Fragmento:
La incredulidad se reflejó en el rostro de la mujer. Odiaba que los hombres la trataran como débil, Deyran lo notó de inmediato: el modo en que alzaba la barbilla, un pie ligeramente en ángulo, a punto de saltar, atacar… o huir.
Duración: 08:13
Un viento frío azotaba los riscos carmesí de Val Marot, encrespando las aguas oscuras que se estrellaban, mil y mil años, contra la piedra golpeada y hueca. Allí, donde la tierra besaba los límites de la locura, Deyran de los Lianos volvía a mirar la cicatriz en su mano: tres líneas quebradas, como garras que nunca sanarían. El dolor era una compañía fiel, mucho más que aquellos que alguna vez lo llamaron hermano.
La luna se ocultaba tras jirones de nubes negras, y el silencio del abismo era perturbado únicamente por el rumor de la llegada de su presa. La antorcha titiló tras la esquina del tercer promontorio; una silueta encapuchada danzaba con la bruma, sus pasos atentos al eco, la mirada reptiliana midiendo su entorno. Era la mujer roja. Kaira Drel, mensajera de los Horornos. Asesina, según otros.
Deyran observó el filo de su espada: estaba limpia, sin la casi mística negrura de la sangre seca, pero el acero tenía un resplandor perlado, una promesa de muerte. Movió los labios, murmullando una plegaria a ningún dios, porque los dioses —si alguna vez existieron— hace tiempo dieron la espalda a Val Marot.
Kaira llegó al altar de piedra y se arrodilló. Su cabello encarnado resplandecía incluso en la penumbra, como un incendio contenido bajo una caracola. Sacó de una bolsa de seda algo pequeño, envuelto. Palpitaba.
“¿Cuántos vendrán por lo mismo?”, pensó Deyran. El rumor decía que en las Tumbas del Alba Estigia, quien dejara su nombre con sangre o su corazón latiendo, podría negociar con el Guardián una segunda oportunidad. ¿Redención? ¿Venganza? El precio era ambiguo, el resultado nunca seguro.
Deyran dio un paso, apenas. Una piedra rodó.
Kaira giró en redondo, chispas en los ojos.
—No soy enemigo —dijo él, el eco rugoso de la costa devorando sus palabras.
—Eso es lo que dirían todos los enemigos —replicó ella.
—Pero también es lo que dirían quienes vienen buscando el mismo favor que tú.
Kaira apretó el bulto.
—No tienes idea…
—¿Del Guardián? —terminó él la frase, sonriendo torvo—. Lo he visto.
La incredulidad se reflejó en el rostro de la mujer. Odiaba que los hombres la trataran como débil, Deyran lo notó de inmediato: el modo en que alzaba la barbilla, un pie ligeramente en ángulo, a punto de saltar, atacar… o huir.
—Eso no es posible. Nadie vuelve.
—¿Te cuento pelos y señales de lo que pasé? ¿O vienes aquí a repetir la estupidez de otros: “por amor, por poder, por devolución del tiempo perdido”?
—No hay gloria en el pasado. Solo cuentas por saldar —dijo ella, y ahora la voz era baja, casi un susurro.
Deyran soltó el mango de la espada.
—¿Te traicionaron?
Kaira miró el paquete. Sus labios temblaron.
—No. Yo traicioné. Lo único que queda es pagar.
El mar azotó la costa, un trueno sordo subiendo hasta la cima donde ambos, ahora, se miraban sin máscaras. Deyran vio el parpadeo de dolor en los párpados de Kaira, tan genuino que se sintió, por un momento, frente a un espejo.
Pero algo más se movía bajo el altar. Un brillo. Un ojo inhumano.
Deyran supo que el Guardián los observaba.
Las leyendas decían que eran tres sombras encadenadas, cada una con una voz distinta: la ira, la compasión y la locura. Nadie sabía cuál saldría primero a negociar tu destino.
—¿Vale la pena? —preguntó Deyran, ahora casi con lástima—. ¿Valdrá la pena perder lo que te queda por una promesa hecha a oscuras?
Kaira dejó caer la rodilla. Comenzó a recitar:
“Por la sangre maldita que nunca fue agua,
por la palabra rota que duele y no sana,
yo pago con carne, con alma y memoria:
deshaz lo que he hecho,
hazme digna otra vez.”
El altar vibró. Una grieta apareció y de ella surgió, primero, un humo negro, luego una boca, luego ojos…
La sombra habló. Era la voz de una mujer envejecida pero vigorosa, como hierro al rojo.
—Lo que perdiste volverá a ti solo si otro paga en tu lugar.
Kaira apretó los labios, temblando.
—¿Quién? —susurró, casi infantil.
Aquí Deyran entendió la trampa: la Estigia daba segundas oportunidades al precio de terceros. Alguien debía redimirte, o tú a costa de otro. Viejos pactos, tan antinaturales como los dioses ausentes.
Pensó en su propio pecado, el por qué de su propia venida al abismo: su hermano, caído por culpa de un soborno no recibido, una promesa no cumplida cuando la vida del contrario pendía de una daga empapada de vino y dudas.
—¿Y si nadie paga? —intervino él, y la sombra lo miró, ojos como carbunclos.
—Entonces, la culpa se queda. Y la oportunidad, se desvanece —dijo, la voz ahora doble, vibrante.
—¿Por qué nadie viene aquí a sacrificar a sí mismo? —preguntó Deyran, retórico.
Kaira lo miró, ojos rojos por las lágrimas que nunca caerían.
—¿Tienes familia? —preguntó ella.
—Todos son fantasmas o polvo.
—¿Y amigos?
—No he conservado ninguno. Tú tampoco, supongo.
Ambos miraron el altar, su superficie era ya un lago donde los recuerdos de sus peores días chapoteaban, morosos, queriendo devorar.
—¿Por qué estás aquí, Deyran?
La pregunta lo tocó en un sitio que ya no ardía, solo era una brasa entre costillas.
—Porque quiero creer que algún dolor puede tener fin. Y si no lo tiene, que al menos alguien cuente la verdad.
La sombra se abrió en dos, y la voz cambió. Ahora era siseo, un canto que supuraba peligro.
—Dame una vida y tendrás tu redención, mujer roja. Dame la suya y tendrás la tuya.
Kaira tanteó la daga, la envolvió en la palma.
—No lo haré.
La sombra se retorció.
—Entonces, muere con tu culpa.
Hubo un temblor. El altar se ensanchó; de la grieta surgieron garras, tentáculos de luz fría.
Deyran sacó la espada, no porque pudiera matar a un horror eterno sino porque aún le quedaba dignidad; y si iba a morir, sería con los ojos abiertos, y enfrentando su condena, no suplicándole.
Pero Kaira hizo lo inesperado: abrió el paquete.
Adentro, brilló un corazón.
Todavía latía.
Era suyo.
—El mío —dijo—. No el de otro.
El Guardián se detuvo. Por un momento, incluso el mar se calló.
—No puedes negociar con tus propios restos. La ley es clara: la redención viene de renuncia, no de sacrificio propio.
Kaira apenas sonrió, dura.
—No he venido a redimirme, Guardián. He venido a devolver lo que quité.
Y puso el corazón sobre la grieta.
El altar cambió; ya no era piedra, sino carne, y latió una sola vez. Un temblor barrió el risco, y una figura —etéreamente bella, inconmensurable de dolor— emergió de la grieta, ojos de fuego y huesos de niebla.
—¿Quién la llama? —dijo la sombra.
—Yo —dijo Kaira, temblorosa.
La figura la miró, y en ese instante Deyran entendió que no era el Guardián quien aceptaría o negaría la petición, sino aquel a quien arreglaban el corazón robado.
Y así fue. La figura tocó a Kaira, no con odio, sino con la ternura de quien reconoce a su asesino y aún así no puede odiarlo.
Un fulgor. Un grito.
Cuando la luz cedió, Kaira estaba de rodillas, los ojos abiertos pero vacíos. El guardián, la figura, la tumba… todo se replegó en la roca, dejando nada sino sal y cenizas.
Deyran dio un paso, mirando a la mujer que creía enemiga, que era su par, su espejo.
—No quedará nadie para contar esto —susurró—. Tal vez eso sea justicia.
El viento recogió sus palabras y las lanzó al mar. Cambió la marea.
Por primera vez en años, Deyran sintió el peso de la culpa menguar, apenas, como si una bruma cálida lo rodeara desde más allá de la grieta.
La luna abrió sus fauces de plata. Caminó de regreso al mundo, a la desigualdad, la traición y las promesas rotas, sabiendo que la verdadera redención no se da en pactos con monstruos, sino en el costo de ver los propios demonios y elegir afrontarlos, aunque nadie quede para presenciarlo.
El alba estalló sobre los riscos, roja como sangre recién derramada, antigua como el tiempo. Y en el fondo de Val Marot, el eco de un sacrificio verdadero seguía palpitando, empecinado en alumbrar el siguiente paso.
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