Fragmento:
La primera en comprobarlo fue Neria, la oscura. Caminó entre los resplandores apagados de la quemadura, aspirando el aroma metálico que le llenaba el pecho. Neria poseía el don de los hilos, veía el devenir de las cosas antes del tiempo; por eso podía sentir, allí, un eco insistente: dos presencias entrelazadas, una rabia vibrando, otra oculta en su propia desesperanza.
Duración: 09:53
Los rumores hablaban primero de las luces, y después de los gritos. Fue Simyr, la anciana del Valle del Risco, quien vio sobre la colina aquellos destellos en la noche, como soles pequeños enloquecidos danzando mientras la luna huía tras nubes pesadas. Hasta entonces nadie creía que la forja de los gemelos Tirhan fuera otra cosa que un mito, un cuento de viejas para espantar niños al bosque, donde los lobos acechaban y las raíces crujían al compás de pesadillas.
Ahora, sin embargo, había secuelas que no dejaban lugar para cuentos. La tierra, ennegrecida, humeaba aún después de tres lunas. Los caballos no bebían el agua del río cercano y los cuervos rodeaban la zona como emisarios aguardando la caída de algún rey. Lo que allí ocurrió no fue magia menuda, ni artilugios de charlatanes. Había presente algo antiguo, tan actual como el hierro, pero tan esquivo como el propio sueño en la mente de un insomne.
La primera en comprobarlo fue Neria, la oscura. Caminó entre los resplandores apagados de la quemadura, aspirando el aroma metálico que le llenaba el pecho. Neria poseía el don de los hilos, veía el devenir de las cosas antes del tiempo; por eso podía sentir, allí, un eco insistente: dos presencias entrelazadas, una rabia vibrando, otra oculta en su propia desesperanza.
—¿Quién osa? —preguntó Neria al viento encendido—. ¿Quién forja pesadillas en un yunque de recuerdos?
Al principio, sólo el crepitar de la brasa fue su respuesta. Pero al bajar al corazón del cráter, halló las espadas. Idénticas en todo salvo en el reflejo. Una, de un brillo blanco-azulado, titilaba bajo la luz incierta del amanecer; otra, el gemelo oscuro, hendida en profundo rojo, parecía hecha de sangre solidificada, con venas negras pulsando bajo la hoja.
Neria conocía la leyenda. Eran ellas, las Espadas del Juramento: Llano y Calder, nacidas de los hermanos Tirhan en la Forja Nocturna hace más de mil quinientos años. Espadas creadas para vigilar la frontera entre este mundo y los Sueños Ardientes, ese otro lugar de donde los hombres extraen su deseo y su destrucción.
La exiliada se arrodilló ante las armas. Sintió a su alrededor un calor creciente. No de la tierra, sino desde su propio fondo. Una voz, suspendida en el filo que divide vigilia y delirio:
—Elige.
La tentación era el pulso de tales artefactos. ¿Quién podría resistirse? Neria alzó la que ardía en rojo. Las leyendas susurraban que Calder podía cortar la voluntad de los mortales y devolverles los sueños de los que fueron despojados. Pero al tocarla, Neria vio no sólo su historia, sino su futuro: ciudades en ruinas, tronos de huesos, un mar donde el agua ardía en llamas azules, ardiendo bajo el sol inocente. Gritó. Pero no soltó el arma.
Al mirar su mano, vio, grabándose en su piel, un símbolo. El ojo del insomne, custodio de los sueños de fuego.
***
En la ciudad de Melenir, donde los canales se estrechan bajo puentes de piedra negra y las noches nunca son silenciosas, el rumor de la aparición de las armas cruzó la distancia como un relámpago previo a la tormenta. Aquellos que aún recordaban, en mitad de sus fumadas y jarras de licor, murmuraban con temor el antiguo acuerdo: que si las Espadas del Juramento volvían al mundo de los vivos, la frontera entre el sueño y la llama se rompería.
Pero había quienes lucían codicia en la mirada. Yelvis, Señor de los Mercados Oscuros, quien había vendido a su madre por cien monedas, envió esbirros a todos los rincones del pueblo. Un hombre hecho de sombra llevó la noticia hasta la torre de la Maestra Malkar, bruja de la Aguja de Onirias, quien no dormía desde hacía veinte años. El fuego de los sueños, ella sabía, era la última droga: podía engendrar, destruir, deformar a los hombres hasta hacerlos dioses o parias. Y reclamaba tributo con cada uso: la chispa de la vida, un alma por cada deseo cumplido.
Pero fue Lael, un muchacho huérfano y ladrón, quien primero halló a Neria.
No fue una persecución épica ni un clamor violento: sólo hambre y miedo condujeron al joven. Lael se arriesgaba en la linde de la zona quemada, donde quedaban restos de casas calcinadas y a veces los fallecidos ofrecían prendas que valían algo en el mercado. Descubrió a Neria entre las brasas, con la espada roja envainada y la azul-plateada atada a la espalda. Neria miraba el horizonte, esperando quizás a los primeros perseguidores, pero fue el ligero crujir de los pasos del huérfano el que hizo girar el acero.
—No temas —dijo Neria, y fue mentira. Porque Lael tembló de las pestañas a los pies ante esa voz que recordaba el eco de una batalla interminable—. ¿Por qué vienes?
—Por hambre —respondió el muchacho, con la insolencia de quien nada puede perder—. No busco tu muerte.
Neria, sin embargo, vio en Lael otra cosa: la sombra de los sueños, pero no quemados, sino frescos. En los ojos del muchacho bailaban visiones de lo que podía ser, de futuros aún no deformados. Para alguien como ella, que había abandonado la esperanza hacía mucho, aquello era tan valioso como el filo de Calder.
—Acércate. Siente —insistió, extendiendo la empuñadura azul.
Lael, imprudente, tomó Llano. Un frío le recorrió el cuerpo, pero era un frío vivo, que chisporroteaba bajo la piel. Los pensamientos se encendieron con imágenes: ciudades flotando sobre nubes negras, voces susurrando canciones sin palabras, un amor perdido bajo un firmamento de estrellas llameantes. No era destrucción lo que ofrecía Llano, sino posibilidad: la llama de todo lo que podría llegar a ser, si la voluntad persistía.
—Son gemelas —susurró asombrado—. ¿Por qué son tan diferentes?
—El fuego puede dar vida, o puede consumirla —Neria movió la cabeza, resignada—. Ningún poder verdadero es simple.
En ese momento, los perseguidores los encontraron.
Yelvis llegó primero, montado en un corcel negro, rodeado de sus Carroñeros. Maestra Malkar apareció a su lado, deslizándose por la brisa como humo condensado, ojos delineados en oro y azabache.
—Las espadas son nuestras —canturreó Yelvis, monstruoso en su codicia—. Dámelas, forastera, y vivirás. Deja que los sueños gobiernen el mundo de los sueños, y deja que el fuego limpie este podrido valle.
Neria, con una sonrisa amarga, desenfundó Calder. Llamas, apenas visibles, ardieron a lo largo del filo. Lael levantó Llano. No sabía qué hacer. Sólo que, si soltaba la hoja, perdería algo importante.
—No son vuestras. Pero podéis probar.
La batalla fue un estallido silencioso, extraña y rápida como toda verdadera violencia. Los Carroñeros se lanzaron sobre Neria, ignorando la advertencia de la hoja roja. La espada convirtió sueños infantiles y pequeños anhelos en brasas que mordían la carne. Allí donde Calder bailaba, los agresores caían con la mirada perdida, recordando en sus últimos latidos antiguos dolores o placeres borrados de su memoria, víctimas de la espada que roba, pero también purifica.
Lael, por su parte, se vio rodeado de sombras que Malkar convocaba desde el aire, trozos de sueños no nacidos. Llano, al contrario que su gemela, no destruía: convertía en posibilidad aquello que tocaba. Una sombra, al recibir el golpe de la hoja, quedó quieta unos segundos y entonces, milagrosamente, se transformó en un niño dormido, plácido, que sonreía entre las ruinas. Nour, la amante asesinada de Yelvis, apareció entre dos golpes y abrazó a Lael, no para dañarlo, sino para agradecerle. Cada tajo era la reescritura de una realidad, el regreso de una promesa.
El combate terminó pronto, pero no sin precio. Neria, la oscura, cayó de rodillas. Había contenido el incendio, pero sentía las brasas devorando su pecho. Lael, al contrario, brillaba. Llano no quitaba la vida, daba porciones de esperanza, infinitamente pequeñas pero reales.
Malkar, vencida, soltó un último suspiro:
—¿Qué habéis hecho? —escupió—. La puerta se abrirá. El fuego cruzará.
El mundo tembló. Desde el sureste, una llamarada nació entre los bosques: los Sueños de Fuego, liberados por el uso conjunto de las gemelas, buscaban nuevo anfitrión.
Neria miró a Lael. Vio entonces que era sólo un niño. Veía en sus ojos tantas posibilidades como peligros.
—Me quema… —susurró Lael, dejando caer Llano.
—Debes elegir —Neria dijo, y sus palabras eran mayores que cualquier destino—. O cierras la frontera, y te conviertes en guardián, o dejas que el fuego te consuma, y, en un éxtasis de sueños, ardes entre ellos para siempre.
El muchacho lloró. Porque quería ambas cosas: soñar, vivir, y a la vez, descansar del peso de sus sueños incumplidos.
—¿Y si soy yo quien sueña con un final? —preguntó, casi suplicando.
Neria tomó ambas espadas, y se las ofreció, cruzadas.
—Entonces ese será tu don. Soñar con el final es abrir la puerta a un principio. Sueña, pero no dejes que el fuego te queme los ojos.
Con un grito, Lael cruzó ambas armas, y el resplandor fue absoluto. El mundo tembló, sí, pero esta vez no ardió: llovieron pétalos de fuego que, en vez de destruir, germinaron en los surcos, trayendo nueva vida allí donde la tierra estaba quemada.
Y así, en la historia futura del Risco, se diría que aquella noche, bajo la custodia de un ladrón, los sueños de fuego aprendieron a arder sin consumir, y la frontera entre la llama y la esperanza se volvió, por fin, un lugar habitable.
Neria se alejó, sabiendo que toda elección exige un precio. Pero que, a veces, el fuego no es sólo destrucción: es también la fragua donde los hombres, al soñar juntos, inventan el mañana.
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