Portada del relato La Luna de Sangre y la Cimitarra Negra
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Fragmento:


—¿Y por qué crees que yo puedo concedértelo, hijo del polvo?

Duración: 09:28

La Luna de Sangre y la Cimitarra Negra
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Texto de ajuste de pausa.

El joven Iskandar cruzaba el desierto de Tzalam con la única compañía de una espada envuelta en trapos ensangrentados y el sabor del veneno en la lengua. La ciudad de Ezzorin se divisaba como una ampolla de jade bajo el despejado y cruel cielo nocturno. Sus murallas, desgastadas por siglos de tiranía y milagros, cerraban el paso entre la vida y la muerte de millares de esclavos y héroes caídos. Iskandar, que había pasado la mitad de sus veintitrés años empuñando acero en nombre de dioses caídos y promesas rotas, no buscaba ni gloria ni riquezas. Solo anhelaba venganza.

Se detuvo ante una duna y se echó de bruces. El sudor se mezclaba con la sangre seca que aún persistía en su frente: la cicatriz de los hombres de Jhazaar, que le habían dado muerte a su padre y peor aún, le habían dado vida a su propio odio. La cimitarra negra, oculta bajo los harapos, parecía vibrar como un animal vivo, sedienta de redención o matanza. Iskandar no la miraba salvo cuando las estrellas y las oraciones le fallaban. Aquella hoja jamás había sido forjada para las manos de un mortal; su empuñadura ardía como hielo y su hoja susurraba historias de pecados inconmensurables.

Desde la duna vio el desfile de antorchas: guardias de Ezzorin, cambiando turno. Iskandar se cubrió la boca mientras aguardaba, siguiendo con los ojos la sinuosa procesión de sombras y pasos. De pequeño había malgastado noches fantaseando sobre la ciudad: el rumor de los exiliados hablaba de banquetes de carne humana, de lechos de azufre, de duelos rituales cuyas heridas iban sanando de generación en generación. Ahora, podía oler su pestilente verdad, mezcla de barro y miedo.

Bajó la ladera. Cada paso levantaba nubes de polvo que ocultaban sus huellas. Al tocar el pie de la muralla, se arrojó contra la piedra y esperó otro cambio de guardia. Sabía que en algún punto, al sur, había una hendidura casi invisible, herida vieja causada por un asedio legendario. Se la enseñó Sulan el Proscrito, traidor y santo, a cambio de siete lágrimas y un beso.

Gateó por la fisura hasta internarse en la ciudad. Dentro, la atmósfera era más densa y amarga. El bullicio de voces perpetuamente afligidas, el hedor de miles de cuerpos suplicando la miseria como única plegaria. Iskandar ocultó el arma bajo una capa robada y se sumió en las calles, como un venado herido entre lobos que cambian de forma según la sed de sangre.

Sus pasos lo llevaron directo al Bazar de los Lamentos, donde los mercaderes, incluso a esas horas, comerciaban en pecado, placer y profecía. Allí, buscaba a Yssaloth, la Desposeída. Se decía que era la única que podía romper la maldición de la hoja negra, pero ningún hechizo era gratuito en Ezzorin y todo pago era más amargo que el veneno.

La encontró al fondo de una tienda sembrada de lámparas oxidadas y jaulas sin aves. Yssaloth no era vieja ni joven, ni hermosa ni fea, sino ambas cosas, resplandeciendo bajo la mugre y la desesperación. Sus manos de pianista acariciaban una copa llena de un licor color esmeralda.

—Vienes con la marca de la Noche, muchacho —susurró ella, sin alzar la mirada—. Y traes un hierro que no quiere olvidar lo que ha hecho.

Iskandar mostró un fulgor de rabia en los ojos, pero sabía que el disimulo nada valía ante quienes han pactado con demonios.

—Quiero hacer sangrar a Jhazaar —dijo—. Y arrancarle la carne de un tajo.

Yssaloth rió, un ronquido de placer y de muerte.

—¿Y por qué crees que yo puedo concedértelo, hijo del polvo?

Iskandar descruzó la capa. Mostró el acero negro, envuelto todavía. La tienda se enfrió y la lámpara más cercana chirrió, como si estuviera a punto de apagarse.

—La hoja está sedienta. Cumpliré lo que me pidas, pero rompe el último sello que ata su fuerza. Jhazaar caerá por mi mano, y la tuya será la sombra del acto.

Yssaloth lo miró largamente. Sus ojos era como pozos sin fondo.

—¿Lo harás, aunque eso signifique perder tu alma y más cosas?

—La vendí la noche que sepulté a mi padre —dijo Iskandar, y retiró el trapo.

La hoja chisporroteó con una bruma opaca. Aquella cimitarra, la famosa Úvula del Abismo, forjada en la Boca de los Infiernos Menores, era un mito menos antiguo que los pecados de Ezzorin y mucho más leal.

—Deberás marchar al Palacio de la Tormenta Muriente —susurró Yssaloth— y robar el tercer suspiro a la Reina Dormida. Solo así la hoja beberá hasta el fondo del que fue sumergida. Pero toma cuidado: si despiertas a la reina, ni tú ni yo tendremos descanso jamás.

Iskandar aceptó el encargo, aunque no entendió del todo. Así se dictaban los tratos en Ezzorin: una orden, un precio, una amenaza oculta. Cuando salió del bazar, la luna era un ojo hinchado que observaba sin compasión ni asombro.

El Palacio de la Tormenta Muriente centelleaba como una pesadilla congelada. Ningún guardia patrullaba la entrada, porque la reina que allí yacía llevaba más de un siglo en sueños agónicos, y su aliento era tóxico tanto para la carne como para el alma. Rodeó la fuente seca y entró en la sala de los espejos partidos. Allí, flotando sobre una lecho de hierro, yacía la Reina Dormida, con sus labios pintados en sangre seca y los ojos semicerrados. El aire vibraba de un modo que deshacía las palabras y los amuletos.

Iskandar desenvainó la cimitarra negra. La hoja chilló apenas, como si se relamiera. Sabía lo que debía hacer: acercó la punta a los belfos entreabiertos de la reina y esperó… uno, dos, tres suspiros. El tercero era distinto, más amargo, un hálito de pura desesperación atrapada. En ese instante la hoja pareció absorber el aire mismo; una neblina oscura la recorrió y el desmayo de poder hizo que Iskandar cayera de rodillas.

Fue entonces cuando los ojos de la Reina Dormida se abrieron por completo. No eran humanos ni bestiales, sino espejos de todo sufrimiento y de toda gloria perdida. Se irguió medio centímetro, y un gemido brotó de su garganta pintada.

—Tú, extranjero —susurró, y la voz era la de todas las madres muertas—. Lleva mi sueño a Jhazaar, y tráeme su último aliento para que yo pueda dormir de nuevo.

La hoja, ya despierta, devastaba a Iskandar por dentro, arañando sus recuerdos y sus miedos. Salió de la sala tambaleante, cargando una arma que gruñía, que susurraba, que exigía… sangre.

Cada paso hacia el palacio de Jhazaar era un paso hacia el olvido o hacia la catarsis. En las calles la muerte era frecuente pero no espectacular, y nadie reparó en el hombre de la cimitarra negra. Iskandar se internó en las torres de alabastro, buscó los pasadizos secretos que solían contarle en cuentos de infancia como advertencias y bailes. Llegó, al fin, a la cámara del tirano.

Jhazaar, Rey de Carroña y Noche, yacía sobre un trono de vertebras barnizadas, con una copa de oro repleta de rubíes líquidos. Era tan hermoso como la serpiente y tan sabio como el hambre. Sus ojos, fríos y hostiles, reconocieron la hoja incluso antes de ver el rostro.

—Así que, hijo de mi pecado —rió el monarca—, al fin vienes a buscar tu redención entre las vísceras del viejo mundo.

—No busco redención —dijo Iskandar, con la voz quebrándosele—. Busco justicia.

Jhazaar alzó una mano y los guardias rodearon a Iskandar. Pero ninguno se atrevió a tocarlo; la hoja negra supuraba el grito de la Reina Dormida, una agonía que helaba la sangre de cualquiera.

—¿Sabes lo que contiene esa hoja? —susurró Jhazaar, y se irguió como un árbol podrido—. Todos los pecados que yo he conocido y los que aguardan ser cometidos. Yo la forjé, muchacho, con mi propio miedo a la muerte.

Iskandar cargó, cegado por el dolor y el odio. La primera vez que sus hojas chocaron fue como si el mundo sufriera una grieta. Iskandar era veloz pero mortal; Jhazaar era gélido, taimado, letal. Las paredes temblaban, los guardias huían, el trono crujió. Al cabo de un minuto, ambos sangraban: uno de los muslos de Iskandar manaba sangre, Jhazaar sangraba por la boca, y la cimitarra negra chorreaba con un líquido antinatural.

El combate se resolvió en una respiración. Iskandar, en el último instante y con la fuerza de todos sus muertos, hundió la cimitarra en el pecho de Jhazaar. La hoja devoró no solo la vida del rey sino toda la oscuridad que había sembrado. Jhazaar expiró, y la cimitarra absorbió su postrer aliento: cenizas, humo, una pesadilla hecha aire.

Iskandar se arrodilló, exhausto. La hoja, ahora apagada, se soltó de su mano como un reptil saciado. Miró alrededor, apenas consciente de la agonía. Había vengado a su padre, a su pueblo… pero su propio ser era ahora un vacío sellado con promesas rotas.

Al salir del trono, una columna de guardias lo encaró. Pero al ver la cimitarra hecha sombra, ninguno le cerró el paso. Solo Yssaloth lo aguardaba, a la salida, sonriente y terrible.

—Has cumplido tu parte —dijo ella—. Ahora la reina puede dormir, y tú… tú puedes recordar lo que has perdido.

Iskandar comprendió, desolado, que no le quedaba nada más que la memoria. Pero en Ezzorin, la ciudad de las cárceles, ese era el mayor de los lujos. Caminó de nuevo hacia el desierto, la hoja olvidada bajo la luna. Siguió andando, sabiendo que la frontera entre héroe y verdugo es solo una ráfaga de polvo, suspendida en el tiempo por un suspiro robado.

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