La luna se erguía, solitaria e inexpresiva, en medio de un cielo donde el negro era más que ausencia de luz: allí contenía la promesa de infinitas posibilidades y mil terrores encubiertos. Bajo ese firmamento que sólo los insomnes comprenden, el reino de Dhalivera permanecía helado, sus valles cubiertos de escarcha, las estalactitas colgando de sus árboles petrificados.
En la frontera septentrional del reino, donde el frío calaba los huesos y los malos augurios se susurraban con cada copo de nieve, se alzaba el monasterio de Corilum. Solo, asediado por el viento, el monasterio albergaba a los Gláuantos—una orden de monjes guerreros de piel azulada y ojos como pedazos de tempano. Los Gláuantos tenían un único cometido: vigilar la Puerta Bajo Montaña, el umbral entre el mundo de los humanos y el dominio vedado de los Dioses de Sombra.
La leyenda contaba que, en el principio de los tiempos, los Dioses de Sombra se nutrieron del calor de la creación. Exudaban oscuridad pura, y bajo su capricho el mundo nació, envejeció y casi pereció. Los antiguos héroes, nacidos del hielo eterno, los aprisionaron tras la Puerta, sellando la oscuridad con cristales imbuídos con sus propias almas. Pero la oscuridad nunca muere: solo duerme y sueña con retornar.
Eledra era la más joven de los Gláuantos, elegida no solo por la destreza de su lanza, sino por aquello que el oráculo denominó "el corazón tan frío que niega el olvido". Con apenas veinte inviernos, su mirada helada no era reflejo de frialdad interna, sino del esfuerzo perpetuo por contener el miedo ancestral que todos sentían: que un día, los fragmentos de ese sello cristalino se agotarían, y la sombra volvería. Ese día llegó con el crepúsculo, cuando la luna pareció sangrar en el horizonte.
El aviso llegó con los cuervos negros como hollín, chocando cegados contra la muralla de piedra y cayendo muertos—como si huyeran de algo invisible. Una runa maldita resplandecía bajo la nieve: el primer indicio de que los temores antiguos se agitaban. El prior del monasterio, venerable Drossen, convocó a todos junto al brasero sagrado.
"Hoy el hielo canta con la voz de las sombras", dijo Drossen, su voz resonando entre los pilares esculpidos. "La Puerta Bajo Montaña tiembla. Ha llegado el momento de ser más que centinelas."
Eledra sintió un escalofrío, no por el frío—eso era habitual—sino porque la oscuridad parecía encaramarse alrededor de su esqueleto. Su lanza de glaco, tallada del mineral más duro de la Era Antártica, brillaba débilmente en su espalda. No necesitaba coraje: solo no tener opción, y la elección ya no era posible.
La expedición partió antes de medianoche: cuatro guerreros al mando del prior y Eledra. Se adentraron en el bosque, cada paso amortiguado por la nieve gruesa, y pronto dejaron atrás los muros del monasterio. No hablaban. No era por disciplina, sino porque el silencio era su única defensa ante aquello que es capaz de escuchar incluso los pensamientos.
La hendidura en la montaña por donde accedían a la Puerta parecía una herida en una bestia dormida. Esculpida en la roca, la puerta era de cristal azul, siempre fría pese al roce del sol, ahora resplandeciente por un pulso negro que se filtraba de su fondo. Cerca del umbral, una presencia los aguardaba: Athros, último de los teselados, criaturas hechas de hielo y memoria, eternos guardianes menores.
Athros era tenebroso, gigantesco como un oso, pero su voz era un suspiro. "El Sello se ha agrietado. Una sombra ha escapado."
Drossen frunció el ceño. "¿Dónde está?"
"Ya no pertenece a este mundo. Imita la forma de los mortales, absorbiendo su calor, borrando lo que fue. Solo los Héroes de Hielo pueden resistir su toque. Si cae el último, caerá el mundo."
Eledra miró el cristal, supo que era hora. La Oscuridad reciente podía poseer cuerpos, borrar nombres y recuerdos, alimentarse del calor de la sangre viva, del amor, del sueño. Era un enemigo implacable no porque buscara reinar, sino porque necesitaba existir a costa de todo lo demás.
"¿Cómo la hallamos?", preguntó.
"Solo la sombra conoce sombra. Lleva este fragmento." Athros entregó una escama de hielo límpido, casi etérea. "Si oscurece, la oscuridad está cerca."
Era sencillo. O lo que podía ser sencillo cuando el precio era la eternidad.
El grupo descendió por la garganta helada, usando el fragmento de Athros como guía. Al principio, la escama continuó diáfana, reluciendo blanca incluso contra la nieve. Pero al llegar al pueblo de Gleratos, la escama palpó un matiz de negrura; era tenue, apenas perceptible, pero estaba allí, como una mancha de tinta en agua clara.
El pueblo parecía intacto, mas estaba callado de un modo antinatural. No niños jugando, no el usual murmullo al resguardo del fuego. Sólo la nieve, ininterrumpida, cubriendo lo que parecía ser esculturas humanas perfectamente cinceladas.
Eledra se acercó a una figura. Era un hombre, el rostro en una mueca de terror, cubierto de escarcha—o eso pensó hasta que tocó su mano. Bajo la nieve, solo había vacío; era una corteza, un recipiente abandonado.
"La sombra consume y deja un cascarón tras de sí", murmuró Drossen.
El prior indicó con gesto grave: debían ir al templo central. Aquellos lugares, consagrados con hielo antiguo, repelen las sombras aunque sea por poco tiempo. Allí encontraron una mujer joven, viva aunque temblorosa, oculta tras el altar. Sus labios eran grises, los ojos perdidos en el abismo de un horror inexplicable.
"Entró en mi padre", susurró. "Lo vi que no era él... y luego todos... todos..."
Sacaron a la sobreviviente del templo, pero la escama casi se tornó negra. El monstruo acechaba cerca, y lo sabían.
"La sombra tomará no solo calor, sino intención", advirtió Drossen. "No dudéis, ni permitáis pensamientos oscuros."
En la plaza, la sombra saltó de cuerpo en cuerpo, una neblina viscosa, deformando caras, transformando gritos en risas huecas. El prior entonó un cántico antiguo, empuñando su vial de agua del deshielo: roció el aire y la sombra aulló, replegándose al ver la pureza.
Pero fue Eledra quien finalmente enfrentó al ente. La sombra, vestida ahora con la apariencia del propio Drossen—pues poseer a un Centinela era su suprema burla—le habló con la voz de todos los caídos.
"No temes porque tu alma está vacía. Libérame, y sentirás de nuevo. Somos lo mismo: dejamos frío tras nosotros..."
Eledra, de rodillas y tiritando, sintió el peso de la soledad. Sabía que, en el fondo, la Oscuridad decía una verdad. Ella nunca había sido amada, ni deseada, ni finalmente aceptada entre los suyos. Por eso era fuerte, por eso era invulnerable: nada en ella podía ser robado porque nada había realmente suyo.
Sin embargo, fue justo ese vacío lo que la salvó. Usando la escama ahora negra, la clavó en su propia palma. Sangre azulada manó, y la depositó en el umbral de la iglesia. Sus palabras eran un susurro helado: "Mi frío no es tuyo, y mi soledad es mía."
Como si el mundo inhalara, la sombra se condensó e intentó aferrarse al sacrificio voluntario, pero el hielo en el corazón de Eledra era piedra pura, irrompible. La Oscuridad, incapaz de devorar lo que se entrega libremente, fue arrastrada hacia el cristal negro, atrapada otra vez por un sello forjado no de esperanza, sino de estoicismo.
Los aldeanos petrificados, uno a uno, cayeron convertidos en polvo. No volverían. La muchacha tras el altar sería la única testigo; los demás, ofrenda para que la oscuridad no extendiera su dominio.
De regreso, Drossen sólo le dijo: "El sacrificio no redime. Pero permite que los días sigan pasando."
Athros saludó el retorno de Eledra, y el prior depositó la escama ahora límpida en el museo de los perdidos. El monasterio mantendría su vigilia, y el hielo cantaría con voz baja esa noche.
Hubo, sin embargo, una diferencia: primero en sueños, luego siempre despierta, Eledra sintió que una chispa de calor reposaba en su corazón. No era ternura, ni siquiera contento; era una certeza, fina como el estilete de una escama: mientras existiesen los Héroes de Hielo, la Oscuridad tendría límite.
Pero la vigilancia nunca descansaría, porque en el mundo de los hombres y sombras, hasta el hielo más fuerte puede quebrarse y, entonces, ¿quién sellaría la noche con su propia soledad?
Fin.
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