Portada del relato La Promesa del Claro Espectral
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Fragmento:


Pero Naelis buscaba redención. Su condena había sido legendaria: antiguamente paladín del Círculo del Rayo Azul, sentenciado por alta traición y exiliado con la promesa de la muerte para quien se atreviera a ocultarle. Aquí, bajo techos de hojas negras, veía la posibilidad de lograr un milagro a cambio de un servicio innombrable. Quizá Serenthu escuchase una súplica sincera; quizá las raíces pudieran olvidar o perdonar lo que los hombres no.

Duración: 08:45

La Promesa del Claro Espectral
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Texto de ajuste de pausa.

El fuego languidecía en el corazón del claro. Las siluetas de los hombres aquí reunidos parecían insignificantes frente a la majestad de los árboles que los rodeaban, altos álamos blancos y robles negros con cortezas insólitas, marmóreas, surcadas de runas antiguas y líquenes resplandecientes. Cada árbol era un ancestro, un testigo de la tierra que recordaba épocas en que las estrellas bailaban más cerca del mundo. Y si uno escuchaba con paciencia, podía oír cómo el viento, al pasar entre ramas, despertaba un coro gutural, tenaz y meditabundo.

Naelis, el capitán proscrito de Isdrun, sentía la presión de esas voces invisibles en sus sienes, un zumbido bajo que solo apremiaba cuando la noche avanzaba hacia su plenitud. Sus compañeros, cuatro de sus fieles, también la escuchaban: se deslizaba como eco de pies descalzos sobre piedra fría. Sombras. Algo que iba más allá del miedo natural a la espesura. Cada uno adivinaba que los árboles no solo eran guardianes, sino custodiaban secretos y amenazas que ningún acero podría herir.

La víspera, en la arruinada taberna de Hrold, una anciana de rostro enmarañado les había contado sobre un objeto sagrado perdido —una gema de savia petrificada, desgajada del legendario Serenthu, el Árbol que Recuerda Nombres. Y con la promesa de un favor de aquel ser viviente e inmenso, cuyo poder modelaba valles o desataba lluvias a voluntad, los cinco aventureros se adentraron en el Bosque de Aelith, un santuario prohibido incluso para los cuervos.

La anciana había advertido: “El que cruza el umbral sin respeto, hallará la furia de los Pasantes.” Nadie tuvo el valor de preguntarle qué eran, pues la sola mención de la palabra, susurrada como un temblor, ensombreció la lumbre con su presagio.

Pero Naelis buscaba redención. Su condena había sido legendaria: antiguamente paladín del Círculo del Rayo Azul, sentenciado por alta traición y exiliado con la promesa de la muerte para quien se atreviera a ocultarle. Aquí, bajo techos de hojas negras, veía la posibilidad de lograr un milagro a cambio de un servicio innombrable. Quizá Serenthu escuchase una súplica sincera; quizá las raíces pudieran olvidar o perdonar lo que los hombres no.

A su flanco marchaba Jeren, la arquera, diáfana y letal, hija de los elfos de ceniza, marcada por la fría belleza de quien ya ha visto demasiados amaneceres interrumpidos por cadáveres. Tras ella, reclamaba protagonismo Bhorik, gran guerrero de la montaña, cuya pesada hacha solo estaba igualada por el peso de sus pecados. Los otros dos, Mellin el ladino y la silenciosa hechicera Syra, confiaban tanto en el acero como en las mil leyendas de la flora. Cada uno buscaba algo entre el susurro de aquellas ramas, presentes y ausentes a la vez.

El avance era penoso; cada paso levantaba polvo de musgo ondeante en la penumbra. Luces superficiales bailaban en el aire, danzando alrededor de las copas. Detrás, las sombras se arremolinaban con una inercia propia, profundas y líquidas como el aceite. “Que nadie hable hasta oír el latido,” dijo Syra, mientras la escarcha comenzaba a reptar desde el suelo. Era el mensaje de los magos para advertir la cercanía de los Antiguos: el pulso de la tierra, que se vuelve un martillo en los oídos sensibles.

Aquel claro despejado, escenario de su campamento, era más que un receso. Al pie de un abeto de siete brazos y savia color ámbar, encontraron la entrada a una caverna, apenas visible, con raíces colgando como flecos de una túnica divina. Bhorik olfateó la humedad, como buscando un enemigo físico allí donde la amenaza era espiritual. “¿Y si el guardián no duerme?”, farfulló. Naelis le miró. “Dejaremos una ofrenda.” Sacó de su morral una daga de hueso, la hundió en las palmas y dejó caer la sangre sobre la raíz mayor. Syra entonó un cántico bajo, en una lengua cuyo eco parecía alargar la lengua misma, hundiéndola en tonos ajenos a la garganta humana.

Durante unos segundos, nada ocurrió. Después, la raíz se movió. No como lo haría una serpiente, sino como si la corteza cambiase de estado, volviéndose cera blanda bajo el calor de una estrella invisible. Una abertura húmeda y resinosa se mostró ante ellos, exudando fragancias agridulces y notas de hierro oxidado. Entraron.

Durante la marcha entre galerías, cada paso era saludado por murmullos lejanos, suspiros de algo vasto y antiguo. Los hombres creyeron ver, tras el destello de las antorchas, siluetas que bailaban entre raíces —formaciones de sombra, torsos fluctuantes, esbozos de rostros de pesadilla enredados entre las vetas de madera. “Son los Pastores Sombríos,” dijo Syra, “vestigios de guardianes muertos, depositarios del Perdón y la Venganza de los árboles.”

Jeren blandía la cuerda de su arco temblorosa. “Descubrimos este sitio para morir,” lamentó en voz baja. Mellin, nervioso a más no poder, contaba con los dedos las doce formas en que se podía escapar de la vida y del infierno. Pero nadie retrocedió.

La cámara más profunda era un círculo de raíces convergentes, una pendiente helada y húmeda; en su centro, montones de hojas viejas y doradas formaban un nido. Allí, posada sobre las hojas, estaba la gema: una esfera de savia seca, traslucida, en cuyo centro parecía moverse, lenta, la sombra de una rama.

Naelis avanzó, pero el aire se volvió tan pesado que cada bocanada resultaba penosa. Los demás quedaron paralizados. De las paredes surgieron espectros: venerables de rostros alargados y túnicas deshilachadas, con bocas abiertas, repletas de pequeñas zarzas. Se aproximaron en círculo a Naelis, casi con curiosidad.

Él, respetuoso, tocó su corazón y la frente con la mano ensangrentada. “No vine por el poder, sino por la memoria,” susurró, “dejad que mi esperanza apacigüe vuestro lamento.”

Uno de los espectros habló, con voz de crujido seco: “Redentor errante; llevas el pecado de la traición como los árboles llevan los anillos de su muerte. ¿Eres digno de robar lo que la raíz guarda?”

Los otros tridieron al unísono: “Nada de lo profundo se da sin precio.”

Naelis no retrocedió. “Pago en la moneda de la verdad.” Y habló, confesando las bajezas de su vida: la traición, la cobardía, la ira que arrojó sobre su hermano en la noche negra del exilio. Mientras su confesión llenaba la estancia, raíz tras raíz se inclinó, escuchando, y las sombras ancestrales se diluyeron, llorando savia de sus bocas.

“Ofreces tu vergüenza, y el árbol es generoso, porque esta noche sus ramas pesaban de remordimiento igual que tú,” dictaminó el espectro más alto, que al decir esto se disolvió en un polvillo blanquecino. Poco a poco, las sombras se replegaron a las paredes, y la gema quedó expuesta. Naelis avanzó y la recogió con ambas manos. Al contacto, fluyó en él una sensación de profundidad, como hundirse en un lago infinito. Vio los recuerdos del Serenthu: acantilados desmoronados, lluvias de meteoros, antiguos rituales de sanación y destrucción. Vio también el rostro de su hermano, más joven, sin ira.

Atrás, los compañeros sintieron cómo la presión en el aire se disipaba. Después de unos minutos eternos, la hechicera les indicó que podían salir. El camino de regreso fue distinto: los árboles parecían ahora más luminosos, y entre los troncos se apreciaban brillos de ojos diminutos, rizos de musgo que se apartaban indiferentes y, sobre todo, el silencio augural de las cosas saciadas.

Al salir del bosque, Syra explicó lo sucedido. “Serenthu ha aceptado vuestra confesión. Ahora debe cumplirse su pacto. La gema devolverá la cosecha a las aldeas, las lluvias a la pradera, y a ti, Naelis, un nombre sin condena.”

Bhorik rió, incrédulo. Jeren no pestañeó. Mellin rezó con fervor infantil.

Antes de despedirse de Naelis, la anciana de la taberna les esperaba. Ella era, comprendieron entonces, la última pastora de los Guardianes de Savia, responsable de velar porque los hombres recuerden —y teman— lo que hay en el corazón del bosque.

Naelis partió solo, con el peso y la bendición de su hazaña. Sabía que la redención nunca era completa, que los recuerdos —como la savia en la joya— siempre estarían en movimiento, oscuros pero brillantes, recordándole que en los abismos de sombra también pueden crecer tiernas raíces de esperanza.

Así, en el umbral entre hombres y árboles, la historia de quienes desafían a los Antiguos pasó a ser susurro, leyenda y advertencia. Los que alguna vez recurrieron a la sombra para olvidar o para redimirse dejaron sus huellas en la penumbra, perpetuamente vigilados por los árboles que guardan la memoria —y la venganza— de la tierra.

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