Portada del relato La senda de los claros arcanos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Esa misma noche, cuando el viento portaba cancelares de hielo y el silencio no era seguro, un forastero llegó acompañado de una ligera campanilla de cobre. Vestía ropajes bordados, y su figura era solemne como si cada paso calculase el destino de una era. Reconoció a Alaric con una curvada sonrisa: era Murn, de la Hermandad de la Aurora Cambiante.

Duración: 08:03

La senda de los claros arcanos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Era un tiempo anterior al nacimiento de los imperios, anterior incluso al primer nombre que se diera a la vastedad de Eredhûn, el continente sin riberas. Bajo un cielo que, dicen los ancianos, parecía arder y refulgir con tres soles, hombres y criaturas más antiguas cruzaban llanuras sin fin, valles donde las nieblas no se disipaban jamás, y montañas tan altas que las águilas apenas rozaban sus laderas bajas. Entre los seres de aquellas eras de ceniza y luz, algunos hombres poseían dones no conocidos hoy, magistralmente errantes, artistas y fugitivos del poder que portaban: los magos.

Caminante entre los ruinosos templos del Dorthil era Alaric, cuyos cabellos permanecían grises como los troncos muertos del bosque y cuya mirada había visto más siglos que cosechas tienen las tierras fértiles. Durante muchas estaciones se había alejado de los focos de poder y sangre, atravesando los dominios de hombres arrogantes para quienes la palabra ‘mago’ era ya eco de amenazas olvidadas.

Sostenía un báculo de tejo, surcado por runas inmemoriales que chisporroteaban débilmente a la puesta del tercer sol; sobre sus hombros colgaba una capa desgastada cuyo único valor residía en la memoria de largos viajes. Alaric había conocido la aurora del mundo, pero buscaba algo más allá: la verdad de por qué los portadores del arte arcano resultaban ya raros, y por qué, en los límites borrosos del oeste, las tierras parecían multiplicarse en sueños, huyendo del alcance humano.

En su periplo, halló un poblado en la frontera última conocido como El Gato y El Tizón, diminuto núcleo de almas habituadas al frío y al vino fuerte. Era el tipo de sitio donde desaparecen los nombres y florecen los rumores. Alaric se sentó junto a un fuego apagado, pidiendo solo agua. Le rodearon los rostros temerosos de gentes que conocían el color de la obsesión.

"No es sitio para aquellos que han visto lo que usted aparenta haber visto", murmuró la tabernera, cuyas cicatrices decían más que sus palabras.

"Y, sin embargo, ¿qué sitio es el adecuado?", replicó el mago, con mirada caída en la distancia.

Esa misma noche, cuando el viento portaba cancelares de hielo y el silencio no era seguro, un forastero llegó acompañado de una ligera campanilla de cobre. Vestía ropajes bordados, y su figura era solemne como si cada paso calculase el destino de una era. Reconoció a Alaric con una curvada sonrisa: era Murn, de la Hermandad de la Aurora Cambiante.

Conversaron en susurros, lejos de oídos ansiosos. Hablaron del marchitamiento de la magia, de cómo los viejos secretos caían en olvido, y de aquello que se gestaba en los confines de Eredhûn.

"¿Sientes cómo se retira la marea?", preguntó Murn en voz baja, desarmado de arrogancia.

Alaric asintió. "Como si el corazón del mundo se estuviese cerrando sobre sí mismo. Cada paso más allá de los ríos del oeste, y los caminos parecen ramificarse y enredarse, como si las mismas tierras buscaran conservar sólo el recuerdo de lo que eran."

"Debemos avanzar", dijo Murn con urgencia. "Se rumorea que los límites más allá de Dúltamar ya no son simplemente vastos; son infinitos, Alaric. Infinitos de una forma que rompe la mente. Los que se han atrevido, regresan envejecidos y mudos, o desaparecen."

La mañana siguiente vieron partir juntos a los magos, guiados por la necesidad y el pálido sol, hacia los horizontes en los que el verde de los bosques se desvanecía bajo una niebla pesada. No había senda que seguir y, con el paso de los días, los caminos dejaron de comportarse como caminos. Los árboles eran altos, ancianos, pero nunca iguales a los ya vistos, troncos tan anchos que se podía caminar por su interior. Alaric hablaba poco; Murn, menos aún.

Cierta noche, tras semanas de marcha, acamparon al pie de una colina escarpada. El aire era espeso y luz azul electrizaba el borde del cielo. Despertó Alaric a medianoche, sobresaltado por susurros. No eran voces, sino ecos como si la tierra soñara en voz baja. Miró y vio que una figura emergía de la niebla – era una mujer de piel pálida, ataviada en negro, cuyos ojos parpadeaban con la lenta danza de galaxias olvidadas.

"Venís buscando el límite, pero el límite os busca también", pronunció en una lengua imposible, aunque Alaric y Murn comprendieron.

"¿Quién eres?", preguntó Murn, asiendo su propio cayado.

"Soy hija de la Tierra No Trazada. He visto a los magos en su arrogancia, y he visto también vuestra soledad. Cada era, uno de vosotros accede a la pregunta final, y cada uno se desvanece en la respuesta."

La tierra vibró, y a su alrededor la niebla pareció decantarse en formas de ciudades caídas, pasadizos hechos de pensamiento, criaturas que cambiaban con cada parpadeo.

"¿Por qué sólo los magos recuerdan las rutas antiguas?", Alaric osó preguntar.

"La memoria también es culpa", respondió la figura. "La magia era el lazo entre el mundo y su propio deseo de ser algo más. Ahora, cuando el hombre busca la razón y olvida el asombro, la magia se retira. Las tierras se multiplican para huir de la mirada del olvido. Pero sólo quien camina sin descanso comprende que ser es también perderse."

Un viento atronador barrió el campamento y, para cuando cesó, la figura había desaparecido. Desde allí, el mundo ya no era igual.

Caminaron de día, de noche, en un tiempo que parecía no moverse. Los ríos corrían arriba, las estrellas cambiaban de lugar, los pájaros caían hasta convertirse en polvo. Murn se desesperó primero, hablando en lenguas rotas. Alaric cayó en la mudez dolorosa de los que ven demasiado.

Y sin embargo, avanzaron. Al tercer amanecer —¿tercero? ¿trescientos?— ambos llegaron a lo que no era exactamente un final, sino una plegaria. El suelo era de cristal, y bajo sus pies veían paisajes ignotos: mares en llamas, desiertos de recuerdos, rostros antiguos deuterocidos por el dolor y la esperanza. Sobre ese umbral aguardaba una especie de guardián, monstruoso y hermoso al tiempo, cuyas alas al desplegarse horadaban el viento con melodías inaudibles.

"No podéis seguir", declaró. "Las tierras aquí no se conciben a sí mismas. Sólo hallaréis las sendas que ya habéis olvidado."

Murn, agotado, cayó de rodillas. "¿Y si queremos recordar?"

"El precio de recordar es perder el presente; el precio de perderse es no poder regresar."

Alaric, cuya sabiduría se había tallado capa tras capa en sus huesos, comprendió que lo que buscaban no estaba allá delante, ni tampoco atrás, sino en el propio viaje: las tierras infinitas no eran sino un espejo del corazón del mago, de su anhelo incesante de búsqueda.

Decidieron regresar. Murn iba envejecido, casi encorvado, pero sus ojos guardaban un fuego nuevo. Atravesaron una vez más bosques imposibles, colinas donde la gravedad cambiaba a cada paso, y volvieron finalmente a la taberna El Gato y El Tizón, meses —o eras— después.

Poco hallaron cambiado. Las mismas caras, los mismos cuentos. Pero cuando la tabernera les vio, entornó los ojos con algo más que miedo: un reconocimiento. "Habéis cruzado el umbral y no habéis dejado tras de vosotros la razón."

Alaric, por su parte, se sintió liviano. Sabía, ahora, que ni la magia ni el viaje podían retener el mundo; sólo el tránsito continuo y el asombro eran verdaderos. Los magos errantes eran aquello que el mundo necesitaba para seguir soñando, para mantener sus límites difusos y eternamente expandidos.

Esa noche, mientras el tercer sol declinaba, Alaric y Murn compartieron el vino de la memoria y la promesa de nuevas sendas. Nadie supo decir en qué momento partieron, ni hacia qué tierras imposibles. Algunos lo llaman locura, otros, sabiduría; pero los más viejos saben que mientras haya un corazón dispuesto a perderse en el asombro, el mundo seguirá creciendo más allá de toda frontera.

Y acaso, en las noches más largas, cuando la niebla se arremolina en los umbrales olvidados, dos figuras pueden verse caminando bajo los soles, conversando suavemente sobre el precio y el milagro de no hallar nunca el final.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.