Portada del relato Las Llamas Tras los Umbrales
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La puerta del archivo se abrió de golpe, violentamente; el viento ululó como bestia herida. Una figura, envuelta en pieles manchadas de escarcha, avanzó a través de la ráfaga. Tenía el cabello negro, largo y apelmazado por la humedad, y una cicatriz curvada en el mentón semejante a un hálito; era Vyer, la hija exiliada del antiguo arconte. Vyer apenas tenía treinta inviernos, pero en su mentón pesaba la traición y en su mirada, la astucia de quien ha visto demasiados cadáveres arder.

Duración: 09:27

Las Llamas Tras los Umbrales
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

El rostro de Gadean se reflejaba partido en mil ascuas sobre la vasija de metal. Un hombre podría envejecer por la mitad y todavía no cargar tanto invierno en los ojos como él llevaba esa noche; la nevada que golpeaba la ventana del archivo tenía menos de blanco que él en las sienes. El aire crujía, sutil, alrededor de la mesa, y la lámpara de aceite, desplazando su tenue resplandor, no alcanzaba a sofocar los sombras. Afuera, las torres de hielo se yerguían como los dientes de un titán dormido, cercando a Kyardul, la ciudad sin verano.

En tiempos antiguos, cuando el río Kyarn iba rebosante y nadie temía al Frío Abisal, aquellas torres eran el orgullo de la ciudad. Hoy, como altas criptas, daban cobijo a secretos y amenazas. Desde el exilio de la mayoría de las hermandades arcanas, Gadean no había visto otra cosa que ruina y superstición invadiendo las calles. Había presenciado cómo los cultos de supersticiosos marcaban las puertas con ralladuras de hierro y cómo el Consejo de Nieve prohíbía el uso de las runas antiguas, hasta el punto de quemar librerías y amenazar maestros.

Pero él, archivero y tal vez el último testigo de lo que una vez fue la Torre del Primer Invierno, guardaba algo más que registros rotos y tratados condenados al polvo. Guardaba, entre otros males, una única runa prohibida. Ésta yacía sobre la mesa, trazada en carbón y circunscrita por el sigilo de mil inviernos. Sabía que activarla significaría jugarse la vida, pero a esas alturas —considerando que los fantasmas de sus errores le visitaban cada madrugada— no era el miedo a la muerte lo que le inquietaba, sino el ansia de sentido.

La puerta del archivo se abrió de golpe, violentamente; el viento ululó como bestia herida. Una figura, envuelta en pieles manchadas de escarcha, avanzó a través de la ráfaga. Tenía el cabello negro, largo y apelmazado por la humedad, y una cicatriz curvada en el mentón semejante a un hálito; era Vyer, la hija exiliada del antiguo arconte. Vyer apenas tenía treinta inviernos, pero en su mentón pesaba la traición y en su mirada, la astucia de quien ha visto demasiados cadáveres arder.

—¿Lo tienes? —preguntó, sin molestarse en saludar, mirando más hacia la runa que a Gadean.

—Nunca aprendiste el arte de presentarte ante los moribundos, veo —contestó él, pero aun así acomodó su mano sobre el pergamino manchado—. Estás medio helada. Cierra la puerta, si no quieres que ambos nos congelemos antes de corrompernos.

Vyer obedeció, empujando la madera astillada hasta encajarla, con una mirada sobre el hombro que era más calculadora que preocupada. Sacudió la nieve de sus botas y dejó una estela de agua helada en el piso encerado.

—No tenemos tiempo para cortesías. El Consejo ha enviado a sus perros tras mí. ¿Cuánto sabes?

—Sé que buscas la llave para quebrar la prisión de Baez, esa urdimbre de hielo que encierra la mitad sur de la ciudad —murmuró el archivero, envolviendo el pergamino—. Y sé que quieres usar la runa para romper la Torre de la Vigilia.

La mujer asintió, despojándose la capucha. Después de un par de minutos en silencio, únicamente interrumpidos por el zumbido del tempano, habló con la voz entrecortada:

—¿Recuerdas cómo era, antes de que las torres sangraran hielo y se impusieran las leyes de los Custodios de la Escarcha?

Gadean se removió incómodamente.

—Recuerdo jardines. Y libros. Y la risa de los niños aprendiendo el significado de las runas. Recuerdo un invierno amable, domestico.

Vyer soltó una risilla amarga.

—Todo eso lo extinguió el miedo. Las runas pueden curar, pero también devorar. ¿Las dominas aún?

Gadean dudó, y luego asintió.

—Supe hacerlo, una vez. Pero esta no es cualquier runa, Vyer. Es la Palabra de la Consumación. Si algo sale mal...

La joven extendió la mano sin vacilación.

—Prefiero arder en la furia de las letras antiguas a seguir viendo cómo el hielo expande su tiranía noche tras noche. Dámela.

El archivero se la otorgó con una solemnidad silenciosa. Sus dedos se rozaron y, por un leve instante, Gadean percibió la grieta en la coraza de Vyer: era miedo, sí, pero también la temeridad ciega de quien ya no tiene nada que perder. Observó cómo ella enrollaba el pergamino y se lo guardaba junto al corazón.

—No actúes sola —susurró entonces—. Hay cosas en esas torres que sienten el eco de las runas más rápido de lo que un hombre puede respirar. Deja que te ayude.

Ella lo miró, indecisa, pero la urgencia acabó por imponerse.

—Conoces los pasadizos bajo la ciudad mejor que nadie. Guíame. Llévame hasta la torre.

***

El descenso hasta los túneles era un ejercicio de tensa memoria. Escaparon del archivo justo antes de que los alguaciles de armadura blanca irrumpieran; el bullicio de sus pasos se perdía entre los susurros de la ventisca. Cruzaron la plaza de la Fuente Rota, donde estatuas cubiertas de hielo parecían vigilar con piedad ciega. Atraviesaron la boca de un sumidero antiguo y descendieron, con antorchas, por escaleras resbaladizas. El mundo se fue estrechando: el frío era más intenso abajo, como si las raíces mismas de la ciudad sudaran escarcha.

Caminaban en silencio, cada uno aferrándose a recuerdos propios. Gadean meditaba sobre la letalidad de las runas; más de uno se había vuelto loco buscando poder en una palabra mal pronunciada. El hielo, sin embargo, era más viejo todavía que las runas. En esas galerías, las paredes estaban tatuadas con símbolos olvidados, y cada cierto tramo, una puerta de hierro oxidado marcaba un desvío,

—Las torres no fueron construidas —susurró Gadean—. Brotaron. Nadie recuerda el tiempo exacto, pero un alba todas estaban allí. Los magos escribieron runas para contenerlas, cuando aún confiaban en palabras. Ahora... sólo queda miedo.

—Quizá sea hora de devolver el miedo a los que lo sembraron —contestó Vyer, y su silueta avanzaba como una sombra dispuesta a desafiar dioses.

Tras casi una hora de caminar, emergieron al pie de la Torre de la Vigilia. Era la más alta: un espiral translúcido, cuajado de hexágonos, con fractales de escarcha ascendiendo como lenguas de un fuego helado. Todo allí crujía y se contraía, como si la torre respirara.

Frente a la entrada, custodiada por una puerta de zafiro polar, Gadean susurró:

—Aquí. Las palabras deben ser pronunciadas donde la runa fue temida por última vez.

Vyer desplegó el pergamino y, tras un instante de concentración, empezó a cantar.

No era canto de guerra ni plegaria. Tampoco, exactamente, un llanto. Las palabras fluctuaban, buscando grietas en el hielo, buscando algo vivo bajo la superficie. A cada sílaba, la runa parecía palpitar sobre el papel, como si quisiera respirar.

El hielo crujió. Tal vez sólo un hombre que ha gastado la vida temiendo ese sonido sabría distinguirlo de otras fracturas. No fue un estremecimiento cualquiera: la puerta giró sobre sí misma, astillándose en fragmentos de luz azulada. La torre tembló, dejando caer una estalactita del tamaño de un caballo.

Y entonces, algo respondió desde dentro.

Un ojo —tres veces grande como una cabeza humana— se abrió tras los muros, barriendo la entrada con una luz interna. Se escuchó un murmullo, monstruoso y suplicante, como si las piedras propias de la torre pidieran misericordia. Vyer no vaciló; entonó la última sílaba de la runa, una nota tan grave que Gadean sintió cómo sus huesos vibraban.

El ojo se cerró de golpe. El hielo, antes inquebrantable, se fragmentó en miles de trozos. Por un instante, la ciudad entera pareció inhalar. El frío se retiró, retrocediendo hacia el núcleo del espiral como oleada vencida. La puerta de zafiro se deshizo en agua. Gadean vio cómo Vyer, empapada por la onda, caía de rodillas. Corrió hacia ella, notando que el temblor no era ya físico, sino del miedo mismo que todos cargaban.

—¿Estás bien? —jadeó. Vyer levantó la cabeza; sus ojos brillaban con furia y fatiga.

—La torre... no está vencida. Solo dormida. Debo entrar.

El archivero asintió, y juntos atravesaron el umbral. La cámara interior era un relicario de horrores. Runas selladas parpadeaban en las paredes, encapsuladas en cubos de cristal, y una sucesión de escaleras sobre campos impolutos de hielo llevaba hacia lo alto, desde donde la ciudad podía verse como una malla de venas heladas.

En el centro, sobre un pedestal de obsidiana negra, flotaba lo que alguna vez fue un corazón humano, ahora forjado en escarcha y palpitando débilmente.

—La fuente misma del Frío Abisal... —susurró Gadean.

Vyer dudó apenas. Se acercó al corazón, el pergamino aún humeando en su mano. Sabía lo que debía hacer. La runa exigía sacrificio: para sellar el poder, debía dejar atrás todo lazo con el mundo. Gadean sintió las lágrimas helarse en su barba cuando comprendió lo que ella pensaba hacer.

—No tienes que... —empezó, pero Vyer lo interrumpió:

—Es esto lo que queda para quienes custodian el último invierno.

Y apretando el pergamino contra su pecho, pronunció las últimas palabras. La torre tembló una vez más, pero esta vez el hielo se licuó, y el corazón, junto a Vyer, fue envuelto en un estallido de luz blanca.

Cuando terminó, quedaba sólo Gadean. Afuera, la tormenta había cesado. Kyardul parecía más pequeña en el silencio repentino, pero algo del antiguo calor había regresado.

Con pasos de anciano, el archivero descendió la torre. Llevaba consigo sólo el eco de las palabras prohibidas, la deuda con los caídos y, por fin, el sueño de jardines asomando bajo el deshielo.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.