Portada del relato Bajo la Mirada de los Robles Ancianos
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Fragmento:


Esa noche, en la sala de la posada, su atención giró hacia los tres narradores que se disputaban el protagonismo del fuego. El más viejo, un hombre con las sienes cubiertas de canas, agitaba las manos mientras contaba a todos cómo su abuelo había desaparecido buscando madera cerca del “Viejo Sendero”. El segundo, de mejillas sonrosadas y aliento a cerveza, aseguraba que era todo un invento para asustar niños. El tercero no habló. Observó a Sera, largo rato, hasta que los demás callaron. Sus labios hicieron un pequeño gesto hacia la puerta, y ella lo siguió, dejando tras de sí las carcajadas forzadas de los otros.

Duración: 09:46

Bajo la Mirada de los Robles Ancianos
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Texto de ajuste de pausa.

Nadie recuerda el nombre original del sendero. Algunos en el Valle de Mergel, cuando el otoño los sorprende junto a la lumbre, cuentan que fue alguna vez parte de la Ruta de las Carretas. Otros aseguran que es más antiguo que cualquier camino de hombre o bestia, apenas visible cuando las hojas caen y dejan al desnudo los huesos del bosque. Hay quienes creen que es el propio bosque, hastiado de visitantes, quien lo borra y lo revela a su antojo.

No era este un asunto de conversación entre los leñadores del lado oeste, porque ninguno en su sano juicio admitiría haber visto las marcas: señales esculpidas en las cortezas, piedras singulares entre la maleza, perfectamente lisas, como si ningún estrato de erosión pudiera tocarlas. Pocos podían describir el espeso aturdimiento que sentían al borde del sendero. Menos aún sabían la verdad.

Sera llegó a la aldea de Holdern al caer el séptimo día tras el equinoccio. Se alisó la falda sobre las rodillas y dejó el saco de viaje cuidadosamente junto a la mesa del posadero. Tenía el pelo recogido en una trenza tan apretada como el nudo de su primer cinturón de aprendiz, y unos ojos pálidos, casi grises, mirada de quien ha visto demasiado para sus veinticuatro inviernos.

Esa noche, en la sala de la posada, su atención giró hacia los tres narradores que se disputaban el protagonismo del fuego. El más viejo, un hombre con las sienes cubiertas de canas, agitaba las manos mientras contaba a todos cómo su abuelo había desaparecido buscando madera cerca del “Viejo Sendero”. El segundo, de mejillas sonrosadas y aliento a cerveza, aseguraba que era todo un invento para asustar niños. El tercero no habló. Observó a Sera, largo rato, hasta que los demás callaron. Sus labios hicieron un pequeño gesto hacia la puerta, y ella lo siguió, dejando tras de sí las carcajadas forzadas de los otros.

El tercer hombre se llamaba Frenn. Camisa de lino gastado, un andar que sugería largas marchas y una manera de mirar que buscaba invitación o amenaza en cada nueva persona.

—¿Buscas el sendero? —preguntó apenas estuvieron fuera del alcance de oídos indiscretos.

Sera dudó. La brisa entre los árboles olía a promesa, y a ceniza.

—Busco una deuda —replicó, arrastrando las palabras con cautela—. Sé que el camino existe. Mi hermana tomó esa ruta hace dos semanas. No regresó.

Frenn ladeó la cabeza.

—Muchos entran, pocos regresan. ¿Qué te hace pensar que tú sí volverás?

Sera deslizó la mano al interior de su capa y extrajo un colgante. Obsidiana tallada en forma de ojo, una franja de plata incrustada. El hombre tragó saliva.

—¿Quién te lo dio?

—No importa. ¿Me ayudarás o no?

Frenn ladeó la cabeza y asintió, aunque era difícil precisar si en resignación o en promesa.

Partieron al alba. Holdern era una aldea de casas bajas, tejados de paja, y perros que ladraban a los desconocidos. Los dos se internaron en el bosque bajo la luz desleída del amanecer, la niebla lamiendo sus botas. Los árboles estaban pesados de agua y rumor, ramas dobladas sobre sí mismas como espaldas cansadas. Al cabo de media hora, Sera notó el cambio: la senda, casi imperceptible, una depresión apenas visible en la hojarasca.

—No hay marcas —susurró, aunque la pregunta flotaba en el aire.

Frenn se agachó y retiró un puñado de hojas. Debajo, una piedra. Con la palma de la mano quitó la tierra: símbolos retorcidos, apenas visibles al tacto, pero antiguos. Se erguió.

—No busques marcas. No mires atrás. No respondas si oyes voces —advirtió, y Sera contuvo la réplica en su garganta.

El camino era engañosamente sencillo: los primeros pasos se sentían comunes, iguales a cualquier otro trayecto de bosque; pero allí donde los pies de Sera pisaban, la tierra se sentía demasiado blanda, aire más espeso, los árboles, dispuestos en círculos contranatura. El silencio era absoluto, excepto por el golpetear de su corazón. Caminaban rápido, la luz filtrándose entre las ramas cada vez más retorcidas.

A la hora o menos, el aire cambió. Algo, más allá de lo físico, se tensaba, y lo notaba en la presión detrás de los ojos y el erizarse de la piel. Fue entonces cuando oyeron la primera voz.

—¡Sera! —gritó por delante una voz inconfundible, la de su hermana, Lenne.

Sera movió un pie hacia adelante antes de que Frenn la atrapara del brazo.

—No —masculló él, y sus ojos estaban helados.

—Es ella. Lo sé —susurró Sera, pero sus pies permanecieron clavados.

Las ramas crujieron arriba, un ruido casi articulado, como si el bosque masticase pensamientos ajenos. La voz se desvaneció. Caminaron otra hora, o tal vez fue un ciclo entero del sol, porque el tiempo vacilaba y traicionaba allí donde el sendero torcía.

De vez en cuando, el suelo cambiaba: a veces crujía bajo sus pies como hielo rompiéndose; otras, era lodo que parecía querer tragarlos. Sera temió ahogarse en las propias sombras que el sendero proyectaba.

Llegaron a un claro. Allí, siete piedras en círculo, cada una cubierta de símbolos indescifrables. Frenn se detuvo de repente, jadeando. Su mano buscó el pomo del cuchillo, pero no lo desenvainó.

—No debes hablar aquí. Mira sólo mis labios y sigue —susurró.

En el centro del círculo, crecía un árbol de corteza tan blanca como hueso, en cuyas ramas colgaban tiras de tela y, horriblemente, cabellos. Algunas parecían nuevas; otras, descoloridas y viejas. Sera supo, sin que nadie se lo dijera, que cada tirilla era una promesa, un juramento, o una despedida. Extendió la mano para tocar una, pero Frenn se adelantó, plantándose de por medio.

—Te lo prohíbo, por tu vida.

El viento se levantó, y entre el crujido de las ramas Sera discernió cánticos, sílabas que reconocía de sueños antiguos. Sus ojos buscaron entre las telas, y distinguió una, más fresca que el resto, azul oscuro, anudada con la misma técnica que su familia enseñaba a las hijas para las cintas del pelo. El pecho le dolió.

—Lenne… —musitó, rompiendo la orden de silencio.

El círculo de piedras tembló. Las voces se multiplicaron, primero lamentos, luego risas cortas y secas, y después una letanía acompasada en una lengua ajena al tiempo. Frenn la sujetó con fuerza y tiró de ella en sentido contrario al árbol.

—Si te llama, ya no eres tú —le dijo—. El sendero robó a tu hermana. Puedes seguirla… o regresar conmigo. No hay otra elección.

Sera se zafó. Corrió hasta el corazón del claro, ignorando la súplica de Frenn. El mundo se contrajo: sentía los pies chocar contra la tierra, pero la distancia se hacía interminable, cada paso una eternidad. Cuando por fin alcanzó la tela azul, la arrancó de la rama. Al hacerlo, una sombra surgió del tronco, alta y voraz, conformada de los gritos y los lamentos que ellos habían oído antes.

La sombra no tenía rostro, pero sí ojos. Ojos hechos del mismo mineral negro de su amuleto, brillando con una inteligencia antigua y paciente.

—¿Darás lo que pides? —ronroneó la sombra. Su voz era todas las voces que Sera jamás había amado o temido.

Ella alzó la cabeza.

—Quiero a mi hermana. Haré el intercambio que pidas.

Frenn gritó, pero estaba inmóvil, las raíces del bosque ya envolviendo sus pies. La sombra se movió, lenta, serpenteante, hasta quedar frente a Sera. Una mano negra se extendió, pálida en la punta de los dedos.

—Debes recordar —susurró—. Cada deuda saldada es otra contraída. Harás el sacrificio de memoria.

Sera pensó en Lenne: sus risas al anochecer, los juegos tras la lluvia, las broncas y el perdón. Pensó en todo lo que hacía que su hermana fuera suya.

—Acepto.

La sombra se inclinó. Sera sintió frío en las venas, una mordida de olvido. Por un momento, todo se desvaneció. El rostro de su hermana esfumándose, los nombres de su infancia desapareciendo como bruma al sol. Pero sujetó la cinta azul con fuerza, repitiendo en su mente, sin palabras, la sensación de una mano pequeña entrelazada con la suya.

Un grito la devolvió al claro. Frente a ella, Lenne, temblorosa y pálida, yacía de rodillas. Sera corrió a abrazarla; ella respondía con el mismo gesto aprendido de niñas. Lo que Sera no encontraba era el nombre de su hermana. Un hueco quemaba en su recuerdo, como la forma de un diente arrancado.

Tiró suavemente de la mano de la joven, y ambas caminaron hacia Frenn, que ahora era capaz de moverse. Él las guió fuera del círculo, sin mirar atrás.

El sendero parecía ahora más difuso, mostrando apenas la dirección a través de un juego de luces y sombras entre los árboles. Cuando el primer rayo de sol las tocó, Sera cayó de rodillas, agotada. Lenne, o como quiera que se llamara ahora, la ayudó a levantarse.

No hubo palabras de regreso. Frenn las acompañó en silencio a través del bosque hasta que la linde reveló los tejados de Holdern. Solo entonces se volvió hacia Sera.

—¿La has recuperado?

Sera miró a la joven a su lado. Sabía que la amaba, aunque el nombre y los recuerdos puntuales habían sido devorados. Su corazón supo antes que su mente.

—La he traído de vuelta —dijo al fin—. Lo demás... es el precio.

Frenn asintió con gravedad. En sus ojos, Sera vio el reflejo de todas las promesas no cumplidas, todas las sendas que nadie recorre sin dejar algo atrás.

Aquella noche, en la posada, Sera sostuvo la cinta azul. A su lado, su hermana dormitaba, mano entrelazada con la de ella. Afuera, el bosque esperaba. El sendero seguía oculto, su deuda pagada solo por un tiempo, preparado para la próxima promesa, la próxima pérdida, el próximo viajero que no podría resistir la llamada de los caminos olvidados.

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