluma, la sumergió en la tinta vital del bosque, y reescribió la frase, apenas una respiración más fiel al tono del mundo.
Al cerrar el libro, todo el claro vibró. Las raíces dejaron de supurar memorias fuera de lugar; las copas descargaron decenas de nuevos tomos, no de historias ajenas, sino de relatos inéditos, dispuestos a germinar en la materia de lo posible.
Madrek y Helianne dejaron el claro sin mirar atrás. El bosque se replegó en sí mismo, cerrando cicatrices, olvidando el dolor, recordando solo lo necesario.
Caminaron de regreso mientras sombras nuevas se cernían sobre las primeras luces. En el margen del Bosque Inmaculado, Helianne recogió una hoja suelta. Ya no llevaba historia ajena, sino la promesa de un futuro escrito en presente continuo. Se la ofreció a Madrek.
—Créala tú esta vez —dijo, y ambos supieron que lo infinito depende solo de la voluntad de quien se atreve a escribir más allá de la última página.
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