Portada del relato La Dicha de las Sombras
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Fragmento:


—No vuelven si son cobardes —replicó Elara, y estaba a punto de rechazarlo cuando recordó la ley de Noreo: ningún sello negro podía blandirse en solitario—. ¿Tienes nombre?

Duración: 07:12

La Dicha de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

La Oficina de Asignaciones en Noreo, ciudad frontera entre dos mundos, bullía al anochecer. En la plaza repleta de forasteros y nativos, al resguardo de los terraplenes de arcilla ennegrecida, Elara ajustó la empuñadura de su alabarda y se abrió paso hacia la puerta principal. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo, los músculos de los hombros tensos bajo la cota de malla. Sus botas chapoteaban en el barro, salpicando a un muchacho sentado en el umbral.

—Cuidado, señora —gruñó él, pero Elara no se detuvo.

Dentro, la penumbra olía a resina y acero. Varios miembros de la Guardia Lunar, veteranos encorvados por el peso de la experiencia, bebían a sorbos un infuso de bayas moradas, mientras a un lado la vieja Maileth, con sus ojos de pez muerto, desgranaba la letanía de asignaciones.

Elara aguardó a que Maileth inclinara la cabeza y la invitara a pasar tras la mesa.

—Aquí vienes, hija de nadie —dijo la anciana, y su voz, baja y gutural, pareció resonar con un eco antiguo—. Traes necesidad. Y algo más.

Elara se encogió de hombros. Una respuesta directa equivalía a exponer ciertas heridas, y prefería preservarlas, como cicatrices bajo la armadura.

Maileth extendió una carta de papel grueso, sellada con cera negra. —Hablad.

—He venido a tomar una misión. La peor que tenga —dijo Elara, sin temblor en la voz.

La sala quedó en silencio. Unos veteranos miraron de reojo.

—La peor —Murmuró Maileth, casi complacida—. Al sur del Valle Desvelado, hay ruinas de un monasterio antiguo. Ha resucitado la sombra de Orsk, el devorador. Sus siervos arrastran aldeanos en la noche. Ni la Guardia Lunar regresa. Solo los desesperados vuelven la vista a esa oscuridad. ¿Qué persigues tú en esas ruinas, hija de nadie?

Elara tragó saliva. La luz temblorosa de las lámparas recortaba su perfil, destacando la brutalidad de sus pómulos.

—Sé cómo acabar con la sombra —dijo—. Y busco redención.

Maileth sonrió, revelando encías cenicientas y algunos dientes podridos. —Toma el sello, si te atreves. El pago es antiguo. No oro ni influencia, sino el saber que vuelve impío a los puros y redime a los indignos.

—Lo acepto.

Salió de la oficina cuando el crepúsculo teñía de carmesí los márgenes del mundo. Caminó hasta su refugio, una estancia ruinosa detrás del templo caído de Danu, exhalando la promesa de una noche sin recuerdos. Pero al llegar al portón, alguien aguardaba en la oscuridad: una figura reclinada al pie de la escalinata.

—No deberías ir sola —gruñó el muchacho que antes había salpicado—. Los que entran en ese valle no vuelven.

—No vuelven si son cobardes —replicó Elara, y estaba a punto de rechazarlo cuando recordó la ley de Noreo: ningún sello negro podía blandirse en solitario—. ¿Tienes nombre?

—Yann.

Yann era joven. La fiereza de su mirada desmentía la piel sucia y la ropa raída. Sin más palabras, Elara aceptó su compañía, y juntos pasaron la noche entre mantas ásperas y sueños plomizos.

A la mañana, partieron antes del alba, bordeando la ciudad vieja y descendiendo entre zarzales abrasados por la sal envuelta en el viento. Al acercarse a los límites del Valle Desvelado, la atmósfera cambió. No solo era la quietud del aire: era una pesadez que se colaba en los huesos, ensuciándolos de un miedo ancestral.

Las ruinas del monasterio surgían inclinadas hacia la ladera, memoria de un tiempo glorioso ahora ahogada por malezas. Elara empuñó la alabarda; Yann, tras ella, blandía apenas una daga sorda y seguía con la lealtad perruna de quien ha renunciado a toda esperanza.

—¿Es cierto lo que dicen? —susurró Yann—. ¿Que los siervos de Orsk devoran las almas antes que los cuerpos?

Elara lo miró con dureza. —Solo devoran lo que ya está podrido.

Cruzaron el umbral. Allí, la luz era verduzco-oscura, y el silencio se enrarecía en ecos. Bajaron por pasillos reventados. El suelo estaba cubierto de hojas secas que parecían hilos de cabello.

Pasaron junto a un altar destruido, y a su alrededor, manchas de sangre extrañamente recientes. Elara contuvo el aliento; Yann se estremeció.

Un susurro reptó entonces por la piedra:

—Redención, hija de Nadie… Tu padre nunca la encontró.

La voz no era humana. Elara alzó la alabarda. —Muéstrate.

Del fondo de la sala emergió una sombra más oscura que la penumbra misma, con máscaras cambiantes: a veces el rostro de Maileth, otras el de su padre perdido, otras una amalgama de lobos, niños y carroña.

Orsk, pensó. El devorador.

La criatura avanzó deslizándose sobre brazos y piernas imposible de contar, envuelta en jirones de ropaje de monje. Sin tocar la tierra, flotó alrededor de los intrusos.

—¿Vienes a redimirte, pequeña traidora? ¿A expiar la sangre que derramaste?

El frío de la noche anterior regresó a los nudillos de Elara. Yann, petrificado, apenas respiraba.

—No busco perdón —escupió Elara—. Busco acabar contigo.

Orsk rió, un sonido quebrado y húmedo. —Seré tu sombra, Elara de las Ruinas. No puedes matarme con metal ni plegaria.

Pero Elara sonrió con amargura y extraía una daga breve, adornada con símbolos que sólo los hijos de los hijos de los desterrados podían leer.

—No con metal, sino con lo que carga el metal —susurró—. Con memoria.

Gritó el nombre de una mujer muerta, un nombre que solo ella recordaba, y la daga recogió en su filo la única luz verdadera de la sala.

El monstruo tembló, retrocediendo.

—¡Hija mía! —bramó en voz de padre, y luego en la de amante, y luego en la de verdugo—. Si me destruyes, solo quedarás tú. ¿Estás preparada?

Sin tiempo para responder, Elara se abalanzó sobre la sombra, clavando la daga envuelta en recuerdos robados en el centro de su pecho fluctuante. Una explosión de luz dorada llenó el recinto; Yann gritó, cegado.

Elara sintió que la memoria de su infancia entera, su madre agonizante, su hermano menor muriendo de hambre en la guerra, pasaba como fuego a través de la hoja. Orsk aulló, desgarrado desde dentro, y en su grito Elara escuchó todas sus propias culpas, todos los desprecios y los ruegos ignorados.

La sombra se disipó, dejando tras de sí una mancha oleosa en la piedra, mientras Elara caía de rodillas, jadeando. Yann se le acercó a tientas.

—¿Terminó?

Elara no respondió al principio. Dentro de su pecho, la daga ardía como si fuera un diente arrancado del corazón.

—Termina para Orsk —musitó—. Nunca para nosotros.

Yann ayudó a levantarse. El aire del valle ya no era tan pesado.

—¿Qué pasará ahora?

Elara sintió la libertad como una herida curándose, apenas perceptible.

—Podemos volver a Noreo. Yo... —vaciló, sabiendo que ningún regreso sería del todo real—. Siempre nos quedará algún recuerdo que honrar. Hoy, fue suficiente.

Emergieron al día como si hubieran cruzado un océano. En la lejanía, las campanas de la ciudad tañían por los que nunca regresarían.

Elara supo que la redención, como la muerte, era siempre parcial. Pero mientras el recuerdo siguiera vivo en la hoja de la daga, ni las sombras más antiguas podrían ya devorarla entera.

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