Portada del relato El eco de los grilletes rotos
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Fragmento:


—O perecer en el intento.

Duración: 09:01

El eco de los grilletes rotos
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Texto de ajuste de pausa.

El crepitar de la hoguera apenas lograba domar las sombras que danzaban indómitas en los muros grises de la cámara. Allí, bajo el techo abovedado de la Atalaya de Saarn, el tiempo marchaba al ritmo de cadenas oxidándose y corazones que latían por miedo, más que por amor a la vida. En la penumbra, cuatro figuras humanas yacían arrodilladas, la cabeza gacha, ante el altar de granito. Y en el centro, atadas con los brazaletes del Rey Eterno, tres entidades aguardaban, cada una más terrible que la otra.

La noche, allá afuera, había cedido el paso al relente púrpura, esa luz crepuscular que nunca era del todo día pero tampoco concedía la gracia final a la oscuridad. El vigilante de la torre, Sir Egil Redhand, contemplaba a las criaturas, apretando las manos contra el hierro frío de su lanza. A pesar de sus años y de las cicatrices que enlazaban su piel y su alma, no lograba mantener la calma ante semejante visión. El primero de los demonios era una figura femenina, tan alta como el hombre más fuerte del reino, piel hecha de obsidiana pulida e hilos de luz de luna corriendo en sus venas. A su lado, uno más corpulento, de fauces infinitas, jadeaba y lanzaba miradas furtivas a la puerta, como si pudiera derribar sus gruesos batientes solo con el deseo de hacerlo. El tercero nunca alzaba la vista; su rostro estaba oculto tras una máscara de bronce, grabada con una miríada de símbolos demasiado antiguos para ser recordados.

Una anciana de capa azul se adelantó, torciendo la espalda bajo el peso de los años. Era la Guardiana de los Encadenados, Linrae, la única aún viva de los que habían presenciado el pacto ancestral. Habló con una voz donde habitaba todo el frío del invierno más largo:

—Esta noche elegimos. No si moriremos –pues eso ya está escrito–, sino cómo. Con fe, o blasfemando; rotos, o con el último suspiro de orgullo intacto.

Antes de que los arrodillados pudieran responder –una mujer de cabello gris y ojos dorados, un hombre de barba escarchada, y dos jóvenes con las manos unidas–, el demonio femenino alzó la cabeza con dignidad.

—Desde hace más de seis siglos hemos soportado estas cadenas forjadas en la sangre de un Deus más antiguo que su propio linaje. ¿Teméis todavía? ¿No os dais cuenta de que lo que os aterra de nosotros no es nuestra naturaleza, sino vuestros reflejos, amplificados y sin censura?

Sir Egil se adelantó.

—No, demonio. Lo que nos aterra es el día en que escapen.

—¡El día llegará, de todos modos, humano! –replicó la bestia corpulenta agitando sus ataduras hasta que los grilletes chirriaron.

—Pero no será esta noche –gruñó Linrae.

Tampoco Linrae estaba segura, aunque mentía sin titubear: toda la torre había temblado esa tarde con un estruendo que ninguno quiso atribuir a las raíces de la montaña resquebrajándose. Sabían la verdad: las ataduras estaban cediendo, como cede la voluntad de un hombre ante la tentación después de demasiadas noches en vela.

La reunión se disolvió, y cada custodio guardó su turno en las almenas y en los laboratorios subterráneos donde se mezclaban el plomo, la sal y el incienso. Sir Egil tomó la ronda junto al demonio de la máscara de bronce. Se sentó, lanza entre las rodillas, la mirada al fuego que jamás lograba calentar aquel lugar.

—¿Crees en los dioses? –susurró el demonio, y por un instante su voz pareció la de un niño invisible.

—No, solo en el deber.

—Qué lástima –musitó la criatura–. Si creyeras en ellos, tal vez comprenderías por qué caen. Porque, ¿no ves, Egil Redhand, que todo lo que es encadenado debe, un día, romper sus ataduras?

—O perecer en el intento.

—O ambas cosas.

En el silencio que siguió, Egil recordó la tradición: los demonios habían sido invocados, siglos atrás, por los magos del Reino del Mediodía para salvar su mundo de una amenaza aún más oscura, algo tan innombrable que solo quedaban rugidos atrapados en los papiros más antiguos. Los demonios cumplieron su cometido, y al hacerlo, sellaron sus propios destinos. Desde entonces permanecían aquí, en Saarn, no muertos ni vivos, no libres ni del todo prisioneros.

Un crujido que no era del fuego los sacó de su letargo. Gritos sobre los muros, el retumbar de puertas cayendo. Sir Egil se alzó de un salto. Guió al demonio encadenado con su lanza, pero la criatura ni se inmutó.

Al salir, la noche hervía de antorchas y acero. Hombres en armaduras negras –no los suyos, sino mercenarios– irrumpían en la atalaya. Uno de los jóvenes custodios yacía en el suelo, el pecho deshecho por una lanza. Linrae luchaba sola, su vara de madera antigua lanzando esquirlas de luz a los asaltantes. La mujer de ojos dorados empuñaba una daga, la hoja temblando más que su brazo.

—¡Quieren los demonios! ¡Pretenden liberarles! –bramó Linrae.

En medio del caos, Egil comprendió por fin la verdad amarga: no era sólo miedo lo que mantenía encadenadas a las criaturas, sino la esperanza fanática de algunos mortales de usarlas por propio beneficio.

Cruzó la estancia, lanzó su lanza. El arma alcanzó al jefe enemigo: un hombre de cabellos blancos y una extraña corona de huesos sobre la frente. Se desplomó, pero otros tomaron su lugar.

La batalla fue breve, brutal y sin gloria. Los custodios, superados en número y astucia, fueron reducidos. Linrae murió defendiendo el altar, su canto aún resonando como una advertencia última. Solo Egil, sangrante y al borde del colapso, se mantuvo en pie, forzado de rodillas por los invasores.

El nuevo señor de la torre se presentó: Garleon, antiguo mago renegado, rostro cubierto de tatuajes que palpitaban con una sombra propia.

—Llevamos siglos aguardando. El tiempo de las cadenas ha finalizado. Nos pertenece el poder que antaño se arrebató a su legítimo dueño.

Sin dudar, rompió uno de los sellos. La bestia corpulenta, rugiendo, se liberó. Cayeron sus ataduras como lágrimas de acero y, por unos segundos, el aire mismo se plegó bajo su influencia.

—Mi hambre es vuestro legado –roncó la criatura–. Dadme nombres y haré danzar a la desgracia en cada lengua de este reino.

Varios mercenarios dudaron, pero Garleon ya tenía el ansiado control. Instruyó al demonio, reveló nombres de reyes y príncipes, de enemigos y traidores. Y la criatura asintió, como si todo fuera un juego.

Pero el demonio de la máscara interrumpió la ceremonia:

—¿No quieres saber qué precio pides, humano?

Garleon vaciló, cegado por la inminencia de su triunfo.

—¿Precio?

—Nada es gratuito aquí, ni afuera. Al romper uno de nosotros, desatas todos los hilos. Las cadenas son uno solo, como el tejido del mundo.

Su risa fue un cascabel de locura.

El mago desoyó. Rompió el segundo sello. La dama de obsidiana se alzó, estirando su cuello, y miró, uno a uno, a los presentes.

—Hace mil años, juré que nunca volvería a caminar bajo un sol falso –susurró. –Pero este sol, este mundo, ya carece del poder de quemarme.

Y en un parpadeo, desapareció. Cuando regresó, media docena de enemigos caían ya, sus cuerpos colapsando de miedo, de recuerdos, de visiones que ningún mortal debió atreverse a mirar.

La matanza empezó.

Egil yació en el suelo, a punto de perder el conocimiento, mientras los demonios cruzaban la sala, cortando, devorando, susurrando y extendiendo su destino como una penumbra líquida. Entre los sollozos y la sangre, Garleon intentó romper el último sello, el de la criatura de la máscara. Pero este resistió.

—Yo soy la atadura y la llave, –dijo la criatura–. Si caigo, la rueda gira. No hay poder que me libere sin romper primero el eje del tiempo.

Egil, con fuerzas recuperadas en la desesperación, se abalanzó sobre Garleon. El mago cayó, y la máscara de bronce rodó por el suelo. Donde esperaba encontrar un rostro maligno, Egil solo halló vacío, un abismo de luz y sombra circulando en eterna confrontación.

—Ahora comprende por qué jamás debemos ser libres –dijo el demonio, y entonces, a voluntad propia, cerró los ojos, fundiéndose en una bruma que selló las puertas del recinto y a sus dos iguales adentro, aunque el eco de su furia se oiría siglos después.

El último custodio del terror renació de su agónica vigilia. Egil ascendió cojeando hasta la más alta almena. La torre de Saarn ardía. El alba, encarnada en llamas, anunciaba un mundo cambiado para siempre.

Y mientras el humo cubría los huesos de antiguos pecados, el hombre supo que, aunque algunas cadenas se habían roto, otras nuevas debían ser forjadas: sobre sí mismo, sobre los supervivientes, sobre la ambición y la desesperación que siglos atrás habían invocado aquella condena. Los demonios encadenados seguirían allí, en la frontera de la historia, acechando, esperando el día en que la humanidad desease, una vez más, someterse a su reflejo más oscuro.

Egil bajó la cabeza. Y por vez primera, pronunció una oración para aquellos cuyas cadenas eran, de todos modos, imposibles de romper.

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