Fragmento:
Héra no buscaba gloria, ni siquiera venganza. Buscaba solo sobrevivir a la luna siguiente, ya que el mundo donde nació se le había deshilachado a los pies tras la última irrupción de la bruma violeta: las tierras se encogieron súbitamente a su alrededor, mientras todos sus vecinos se disolvieron en caminos tan vacíos como una plegaria olvidada. Sola, con la memoria del aroma de su infancia y la promesa de nunca ceder al pavor, aceptó explorar el laberinto que se desplegaba ante ella.
Duración: 08:24
La noche era una vela cuya llama, en vez de consumir cera, devoraba las certezas. Héra recordaba cuán absoluta es la oscuridad cuando uno ha probado la luz y la ha perdido de nuevo. La Tierra de Iroden, antaño vasta y bordeada por amables colinas, ahora se descomponía bajo el imperio de una magia desconocida, como si el mundo mismo se replegara hacia adentro, su carne enroscándose, creciendo en pliegues imposibles, hasta que los viajeros se encontraban atrapados en derroteros que nunca llevaban a ninguna parte salvo a sí mismos.
Los susurros de las antiguas leyendas hablaban: hubo un tiempo en que un dios menor, Sarlamir, danzó tan rápido en un círculo, por miedo a que su sombra lo devorase, que desgarró el tejido del espacio. Nacieron así los corredores sin término, los recintos que no se repetían pero tampoco terminaban, los laberintos eternos, tan carentes de propósito como de salida. Quienes entraban lo hacían por necesidad, por amor, por huida o por locura. Nadie los abandonaba indemne.
Héra no buscaba gloria, ni siquiera venganza. Buscaba solo sobrevivir a la luna siguiente, ya que el mundo donde nació se le había deshilachado a los pies tras la última irrupción de la bruma violeta: las tierras se encogieron súbitamente a su alrededor, mientras todos sus vecinos se disolvieron en caminos tan vacíos como una plegaria olvidada. Sola, con la memoria del aroma de su infancia y la promesa de nunca ceder al pavor, aceptó explorar el laberinto que se desplegaba ante ella.
Al principio, el sendero era de piedra azulada, jaspeado por raíces que emergían, temblorosas, como si intuyeran que la tierra bajo ellas ya no era tierra. Cada cruce era un dilema, pero también una invitación: ninguna dirección era igual a la anterior, las permutaciones eran infinitas. Unas veces las paredes se ensanchaban transformándose en barrancos colosales donde bestias aladas lamentaban antiguos juramentos; otras, se estrechaban hasta rozar su carne, encarnando pasajes de dolor o de gozo. Caminaba, pues, no sabiéndose más cuerda ni más loca que el día anterior, solo más adelante.
El laberinto, supo pronto Héra, tenía voluntad. No le hablaba por palabras, sino por forma. Alimentaba esperanzas y temores, reagenciaba recuerdos, le mostraba de vez en cuando una puerta que siempre, al franquearla, la devolvía hacia adentro. La consola era su andar: si avanzaba, aunque sin destino definido, estaba resistiéndose al olvido.
Durante una jornada interminable, Héra se cruzó con un hombre que llevaba en el brazo una linterna encendida cuyas chispas caían al suelo y se transformaban en pequeños peces que nadaban a través de la piedra. Su nombre era Doilin, y decía ser, como ella, un extraviado. Compartieron agua y silencio. Doilin contó que había visto cosas imposibles, animales que dormían de pie sobre sus recuerdos, puertas que abrían a habitaciones donde uno podía volverse aire, ácido, incluso tiempo; pero jamás un final. Cuando la linterna se apagó por un instante, Héra le tomó la mano admirándose del temblor de sus dedos. Era el suyo el primer contacto humano que experimentaba desde su ingreso al laberinto. Eso la reconfortó y la aterrorizó a la vez.
"Creía que el miedo era soportable cuando se compartía", dijo Doilin, la voz una cuerda que vibra en mitad del huracán. "Pero aquí, las sombras se multiplican. He aprendido que no se trata de escapar, sino de negociar."
"¿Negociar?, ¿con el laberinto?", murmuró Héra.
Él asintió, y le mostró un anillo de bronce en cuyo interior, camuflada en la filigrana, había una hoja seca. "Todo camino que tomas crea otra senda que niegas. Aquí, las decisiones son semillas. Si siembras miedo, cosechas bestias. Si siembras memoria, brotan pasajes de tu infancia. Pero si siembras coraje..."
Héra vio reflejado en su mirada un fulgor adusto y antiguo, como la luz que precede al trueno. Esa noche compartieron historias junto a una bifurcación, turnándose la guardia. Héra soñó, por primera vez en mucho tiempo, con los manzanos de su pueblo y las voces tintineantes de los niños que corrían por el camposanto, sin temor al invierno ni al olvido.
Al despertar, Doilin se había esfumado. Había dejado, en el suelo, la linterna aún encendida, y sobre ella una nota: “La fe es un hilo, Héra. Si tiras lo suficiente, quizás halles la madeja.”
Héra guardó la linterna y avanzó con renovado vigor, obligando a sus deseos a guiarla en vez de sus dudas. Cada vez que su corazón palpitaba con más firmeza que su razón, el panorama mutaba: los muros se tornaban traslúcidos, mostrando escenas de vidas alternativas. En una, vio un reflejo de sí misma dormida en paz junto al cuerpo de Doilin; en otra, la contempló salvando a una niña idéntica a su hermana perdida, en otra aún, era una anciana que leía, apacible, un libro en una terraza por la que nunca había transitado. Lo comprendió entonces: el laberinto no era una cárcel, sino un palimpsesto.
Fue esta revelación la que la condujo, tras innumerables giros, a una plaza circular en cuyo centro latía el árbol de Sarlamir. Sus raíces formaban puentes entre las paredes, y entre sus ramas pendían miles de espejos, todos ellos grabados por dentro. Al acercarse, la linterna temblaba en su puño; el aire olía a ozono y a habas verdes.
Entre los espejos, su reflejo era múltiple: en uno, estaba cubierta de cicatrices, en otro, sonreía ferozmente a algún ausente. Cada faceta era una verdad y una mentira; podría elegir quién quería ser, o podría no elegir y difuminarse en las posibilidades. Sarlamir, según la leyenda, ofrecía a los mortales la elección de sus futuros, si aceptaban que en cada decisión perdían parte de lo que nunca sería. ¿Cuántas vidas estaba dispuesta a dejar atrás para conservar la suya?
Tomarse el tiempo suficiente fue su primer triunfo. Héra se sentó frente al árbol y dejó que los recuerdos cabalgaran sobre la marea de sueños y terrores. Comprendió que la heroicidad, en ese lugar y en ese tiempo, no era conquistar un monstruo externo sino tomar posesión —plena y doliente— de la propia historia. Los monstruos y los caminos tortuosos no eran sino habitaciones de sí misma, umbrales a decisiones que la reconstruirían con cada paso.
Por un instante, creyó escuchar el rumor de Doilin, una risa ahogada en algún pasaje cercano. Se permitió llorar, no por él, sino por quienes había dejado atrás, por las certezas extraviadas. Cada lágrima era absorbida por la raíz del árbol, y con cada gota sentía las paredes abrirse ligeramente, como si el laberinto se alimentase de su sinceridad y le otorgase, a cambio, un poco de claridad a su trayecto.
Al levantarse, la linterna ya no arrojaba peces al suelo; en su lugar, proyectaba su sombra en formas nunca antes vistas, elongadas y extrañamente hermosas. Siguió caminando. El laberinto continuaba interminable, pero cada esquina ahora llevaba consigo ecos de esa plaza, del árbol, de los brillantes espejos en que había aprendido a elegir. A veces, encontraba otros extraviados. Les contaba su historia y escuchaba la de ellos; no todos eran valientes, ni sufrientes, ni siquiera sabían su nombre. Pero todos seguían andando, porque ninguna historia en los laberintos podía terminar realmente.
Un día cualquiera —o tal vez una noche— Héra llegó a una bifurcación donde la piedra bajo sus pies palpó, tibia. Un mural le mostraba a ella y a Doilin bailando bajo la luz de innumerables linternas. No sabía si era recuerdo, deseo, o promesa. Solo comprendió que elegir no era rendirse: uno podía seguir avanzando y —con suerte— ayudar a que otros también lo hicieran.
Mientras sus pasos se perdían en nuevos corredores y fantasmas amistosos la saludaban desde las bifurcaciones futuras, Héra supo que el laberinto podía ser infinito, pero no por ello era enemigo. En su meandro perpetuo encontró un propósito: entretejer con otros las historias, recordar el mundo afuera, y en cada encrucijada llevar consigo la plegaria incesante de nunca olvidar para qué camina.
Al final de los caminos, más allá de la esperanza y del dolor, no aguardaba una salida gloriosa ni la voz de los dioses. Solo la humana posibilidad del coraje, la promesa de los encuentros, y el fulgor silencioso de aquellos que siguen andando, eternamente, hacia sí mismos.
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