Portada del relato La Cruz de Shalmar
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Fragmento:


“El peligro no habita la oscuridad, sino en el fulgor insensato de aquellos que buscan la luz sin respeto.”

Duración: 08:10

La Cruz de Shalmar
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Texto de ajuste de pausa.

Nueve lunas han girado sobre la tierra de Mirlasia desde que cayeron las torres de Reghun y aún los ecos de ese día resuenan en sueños y pesadillas. En el confín donde el mundo real se curva y se funde con sueños y terrores sin nombre, la bruma se arrastra bajo la raíz de los vientos y la última descendiente de la Casa de Tal-Eran camina sola. Su nombre es Anaren, y en sus ojos arde la memoria oscura de la unión perdida entre los hombres y las fuerzas que esculpen la vida misma.

Anaren había vivido en la umbría de los Antiguos Páramos desde la caída de Reghun. Su cabello, otrora negro, ahora vestía hilos de plata. Llevaba consigo la esquirla de la Cruz de Shalmar, ese fragmento azul como un relámpago atrapado en cristal que resonaba con un pulso apenas perceptible junto a su pecho. Nadie, ni siquiera los Hombres-Viento que custodiaban los pasos entre el mundo conocido y lo ignoto, sabían que la última heredera caminaría una senda prohibida para reclamar la Voz Tierra, el don de comando sobre la substancia de Mirlasia.

Aquella noche era la décima de las Lunas Oscuras. El aire flotaba, denso como la miel vieja, haciéndose brisa tan sólo para las alas del insomnio. Anaren se adentró en el Bosque Tenebroso, donde los viejos árboles guardan los nidos de la locura y los susurros del olvido. A cada paso resonaba en su memoria la advertencia de la nodriza: “Vuelve el rostro del espíritu cuando la Cruz brille roja, pues sólo entonces tu alma podrá romper o ser quebrada.” Pero no había candados en su resolución. Si quería salvar a los suyos y restaurar la Casa de Tal-Eran, debía afrontar el rito que sólo los héroes olvidados habían intentado… y perecido en el intento.

Los primeros ramos de niebla se arremolinaron en torno a sus pies. Por encima de ella, los árboles se arqueaban, entrelazando ramas en danzas secretas. Fue entonces que oyó el primer susurro. No era palabra, ni canto, ni grito. Era la voz de sus ancestros, destilada en pensamiento puro:

“El peligro no habita la oscuridad, sino en el fulgor insensato de aquellos que buscan la luz sin respeto.”

Pero ella caminó. El fragmento de la Cruz latía junto a su corazòn. En una hondonada iluminada apenas por el fulgor lejano de la luna, divisó la silueta de una criatura jamás nombrada en los relatos de campesinos ni en cánticos de bardos.

No tenía forma propiamente dicha—sólo un velo, más denso que la niebla misma, que flotaba y ondulaba. Bajó la cabeza en un gesto de antigua cortesía:

—He venido a buscar la Voz Tierra—declaró Anaren con una serenidad que ocultaba su pulso. El velo apenas se agitó, pero del corazón de su bruma emergió una serpiente de luz dorada, desplegándose en el aire y enrollándose mientras hablaba:

—La Voz no pertenece a mendigos, ni a reyes caídos. ¿Con qué pagas su precio?

Anaren no vaciló.

—Pagó con memoria. Olvidaré mi pasado si es necesario. Jamás me volveré atrás ni buscaré la seguridad de lo ya vivido.

En sus palabras bailaba una promesa sincera, pero también un miedo profundo. El velo removió la niebla con un soplo, abriendo un camino invisible en la maleza.

—Sigue la senda de la Sangre de Yghes–susurró–. Si sobrevives al Juicio de la Raíz, la Voz será tuya. Pero temo advertirte, Hija de la Casa Perdida: hay en los Antiguos Páramos mal que ni los hierros ni las magias olvidadas pueden vencer.

El camino descendía, y con cada paso, el mundo a su alrededor se tornaba menos tangible, menos sólido, como si caminase no ya sobre tierra sino sobre una frágil memoria de ésta. Espíritus antiguos, en forma de ciervos con astas de cristales y zorros de colas de fuego, bailaban a su paso. El frío fue agudo, desgarrador, y la Cruz vibró con creciente violencia contra su pecho.

El Juicio de la Raíz la esperaba en el corazón de una cueva, negra como el vacío entre estrellas. Ante ella abrióse un precipicio cuya profundidad nadie podía medir. Debía saltar, así lo prescribía el rito. Cerró los ojos, y se lanzó al vacío.

Por un instante se sintió suspendida en el no-ser, el tiempo curvado sobre sí mismo. Retazos de memoria—su madre abrazándola a orillas del Lago Cieron, la risa de su hermano menor, el tacto áspero de los muros de Reghun—le fueron arrancados, uno a uno, desvaneciéndose en el abismo. Lo que quedaba era pura esencia, sin nombre ni linaje. Solo entonces emergió en la otra orilla de la oscuridad.

El suelo era ahora de cristal negro, reflejando un cielo surcado por constelaciones desconocidas. La Cruz de Shalmar centelleó con fuerza inusitada. Anaren se encontró de pie ante un trono tallado en hueso de dragón, donde una figura aguardaba: la última Voz Tierra, cuya piel era de corteza de árbol y cuya mirada ardía con la luz de la aurora boreal.

—Muchos han venido —entonó la Voz, cada sílaba vibrando en los huesos de la heredera—. Todos han clamado por poder, por redención, por el abrazo de fuerzas que no comprenden. ¿Conoces el precio de la unión? ¿Aceptas ser puente y no dueña? ¿Aceptas olvidar y recordar, dar y recibir, transformarte y permanecer?

Anaren asintió. Su determinación ardía aún bajo la piel robada por el olvido.

—No vengo por mando ni promesa vacía. Vengo a restaurar el equilibro quebrado. Si he de ser un mero canal, lo seré. Si he de romper, me romperé. Pero que los Antiguos Páramos vuelvan a cantar bajo el cielo… y no a gemir bajo las botas de tiranos olvidados.

La Voz alzó sus manos y la Cruz se inflamó como un segundo sol. La luz llenó la caverna, hiriendo y sanando a un tiempo. Anaren sintió la raíz de su ser fundirse con la raíz oscura y profunda de Mirlasia, bebiendo de la savia de los siglos, oyendo el dolor de la tierra, el lamento de las rocas, el susurro de los ríos. Ya no era solo mujer o heredera. Era Hija de la Voz, puente entre lo mortal y lo inmortal.

Con el don vino el conocimiento: la invasión de Reghun no había sido obra sólo de hombres codiciosos. Fuerzas antiguas, exiliadas en los límites del espacio liminal, ansiaban quebrar la alianza dormida entre las gentes y la substancia de la tierra. Los caídos, los traidores, los espectros ciegos de la avidez.

Emergió de la caverna rodeada de un resplandor pardo y azul. Los árboles inclinaban sus copas ante ella. A cada paso, el suelo temblaba; de los ríos subía un canto casi inaudible. Pero con el don venía el deber: restaurar, proteger, sacrificar.

El primer acto de Anaren como Voz Tierra fue acudir a la Linde de las Sombras. Allí moraba su más antiguo enemigo: el Roedor de Huesos, exiliado del mundo por actos innombrables, pero aún anhelante del poder de la antigua alianza.

El Roedor aguardaba, envuelto en capas de oscuridad. Su voz era como el roce de piedras mojadas:

—Así que la última descendiente osa venir, pertrechada con la Voz. Has roto el ciclo, muchacha. ¿Osas imponer el orden de los muertos sobre los vivos?

Anaren no se dejó amedrentar:

—No hay muertos ni vivos cuando el equilibrio se quiebra. Sólo hay sombras útiles o sombras dañinas. Vete, o serás absorbido por la tierra que alimentaste de veneno.

El Roedor rugió y desató sus magias; la oscuridad danzaba como un animal encadenado. Pero Anaren elevó la Cruz de Shalmar y, desde su centro azul, brotaron raíces de luz que se enroscaron al enemigo y lo llevaron hacia las entrañas de Mirlasia, donde nada puede escapar a la vejez del mundo.

Uno tras otro, los males antiguos sucumbieron a la Voz Tierra renovada. Pero cada victoria costaba a Anaren un fragmento más grande de sí misma: un recuerdo, un sueño, una esperanza. Al final, cuando todo quedó hecho, no era más que un pálido eco de quien fuera, pero en los bosques, los ríos y las montañas, la vida volvió a brotar.

En la soledad de su victoria, Anaren se sentó al pie de un roble rejuvenecido. No recordaba ya ni su linaje, ni su dolor, ni siquiera su nombre. Era, simplemente, la Voz, y en su murmullo los hombres y bestias, árboles y tierras, encontraron el canto de la esperanza. Así se tejió la nueva alianza, no por sangre o poder, sino por sacrificio y transformación, y el mundo respiró de nuevo mientras las estrellas, desde su distante morada, observaban y, tal vez, lamentaban… o bendecían.

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