Hay ciudades cuya luz se apaga poco a poco, y hay ciudades donde la oscuridad nace en el corazón de sus habitantes. La ciudad de Rillost, asomada al borde de sus propios abismos, nunca tuvo ese lujo de lento eclipse. Supo de inmediato el precio de la noche: caballos devorados, niños sin nombre, el acero llamando al acero en callejones húmedos. El trono de la Corte Roja había sido usurpado hacía dos años, y los entresijos del palacio sólo sabían de traición y de cuerpos amontonados como leños antes del crudo invierno.
Laris era hijo de esa oscuridad. A los seis años aprendió el sabor del hierro y de la derrota; a los quince, a matar por monedas que le quemaban la carne en las manos. Esa noche lluviosa, mientras la lluvia golpeaba las tejas como un ejército de pequeños profetas, Laris caminaba por las calles, su capa negra pegoteada de barro. Tenía un nombre que apenas recordaba y una causa que ya no sabía cómo defender. Mas esa noche tenía una misión: colarse en el Onyx, mansión de los antiguos regentes, y terminar con la vida de una mujer.
No cualquier mujer. Exedra de la Llama fue antes sacerdotisa y después espía, y en ambos oficios la muerte era la única fe verdadera. Jefa de la resistencia contra la Corte Roja, para algunos era salvadora y para otros simplemente una nueva plaga. La paga prometida a Laris era suficiente para borrar las últimas cicatrices de la infancia, pero él, si era sincero, ansiaba saber si alguien aún era capaz de desangrar esperanza en esas calles. Él no lo era.
La entrada a la mansión le costó solo guardar silencio y no mirar los ojos asustados del sirviente al que despojó de vida tras el dintel. No era una noche para compasión. Se deslizó por los pasillos, evitando las baldosas que delataban a cualquier caminador torpe. Su daga escurría sangre y sudor, y sus botas casi ni tocaban el suelo. Encontró a Exedra en una sala atestada de libros y mapas, apenas iluminada por la luz temblorosa de una vela moribunda. Estaba sentada en una posición casi ceremonial, la espalda recta y las manos sobre una espada que parecía demasiado pesada para la mujer enjuta que la empuñaba.
—Si viniste por mi vida —dijo ella, sin alzar la vista del mapa—, antes debiste preguntarte por qué te la han pedido.
Laris la rodeó, midiendo la distancia. Sintió el pulso de la magia. Lo comprendió demasiado tarde: no estaba ante una anciana frágil, sino ante un lobo que dormía con los ojos abiertos.
—No son tiempos para preguntas —respondió—. Solo para cumplir órdenes.
—¿Y no temes por tu alma? —preguntó Exedra.
Laris ladeó la cabeza, casi divertido.
—¿Qué alma?
Ella sonrió, y fue el tipo de sonrisa que gasta un cadáver satisfecho.
Laris se lanzó, la daga describiendo un arco letal, pero Exedra alzó la espada y el metal repiqueteó como si dos campanas anunciaran la llegada del invierno. El siguiente movimiento destelló con una velocidad ajena a la vejez de la mujer; Laris sintió un ardor en la mejilla, y la sangre corrió cálida. Retrocedió, apenas comprendiendo que la hoja de Exedra resplandecía, roja como rubíes derretidos.
—Lo llaman Acero de Enigma —susurró ella—. Forjado con los huesos de los dioses caídos, templado en la bruma del Sueño Eterno. Si me matas, este filo te buscará toda la vida. Si fallas, mi guardia será la última que veas.
Laris no respondió. En lugar de ello, usó un truco aprendido mucho tiempo atrás: arrojó al suelo un pequeño recipiente. El polvo que escapó era negro y ardía en los pulmones. Exedra soltó una tos, apenas pestañeó; pero el momento de confusión fue suficiente. Laris alcanzó el costado de la mujer, la daga en alto, sintiendo la promesa de riqueza y olvido.
Pero tropezó con una fuerza invisible. La sala entera giró, y por un parpadeo, pareció hallarse en otro tiempo, otro lugar: una pradera de cenizas donde danzaban espectros de luz. Exedra murmuraba una plegaria en una lengua rota, una letanía de nombres que ninguna lengua mortal podía pronunciar sin arder.
La daga se congeló en su mano. El suelo volvió a ser piedra, la noche regresó. Laris jadeó, y el recuerdo de la visión se le quedó agarrado en la garganta.
—¿Qué has hecho? —susurró, con la voz aún cortada por el hechizo.
—Recordarte corrompido, pero aún posible.
Se lanzó de nuevo, más por desesperación que por táctica, y esta vez la pelea fue un lamento de acero y gritos ahogados. Exedra peleaba como una leyenda: cada parry una historia, cada ataque un fragmento de venganza. Laris pronto notó el veneno en su costado, el entumecimiento creciendo. Sintió, antes de caer al suelo, cómo la hoja del Acero de Enigma rozaba su cuello, pero no lo mataba.
Oía el susurro de Exedra a través de la niebla del dolor.
—Te han enviado porque creen que tú y yo somos lo mismo. Están equivocados.
La oscuridad lo tomó, pero no le concedió el descanso.
Despertó en una jaula de madera, con la luz filtrándose como un delgado látigo dorado. Había vendas, agua, y pan duro. Su cuerpo dolía como si hubieran arrancado la carne y dejado solo el hueso.
Frente a él, Exedra, limpia y digna, como si la noche anterior hubiera sido solo un mal sueño.
—¿Prefieres hambre o preguntas? —preguntó ella, con una voz que no admitía réplica.
—Tendré que oír preguntas, parece —dijo Laris, débilmente.
Exedra asintió. Vio que ya no tenía su daga. Buscó su vaina vacía, y el gesto fue tan humillante como necesario.
—Ya sabes quién soy. Yo me he permitido averiguar algo de ti —continuó Exedra—. Eres Laris Trevan, hijo de Senar, del gremio de los Forjadores grises. Mataste a tu primer renegado a los ocho años. Desde la caída del Trono de la Plata has servido como cuchillo de alquiler. Pero no siempre fuiste oscuro, Laris.
Él escupió al suelo.
—¿Esto es sobre redención? ¿Quieres salvarme? No te debo nada.
—No busco redimirte. Solo quiero otra daga menos apuntando a mi espalda. La Corte Roja conspira para romper lo poco que queda de la libertad de Rillost. Algunos de nosotros aún luchamos por protegerla.
—¿Y crees que me uniré a ti, solo porque lo pides?
Exedra se agachó, y por un instante fue solo una vieja cansada, pero cuando habló de nuevo su voz era la de un general.
—No quiero que te unas. Quiero que elijas de qué lado sangras.
Silencio. Solo la respiración de ambos y el retorcido bullicio de la ciudad más allá de las tablas.
—Si me niegas —dijo ella—, te soltaré al amanecer. Si aceptas, hay una misión más mortal que mi filo: debes robar el Libro de los Susurros del propio trono de la Corte Roja. Solo tú puedes hacerlo, Laris. Pues tú, a diferencia del resto, sabes cuándo huir. Y a veces, eso es lo único que necesita un héroe maldito.
Al anochecer, Laris dejó la jaula. Exedra le devolvió su daga y le tendió una segunda hoja, de hueso y metal negro.
—La Corte tiene su propio asesino —susurró—. Deberás enfrentarte a él para obtener el Libro. No falles: lo que hay en esas páginas no debe salir jamás de Rillost.
El aire olía a tempestad y a clavel seco, extraña mezcla de los días terminales. Laris caminó hacia el palacio, preguntándose sobre la diferencia entre traidor y salvador.
El palacio de la Corte Roja era un monumento a los excesos: columnas de ónice, suelos cubiertos por piel humana curtida, antorchas cuyo resplandor era enfermizo. Sabía del intrincado laberinto de corredores y de los ojos invisibles que todo lo veían. Entró por las alcantarillas, derribando al guardia con un golpe seco, y encontró la antesala del trono. Allí lo esperaba el asesino de la Corte: un gigante cubierto de tatuajes de sangre y escamas de plata. Ojos como carbones y una sonrisa imposible.
Sin hablar, se lanzaron el uno al otro. La lucha fue brutal, menos danzarina y más animal. Laris fue herido en la pierna, pero logró atrapar el brazo del gigante, cortando tendones hasta que la noche consumió el dolor. Ambos rodaron por el suelo, jadeando. El gigante murió al fin, con una estaca clavada en la garganta, y Laris, renqueante, se arrastró hasta el trono de la Corte.
El Libro estaba allí: encuadernado en sombras, susurrando su propio nombre en un idioma anterior a la historia. Cuando Laris lo tocó, vio un destello: rostros gritando en un océano de sangre, la ciudad ardiendo, Exedra en éxtasis o pánico, él mismo con la corona de cenizas sobre la frente.
Gritó. Cerró el tomo antes de caer sobre sus rodillas.
—¿Vale esto una ciudad? —murmuró, y la respuesta fue el llanto lejano de todos los niños perdidos, el eco de las sacerdotisas muertas, el lamento de los vencidos.
Supo, en ese instante, que no era la esperanza lo que debía proteger, sino la elección: la de luchar, incluso cuando ninguna victoria parecía posible.
Regresó al amanecer, exhausto, con el Libro en la mano y las botas cubiertas de la sangre antigua. Exedra lo recibió en un jardín mordido por la escarcha.
—¿Sobreviviste? —preguntó, más sorprendida que aliviada.
Laris negó con la cabeza.
—No. Pero elegí, y elegir es suficiente.
Exedra tomó el Libro, y juntos se sentaron en el suelo, los dos demasiado cansados para fingir otra convicción.
La ciudad, por primera vez en años, parecía un poco menos oscura desde donde estaban sentados. Quizá, pensó Laris, la fantasía heroica sea solo eso: elegir de nuevo en cada amanecer, aunque uno sepa que cada noche caerá igual que la anterior.
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