Fragmento:
Las jornadas siguientes transcurrieron cargadas de un rumor creciente: ecos de gritos procedentes de los pisos superiores, donde, decían, los locos ascendían tan alto que llegaban a hablar con el firmamento. En uno de esos grises albos, cuando la campana de bronce relinchó para anunciar el cambio de turno, Val encontró un objeto extraño entre las piedras volcadas de un derrumbe menor: un anillo de marfil, calado con la forma de siete puertas entrelazadas. Lo ocultó de la mirada de Cailan y de los ojos siempre húmedos de los vigilantes, que olían las rarezas como los lobos la sangre.
Duración: 09:10
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—A veces, pienso que la torre nunca termina —dijo Val Harou, volviéndose a mirar a su hermano mientras se limpiaba el sudor de la frente con la manga de cuero enguatada—, que cada piedra arrastrada aquí es absorbida por un hambre insaciable.
El sol hendido por nubes pesadas se recortaba tras la espiral de la Torre de Hexamerón, cuyo sustento era un cimiento invisible. Nadie en la Ciudad Vieja sabía quién había colocado las primeras piedras. Nadie recordaba el grito de júbilo o terror que debió de acompañar a la primera habitación sellada a la luz del alba. Lo cierto era que la torre crecía, y todos debían rendirle homenaje con trabajo, silencio o cenizas.
Cailan, el hermano menor de Val, miraba con atención el movimiento de los obreros: manos callosas alzando bloques que desaparecían en la bruma verdiazul que ocultaba los peldaños superiores. —¿Y si paráramos? —preguntó—. ¿Si nos negáramos todos, qué pasaría?
—Eso ya sucedió, tiempo atrás —respondió Val, lanzando una mirada cautelosa hacia los albores de la avenida. Su capataz casi nunca estaba presente y, sin embargo, todos sentían su presencia como un escalpelo en la espalda—. Dicen que la torre se alimentó de los días de los rebeldes. Casi nadie salió ileso; algunos envejecieron años en un instante, otros… otros sólo dormían y se hundían en la piedra.
Sobre ambos hermanos gravitaba una promesa doble: la madre había jurado no morir hasta ver el uno al otro lejos de la sombra de la torre; Val había jurado no abandonar los cimientos hasta liberar a Cailan de la servidumbre. Promesas frágiles, ligadas por la gravedad de la roca.
Las jornadas siguientes transcurrieron cargadas de un rumor creciente: ecos de gritos procedentes de los pisos superiores, donde, decían, los locos ascendían tan alto que llegaban a hablar con el firmamento. En uno de esos grises albos, cuando la campana de bronce relinchó para anunciar el cambio de turno, Val encontró un objeto extraño entre las piedras volcadas de un derrumbe menor: un anillo de marfil, calado con la forma de siete puertas entrelazadas. Lo ocultó de la mirada de Cailan y de los ojos siempre húmedos de los vigilantes, que olían las rarezas como los lobos la sangre.
Esa noche, de regreso en la habitación compartida, un soplo de brisa barrió el polvo hacia la celosía. La madre dormía, el pelo hilado como escarcha. Val se sentó a la mesa, el anillo colocado frente a una vela que crujía suavemente. Relucía con un fulgor propio, frío y menor, casi como la primera luz al romper del alba.
Cailan, que había fingido dormir, se sentó a su lado. —¿Una reliquia? —preguntó.
—Puede ser. O un aviso. He visto este símbolo antes, en el palimpsesto del archivo. Era la marca de los arquitectos; dicen que quien lleva una de estas puede pasar por cualquier puerta.
—En la torre todas las puertas están cerradas, menos las de entrada y las de la desgracia.
Val acarició el anillo. El calor de su dedo pareció animar líneas que serpenteaban a lo largo del marfil: diminutas palabras, ilegibles, que huían de la luz. —Quizás haya una excepción.
A la noche siguiente, mientras la ciudad bullía en la sordina de las tabernas y los gritos de las bestias carroñeras, Val se acercó a la base este de la torre llevando el anillo en la boca. Ni los guardias ni los esclavos repararon en él; la magia del objeto, si tal era, se hacía palpable como una presión en la cabeza, como el presagio de un sueño olvidado. Tocó la puerta lateral, la que sólo servía a los ingenieros y a los capataces de sombrero alto. El hierro estaba frío. Murmurando una plegaria indecisa, deslizó el anillo sobre una protuberancia apenas visible. Por un instante, la madera centelleó.
La puerta se abrió sin sonido.
Cruzó. Al otro lado, se halló ante un corredor irregular, de dimensiones extrañas: el suelo parecía invitar hacia arriba, girando sobre sí mismo como una cinta retorcida. A lo largo de las paredes pendían tapices gravados con escenas que escapaban al ojo: una ciudad desmoronándose, un río partido en dos, un niño que sacaba un ojo a serpientes que se arrastraban hasta el techo.
Cada paso hacia arriba era como caminar en sueños: el cuerpo se aligeraba, los pensamientos se azuzaban. El aire aquí no era aire, sino susurros, discretos como la niebla. Alcanzó el primer umbral, una puerta de bronce y obsidiana, en la que una mano sin carne sostenía un espejo. Sin dudar, colocó la palma contra el espejo. La superficie era líquida y cálida. El bronce se derritió y la puerta suspiró, cediendo.
La sala más allá era pequeña, hexagonal, y olía a violetas y a huesos. Una figura, encapuchada, tejía sobre un telar de hilos imposibles. Su rostro flotaba sin contorno preciso, como si se señalara sólo por la ausencia que dejaba en el aire.
—Bienvenido, Val Harou —dijo la figura, y pese a no mover la boca, la voz le llenó la cabeza como un vino fuerte—. Sabía que alguno de vosotros daría con la compañía del anillo.
—No busco compañía. Busco salida. O al menos, una rendija para mi hermano y para mí.
La figura avanzó en silencio, los hilos del telar oscilando entre sus manos con chasquidos eléctricos. —La torre tiene hambre, pero alguna vez, antes de ser jaula, fue puente. Los que están dentro no pueden irse por caminos que ya han sido recorridos; debes hallar otro. Este anillo lo llevaban los que labraron la torre, antes de que fuera maldita. Sólo sirve una vez cada generación.
Val pensó en la madre, en Cailan. —Si consigo que mi hermano cruce, ¿me devorará la torre?
—Quizás. Quizás ambos salvéis algo, o a alguien. Pero la torre nunca olvida. Si tomas un camino secreto, su memoria buscará un pago equivalente.
Val colocó el anillo sobre el telar, y por un momento supo —de forma tangible, como se sabe la desgracia o el amor— que los hilos que tejía la figura contenían los días y noches de todos los habitantes de la Ciudad Vieja. Si tiraba de alguno, una vida se desharía en polvo.
—Prefiero el riesgo a la condena de la costumbre —dijo.
La figura asintió. El suelo bajo Val se curvó; la puerta de bronce reapareció tras su espalda. Una palabra quedó grabada en el espejo: “herencia”.
De vuelta en la habitación en penumbra, Val despertó como si se despegara de un cuerpo de escarcha. Pegado a su palma tenía el anillo. Cailan dormía profundamente. Por la mañana, las memorias del pasaje eran difusas; sólo la presión de los hilos bajo sus dedos parecía real. Planeó, pues, un intento loco: debían atravesar la torre, a través de las puertas que sólo el anillo abriría. Escaparlo todo, dejar el trabajo y la miseria; arriesgarse a la furia de la memoria pétrea.
Esa noche, bajo el barniz aceitoso de la última fogata de capataces, Cailan y Val se deslizaron hasta la puerta lateral. Los soldados resoplaban, ajenos a los rumores. Una vez más, el anillo hincó su presencia, y la piedra tembló suavemente al reconocerlos.
A través de corredores torcidos, gemelos a los de la primera visita, avanzaron esquivando los ecos de pasos invisibles, escombros de antiguas esperanzas. A cada piso que ascendían, el aire se volvía más frágil, y los recuerdos menos fiables: Cailan preguntó hasta cuatro veces a Val si habían pasado antes por este mismo pasillo, y Val, por primera vez, dudó.
Al pie del segundo umbral encontraron a la figura del telar, ahora acompañada de otras dos, tejiendo con hilos rojos. Les hablaron con voces mezcladas: —El precio por pasar juntos es la promesa rota. Uno de vosotros perderá su reflejo en el mundo que deje atrás.
Val miró a Cailan. Los ojos de su hermano eran los de un niño viejo, cansados pero despiertos; quiso decirle “ve tú”, pero no necesitó hacerlo. Cailan sonrió: —Promesas, al final, sólo son palabras. Yo recuerdo quién soy, y tú quién quieres ser. Vayamos.
El umbral se abrió. La escalera los devoró.
*
Val emergió en una ciudad diferente: el sol hería con dientes nuevos, la torre era apenas una línea lejana en el horizonte.
Cailan, sin embargo, no dejó sombra al pisar la plaza. La gente les miraba como forasteros. Por las noches, Val sentía la presión invisible de una deuda no pagada, de días arrancados al tejido común.
Pasaron los años; madre murió arrullada por el canto de otra campana, lejos de la torre, sin recordar del todo a sus hijos. Val, algunas veces, veía entre la multitud a obreros que no reflejaban luz, sin sombra pegada a sus talones; sus ojos, fugaces, compartían consigo el cansancio de quien ha ascendido demasiado alto.
La torre seguía, se decía, creciendo. Nadie lograba afirmar si tenía un final. Los viejos susurraban que, una vez cada generación, existía una puerta que no debía cruzarse. Y que las promesas que uno tejía para los suyos, a menudo, eran los hilos con los que la torre agrandaba su prisión.
En las noches de insomnio, Val tocaba el anillo, ahora frío y sin poder, y pensaba en el precio de la libertad y en el peso de las promesas.
Y en las torres imposibles, que a veces, éramos nosotros mismos.
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