Portada del relato La Forja de las Lunas Rojas
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Fragmento:


Allí, en la frontera donde la ciudad besaba el vacío, me topé con los Susurradores—entes vestidos con túnicas de materia oscura. Se deslizaron por el aire como si flotaran nadando, sus rostros al descubierto, hermosos y terribles, esculpidos en lamentos. Uno extendió una mano. De entre sus dedos escurría una niebla hecha de voces.

Duración: 07:09

La Forja de las Lunas Rojas
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Texto de ajuste de pausa.

El tiempo es un río caprichoso, su curso encadenado a las voluntades de quienes lo cruzan a lomos de universos rotos. En los reinos más allá de Altaria, donde los continentes flotan como archipiélagos sobre el mar negro de la noche, la magia y la ciencia riñen por el control de la sangre estelar. Fue allí, en Kaelthra la Abismal, donde comenzó mi condena—y acaso también, mi liberación.

Llamadme Sythra. Hija de un herrero ordinario en un mundo extraordinario, nací marcada por el fuego de los cielos, con manchas plateadas en la piel que ningún bálsamo podía borrar. Nadie en Kaelthra ignoraba la leyenda: quien al nacer porta la marca lunar será la llave y la puerta, la ofrenda y el verdugo. Cada ciclo de las lunas rojas era una letanía de vigilias y cuchillos preparados; pero cuando llegó la sangría de Zhora, el temido eclipse triple, el miedo se volvió carne y el aire supo a óxido.

La noche que la ciudad alzó el vuelo para protegerse, torres de obsidiana fracturaron el suelo, desencadenando una tempestad de fragmentos. Era el éxodo: los poderosos anclajes de vórtice elevaban a Kaelthra por encima del Mar de los Espectros, rodeados de santuarios antigravitatorios y vientos que aullaban con voces de los desterrados.

Yo huía entre callejones detenidos en un amanecer perpetuo, perseguida por los sacerdotes armados con relicarios de luz dura, esquirlas de lógica sagrada y látigos que azotaban tanto la carne como el alma. Había un único refugio: la forja ancestral en el centro de la ciudad, en la que los metales vivos yacían latiendo bajo glifos que prohibían su sumisión. Allí, mi padre—una silueta canosa tras la humareda—alimentaba el fuego con sangre de dragón, mientras letras de carbunclo danzaban en el yunque.

“Padre,” susurré, acercándome entre espectros de mi infancia, “hoy me buscan.”

“Hoy te encontrarán,” replicó él sin girarse, golpeando el acero hasta que cantó en un idioma sin nombre. “Pero que no te hallen inerte.”

El estrecho cuchillo que extrajo de la matriz llevaba grabada la efigie de una bestia lunar, la Bestia Astral que devoraba realidades en tiempos de caos. “Debes ir al Bastión flotante,” me ordenó. “Llévate el filo. Si la sangre lo baña, abrirás la senda—pero cuidado: el sendero es hambre. Y su guardián, peor que el olvido.”

No hubo despedidas. Solo la certeza de caer o alzarse.

Atravesé la urbe suspendida en una huida febril, esquivando patrullas de autómatas que recogían los cuerpos de quienes no soportaron el sangrado de la luna. En plazas sin gravedad, salté entre columnas de memoria líquida, perseguida por cazadores tatuados con los nombres y los pecados de cada generación que había fracasado antes.

Allí, en la frontera donde la ciudad besaba el vacío, me topé con los Susurradores—entes vestidos con túnicas de materia oscura. Se deslizaron por el aire como si flotaran nadando, sus rostros al descubierto, hermosos y terribles, esculpidos en lamentos. Uno extendió una mano. De entre sus dedos escurría una niebla hecha de voces.

“Hija de la mancha lunar,” entonó, “¿vienes por redención o por poder?”

“No busco ni redención ni poder. Busco la libertad.” Las palabras me sorprendieron: no supe de dónde provenía tanta verdad.

Las bocas de los Susurradores se abrieron en una sonrisa que era un abismo. “Solo obtendrás libertad si robas la llave de su cárcel: el corazón de la Bestia Astral. Pero el precio es tu memoria. ¿Accedes?”

Podría decir que me negué, podría mentir y fingir que rechacé el trato. Pero era mentira; la ciudad flotaba, y la alternativa era disolverse en el olvido. Así crucé con ellos el umbral, dejando atrás todo lo que alguna vez fui, menos el filo y mi misión.

Al otro lado estaba el Bastión: una fortaleza móvil, hecha de huesos de titanes, rodeada de orbitas rotas y relámpagos de color escarlata. La Bestia yacía encadenada en su centro, una criatura formada de galaxias trituradas, con un millón de ojos y ninguna piedad. Su respiración enviaba daños en el tejido de la realidad, y el sonido era la infancia de todos los universos que jamás existieron.

“No te acerques,” advirtió una voz agrietada desde las sombras. Era un guardián: mitad máquina, mitad carne, con tubos que brillaban pulsando en su cuello. “A menos que ames olvidar.”

“Olvidar o morir,” contesté, avanzando con el cuchillo como único amuleto. El guardián rió, y un enjambre de recuerdos salió de su boca como mariposas negras.

Los Susurradores me impulsaron. “Solo puedes triunfar si reconoces el hambre en ti misma, Sythra.”

Me acerqué. La Bestia percibió el acero y se retorció, desgarrando bridas tejidas con ecuaciones y antiguas plegarias. Una de sus garras me alcanzó, inyectando en mi mente la idea de todas las muertes posibles: mundos fragmentándose, seres amados borrados, el eco de mi nombre extinguiéndose en todas las lenguas.

Grité. Y en el grito, atravesé la ilusión. Vi que yo también era Bestia; que la ciudad había alimentado mi monstruo durante años; que mi libertad era la libertad de todos los encarcelados y encarcelantes de Kaelthra.

El filo de mi padre cortó la coraza estelar de la Bestia. Sangre de estrellas. Sangre lunar. La realidad supuró, y en ese instante me vi reflejada: ni heroína, ni monstruo, sino el hilo que acaso podía unir ambos extremos.

“¿Ahora qué eres?” me preguntó el guardián, que ya solo era aire y sombra. “¿Vas a liberar a la Bestia y condenar el mundo, o volverás con los sacerdotes para que te sacrifiquen y la cadena continúe?”

La Bestia me miró. En sus ojos universos surgían y morían. La libertad era el hambre, pero también el fin del ciclo.

Solté el filo. “Hoy romperé la cadena. No usaré tu llave ni te devolveré a tu prisión. Vagarás—pero yo seré quien vigile. Y Kaelthra aprenderá a vivir en la cuerda floja del abismo.”

Los Susurradores aullaron: aplausos o condena, no supe distinguir. La Bestia se alzó, ya no prisionera ni carcelera, y en su estela la ciudad comenzó a descender, aterrizando suavemente sobre la negrura helada.

Mi recuerdo se diluía—pagué el precio acordado. Pero me aferré a una certeza: lo que permanece no es la memoria individual, sino la elección.

Kaelthra ya no flotaba. Sus sacerdotes ya no cazaban. La Bestia se perdía entre constelaciones nuevas y yo, sin nombre y sin historia, era libre. Libre y hambrienta, como todos los que alguna vez cruzaron la frontera de su propio abismo.

El sol surgió entre nieblas rojizas. Bajo la luz de tres lunas heridas, comprendí que la libertad nunca es dádiva; es el filo que uno mismo se incrusta, es la Bestia a quien uno decide dejar ir. Y lo peor del olvido no es olvidar, sino recordar solo lo necesario para no caer otra vez en la prisión.

De las forjas de mi padre, nada quedó salvo el rumor de un fuego que nunca se apaga. Y sobre las ruinas, aprendí a ser guardiana: no del Bastión, ni de la Bestia, ni de la ciudad, sino del hueco donde una vez hubo miedo.

En ese hueco empiezo el relato, y en ese mismo hueco se apaga—como la última chispa en la forja que fusionaba los sueños y las estrellas.

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