Portada del relato El Sendero de las Sombras
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Fragmento:


El combate no fue una danza elegante de héroes. Fue una pelea sucia en el lodo, con sudor y gritos y huesos chocando con cortezas y piedras. Grod esquivó por pura costumbre, sintiendo la sangre correrle por el antebrazo donde una hoja lo rozó. No importaba: sabía resistir. Enganchó el tobillo de Domhain con su bota y lo arrojó de espaldas. Cayó con un ruido sordo. Rugen, sangrando de una pierna, se acercó con la espada alta. Grod lo esperaba. Todo era lodo, dolor y aliento frío en los pulmones.

Duración: 08:54

El Sendero de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando llegó la noche y el aguacero se volvió niebla, Grod se arrastró por la maleza como una astilla viva de los bosques. Nadie lo seguiría, no en ese páramo desolado donde los sauces muertos parecían llorar por sus propios troncos podridos. Decían que la Carretera Vieja estaba maldita desde la Gran Quebrada, donde los dioses y los hombres jugaban al ajedrez con las vidas humanas. Pero Grod no creía en dioses, y los hombres le habían dado suficientes motivos para desconfiar incluso de su sombra.

La meta estaba a menos de un día, la posada Derramavino, y en la bolsa de Grod, un pergamino con la firma quebradiza del rey. Le pagaban bien, pero no demasiado. De vez en cuando sentía entre los dedos el peso del pergamino, como una serpiente que se negara a dormir. La lluvia arrastró sus pensamientos de vuelta a la realidad, y se acuclilló bajo un sauce muerto con la respiración entrecortada, sopesando si era mejor esperar la noche o atacar primero. Las monedas de oro no brillan eternamente. Grod lo sabía: era un mercenario, no un héroe.

De pronto, la niebla se apartó suavemente y como si alguien la cortara con un cuchillo, emergieron dos figuras. Bajos y envueltos en mantos de lana rala, los hermanos Domhain y Rugen; bandidos caídos en desgracia y, si los rumores no mentían, hijos del hierro y la sombra. Grod los conocía: hombros anchos, andares de lobos, y ese brillo en los ojos. No necesitó preguntarse si lo buscaban, porque las espadas medio desenvainadas no permiten espacio para dudas filosóficas.

—No tienes que hacerlo —dijo Grod, sin acercar aún su mano al acero—. El rey no paga tan bien para morir por él.

Rugen, el mayor, se encogió de hombros. Olía a cerveza agria y a desastre reciente.

—El rey paga en libertad, amigo. Y yo ya probé la cárcel tres veces este invierno. No pienso volver allí por cinco monedas de oro ni aunque me prometieran el Paraíso, pero… —hizo una pausa, su mano apretando la empuñadura— …por tu cabeza, la paga es doble.

Grod sonrió, una mueca que revelaba un diente partido y la falta de esperanza.

Le arrojó el primer cuchillo mientras sacaba el segundo por debajo del abrigo. El acero zumbó en la noche y golpeó contra la armadura de cuero de Rugen, haciéndolo tambalearse y lanzar un grito ahogado. Domhain cargó rugiendo como un oso hambriento.

El combate no fue una danza elegante de héroes. Fue una pelea sucia en el lodo, con sudor y gritos y huesos chocando con cortezas y piedras. Grod esquivó por pura costumbre, sintiendo la sangre correrle por el antebrazo donde una hoja lo rozó. No importaba: sabía resistir. Enganchó el tobillo de Domhain con su bota y lo arrojó de espaldas. Cayó con un ruido sordo. Rugen, sangrando de una pierna, se acercó con la espada alta. Grod lo esperaba. Todo era lodo, dolor y aliento frío en los pulmones.

—¡Basta! —gritó una voz que no era de hombre, ni tampoco de animal.

La niebla enloqueció, retorciéndose como dedos huesudos, y las sombras cobraron vida propia. Los tres se detuvieron. Una figura emergió del bosque: alta, cubierta con una capa que destellaba con reflejos verdes y morados como el aceite sobre el agua estancada. Tenía rostro, pero no era del todo humano. Ojos demasiado grandes, dientes pequeños y afilados. Un fae, uno de los muchos espíritus fronterizos, señores de la Carretera Vieja cuando las leyes de los hombres cesan de tener poder.

—Bah, una bruja más —escupió Rugen, intentando mostrarse valiente.

La criatura fijó en él una sonrisa tan cortante como los filos que acababan de cruzarse.

—Tienes aliento ladrón. Y la cuchilla tentada. Pero he visto tu hilo, y se corta esta noche. Por mi cuchara y mi fuego, juro que correrá sangre si seguís hiriendo la tierra.

Los humanos se detuvieron. Grod ya no pensaba en el rey ni en el pergamino. Sabía que los fae solo intervenían por negocios, caprichos o promesas rotas. Aquella noche, tal vez, el bosque tenía hambre.

—¿Qué buscas? —preguntó Grod, bajando el cuchillo lentamente.

—Una pregunta, una muerte o un cuento, mercenario. Tengo sed de historias y vosotros tenéis demasiadas. Así se equilibra la balanza de la violencia.

Grod vio cómo Rugen echaba una mirada de reojo, pensando en atacar, pero Domhain—todavía en el suelo, temblando—tiró de su bota.

—Déjalo, hermano. No es carne de hombre ni bestia.

A veces la gente aprende, pensó Grod.

La fae arrastró su mirada sobre Grod, luego sobre los hermanos.

—Habla, mercenario. Quiero escuchar el sonido de tu conciencia.

Respiró hondo. Parte de él quería correr, pero otra, cansada y seca como el pergamino que portaba, se rindió al destino.

—Busco sobrevivir. Llevo una oferta para la reina Saarin. Por el pergamino que cargo atravieso esta tierra. Y por una bolsa de monedas, espero seguir respirando mañana.

La fae sonrió, casi con ternura.

—Por monedas, entonces, marchas hacia la traición.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Domhain y Rugen, mirándose, parecían entender algo antiguo y oscuro.

—¿Pides mi historia o mi sangre? —preguntó Grod.

—Ambas suelen ir de la mano —dijo la fae—. Pero esta noche, te pido historia. Recítame un destino, uno que tenga un final amargo y una promesa de hierro.

Grod, que apenas era dueño de sus recuerdos, comenzó a relatar:

—Nací en Aern, junto al río de las espinas. Vi arder la aldea bajo la luna, el día que los jinetes del barón quemaron todo por una disputa de oro y de límites. Sobreviví a la masacre, no porque el destino me quisiera, sino porque el miedo corre más rápido en los niños. Crecí entre cuchillos y barro, ocultándome bajo falsos nombres, empuñando pequeñas traiciones hasta que me contrataron para causas más grandes y luctuosas. Esta noche, esperaba ganar el precio necesario para empezar de nuevo, lejos de nombres y sombras. Pero sé que si la reina Saarin firma esa oferta, el reino de Cendre arderá y todos serán ceniza, salvo los que no tienen nada que arder: nosotros. Los mercenarios. Los miserables.

La fae escuchó en silencio. Incluso los árboles parecían dejar de susurrar por un segundo.

—Destinos torcidos, coronas vacías y sangre cobrando el precio de la ambición. Tú sabes de qué lado estás: del que nunca gana. ¿Quieres cambiar el final de tu historia? —prosiguió la fae.

Grod sintió el peso del pergamino como un cadáver en la cintura. Detrás de él, los hermanos ya no buscaban pelea—solamente huían del futuro, igual que él.

—¿Qué quieres a cambio? —preguntó entre dientes.

—El pergamino —dijo la fae—, y olvidarás tu camino. Una nueva vida, sin historia ni pasado; sólo silencio y sombra en el bosque.

Podía ser una mentira tan cruel como las verdades de los reyes. O el único salvavidas en un océano sin horizontes. Observó a los hermanos, que apenas contenían el temblor.

—¿Y ellos? —preguntó.

—Su ambición terminó bajo la luna de esta noche —canturreó la fae—. Dame el mensaje, y puedes marchar en paz. Si no…

La niebla se espesó a su alrededor, convirtiendo árboles en monstruos espectrales.

Grod tanteó el mensaje. Vio en él no un camino hacia la gloria, sino la semilla de otra guerra innecesaria. Y supo, repentinamente, que toda una vida de trabajo lo había llevado ante un abismo: cumplir una orden o satisfacer a un monstruo de leyenda. El resultado era igual: la sangre era su único legado.

Lo arrojó a la fae como quien lanza una moneda a un pozo sin fondo.

La criatura lo recogió delicadamente, y mientras lo deslizaba entre sus garras, el pergamino se deshizo en humo negro.

—Que esta traición brille para ti como el oro de los locos —susurró.

Grod sintió la niebla deslizarse dentro de él. Un frío hondo le protegió del miedo y del futuro. Se volvió hacia los hermanos; uno murmuró una plegaria, el otro simplemente tembló.

La fae danzó entonces, su silueta recortada ante un limo de luna mortecina.

—Volved a las sombras, hijos del lodo. A partir de esta noche, camináis fuera de los mapas. Un regalo: el olvido de las deudas, pero también de los rostros y de los nombres. Vuestro legado se pierde aquí, y nadie contará jamás esta historia.

Grod supo lo que significaba. No habría canciones. No habría hogueras. Se perderían bajo los pinos y la memoria. Héroes nadie, villanos de sí mismos. Quizá así era mejor.

La fae desapareció sin más, y la noche volvió a verse solo rota por el aguacero y la luna. Grod, Domhain y Rugen quedaron allí, sintiéndose por primera vez libres y perdidos.

Y cuando llegó el alba, nadie recordaba los nombres de aquellos que caminaron la Carretera Vieja entre armas, promesas y monstruos.

El mundo giró, insensible como siempre. Lo único que quedó en el viento, por un instante, fue el rumor de una historia que nadie escribiría jamás.

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