Portada del relato La Marca del Fénix
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Fragmento:


El muchacho asintió. “Los he oído, señor. Susurros y roces en la niebla. Nadie se atreve a mirar.”

Duración: 08:36

La Marca del Fénix
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Texto de ajuste de pausa.

El hedor a hierro y magia vieja avivaba la noche como una tempestad preñada. Los crepitantes fuegos de la empalizada apenas le daban claridad a la oscuridad bestial que aullaba más allá del muro. Nadie dormía en la atalaya occidental de Tamskal, y Daryn Kerec sentía en su pecho la tensa vibración que sólo había sentido el día que mató a su propio hermano.

Daryn apartó el sudor de su frente con el dorso de una mano enguantada en cuero. “¿Siguen ahí?” susurró a Toval, el muchacho de ojos ceniza que nunca había visto una batalla, pero había aprendido a matar ratas con la misma destreza que un gato.

El muchacho asintió. “Los he oído, señor. Susurros y roces en la niebla. Nadie se atreve a mirar.”

Daryn se mordió el labio. Sabía bien por qué. Afuera, en la vasta nada, acechaban los Oculi, esos espectros de carne y sigilo que devoraban mente y cuerpo, que conocían sueños secretos y los manchaban de oscuridad. Y esta noche, los Oculi venían por el Corazón de Fénix, la joya latiente robada trece años atrás.

“Prepárate, Toval. Recuerda lo que te enseñé. Si caigo, corre al torreón y dales la señal. No pierdas la cabeza por salvar la mía.”

Toval tragó saliva, pero la obstinación le endureció la mirada. “Prefiero morir luchando a morir con miedo, señor.”

Daryn asintió una vez. Eso era más de lo que muchos hombres podían decir.

Un graznido seco lo alertó. Parpadeó. El cuervo tatuado en su antebrazo, que la vieja Dara le había vinculado años atrás, cobró un instante de movimiento; sintió la punzada helada de su visión ajena. Vio, sin ver, la silueta esférica de un Oculo escurrirse entre los troncos, translúcido y joven, a apenas cien pasos de la empalizada. Los otros, más veteranos, acechaban en las sombras, esperando. Saciando el aire con esa ansiedad de depredador en celo.

—Ahora —masculló Daryn, cerrando el puño.

Bajo su orden susurrada, las piedras azules de la empalizada vibraron y derramaron líneas de luz por las rendijas, destellando runas que la vieja Dara había inscrito. “Por el acero y la sangre, nuestra vigilia no cede”. El escudo mágico crepitó, pero sabía que era débil. Las energías del Fénix, guardadas en el torreón superior, eran las únicas que verdaderamente podían poner en jaque a los Oculi. Y su custodia no estaba en manos de nadie dispuesto a usarla.

Un aullido repentino, antinatural. Algo se lanzó contra los troncos frontales; la madera gimió y la runa más cercana estalló. Daryn desenvainó. El filo de su espada no era de acero común: a través del temple oscuro refractaba pequeñas venas de fuego, las mismas que el Corazón de Fénix les había concedido hacía tres generaciones.

Los guerreros en la empalizada se apretaron unos a otros, cada uno tensando lanzas o hachas. Los arqueros, sólo tres, alzaron flechas inscriptas con ceniza de tejo y sal, y apuntaron a la nada vaporosa que ya no era del todo negrura, sino un gris lodoso que parecía escurrirse entre los dedos.

Daryn gritó: “¡Aquí estamos! ¡Venid a ganarlo si os atrevéis!”

Toval, el primero en moverse, lanzó una antorcha por encima del parapeto. La luz no encendió la niebla, pero la avivó; tantas sombras se apretujaron en el claro, que durante un instante los cuerpos semitranslúcidos de los Oculi se vieron en docenas. Todos diferentes, todos iguales. Ellos miraban con huecos inexistentes en su rostro de mortaja y sonreían con bocas que ningún humano podría copiar.

Las flechas silbaron, y dos Oculi tropezaron —o fingieron tropezar— y estallaron en una mezcla de chisporroteo y vapor maloliente. El resto se abalanzó. No corrían; deslizaban, reían, reptaban por la madera, y la runa mayor gimió cuando el primero cruzó la barrera.

Daryn no pensó, solo sintió cómo el cuervo de su antebrazo apretaba hasta dejarle la piel helada. La primera figura oscura le zarpó la cabeza, pero él ya estaba girando, y su espada encendida cortó el espectro en diagonal, la carne volviéndose ceniza antes siquiera de que el chasquido del hueso llegara a su oído. Se arrodilló y levantó el escudo justo a tiempo para bloquear una mueca negra, hecha únicamente de saliva y recuerdos malos, pero la criatura no tenía peso. Le atravesó el brazo. Gritó, y la pluma negra del cuervo brotó sangre, ardiendo con el relicario menor que la vieja Dara le había injertado.

A su izquierda, Toval sostenía una lanza corta y la agitaba en movimientos que Daryn le había enseñado, ni lentos ni enloquecidos, surcando sólo donde veía bruma, no donde su miedo le gritaba que atacara.

Para cuando el tercer Oculo saltó el parapeto y arrancó la cabeza de uno de los arqueros, la batalla ya era un carnaval de gritos. Uno de los viejos, Sarn, se lanzó contra ellos blandiendo una hacha familiar, y las criaturas simplemente lo disolvieron, como si nunca hubiera existido.

En ese momento, Daryn comprendió por qué sólo el Fénix podía hacerles frente. Empuñó la espada a dos manos y gritó: “¡Retirada parcial! ¡Sigan a la torre! ¡Toval, conmigo!”

Las criaturas provenían de las historias viejas, pero él sabía su hambre: ingresaron a la empalizada después de ellos, devorando sin prisa sus huellas, la madera, los residuos de fuego. Cada segundo ganado era una victoria, pero a la vez, una condena para los menos ágiles.

Una vez dentro de la torre, Daryn barrió a Toval hacia la pared y la cerró con un hechizo menor. A lo lejos, los otros hombres sobrevivientes trataban de trabar puertas y quemar madera; les quedaban minutos, quizá menos. La escalera hacia el piso superior era estrecha y vieja. Subieron, ignorando el dolor.

Arriba, la anciana Dara, ya casi ciega, removía un brasero humeante. Junto a ella, la joya sangraba su luz báquica sobre la piedra.

“No habéis aguantado nada”, gruñó Dara sin mirarlos.

“Perdimos a Sarn y Beric. Los Oculi están dentro.”

Dara se encogió de hombros. “Entonces usa la joya. No te la guardé para admirar su luz.”

“No sé cómo, vieja. Jamás has…”

“¡No me pinches con tus reproches!” Su sonrisa era acerada. “La Marca te eligió. El Corazón sabe lo que quiere. Sólo te falta valor para sangrarle tu deseo.”

En ese momento, la puerta abajo vibró. Algunos aullidos no eran ya humanos, ni espectrales, sino promesas de dolor hecho carne. Daryn sabía que Toval y Dara lo miraban. Ladeó la cabeza, y escuchó lo imposible: un susurro leve, más joven que un pensamiento, más viejo que la muerte. “Déjame quemar.”

Se arrodilló ante el altar de piedra y tomó la joya, sentía el eco del Fénix latir en sus venas, en la marca negra del cuervo. El dolor fue instantáneo cuando apretó la gema con ambas manos. Fuego subiendo por los codos, helor bajando por las piernas. Alzó la voz en un idioma que sólo había soñado, palabras que llevaron la magia por sus venas como un rayo.

Un crujido ensordecedor. Daryn vio su carne prenderse en llamas brillantes, sin consumirse. El Corazón de Fénix inundó la sala con su luz. Los Oculi entraron, ondulando, llenando los muros hasta volverse una tormenta de sombra.

Y Daryn se puso de pie, y en el fulgor de la joya, sus ojos se convirtieron en dos brasas ardientes. Abrió las manos.

Las llamas no destruyeron el torreón; lo transfiguraron. El fuego viviente era más limpio que la vida, más puro que la muerte. Los Oculi chillaron, pero la luz los devoró. Ardieron sin arder, se borraron de la existencia como tinta sobre una roca al sol. Dara alzó los brazos y rió con la voz agrietada, como si la eternidad acudiera en su ayuda.

Cuando la luz se disipó, la empalizada era un campo arrasado, los pocos hombres que quedaban vivos temblaban entre las piedras, y el aire contenía ceniza de visiones que nunca se recordarían. Toval tenía la boca abierta, los ojos llenos de lágrimas, y una marca de fuego le cruzaba el rostro. Daryn cayó de rodillas, sintiendo la inmensidad del vacío donde el Corazón de Fénix había estado, y la ausencia cálida de su cuervo, ahora quemado y renacido, tatuado en su pecho.

Dara se acercó, apoyó una mano en su hombro, y dijo apenas: “Eres el Fénix, Daryn Kerec. Pero hasta los inmortales deben volver a morir.”

Cruzaron la noche juntos, los tres, dejando atrás la torre y la joya, que ahora era sólo una piedra común. El mundo les aguardaba, y la herida entre luz y sombra aún sangraba en el Oeste. Pero, mientras caminaran, algún día la balanza volvería a igualarse.

Ofreciéndose como héroes, como víctimas, como leyenda. Como todo lo que trae consigo el fuego de un juramento cumplido.

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