Portada del relato Los ecos del Vacío
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Fragmento:


Pero el pergamino ardía en su mano. Lo guiaba una urgencia que solo tenían aquellos a quienes algo irrecuperable había sido arrebatado. El nombre de Shae, su mujer, se repetía en sus labios secos igual que un conjuro sin poder, y a cada paso la imagen de su rostro –frágil, hermoso, ruborizado por el miedo la noche en que desapareció– lo empujaba hacia adelante.

Duración: 07:34

Los ecos del Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

El crepúsculo rozaba las copas de los olmos cuando Ilren cruzó el umbral del viejo camino, fangoso y salpicado de las primeras flores heladas. En otros días, le gustaba recordar, ese tramo bordeando la linde del Gran Bosque habría estado vivo con la voz de los alondras y el revoleo lejano de mariposas de alas líquidas; ahora, solo el viento chapoteaba en los charcos y robles centenarios. Avanzó con el paso nervioso de quien ha dejado atrás algo vital, apretando en una mano un pergamino y en la otra el colgante de amatista que su madre le diera la noche en que el mundo cambió. Su aldea, ya diminuta y acosada por los rumores de hambruna, aguardaba a su espalda, retorciéndose en la penumbra como un animal herido. Ilren siguió marchando.

No era un muchacho especialmente valiente ni dado a gestas: su mayor hazaña, hasta entonces, había sido sortear las tentaciones de la taberna cuando la paga escaseaba más que el pan. Pero la carta –sello de cera ámbar, marcado con el ojo abierto de la Hermandad– había llegado con la promesa de respuestas. “Ven antes de la primera luna del deshielo”, decía su magra caligrafía. “La sangre llama.”

Se internó más allá de la barrera de troncos, donde el bosque se callaba y el aire se volvía tan denso como el pensamiento. Recordó las historias susurradas a media voz, sobre espíritus dormidos en la raíz de los enebros y pactos sellados en la savia de los mirtos azules. Lo que aguardaba en la profundidad de la arboleda, decían, era más antiguo que el nombre de las primeras montañas. Era pecado perturbarlo.

Pero el pergamino ardía en su mano. Lo guiaba una urgencia que solo tenían aquellos a quienes algo irrecuperable había sido arrebatado. El nombre de Shae, su mujer, se repetía en sus labios secos igual que un conjuro sin poder, y a cada paso la imagen de su rostro –frágil, hermoso, ruborizado por el miedo la noche en que desapareció– lo empujaba hacia adelante.

La jornada se deshizo en recuerdos y sudor. Cuando los tonos del horizonte se tiñeron de índigo, Ilren llegó al claro reservado por siglos. Allí, entre pétalos tan oscuros que negaban la luz, cinco figuras de túnicas granates aguardaban junto a los restos de un altar antiguo, roído de musgo. Bajo la luna, los rostros resultaban indistinguibles.

Una de ellas avanzó y lo miró largamente. Era alta, demasiado para su postura encorvada, como si guardara en los huesos la memoria de haber sido algo superior.

—Bienvenido, hijo de Nera —dijo con un timbre que vibraba a mitad de camino entre la amistad y el juicio—. Has llegado justo a tiempo.

Ilren tragó saliva e inclinó la cabeza. Sabía, aunque nunca le fueron enseñados los nombres, que aquellas personas eran los Ilemar, los últimos custodios de la antigua magia de Sangre y Recuerdo. Los únicos que podían devolverle a Shae o, al menos, una certeza.

—He venido por ella —declaró Ilren, la voz más entera de lo que hubiera esperado—. He traído lo que pidieron.

Dejó el colgante y el pergamino sobre la losa. Los Ilemar se arrodillaron a su vez, tocando con las palmas la piedra. Sus labios musitaron palabras que no se aprendían, que asomaban en las historias y los cantos cuando la luna estaba en rojo. Las sombras del claro comenzaron a derramarse sobre ellos como un vino denso.

El aire cambió: súbitamente olía a hierro y a claveles quemados. Ilren sintió latir su sangre en las sienes y en los párpados, un pulso impaciente que coincidía con la letanía. La voz de la líder —ya sin duda la sacerdotisa mayor— se separó del rumor, martilleando los límites de la razón.

—El precio está claro.

Nadie hablaba nunca del precio, pero todos sabían que existía. Ilren asintió, sintiendo la mordida inminente del miedo.

—Id con cautela —dijo la Ilemar—. Hoy cruzarás el Alzacerro, allí donde el mundo es afilado y los vivos rozan el reino de los no-nacidos. Buscarás en la grieta donde brillan las magnolias negras: ahí comenzó tu pérdida. Recordad que lo que se toma, se entrega. Que el reencuentro exige una sombra más oscura de la que un corazón puede ofrecer.

Ilren sintió su cuerpo hundirse, como si la tierra bajo el altar se disolviera. Su visión se quebró y resurgió entre la niebla. Estaba solo, ahora, en una llanura gris donde el viento graznaba como un cuervo ciego y los contornos del tiempo se disolvían bajo la mirada.

Caminó. Cada paso era una guerra. Había algo acechando en los límites de su visión, una criatura trémula que evocaba a su esposa y, con una fisura en la piel, mostraba su vacío. “Tuya es la raíz de la pérdida”, susurraba la tierra.

Al llegar a la grieta de las magnolias negras —pétalos abriéndose en la roca abierta, como bocas al abismo—, Ilren vio una silueta encorvada, temblorosa. Los ojos se le llenaron de lágrimas: era Shae, pero también no lo era. Su rostro era el recuerdo de una canción que se ha olvidado.

—Ilren —murmuró ella, igual que antes, igual que siempre—. ¿Por qué has venido?

Él avanzó y, sin saber cómo, se arrodilló frente a ella, tocando la roca con las yemas. La tierra tembló, y de la sombra surgió un murmullo.

—Te necesito. El mundo se reduce sin ti, Shae.

—¿Qué darás a cambio? —preguntaron muchas voces, todas usando la boca de su amada—. El amor es una moneda rota. El dolor, una piedra preciosa. Aquí nadie cruza el umbral sin pagar el doble de lo que cree deber.

Ilren sintió la vida desgastándose en los huesos, la memoria de todas sus pérdidas: el rostro de su madre, la promesa rota ante su padre, el calor robado de los inviernos viejos. Comprendió, de pronto, que el sacrificio no era solo sangre: era ceder un fragmento de sí mismo que jamás volvería a reclamar.

—Me doy a mí —dijo, y las palabras abrieron una grieta nueva en el aire—. Devuélvemela. Acepto la sombra.

La figura de Shae se desvaneció y, por un momento que fue una eternidad, Ilren supo lo que es ser desbordado por el vacío. Todos los recuerdos de ella —el tacto de sus dedos, el eco de su risa, la promesa de una vida— se elevaron en un remolino y después se extinguieron.

Cuando despertó, seguía en el claro bajo los olmos. Frente a él, una mujer de pie, mirando el cielo apenas manchado de estrellas. No reconocía su rostro, aunque algo en su postura era familiar. Notó que ya no recordaba el nombre de Shae, ni su rostro, solo un hueco inexplicable en el pecho. La mujer se volvió y lo miró con ternura. Él sintió la pulsión de abrazarla, de confesarse, pero algo le decía que era inútil.

La sacerdotisa habló detrás de él, su voz más suave que la brisa.

—El sacrificio fue hecho. Servirás ahora como guardián, como nosotros. Aprenderás el lenguaje de la sombra y el fuego. Has ganado y has perdido, hijo de Nera, como todos los que cruzan el Alzacerro.

Ilren, sin saber por qué, aceptó la túnica granate que le fue tendida. A su lado, la desconocida —su esposa, otra, o nadie— caminó hacia el bosque sin mirarlo.

Cuando la luna alzó el espejo de la noche sobre el claro, Ilren descubrió que podía nombrar el silencio y que, bajo sus manos, la sangre tenía ya un color distinto. Los que custodian el dolor son los que deciden hacia dónde va el mundo, y bajo el bosque, en la raíz del sacrificio, Ilren empezó a entender por qué todo comienzo es también una pérdida.

Y así empezó su vigilia, en un mundo donde nada vuelve, pero todo permanece. En lo más profundo del bosque, bajo la mirada de los Ilemar, la noche se tornó meditación; y el precio pagado, un rastro invisible que nadie podía leer salvo aquellos que todo lo han dado... y todo lo han olvidado.

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