Fragmento:
Algunas historias comienzan bajo la luz dorada de un nuevo amanecer. Otras nacen en el vibrante zumbido de una ciudad ancestral, cuando el sol empieza a morir entre torres de piedra y energía. Mi relato surge de ambos. Comienza en el corazón antiguo de Heliópolis, la urbe que nunca dormía, donde artefactos luminiscentes colgaban junto a estandartes deshilachados y el petrificado aire de siglos de hechicería a menudo se mezclaba con el fulgor frío de la tecnología prohibida.
Duración: 07:45
Algunas historias comienzan bajo la luz dorada de un nuevo amanecer. Otras nacen en el vibrante zumbido de una ciudad ancestral, cuando el sol empieza a morir entre torres de piedra y energía. Mi relato surge de ambos. Comienza en el corazón antiguo de Heliópolis, la urbe que nunca dormía, donde artefactos luminiscentes colgaban junto a estandartes deshilachados y el petrificado aire de siglos de hechicería a menudo se mezclaba con el fulgor frío de la tecnología prohibida.
Los salones de la Biblioteca de Azoth zumbaban aquella noche con murmullos de conspiración. Ningún bibliotecario escribía, nadie copiaba. En vez de eso, el eco de cientos de electrosellos encendiéndose –pequeños parpadeos ardientes en la penumbra– trazaba rutas invisibles para la vigilancia. Bajo ese techo, repleto de frescos fantásticos y circuitos de ónix, dos figuras avanzaban a hurtadillas: Clio, la historiadora condenada y Riken, su protector cibernético.
Heliópolis era dos ciudades superpuestas: una de leyendas, otra de electrones. En la superficie reverberaban los ecos de epopeyas antiguas: los Faraones del Alba y los Juicios del Vástago, seres legendarios que negociaban pactos con criaturas de obsidiana arrastradas de los márgenes del tiempo. Abajo, en zanjas de neón enterradas, destellaban líneas de datos y recuerdos robados. Ahí, donde la magia y la máquina se odiaban y se anhelaban a partes iguales, Clio arriesgaba su vida por la última verdad del Éter.
–¿Lo tienes? –preguntó Riken, su voz cada vez menos humana desde que se atrevió a injertarse la tríada prohibida en el cuello, aquel ridículo artefacto con forma de pirámide negra.
–Casi–, susurró Clio. Frente a ella, un pedestal de granito ardiente albergaba el códice tallado en zafiro vivo: De Bellis Machinis. El tomo titilaba con carga críptica, palpitando con cada promesa sellada en su lomo.
No era un libro común. Decían que su primera página solo podía leerse en lengua muerta, sus últimas sólo por aquellos que hubiesen traicionado a su patria, y que las páginas intermedias deciden lo que es verdad en cada era. Clio ni siquiera sabía por qué su corazón lo necesitaba tanto, salvo que el Rey de Hierro la había mandado a cazarlo, y los conjurados de Azoth los buscarían si fallaba.
El Rey de Hierro –la cáscara donde habitaba la conciencia del Primer Emperador– era casi un mito, una leyenda viviente que coleccionaba tecnologías olvidadas y magias rotas. Se decía que jamás dormía; su cuerpo, cubierto de oro y engranajes, podía partir a un hombre en dos con un simple gesto. Pero eso no era lo que asustaba a Clio. Lo que la inquietaba, siempre, era la sonrisa que precedía a sus órdenes. Y esta vez, la orden era: “Tráeme el De Bellis Machinis o Heliópolis arderá”.
–¡Ya! –susurró, con el sudor helando su frente mientras arrancaba el códice del pedestal y lo metía en el contenedor de plomo gemido.
Riken la tomó de la mano: la vieja costumbre que su conciencia humana no había olvidado por completo. Huyeron, envueltos en el crepitar de alarmas, mientras sombras corpóreas –ni humanas ni fantasmagóricas– se agazapaban en los arcos y columnas de la biblioteca, listas para cazar.
Así comenzó el verdadero asedio: una ciudad entera agitada por el temblor de cuerpos y autómatas; antiguas cofradías versus hermandades digitales; y Clio, la perseguida, corriendo entre la cúspide de la ciencia y el abismo de la brujería.
Eligieron el Sendero de las Carátulas, una vía rumorosa donde los rostros se proyectaban en la niebla, y memorias ajenas se pegaban a la piel como lamentos. Por ahí, la tecnología se quebraba por minutos y la magia ocupaba su lugar. Fue en ese corredor etéreo donde los encontró Iset, la convocadora de Despojos.
–El Rey nunca será saciado –musitó Iset, desvaneciéndose y reapareciendo con la certeza de quien conoce el reverso de todas las monedas–. Él busca el códice porque las máquinas están muriendo... y solo uno que recuerde el Azoth antiguo podrá descifrarlo.
Clio, jadeando, preguntó:
–¿Que quieres decir?
–Que él ya ha fallado antes. Que todas las ciudades caen una y otra vez, por su propia arrogancia, por buscar crear reyes de metal en vez de sueños de piel.
Mientras Riken mantenía firme el puño sobre su arma oculta, Iset extrajo una llave de luz líquida y la tendió a Clio.
–Por si decides buscar otra salida.
Entonces Iset se disolvió, y el aire olió a ozono y saqueo. Seguían oyendo los pasos de sus perseguidores, la urgencia palpitante de los centinelas gemelos de Azoth, sus garras-membrana tan afiladas como la crueldad de la historia.
Clio tuvo que decidir. Podían correr hacia el exterior y entregar el códice, salvando su piel pero condenando a la ciudad al reinado de máquinas sin alma. O podían confiar en la llave, descenso a profundidades selladas por los antepasados, donde moraban cosas que nadie recordaba –y nadie quería recordar.
–Rápido –insistió Riken, mientras prendían los generadores al otro lado del corredor, sumiendo en azul eléctrico hasta las lápidas de la vieja guardia.
Optaron por la llave. Abrieron un portal lumínico, cruzando hacia un espacio circular, cuyas paredes se descomponían en figuras danzantes de historia y revolución. En aquellas paredes, Clio vio revivir a los primeros creadores, magos-ingenieros cuya ciencia era indistinguible del arte de la palabra.
A medida que descendían, Riken empezó a tambalearse.
–No estamos hechos para esto, Clio. Yo... yo no.
Un dedo de sombra surgió y arañó la yugular artificial de Riken, quien cayó de rodillas, cables y sangre mezclándose; luchó por salvarlo, pero supo que su camino estaba marcado: o salvarlo o salvar el códice.
El tiempo se dobló en aquel umbral. El pasado se filtró: faros zafiros cruzaron su visión. Vio a los Reyes caídos, a los insurrectos de la noche, a los conjurados de año en año levantando los mismos falsos ídolos.
Y entonces, el corazón del Éter palpitó ante ella.
Sintió el llamado del códice: una pregunta más vieja que la ciudad, más antigua que la magia. El libro reclamaba a quien deseara recobrar el equilibrio entre lo arcano y lo mecánico, pero su precio siempre era altísimo.
–¿Estás dispuesta? –la voz fue la suya, y la de todas las Clio que hubieran existido.
Ella asintió, bestia y heroína, mártir y verdugo. Abrió el códice con la llave de Iset.
Durante un instante, todo fue luz y rugido.
El códice absorbió su voluntad y, a cambio, le entregó una visión: un pacto. Podía reescribir la historia, devolver a Heliópolis a una era donde la máquina y la magia coexistieran, donde ningún Rey de Hierro dictara el destino del Éter. Pero el precio era inmenso: perdería su identidad, reescribiría el pasado de otros a costa de olvidar el propio rostro.
En el suelo, Riken susurró su nombre, medio humano todavía.
–Hazlo. No dejes que mi sacrificio sea en vano.
Así, Clio entrelazó los nombres antiguos en su lengua, liberando la chispa que destruyó y recreó. Heliópolis vibró, los artefactos olvidaron el lenguaje de la destrucción y aprendieron el de la creación. El Rey de Hierro, en su trono de oro y acero, sintió que sus cimientos temblaban. Su imperio de miedo se disolvió entre arpegios de luz verde y murmullos de reconciliación.
Clio, en ese instante final, se supo parte de la historia y de la máquina. Su memoria se diluyó entre las piedras y los servidores, pero su voluntad pervivió donde todo convergía: en la frontera donde los dioses antiguos y los autómatas se dan la mano, y la ciudad puede soñar una vez más.
Y así, bajo el resplandor dorado de otro amanecer y entre retazos de neón y susurros de magia, Heliópolis despertó con la promesa de ser, al fin, un reinado compartido entre humanidad, artilugio y Hechizo.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.