Fragmento:
"Vienen," anunció Eskan, su lugarteniente, pequeño y nervioso, pero letal con el hacha. Sus ojos color avellana repasaban la línea donde la oscuridad devoraba la luz. "Son más de los que esperábamos. Muchos llevan la marca."
Duración: 08:33
Las primeras gotas de la tormenta arañaban los escudos cuando Lira Forjatormentas desenvainó la espada. Su acero, negro como el carbón bajo la luz, reflejaba los atisbos de relámpagos que bailaban entre los riscos del valle de Kairheim. El olor a ozono y a miedo era un flagelo, uno tan antiguo como la guerra misma, flotando sobre la compañía reunida a su espalda. Al frente, en la boca de la vieja gruta de Karnohl, el enemigo aguardaba.
Lira no era la más alta de sus hombres ni la más atractiva. Pero su sola presencia imponía respeto; las cicatrices apostadas a lo largo del rostro, los tatuajes con los nombres de quienes había perdido, y la voz de un trueno domado susurrando órdenes. Apretó la empuñadura, dejando que la vieja sangre del linaje Forjatormentas se deslizara hacia su hoja. Al hacerlo, el arma cobró una vida lúgubre, casi vibrando con ansias.
"Vienen," anunció Eskan, su lugarteniente, pequeño y nervioso, pero letal con el hacha. Sus ojos color avellana repasaban la línea donde la oscuridad devoraba la luz. "Son más de los que esperábamos. Muchos llevan la marca."
Lira asintió. La marca: la huella negra en la frente que Karnohl, el archimago renegado, usaba para encadenar a los vivos y esclavizar a los muertos. Habían visto señales de esa magia en sus viajes, aldeas enteras desgarradas, tierras yermas, ojos vacíos que lloraban sangre.
El ejército de Karnohl descendía ahora como una plaga. Guerreros de ojos enrojecidos y piel cetrina, armaduras oxidadas salpicadas de símbolos prohibidos. Serían cientos frente a sus cuarenta y tres. Pero ya no había opción de retirada: las gentes del Norte dependían de su valor.
Lira levantó la voz, un filo de acero, cortando la creciente cacofonía de cascos y gritos. "¡Por los juramentos de sangre y la memoria de los caídos! No pedimos gloria. No pedimos piedad. Solo esta noche… ¡Solo la victoria!"
Un rugido le respondió, envuelto en la furia y la esperanza de los condenados. El relámpago iluminó la primera oleada de monstruos y hombres perdidos. Lira se adelantó, saltando sobre una roca, y hundió su espada en la garganta del primero. El arma devoró la carne y la magia oscura en igual medida, bramando con el éxtasis del combate.
Eskan gritó a su lado, lanzando su hacha y hendiendo un cráneo marcado. Valtor el Siniestro, un mago exiliado, conjuró llamas azules que giraban como serpientes sobre las filas enemigas, abrasando y purgando. El barranco se tornó un campo de batalla de gritos y mutilación.
Horas o minutos, Lira luchó perdiendo la noción del tiempo. Su espada era una extensión de su voluntad: cada tajo una sentencia, cada estocada un nombre recordado. Por su mente revoloteaban las imágenes de su esposa, asesinada por la magia de Karnohl años atrás, su hijo ardiendo en fiebre y pesadillas. Por ellos alzaba el filo, por ellos no flaquearía.
Pero el enemigo era infinito. Cada vez que un cuerpo caía, otro brotaba de la grieta. Lira sintió el cansancio morder sus miembros y la desesperación asedió su alma. Vio a Eskan caer, una sombra oscura hundiéndole la hoja en las entrañas. Escuchó los gritos de Valtor extinguirse mientras criaturas abisales lo arrastraban al abismo.
Retrocedió, sangrando, los pulmones colapsando con cada inhalación. Los cuarenta y tres eran ya menos de una docena, reunidos en un círculo precario, mientras el ejército de Karnohl redoblaba el asalto. Era el fin, y la tormenta rugía en los cielos una siniestra letanía.
Entonces surgió la voz. Un canto profundo, melodioso, nacido en el mismo centro de la cueva. Karnohl. El archimago apareció imponente, envuelto en una túnica de sombras vivientes, los ojos girando en remolinos de poder. Alzó una mano y la magia golpeó a los defensores como un martillo. Lira sintió sus huesos crujir.
"¿Esperabais cambiar algo aquí?" la voz de Karnohl era una caricia envenenada, "He tejido este destino mucho antes de que vuestros abuelos fueran engendrados. Ríndete, Lira Forjatormentas. Únete a mis filas y todo este dolor terminará."
Lira escupió sangre. "Prefiero la condena a la servidumbre."
Karnohl sonrió. "Eso puede arreglarse."
Sintió la magia oscura arrastrándola, buscando la entraña de su centro, el lugar donde moran los últimos retazos de esperanza. Vio a sus compañeros caer, uno tras otro, mientras resistía, la espada clavada en el barro, los nudillos blancos. Recordó entonces las palabras de su esposa, la noche antes de morir: “En el borde de la muerte, cuando quede solo oscuridad, allí me hallarás. No temas al vacío, Lira. Llámame.”
Alzó la vista. Karnohl ya se acercaba, la mano extendida, preparándose para despojarle hasta de su nombre. Con un esfuerzo final, Lira se arrancó un colgante de la garganta, la única reliquia de su amada. Lo apretó en el puño y gritó su nombre al abismo: “Neyra!”
El mundo se detuvo.
Por un instante, la tormenta se calló. La oscuridad titiló, vacilante. Y el aire se impregnó de un aroma dulzón, a flores silvestres y fuego antiguo. Desde el colgante brotó una silueta: Neyra. Solo un perfil de luz, pero tan vívida como antes de la muerte. Sus ojos azules brillaban con amor y determinación.
“Esta magia no es solo muerte, Karnohl,” dijo la espectral Neyra, su voz un eco enloquecedor. “Nosotras somos memoria, somos amor, y eso es más antiguo que tu poder.”
Karnohl titubeó, por primera vez. La sombra de sus hechizos vaciló alrededor de Lira. Neyra extendió su mano espectral, y en su palma apareció una llama pálida. “Mi vida, mi alma, mi juramento. Ahora y siempre, Lira Forjatormentas”.
La llama saltó al pecho de Lira. Dolor como nunca conoció, pero detrás del dolor… fuerza. Vio brevemente las mil vidas pasadas, las generaciones de Forjatormentas, los sacrificios, las victorias. La espada en su mano ardió con esa luz; ya no solo devoraba la magia negra, sino que la purificaba, la reescribía.
Lira se incorporó poco a poco, sintiendo la vitalidad de cien ancestros bullendo en su sangre. Karnohl retrocedió, gruñendo, lanzando oleadas de hechizos mortales que se deshacían contra la luminiscencia de Neyra.
Lira avanzó, cada paso firme, abriendo paso entre la última línea de enemigos. Allí donde caía la espada, las marcas oscuras se disolvían, las almas regresando a la quietud. Los guerreros marcados titubeaban, liberados del yugo mágico, y algunos incluso gritaban de alegría.
Frente a frente, Lira y Karnohl se encontraron en el umbral mismo de la cueva. Todo era luz y sombras desquiciadas. La magia negra y la energía ancestral colisionaron en una tormenta de ira y esperanza, dispersando el ejército restante de Karnohl.
Con un grito final y desgarrador, Lira hundió la espada en el pecho del archimago. De la herida brotó una explosión de gritos y memorias robadas. Karnohl, con los ojos desorbitados, intentó aturdirla con una última maldición, pero fue ahogada por la canción de Neyra y la luz floreciente.
El cuerpo del archimago se desplomó, convertido en polvo bajo el peso de sus crímenes. El silencio volvió al barranco, solo roto por la respiración entrecortada de Lira y los pocos compañeros supervivientes.
La silueta de Neyra se inclinó hacia ella, una caricia invisible. “Has cumplido, amada mía. Nunca estuviste sola. Siempre recordarás.”
Lira cerró los ojos una última vez, permitiendo que la paz la arrastrara ahora, permitiendo que las lágrimas rodaran por sus mejillas endurecidas. Cuando abrió los ojos, Neyra ya no estaba, pero su luz vivía ahora en los ojos de cada superviviente. El poder oscuro se había disipado, y con él la era de terrores de Karnohl.
Esa noche, bajo la lluvia y la sangre, Lira Forjatormentas comprendió el verdadero precio del heroísmo: no es la victoria o la derrota, sino la voluntad de enfrentar la oscuridad, de llamarlo amor en el corazón del desastre, y dejar que florezca contra toda esperanza.
Cuando los nuevos días llegaron, la leyenda se extendió de boca en boca. Sobre cómo cuarenta y tres se enfrentaron a un ejército de mil y, gracias a una espada, un juramento y un canto de amor, cambiaron el destino del Norte. Y aunque los años devoraron los nombres, la historia de Lira Forjatormentas y la Sombra de Karnohl perduró, como un susurro entre los truenos, un faro para los que se atrevan a desafiar la noche.
Porque mientras alguien recuerde, el heroísmo nunca muere.
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