La penumbra se extendía con mansedumbre sobre la Gran Esplanada, donde la tierra se sentía fría y menos viva que en cualquier otra región de Andeira. Entre las colinas yacían senderos tallados a la perfección, trozos de obsidiana y granito incrustados en un tapiz de roca blanca, formando líneas rectas y circunvoluciones imposibles, alejados de la lógica de cualquier pueblo o reino. Para muchos, no eran más que caminos viejos de canteros o rutas comerciales olvidadas, pero para Salen Gervalt, los Caminos de Piedra eran la verdadera herencia maldita de su familia.
Caminaba con la capucha baja sobre la frente, las botas resonando un ritmo seco contra el mineral. La noche era tersa, demasiados grillos para su gusto, y la bruma apretaba desde la ribera lejana. Bajo sus pies, los hexágonos pulidos del Camino del Alba respondían, a veces, con un zumbido grave y tenebroso. Era la señal familiar de que las Piedras aún estaban vivas.
“Aquí estamos,” susurró Salen, como si temiera despertar algo adormecido. Con él marchaban solo su propia sombra y la promesa de su contrato con la Casa Belthar, suficiente oro como para olvidarse de todo por décadas. Si sobrevivía.
Su tarea: atravesar los Caminos hasta el corazón de Espar, llevar consigo la Cifra de Holm—una gema extraña de color lapislázuli bañada en una runa serpenteante—y depositarla en la Cámara de Enlace, donde los secretos de la piedra podían ser enfriados, sellados, incluso olvidados. Todo parecía simple, hasta que la noche misma pareció observarle con ojos extraños.
Pisar el primer segmento del Camino fue sencillo. El segundo más frío. El tercero, el zumbido se hizo más denso, casi un retumbar de pezuñas ancianas bajo la corteza mineral. Salen recordó los relatos de su abuela: “Nunca te detengas si escuchas los cánticos, muchacho. Las Diosas guardan las rutas bajo su piel, y no es amor lo que ofrecen si las ves.”
Recordarlo le hizo reír. Las Diosas no existían, al menos no en la forma que los sacerdotes susurraban en los mercados.
El cielo empezó a deslizar nubes teñidas de azul marino y hierro forjado. Salen descendió hacia una depresión más oscura del Camino, donde la piedra formaba arcos y rampas elevados, y la bruma se espesaba hasta rozar lo sólido. Fue entonces cuando las vio.
Sombras femeninas, apenas más densas que el aire, de piel de cuarzo y ojos de luna vieja, danzando sobre la superficie lisa de la calzada. No flotaban, sino que fundían su carne en la piedra, como si ambos materiales formaran parte de la misma matriz. Y, aun así, sus movimientos eran familiares: los giros de las lavanderas en día de río, la dignidad de las matronas al servir vino en el festín.
No eran exactamente bellas. Más bien, inquietantes y vastas, sus proporciones oscilando entre el capricho y la geometría de una pesadilla arquitectónica.
Una de ellas, la más baja y curvada, habló:
—Llevas una Cifra viva. —Su voz era taladro de granito; cada palabra vibró en el pecho de Salen—. Pregunto, viajero: ¿Para quién transportas la memoria?
El mercenario lo meditó. No se atrevía a huir; los pies le dolían pegados al suelo.
—Para nadie que vosotras reconozcáis, —respondió, ocultando la mentira entre dientes apretados—. Solo soy un emisario.
La Diosa parecía sonreír, aunque el gesto solo fue un quiebre de la roca en su mejilla translúcida.
—Todos sois emisarios, Salen Gervalt. También sois testigos, y ninguna cifra se entrega sin testimonio. El Camino os reclama.
Lo supo entonces: había cometido un error al aceptar el encargo. Intentó desplazar la mano hacia la faltriquera, donde dormía el cuchillo de obsidiana. Era un movimiento torpe, un gesto más de desesperación que valentía.
El aire alrededor tembló. Las Diosas se multiplicaron con cada inhalación de niebla, brotando en arcos, obeliscos y columnas que, como danzantes petrificadas, giraban en su órbita. Fría humedad le caló los huesos. Salen no gritaría: la tradición de su linaje era morir con el rostro seco.
—¿Quién eres tú para hablar a las piedras? —preguntó otra figura, de brazos largos y cintura imposible.
Salen pensó. Una respuesta equivocada podría sellar su suerte, pero un relato ingenioso podría, quizás, otorgarle un respiro.
—Vengo también de la piedra, —dijo—. El abuelo de mi abuela era cantor de losas en la fundación de Erol-Khet. Mi línea conoce las historias. No vine aquí por oro, sino porque la Cifra no debía dormir sola en la raíz, sino ver la luz de las mañanas grises.
Un murmullo recorrió el coro. Las caras de las Diosas se suavizaron una fracción. Giraron juntas, y la más joven se adelantó. No tenía boca; de donde nacía su voz, solo latía un pulso de mineral torneado.
—Tal vez no mientas del todo, Salen de la Línea Gervalt. Pero aquello que portas… ¿crees que fundirlo en la Cámara pondrá fin a su lamento?
—No lo creo, —replicó Salen—. Solo cumpliré el encargo. No deseo ni poder ni memoria.
Eso satisfizo un poco más al aquelarre pétreo. El Camino, quizás, les pertenecía, y todo aquel que lo recorriese debía pagar su tributo distinto. Las figuras comenzaron a fundirse en un solo arco, formando una puerta de piedra humeante.
—Dejarás una parte aquí, viajero —sentenció la Diosa de los brazos extensos—. Solo los que pierden pueden avanzar. Así ha sido desde que las primeras losas cubrieron el valle.
Salen asintió. No tenía mucho valor, ni a qué aferrarse. En una decisión apresurada, extrajo una sortija de hierro ennegrecido, la promesa torpe de una noche olvidada, y la dejó sobre el Camino.
Las Diosas inhalaron en conjunto. La bruma se disipó en remolinos, y las piedras bajo sus pies susurraron palabras de bienvenida. Salen avanzó, sintiendo cómo la carga de la Cifra incrementaba, como si cada paso la gema buscara extraerle el aliento. La propia senda era la trampa: a medida que avanzaba, la grieta entre piedra y carne se hacía más fina, y el tiempo temblaba, se resquebrajaba en imágenes contrarias y superpuestas.
El mundo se tornaba transparente y opaco a voluntad. En un parpadeo, vio reflejos de épocas pasadas: ejércitos desfilando sobre el mismo Camino, dioses menores trocando doncellas por puentes de caliza, y, al fondo, el eco de un grito de mujer que nunca terminaba.
La Cifra de Holm latía con cada escena. La piedra la llamaba por su nombre ancestral, y la diosa más anciana, la que jamás hablaba, le mostró un breve vistazo de su rostro: dentadura de edificios derruidos, cabellos de grava, lágrimas de jaspe cayendo sobre sus hermanas menores.
Salen no pudo evitar llorar en silencio, pues entendió entonces el pacto: el dolor de la piedra era memoria y castigo. Las Diosas ocultan porque recuerdan, y el Camino existe porque el olvido es imposible.
No supo cuánto caminó: puede que horas, o milenios. La Cámara de Enlace le aguardaba en el centro exacto de la Esplanada, una cúpula invertida, a medio camino entre cueva y santuario.
Allí se detuvo. Las palabras lo tomaron como quien toma un vaso de vino vacío.
—Por mi línea, por la pérdida y la carga, por la memoria que no olvida, deposito la Cifra —entonó, la voz descompuesta en llanto y determinación.
La gema de lapislázuli rodó entre las baldosas y se fundió en la peana de mármol blanco. Una luz azulada recorrió las junturas, y las Diosas, invisibles ya pero siempre presentes, lanzaron un eco uniforme por toda la estancia:
—Testigo. Perdido. Caminante.
El Camino detrás de él se selló, y Salen, exhausto, notó que parte de su piel había adquirido un brillo mineral, una huella calcárea que ni agua ni sangre podrían borrar.
Salió de la Cámara, dejando atrás lo que era y temiendo por lo que ahora llevaba dentro. Los Caminos de Piedra jamás devuelven a los suyos tal como entraron. Y, mientras la noche retrocedía, las nieblas murmuraron a su espalda los viejos nombres de las Diosas, recordándole que un simple caminante solo puede arrojar promesas rotas al polvo.
A lo lejos, en la siguiente colina, nuevas figuras aguardaban para danzar. Siempre habrán viajeros, siempre habrá memoria… y siempre habrá Diosas ocultas bajo nuestros pasos, esperando a quien tenga el valor—o la desesperación—de escucharles.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.