Fragmento:
El consejo le aguardaba en la gran choza, circular y humeante, colmada de arcos de hueso y pieles tan antiguas que ni los ancianos recordaban su origen. Allí, Taeren, el más anciano de los suyos, levantó la mirada ciega y musitó:
Duración: 08:14
La boca del mundo se abría en hielo y oscuridad al norte de todos los mapas. Las llanuras, una vez refulgentes de luz azulada, se cubrían ahora por velos de neblina perenne. Allí donde los dioses dan la vuelta, decían los viejos, los hombres del hielo mantenían su vigilia. Ajados, replegados en sí mismos, con las mejillas blancas como la escarcha que jamás se funde, aquellas gentes arropaban sus fuegos perpetuos. En los albores de esta era, los rumores sobre dragones de sombra regresaron al extremo norte de Skarad; con ellos, la muerte y la promesa de secretos antiguos se arrastraron sobre la llanura.
Harlik descendía cada mañana del promontorio de Grietahelada con la misma esperanza: que el día sería distinto, y que ninguna sombra avivaría el miedo entre su gente. Sonreía al mimetizarse entre los hombres y mujeres curtidos, recogiendo leña, intercambiando pieles, afilando lanzas de granito. Pero aquel amanecer, la escarcha era menos densa, y los lobos aullaban desde más lejos, como si un peligro mayor los hubiera puesto en fuga.
El consejo le aguardaba en la gran choza, circular y humeante, colmada de arcos de hueso y pieles tan antiguas que ni los ancianos recordaban su origen. Allí, Taeren, el más anciano de los suyos, levantó la mirada ciega y musitó:
—Han vuelto a las cavernas del Ocaso los susurros negros. Nuestros exploradores hallaron marcas imposibles sobre el hielo.
—No son lobos. No son osos —dijo la joven Aela, siempre en brazos de una urgencia que podría desgarrar la noche.
—¿Cuándo los viste? —preguntó Harlik, dejándose llevar por el escalofrío de una premonición.
—Esta madrugada. Bajo el brillo del velo azul. Parecen sombras vivas, arrastrándose como vapor entre las placas, dejando escarcha quemada... y huesos vacíos.
Una pausa se tejió entre todos. Nadie pronunciaba los nombres verdaderos de aquellos entes, por temor a que nombrarlos fuera invocarlos; así era la antigua ley de Skarad. Sin embargo, Harlik sentía que el tiempo del silencio se agotaba.
—Debemos mirar bajo la escarcha, —gruñó al fin un viejo, mostrando un brazo lleno de cicatrices—. Debemos bajar, al foso donde se quiebran las almas, para saber si son sólo sombras... o si buscan algo.
Taeren acarició las runas de su cayado.
—Si es cierto que han despertado, sólo el fuego de vida podrá repelerlos. Pero nosotros no tenemos fuego suficiente para toda Skarad.
El consejo terminó y, al caer la noche, la gran choza quedó desierta salvo por Harlik y Aela. Ella le miró con una intensidad impía.
—¿Por qué tememos siempre, Harlik? ¿Nacimos sólo para defendernos?
Harlik no supo qué responder. En la infancia, creía que la escarcha era su aliada, que los hielos eternos guardaban a su pueblo de invasiones, bestias traídas del sur, y que ningún horror antiguo podría franquear el muro blanca. Ahora, sentía la fragilidad del hielo cada vez que los dragones de sombra aleteaban en los rumores del viento.
—Iré —dijo al fin, tanteando la costura de su abrigo—. Buscaré la sima donde anidan y, si puedo, descubriré qué los llama.
***
La sima relucía en la noche como la pupila de un dios tuerto. Aela insistió en acompañarlo. Se deslizaron por las veredas ocultas, hasta que el hielo cedió bajo sus sandalias endurecidas. El paso era angosto y vertical; en el descenso, sólo el eco de sus alientos y el chasquido de la escarcha respondiendo a su peso los acompañaba.
Avanzaron hasta una caverna cuyas paredes refulgían en azul y negro, mareando la vista, volviendo los límites ambiguos y peligrosos. El aire olía a ceniza fría.
Aela señaló:
—Allí, ¿ves la negrura moviéndose?
No era fácil distinguirlo, pero las sombras ondulaban sobre los huesos de algún animal formidable, y las formas reptilianas emergían, sin carne ni hueso aparente, sólo la sugerencia de alas y fauces, de ojos aún más negros que su entorno.
Un vaho gélido los envolvió. Una de las criaturas se irguió—no parecía surcar el aire, sino el mismo tejido de las tinieblas. Su silueta titilaba, a un tiempo majestuosa y antinatural.
—Hijos de la noche sin nombre, —susurró Harlik, y apretó la lanza de fuego que llevaba, una reliquia cuyos fragmentos resplandecían como brasas.
El dragón de sombra giró su cabeza hecha de silencio puro. Sus ojos, dos fulgores de oscuridad, se posaron en los invasores del hielo.
—¿Vienen aún los esclavos de la escarcha a buscar mi secreto? —resonó una voz en las mentes de ambos. No era audible, sino directa, desnudamente invasiva.
Aela no retrocedió, pero la lanza temblaba en su mano.
—¿Qué quieres de Skarad?
—No hay querer, sólo deber. Nacimos de la herida por la que el mundo sangra su luz. Custodiamos lo que los hombres olvidaron.
Harlik se arriesgó:
—¿Y qué olvidamos?
El dragón se replegó sobre sí, como un mar que se condensa en ola.
—La verdad del frío. El sacrificio obligado. Cuando los hombres del hielo pactaron su permanencia, entregaron aquello que nos enamoró del mundo: el recuerdo del sol, el calor de la vida. Nos condenaron a ser sombra, y ahora somos la deuda pagada en frío.
Comprendieron, en ese instante, que no luchaban contra simples bestias, sino contra una consecuencia. El hielo era prisión y condena, y los dragones, sus carceleros y sus víctimas.
—¿Qué harás, entonces? —demandó Aela.
—Devolver el frío. Borrar el fuego de los vivos, hasta que el ciclo se restablezca.
El dragón se deshizo en negrura, y tras él otras formas reptaban hacia los túneles superiores. Algo, en lo profundo, llamaba a la escarcha a expandirse.
Harlik sostuvo a Aela cuando un temblor agitó la caverna.
—Tenemos que volver y avisarles.
—¿Para qué? —murmuró ella, devastada—. ¿Qué podemos ofrecer a criaturas que sólo desean nuestra ausencia para restablecer el equilibrio?
***
El pueblo de Grietahelada se hallaba reunido junto al fuego cuando regresaron. Nadie dudó de sus palabras; los viejos recordaban demasiado bien las historias de aquel primer trato. El hielo como aliado, a cambio del sacrificio del calor, del olvido del sol verdadero.
Taeren decidió:
—No lucharemos aquí. No venceremos con lanzas y fuego. Ninguna carne puede hendir la sombra.
El viejo eligió entonces a Harlik para comandar un grupo de voluntarios.
—Descenderás de nuevo, pero no a pelear. Irás a lo más profundo, donde nadie ha regresado, y sucumbirás tú mismo a la escarcha, para sellar el ciclo. Si aceptas este destino, nuestros hijos verán la luz un tiempo más.
Harlik sabía que era una condena. Aceptó el juramento y abrazó a Aela en silencio.
La despedida fue austera. Uno a uno, los elegidos descendieron por segunda vez a la caverna. Cerca de la sima, los dragones de sombra aguardaban.
—¿Venís al fin a cumplir el círculo? —la voz no era burlona, sino cansada.
Harlik se arrodilló, acercando su mejilla a la escarcha.
—Venimos a recordar. Venimos a olvidar. A sellar el pacto otro ciclo más.
El dragón se disolvió en la negrura, y esta vez no hubo frío: la escarcha se tornó cálida, envolvente, como si absorbiera siglos de historias y memorias en un único latido. Uno a uno, los voluntarios se tumbaron sobre el hielo, cerrando los ojos. No murieron, pero tampoco vivieron después de aquel rito. Sus cuerpos se fosilizaron bajo la capa cristalina, incluso su recuerdo se esfumó, excepto para los que se quedaron arriba.
Avanzada la siguiente aurora, el frío había menguado—la amenaza retrocedía bajo el horizonte. Grietahelada arrojó sombras más cortas. Pero, en el norte absoluto, el dragón principal aguardaba, siempre, el siguiente ciclo, el siguiente olvido, el siguiente sacrificio.
Aela, ya vieja tiempo después, murmuraba los nombres olvidados cada noche. Sabía que el hielo nunca regala treguas sin precio, y que el fuego de los vivos, condenado a menguar, arde con más intensidad cuanto más se acerca su extinción.
Y así, Skarad siguió viviendo entre ciclos de promesa y pérdida, guiada por el sacrificio de quienes abrazaron el hielo, hasta que el mundo cambie, y los dragones de sombra recuerden qué es soñar con el calor.
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