Fragmento:
Él la estudió fugazmente. Llevaban meses cazando sombras, preguntando por el Espejo de Sangre, un artefacto perdido en leyendas y prohibiciones, y ahora que se hallaban ante las puertas de la Iglesia de la Cromadura, sintió que la resolución se le escapaba por entre los dedos. Pero lo miró: la mano fuerte, la empuñadura de la espada atada al cinto, la culpa vieja de sus ojos. No podía retroceder.
Duración: 08:42
Después de tantos años, el ruido de la lluvia sobre las planchas de hierro de la ciudad aún me recordaba a la infancia que prefería no rememorar. Desde lo alto de la muralla del sur, con los charcos tiñendo de gris los estandartes y la niebla extendiéndose como un sudario entre las calles empedradas, Steelomir parecía al mismo tiempo invulnerable y condenada. Era una ciudad de secretos y de hierro, de luz escasa y feroces juramentos. Aquella noche, la ciudad temblaba, como si el propio corazón fallase.
Leandro de Erunval se detuvo en medio de la lluvia, el agua goteando por su barba entretejida con cuentas de cobre. Era alto y de los que miran por encima de los muros, pero castigado por cicatrices y remordimientos. Su capa, empapada, se pegaba al cuerpo como una segunda piel. Detrás de él caminaba Vaelis, la mujer a quien los rumores llamaban “La Mano de los Perdidos”, cuyos ojos de obsidiana veían verdades más allá de la razón. Él se balanceó sobre los talones, indeciso.
—Aun tienes tiempo para huir, Leandro —murmuró Vaelis, mirándolo de reojo—. Lo que persigues esta noche podría matarte.
Él la estudió fugazmente. Llevaban meses cazando sombras, preguntando por el Espejo de Sangre, un artefacto perdido en leyendas y prohibiciones, y ahora que se hallaban ante las puertas de la Iglesia de la Cromadura, sintió que la resolución se le escapaba por entre los dedos. Pero lo miró: la mano fuerte, la empuñadura de la espada atada al cinto, la culpa vieja de sus ojos. No podía retroceder.
—Ya no sé si persigo la redención o el olvido —susurró, antes de empujar la puerta. Vaelis le siguió, envuelta en su manto, como una sombra obediente y letal.
La Iglesia olía a incienso y herrumbre. Conforme se adentraban en la nave principal, la luz de los faroles colgantes temblaba, proyectando siluetas monstruosas en paredes decoradas con grabados de guerreros fundidos por la batalla. Al fondo, bajo el altar, un círculo de hierro exhibía el emblema de la Hermandad: un corazón atravesado por clavos.
El hombre los esperaba tras el altar, cubierto con una túnica roja. Su rostro, tallado en arrugas de acero, apenas reflejaba humanidad. Levantó una mano, señalando el banco más cercano.
—Leandro de Erunval. Mano de los Perdidos. Sois persistentes —dijo—. Pero la gente persiste porque teme morir vacía.
Leandro no respondió. Los años en los muros de Steelomir le habían enseñado el valor del silencio. Vaelis, sin embargo, se adelantó.
—Venimos por el Espejo de Sangre. Sabemos que lo ocultáis. Dánoslo, y acabarán los asesinatos.
El hombre se echó a reír, un sonido grave y alarmante en la inmensidad del templo.
—¿Sabéis quién fue el último en mirar ese espejo? —preguntó—. Mi antecesor. Lo que vio casi destruye nuestra ciudad. Hubo que sacrificar cien vidas para contener el eco de su ambición.
Leandro se revolvió, incómodo. El Espejo de Sangre era más que un simple objeto de poder: era una puerta a verdades deformadas, capaz de deformar la mente y el tiempo.
—No es poder lo que buscamos —dijo al fin, con voz trémula—. Solo paz. El espectro que habita los barrios bajos ha asesinado ya a catorce. Solo el espejo puede mostrarme cómo detenerle.
El sacerdote le sonrió, pero fue una mueca cruel.
—Y después, ¿qué? ¿A quién salvaréis? ¿Cuándo bastarán las promesas que os hacéis a vos mismo, Leandro de Erunval? El héroe siempre exige sangre, pero nunca es la suya.
El silencio cayó, tan denso como el plomo. Pareció eternidad, hasta que Vaelis sacó una daga y la apoyó sobre el altar: una oferta.
—Tomad el acero —dijo—. Con él, la Mano de los Perdidos jura morir antes que el Espejo caiga en malas manos.
No hizo falta más. El sacerdote bajó los ojos, resignado, y desapareció unos momentos tras una puerta lateral. Cuando regresó, traía un arca diminuta, atada con cadenas.
En la cripta, a la luz sangrienta de una lámpara de aceite, el Espejo de Sangre mostró su verdadera naturaleza. Era ovalado y pequeño, pero en su superficie palpitaba la memoria de docenas de almas, atrapadas en una vorágine líquida de imágenes. Leandro no pudo evitar estremecerse cuando el sacerdote lo puso ante él.
—Graba tu juramento en el Espejo —ordenó—. Si mientes, quedará impreso para siempre. El Espejo sabe la verdad de cada hombre.
Leandro, con las manos temblorosas, se arrodilló y habló:
—Juro, por la sangre que derramé en Erunval, encontrar al asesino y devolver la paz. Juro no quebrantar la voluntad del Espejo, ni mirar más allá de lo necesario. Juro regresar.
Cuando habló, el Espejo brilló brevemente. Algo, una conciencia enormemente fría, le escrutó el alma desde su interior. Se sintió minúsculo y roto, como un niño ante la tumba de su padre.
Vaelis se arrodilló también, hombro con hombro. Hubo un murmullo en la penumbra, una promesa a medias entre una bruja y un dios exiliado.
—Sea, entonces —concluyó el sacerdote—. Tomad el Espejo, y que la noche os juzgue.
La ciudad era otra a esas horas. Mientras cuchicheaban por los tejados, el eco de pasos hostiles recorría las callejuelas. Vaelis iba delante, el Espejo cubierto en lino, susurrando viejas invocaciones para ocultarnos. Pero Steelomir era una loba vieja, y olía el miedo en los forasteros.
Al llegar al barrio de los fumaderos, donde la niebla y los gritos eran parte del decorado, Leandro se detuvo. Sabía que allí había fallecido la última víctima, y que el asesino merodeaba cerca, invisible y letal. Sostuvo el Espejo en alto y, sin mirar su superficie, susurró el nombre prohibido del demonio que guiaba la mano del asesino.
La respuesta fue inmediata: una niebla densa, densa como la carne viva, engulló la calle. Vaelis gritó una advertencia, pero ya era tarde. Algo saltó desde la penumbra y desgarró la capa de Leandro, lanzándolo al suelo. Pudo ver un par de ojos amarillos y una risa, el sonido de garras sobre mármol.
—Traes el Espejo... hiciste justo lo que deseaba —susurró la criatura, con voz desgajada por sed y odio—. ¿A quién salvarás hoy, Leandro de Erunval?
El héroe se levantó rápido, empuñando la espada, que nada servía contra espectros hechos de culpa y recuerdo. Vaelis recitaba conjuros, lanzando cenizas al aire, mientras la criatura brincaba de sombra en sombra, siempre más veloz.
Entonces, Leandro comprendió: el Espejo no era un arma, sino un tribunal. Si el asesino era una parte podrida de Steelomir —o de sí mismo—, debía dejar que el Espejo lo viera.
Gritando un juramento, alzó el Espejo de Sangre y lo orientó hacia el monstruo, mirando solo por el rabillo del ojo. El cristal vibró, enloquecido de mil reflejos, mientras la criatura chillaba, presa de sus propios pecados.
—¡Tú! —aulló la sombra—. ¡Yo soy la ciudad que toleraste, los crímenes que nunca juzgaste, la sangre podrida de tus promesas!
El Espejo devolvió la imagen: el rostro desencajado de Leandro, multiplicado y deformado, fundiéndose con las paredes, con la ciudad misma. Todo cuanto se había negado a ver —las traiciones, los asesinatos encubiertos, los pactos de silencio— brotó de la superficie. Con un grito inhumano, la criatura se desintegró, absorbida por el Espejo.
La calma fue casi inmediata. Vaelis apoyó una mano en el hombro de Leandro, quien apenas podía respirar. En el fondo del Espejo, una nueva imagen palpitaba: la suya, envejecida y trémula.
—Has pagado el precio —dijo la Mano de los Perdidos.
—No he hecho más que empezar —admitió Leandro—. La ciudad sigue infectada.
—Las ciudades no se curan en una noche. Ni los hombres.
—Debo devolver el Espejo.
Vaelis asintió, y juntos regresaron a la Iglesia antes del alba. Al colocar el arca en manos del sacerdote, algo en Leandro se irguió, como si por primera vez en años respirara sin peso.
—El espejo señala al culpable, pero el reflejo es siempre nuestro —murmuró el sacerdote, despidiéndolos con una bendición oscura—. Ahora Steelomir os pertenece tanto como vuestra condena.
Salir de la Iglesia fue como caminar por una ciudad recién nacida. Leandro miró el horizonte, el sol deslizándose entre las torres, y supo que jamás descansaría del todo. Pero en sus ojos había un nuevo reflejo: la tenue esperanza —angosta, dolorosa— de que incluso los héroes pueden pagar su deuda y continuar.
Y en esa menguante luz, Steelomir se mantenía en pie, erguida, irredenta, siempre aguardando el próximo juramento.
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