Portada del relato La Llama de Auragan
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Fragmento:


Hestyr había sido convocado, como cada equinoccio, para escuchar las nuevas lecturas de la Sangre del Fuego, la profecía que, según la tradición de Brumnar, decidiría el destino del reino. El aire tenía un olor fiero: a sebo, a lumbre, a algo más antiguo incluso que el cobre del Libro de los Ocasos.

Duración: 09:10

La Llama de Auragan
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Texto de ajuste de pausa.

La noche rugía más allá de las paredes de granito de Thol Enden, la ciudadela encaramada en el codo del río Othor. Vientos lúgubres llevaban consigo cenizas que nadie se atrevía a preguntar de dónde provenían. Tormentas se formaban sobre la llanura de Farlagh y desaparecían horas después, dejando pestañas grises sobre el mundo. Pero en las bóvedas bajo la Torre de Bronce, resguardadas del trueno por siete guardianes de hierro, las velas apenas temblaban. Allí, en la penumbra, el sumo augur Narvân sostenía un libro encuadernado en placas de madera petrificada, y su sola presencia bastaba para que el joven Hestyr contuviera el aliento.

—¿Qué ves, muchacho? —murmuró Narvân, girando uno de sus anchos anillos de cobre en dedos que parecían ramas secas y retorcidas.

Hestyr había sido convocado, como cada equinoccio, para escuchar las nuevas lecturas de la Sangre del Fuego, la profecía que, según la tradición de Brumnar, decidiría el destino del reino. El aire tenía un olor fiero: a sebo, a lumbre, a algo más antiguo incluso que el cobre del Libro de los Ocasos.

—¿Lo que veo, señor? Veo un mundo en llamas —respondió Hestyr, esforzándose por no dejar temblar la voz—. Veo colinas ardiendo, torres calcificadas bajo cielos dorados… y veo, al fondo, una voz. No: una boca. Una boca que sopla hacia nosotros brasas y nombres olvidados.

Narvân exhaló, y durante un instante, la llama de su lámpara titiló, esbozando en la piedra la silueta de algo alado. Hestyr se sobresaltó.

—Los presagios se confirman —dijo Narvân, más para sí mismo que para el aprendiz—. Has visto bien. Te toca a ti, entonces, llevar la advertencia a la Dama Regente. No será fácil.

A lo lejos, una campana empezó a sonar con la urgencia de las grandes catástrofes. Hestyr tragó saliva sin articular protesta alguna. No era un guerrero. Nunca había blandid una espada, ni siquiera había cazado más allá de los muros. Pero nadie podía negar la marca que llevaba en la palma: la línea de nacimiento que ardía en la oscuridad como runa encendida. Era la señal, decían, de quienes escuchan la lengua de los fuegos antiguos.

Cruzó los pasillos de piedra como si caminara en sueños. Los guardianes de hierro dejaron entreabrir sus visores para mirarle pasar, y el eco destiló su figura hasta convertirla en sombra viva. Subió por la escalinata en espiral de la torre, donde las ventanas estrechas miraban hacia la llanura encendida por el relámpago, hasta llegar al salón de la Dama Ciryen.

Ella aguardaba de pie, más estatua que carne, con la melena recogida por siete aros de oro y la mirada dirigida a oriente, donde el alba nunca sería ya amable. Hestyr hizo una reverencia torpe, preguntándose por qué siempre parecía tan congelada la Dama Regente, como si estuviera relacionada de algún modo con las calamidades que acechaban.

—Sigues vivo —dijo ella, sin girarse—. Eso es buena señal.

—Lo que portamos sobrevive tanto como nosotros deseemos, mi señora. El augur me ha enviado. Debo hablarle de la Sangre del Fuego.

La Dama asintió y, con un gesto, hizo que los sirvientes abandonaran el salón. El viento sopló otra vez y rozó la mesa del consejo, haciendo temblar los tapices bordados con la figura de un sol agrietado.

—Entonces habló la Voz —susurró ella—, y el alba fue consumida. Lo leí festinando mi niñez, creyendo que era solo retórica para asustar a los críos. Pero algo ha cambiado, ¿verdad, Hestyr?

Apenas podía mirar de frente a Ciryen, cuya piel parecía tallada en marfil e iluminada desde dentro. Su sola presencia era incómoda, como la certidumbre de una herencia trunca.

—Cambió lo suficiente para despertar a los Antiguos —musitó él—. Fui testigo de los sueños de aurora: fuego en cada vértice, nombres perdidos en la ceniza. Hasta la Voz, arrastrando profecía y promesa.

La Dama cerró los ojos y frunció los labios.

—Todos lo estamos soñando, niño. Hasta los campesinos han comenzado a enterrar agua junto a las raíces de trigo, esperando algo que no logran nombrar. ¿Y el augur? ¿Dice cuál es el remedio?

—El augur envía esta advertencia: el Fuego anterior regresará y no vendrá como rayo limpio, sino como bestia que posee cuerpos y aviva lenguas. Solo un sacrificio podrá retrasarlo, aunque no detenerlo.

—¿Sacrificio? ¿De qué tipo? —la mirada de Ciryen se aguzó, y por vez primera, Hestyr comprendió por qué decían de ella que nunca sonreía.

No supo mentirle.

—Un sacrificio voluntario. De linaje antiguo. De alguien marcado por la Sangre del Fuego.

Ciryen soltó el aire como si le hubieran golpeado el estómago.

—La sangre de mi casa entonces… ¿Crees que no lo sabía? El fuego siempre escoge a los que detentan algo que perder.

Por largo tiempo reinó el silencio, roto solo por la letanía de la lluvia golpeando la piedra. Cuando volvió a hablar, la dama tenía otra voz.

—Yo debería descender a las cámaras de las Profecías y hacer la ofrenda. Pero mis cadenas son más gruesas de lo que imaginas, muchacho. La ciudadela no me dejaría marchar. Debes ser tú.

La propuesta era descabellada. Hestyr sintió en lo profundo cómo la llama en su palma se agitaba, como si celebrara el destino al que era arrojado.

—No tengo derecho, soy apenas un aprendiz —objetó.

—Precisamente por eso. Eres como una llama arrojada en la noche: nadie espera su fulgor, y es la única que puede mostrar los caminos ocultos.

Hestyr no supo si fue el miedo a la muerte o la ternura desesperada de la Dama lo que le empujó hacia el sur, esa misma noche, armado únicamente con una antorcha y la túnica marcada por el sello de Brumnar. Para avanzar hacia el Santuario de Ceniza debía cruzar los bosques donde, decían, los fuegos antiguos aún danzaban bajo tierra. Nadie iba solo más allá de los montes, pero la urgencia quemaba más que el terror.

Dos jornadas duró la travesía, vigilado solo por los ojos incognoscibles de búhos y carnívoros dadas la vuelta sus órbitas, como si algo hubiera hervido en su interior para siempre. Al tercer amanecer, la niebla se disipó y alcanzó las ruinas de Silarion: losas ennegrecidas, mientras brisas cargadas de ceniza desplazaban las brasas de antiguas hogueras, nunca del todo extintas.

En la entrada del Santuario, la roca eclipsaba cualquier sol. Dos puertas de bronce, cubiertas de relieves que representaban un ejército de sombras danzantes, bloqueaban el paso. Hestyr acercó la palma abrasadora a sus figuras: éstas ardieron y se abrieron, musitando sílabas que parecían nombres propios.

Entró. A ambos lados, los muros estaban revestidos de tablillas de arcilla donde danzaban y morían ciudades enteras representadas solo con formas geométricas y líneas de ceniza. Todo olía a hollín, a acero vuelto negro. Al fondo, una figura esperaba sentada en un trono bajo. Rostro de mujer, cuerpo de estatua, la Madre de las Profecías sostenía entre las manos una calavera coronada.

—He venido —dijo Hestyr, y se arrodilló.

La Madre le miró a través de la sombra.

—Cada siete veces siete años, alguien llega con la sangre temblando. ¿Sabes lo que ofreces, niño de las llamas?

—Ofrezco el final del sueño —dijo Hestyr, temblando—. La posibilidad de postergar la sombra. Nada más.

La figura se llevó la calavera al pecho y la inclinó, como bendiciendo el suelo.

—Tu fuego será fundido con los eones. Solo así la Voz hallará carne en la que mudarse, y se retrasará el alba de las cenizas.

Hestyr sintió que algo en su interior se quebraba. La marca ardía tanto que se le nubló la vista. Vio, en un instante, todos los soles de los que alguna vez había huido; todos los gritos de terror en sus pesadillas de niño; vio la figura incorpórea de la profecía, tejiéndose en torno a su propio sacrificio, buscando no tanto salvar, como demorar.

—Acepto. Pero sólo pido que mi memoria perviva. Que aún cuando el mundo tema la llama, recuerde que una vez ardió para evitar la noche.

La Madre inclinó la cabeza, y la calavera brilló con una luz diminuta, el último hálito de una luciérnaga atrapada en ámbar.

—Así será. —musitó.

El rito fue tan antiguo como el mundo, y doloroso como el primer grito de un recién nacido. Hestyr sintió que su carne se tornaba ceniza y su sangre, petróleo vivo. Sintió que la Voz descendía hasta él, no para devorarlo, sino para hacerse una con su recuerdo. Durante un instante, fue todos los fuegos y todos los finales, y al instante siguiente, nada.

La Voz se dispersó. Las puertas de bronce se sellaron detrás de él para siempre. Y en Brumnar, bajo la atenta mirada de la Dama Ciryen, una nueva antorcha se encendió en la gran torre: señal de que la profecía se había cumplido, al menos durante siete veces siete años más.

Pero ni la Dama, ni el augur, ni aquellos que contemplaban el alba teñida de oro y hollín, olvidaron jamás el nombre de Hestyr, ni la bravura de quien desafía la Voz de Fuego para ofrecerse al vacío, y así logran, por un puñado de noches más, apartar la sombra final.

Y así, la Sangre del Fuego volvió a latir, invisible, en la memoria de todos los hombres. Porque incluso en las cenizas —sobre todo en ellas— arden aún, tercas, las más antiguas esperanzas.

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