Portada del relato Las Puertas de la Crepúsculo Negro
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Fragmento:


Pronto, tropezaron con el Umbral Vetusto, una puerta ciclópea formada por dos monolitos cubiertos de inscripciones. Había entre ellos una bruma que ni la brisa movía, y el sonido que salía de su interior era una letanía de nombres olvidados.

Duración: 08:00

Las Puertas de la Crepúsculo Negro
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Texto de ajuste de pausa.

El retumbar comenzó con una voz lejana, un presagio quebrado que sólo los ancianos, envueltos en mantas de lana vieja, dijeron haber escuchado antes. Era sonido de guerra y ruina, un clamor ardiente en los cielos que no dejaba espacio para los rezos. Aquellos que miraron hacia arriba en la Aldea de Breov, al norte de los bosques Grises, vieron lo inexplicable: nubes esmeriladas transformadas en lenguas rojas, como si una herida recién abierta sangrara a través del propio firmamento.

Erevande, la hija menor de un leñador sin legado, se halló sola entre los arrayanes, su hacha caída a sus pies. La escarcha del amanecer se derretía en gotas cálidas en su piel y en el aire flotaba el eco de aquel trueno sin causa conocida. Un fuego, sí. Pero no terrenal, porque quemaba en lo alto, cerrando caminos en las ramas del cielo, torciendo luz y sombra en formas nuevas.

La aldea tembló esa noche. Quienes se atrevieron a caminar bajo ese cielo ardiente narraron que la luna verde de Dorëel bailaba temblorosa, presa de una pena o terror desconocido. Sabían los antiguos que en los manuscritos sellados bajo la casa del herrero hablábase de dos reinos: uno arriba, otro abajo. Ambos prohibidos para los hombres pero tentadores para los insensatos.

A la mañana, Erevande fue convocada. El consejo, encabezado por Liemar el Mudo y la anciana Geira, custodia de antiguos temores, hablaba en susurros de la senda Angruil—el Camino de la Cima Vedada—que cruzaba el corazón de la montaña más allá del río Endral. Nadie en tres generaciones había partido por ella, y menos aún regresado. Pero lo que ahora pendía sobre Breov, decían, requería cruzar la frontera del olvido. Porque sólo allí, entre las fauces de la interdicción, se hallaba la verdad de los cielos en llamas.

Erevande no lo dudó. Caminó bajo el cielo rojo zafiro con un farol prestado y la capa de su padre, vislumbrando en cada silueta la promesa de algo que no debía ser desafiado, y sin embargo, sentía en la sangre la extraña ansia de la transgresión. Salió al primer claro antes de que el alba arrancase el velo ardiente de los cielos.

Al costado del camino acechaba alguien más. De los matorrales emergió Lorcan, cuyas cicatrices y ojos desparejos le daban fama de ladrón y paria. El consejo nunca confió en él, pero Erevande vio, en su postura abrumada, una determinación muy parecida a la suya.

—Sabía que vendrías, —dijo Lorcan, su voz una grieta seca—. Nadie teme lo suficiente para enfrentarse a ese cielo... salvo tú.

La muchacha asintió, apenas, y juntos, uniendo fuerzas más por necesidad que por confianza, avanzaron por el Camino Angruil.

La senda era fría, incluso bajo el fuego que enrojecía el aire. No tardaron en encontrar señales de lo prohibido: árboles hincados en la tierra al revés, sangrando sabia negra; runas grabadas en la roca, cuya caligrafía parecía cambiar si se las miraba demasiado. Era como si tras cada paso el mundo pesara más, el aire se hiciera menos respirable, y el recuerdo de Breov flotara, leve, al fondo de su memoria.

Pronto, tropezaron con el Umbral Vetusto, una puerta ciclópea formada por dos monolitos cubiertos de inscripciones. Había entre ellos una bruma que ni la brisa movía, y el sonido que salía de su interior era una letanía de nombres olvidados.

—Sé que esto es una locura, —susurró Lorcan— pero he escuchado relatos: los que entran ven cosas que no pueden contarse, y muchos no vuelven.

—Un paso más, —replicó Erevande, determinada—. Un paso más para entender qué pacto condena a nuestra gente bajo este cielo herido.

Cruzaron el Umbral, sintiendo la piel helada, y el camino descendió. El fuego de los cielos seguía visible, como si la misma tierra fuera de cristal y por ella se filtrara el ardor de un sol moribundo. Allí, en la bajada, vieron a los Perdidos: sombras translúcidas, hombres y mujeres atrapados en el tránsito, sus ojos desmesurados de asombro y sus labios sellados en un grito perenne.

Uno de ellos, una anciana de cabellos de aire, señaló sin palabras a una caverna cuya boca exhalaba miasma dorada. Sin saber cómo, Erevande supo que era el único camino: el sitio donde los cielos y la tierra se tocaban, donde las reglas de la memoria se deshacían.

La caverna estaba poblada de símbolos. Pinturas murales antiguísimas mostraban a gentes arrodillándose ante figuras flameantes, seres alados de hierro y plumas de fuego. Lorcan se detuvo ante una tablilla rota, y balbuceó:

—Aquí dicen... aquí dicen que hubo una vez guardianes. Elegidos para contener el fuego del cielo, para nunca dejar que lloviera furia sobre el mundo.

—Fracasaron, —respondió la joven.

—Quizá no. Quizá el castigo es cíclico. Cada generación prueba su valor, alguno debe llegar... hasta el final.

El aire se enrarecía. Al fondo de la cueva, una grieta dejaba entrever una luz ilusoria, no como la del día sino como la de una llama petrificada.

Erevande fue la primera en acercarse. La grieta era estrecha; al tocarla, sintió el pulso eléctrico de una promesa rota. Lorcan la siguió de cerca. Del otro lado, tan real como ilusorio, aguardaba un salón de espejos líquidos. Cada uno reflejaba un trozo distinto de historia: la forja de una espada por manos azules, un hombre que caía del cielo en una lluvia de plumas ardientes, ciudades devoradas por nubes incendiarias.

Una voz retumbó, no desde la boca sino dentro del pecho.

“¿Por qué has cruzado el sendero prohibido?”

Erevande respondió, sin hablar, pero la voz surgió igual, pura y valiente:

—Porque tememos más la ignorancia que la condena. Porque el fuego en los cielos anuncia muerte, y queremos saber si hay esperanza.

El eco replicó, multiplicándose en los espejos:

“La esperanza es para quien se arriesga. ¿Compartes la culpa de tus ancestros, serás también guardiana o serás ceniza?”

Erevande, de pronto, comprende. Sólo quien acepta el peso de todos los errores puede enfrentarse al juicio, y sólo quien se recuerda humano, pese a todo, puede cambiar el ciclo.

—Elijo guardar, pero elijo, sobre todo, saber. Muéstrame la verdad.

La luz de la grieta se vertió como agua hirviendo, inundando la estancia. Erevande se sintió morir y resucitar mil veces a la velocidad del rayo. Vio incendios primordiales fuera del tiempo, vislumbró a los primeros humanos firmando pactos con entes celestes, sellando el cielo—para siempre—trazando sendas que nadie debería volver a cruzar. Vio a una niña—ella misma—alcanzando la mano de un monstruo y descubriendo que era su imagen cambiada.

Cuando la luz cesó, Erevande y Lorcan yacían al pie del Umbral, exhaustos. El camino de regreso a Breov era ahora visible, pero el cielo, arriba, se despejaba: no más fuego, sólo la marea verde y azul de la noche antigua. Sabía, por la amargura en su boca y el peso en sus huesos, que ella era ahora guardiana de un secreto que debía proteger, pero no repetir. Sabía, por la tristeza en los ojos de Lorcan, que habían pagado un precio al cruzar ese umbral, pero a cambio de una verdad emancipada del miedo.

Volvieron a la aldea entre el rumor de los arrayanes. No compartieron palabra alguna; la mirada de Erevande bastó para que los más viejos supieran lo que había sucedido: el ciclo no había terminado, pero tal vez, sólo tal vez, por primera vez, podía cambiarse.

Esa noche, mientras la aldea dormía, Erevande subió a la colina y miró los cielos calmados. En los límites del horizonte brillaba el primer indicio de aurora, y en ese delicado equilibrio supo que los caminos prohibidos existen no para evitarse, sino para recordarnos quiénes somos al decidir cruzarlos.

Respiró hondo. El canto de las aves volvió. En lo profundo de la tierra y en la memoria de los hombres, el fuego persistía, pero ya no dictaba el destino: era historia, no amenaza. Ella guardaba la puerta, y el mundo, por fin, podía soñar con otra aurora bajo cielos más puros.

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