Portada del relato El juramento de Varkith
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Fragmento:


—¿Has consultado el Oráculo? —preguntó el comandante.

Duración: 08:48

El juramento de Varkith
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Texto de ajuste de pausa.

La noche pesaba sobre el valle de Thurn como una losa de ónix. Bajo la vacía mirada del cielo, las setenta y siete hogueras del campamento imperial titilaban a la distancia: pequeños faros de esperanza y miedo entre la vasta negrura. En la ladera más escarpada, donde la hierba era menos densa y la piedra se sentía fría bajo los pies, el comandante Varkith sostenía su espada sobre las rodillas y repasaba en silencio el juramento que había hecho años atrás, cuando el destino de todo Alythar se había depositado sobre sus hombros.

—Lo harán antes del alba —dijo la consejera Eriene, emergiendo del manto de oscuridad a su lado. Su túnica azul, salpicada de runas antiguas, parecía oscilar entre lo visible y lo intangible, como si dudara de su derecho a estar presente en el fragor de aquellas horas finales—. La señal llegará con el viento del norte.

Varkith no apartó la mirada de las hogueras del enemigo. En sus facciones se leía el cansancio de los hombres que llevan siglos sobre los hombros. Su casco, sobre la roca, estaba abollado por mil batallas pasadas. En una guerra como la que se avecinaba, ni el acero ni la magia bastaban.

—¿Has consultado el Oráculo? —preguntó el comandante.

Eriene asintió con pesar, removiéndose inquieta—. Sus palabras son como siempre: confusas, entrelazadas, impregnadas de muerte y traición. No nos dicen nada que no sepamos. Pero hay algo nuevo, Varkith. Dijo… dijo que “cuando caiga la última hoguera, solo elegirá la ceniza”.

El comandante suspiró. Bajo los anillos del cuero endurecido y la cota de malla, sentía el frío como un animal hambriento.

—¿Qué piensas de eso?

—Que cuando todo termine —respondió Eriene—, a ninguno nos quedará nada. Ni para bien ni para mal. Solo ceniza.

Hubo un largo silencio. Los hombres y mujeres de Thurn, desperdigados por la ladera y a la espera de la condena, hablaban en murmullos rotos. Algunos rezaban a dioses hace mucho desoídos. Otros abrazaban amuletos, estandartes de la vieja gloria de Alythar, reliquias de un imperio que hacía mucho había perdido el pulso frente a la Sombra.

La Sombra. El enemigo sin rostro, la legión de espectros y bestias deformadas por la magia corrupta del sumo nigromante Kharul. Nadie sabía cuántos ejércitos había realmente bajo su mando, ni si todos ellos tenían forma física o solo eran pesadillas alimentadas por la desesperación. Pero desde la Torre Abisal, donde el relámpago y la escarcha caían sin aviso, cada ataque de Kharul había desgarrado un trozo más del mundo.

—Esta noche —susurró Varkith— haremos historia. O nos desvaneceremos de ella.

El viento sopló más fuerte, trayendo consigo el olor a tierra reseca y madera quemada. Allá abajo, los tambores del enemigo retumbaron. Era la señal de avance. En ese instante, las palabras del Oráculo parecieron más nítidas.

“Elija la ceniza”.

El primer asalto llegó en silencio, como si la propia noche lo cubriera. Fantasmas de humo, los guerreros de Kharul treparon la colina avivando cuchillas negras. Cuando los exploradores de Thurn elevaron el grito de alarma, la noche se volvió repentinamente roja.

Varkith saltó de su roca, espada alzada y ojos febriles. Cada movimiento, cada orden, era una secuencia grabada a fuego en su memoria por años de batallas. Las tropas de Thurn se reagruparon en vivo escudo de carne y acero. Los Hechiceros del Cónclave entonaron sus conjuros, la lengua del antiguo Alythar crepitante en el aire y refulgente de energía.

La colina se llenó de gritos, el canto oscuro de la guerra, y los fuegos de las hogueras se sacudieron bajo el aliento de la batalla.

Varkith cortó el primer enemigo por la mitad con un tajo limpio. La sangre que salpicó su rostro se disolvió en una neblina dorada: en los ejércitos de la Sombra, incluso los cuerpos se resquebrajaban en humo y polvo cuando caían. Más de la mitad parecían no sangrar en absoluto: guerreros hechos solo de odio y vacío.

Eriene apareció a su derecha, arrojando una lanza de luz sobre un puñado de espectros que amenazaban el flanco. Detrás, Magloran y los arqueros de la Ciudad Alta volvían sus arcos; cada flecha, encantada, hacía estallar a los enemigos en una llamarada celeste.

Pero eran demasiados. Por cada enemigo que caía, dos más parecían brotar del suelo. Los escudos crujieron, las lanzas se partieron, y un aullido prematuro recorrió las filas de Thurn, la flaqueza justo antes del colapso.

Varkith sintió el filo del miedo contra su propio espíritu. “No aún”, se dijo, y cargó hacia el vórtice de la batalla. En el fondo, sólo ansiaba hacer suficiente daño como para que los de su estirpe fueran recordados, aunque sólo fuera como una advertencia.

Al poco tiempo, el día comenzó a despuntar.

El este enrojecía, y las fuerzas de Thurn, diezmadas, luchaban ya entre los cadáveres y los jirones de magia rota. Varkith se apoyó en su espada, jadeando; la hoja estaba mellada, embadurnada de la negrura que manaba de los espectros disueltos. El comandante vio, a la distancia, cómo una distorsión crecía en medio del campo.

No era más un ejército, sino una marea de oscuridad. El propio Kharul, pensó, temblando. El horror de todos los cuentos de infancia, la pesadilla encarnada, venía por él.

Un giro violento del destino lo arrojó a sus pies: Eriene fue derribada por una llamarada negra. Quedó tendida, una herida abriéndosele en el costado. Varkith, sin vacilar, corrió hacia ella. La sangre, espesa y vibrante con magia, manaba al suelo.

—Debes vivir —le murmuró ella, con la voz rota—. Varkith, jura. Jura que resistirás hasta el final, aún si todo se vuelve cenizas.

El comandante la aferró mientras caían proyectiles de luz y sombra a su alrededor. La guerra parecía desenvolverse en torno a su punto de dolor compartido.

—Lo juro —afirmó Varkith, y en ese instante la magia de Eriene tembló, lo envolvió. Una runa se encendió sobre el peto de su armadura: símbolo de poder pero también de sacrificio.

Las filas de los suyos se quebraban. Varkith se levantó, aún sintiendo el calor de la vida de Eriene que se apagaba. Cargó una última vez, flanqueado por los últimos caballeros vivos y los hechiceros heridos. Abrieron paso a través de la oscuridad creciente, gritando viejos cánticos y juramentos, hasta llegar al corazón de la Sombra: el círculo donde la negrura vibraba, casi con voluntad propia.

Dentro, lo esperaba Kharul.

Era más sombra que hombre, la boca retorcida en una mueca de triunfo, los ojos como dos brasas apagadas.

—Has matado a los míos, Varkith. Pero no puedes matarme a mí. La Sombra nunca muere —escupió Kharul.

—Tampoco los hombres. Mientras uno solo resista.

A su alrededor, el combate se desvanecía como un sueño perdido. Magloran y sus pocos arqueros aún luchaban, pero la victoria era ya imposible. Varkith se enfrentó a Kharul, sólo sostenido por el peso del juramento y la luz de Eriene ardiendo bajo su armadura.

Lo que siguió fue un duelo de titanes y fantasmas. Kharul blandía la nigromancia, haciendo surgir raíces de sombra y cuchillas etéreas de la nada. Varkith, casi ciego bajo la sangre y el sudor, respondía por puro instinto. Cada golpe suyo fulminaba la oscuridad; cada tajo encontraba resistencia implacable.

Al final, Kharul lo atravesó con una lanza de noche. Varkith cayó de rodillas; aun así, atrapó la muñeca del nigromante con la mano izquierda, la runa de Eriene brillando, y pronunció el último hechizo que recordaba. Luz pura y cruda brotó de su pecho, disolviendo las sombras alrededor suyo. Kharul gritó, intentando retroceder, pero la luz lo abrazó como un manto inclemente.

Con un estallido, la oscuridad retrocedió; Kharul, abismal y diminuto, quedó reducido a una ceniza negra.

Más allá, en la colina, los fuegos moribundos de Thurn chisporrotearon. Los pocos supervivientes —Magloran, dos o tres portadores de estandarte, media docena de aprendices de Hechicero— contemplaron cómo el este, finalmente, amanecía.

Varkith cayó sobre la tierra deshecha. No sentía ya el dolor; solo la certeza de que había cumplido, de alguna forma, su promesa.

Eriene, o el recuerdo de ella, pareció susurrarle en el oído.

—La ceniza que queda es la semilla de la esperanza, Varkith. Aunque nadie cante sobre nosotros, resistimos.

La última hoguera se apagó.

Y así fue como Thurn, más allá de todo recuerdo, eligió la ceniza, y Alythar sobrevivió. Porque la épica de los hombros y la muerte, al final, es también la del renacer. Y ninguna sombra, por oscura que sea, puede subsistir donde alguien aún jura ser la luz.

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