Fragmento:
Aquella primavera, la risa del río se rindió a un seco murmullo, y el bosque empezó a devorar a los hombres. Cuando las primeras cabras desaparecieron, las viejas negaron con la cabeza y los niños regresaron del campo con ramitas trenzadas en sus cabellos, dormidos como si el sueño los hubiera apresado en medio del juego. Se culparon a duendecillos o a los eremitas que vivían bajo el fresno roto, pescadores de almas extraviadas. Pero cuando desapareció Maeve, la hija del molinero —y otros ya antes de ella, pero así es como lo cuentan—, supieron que la maldición era cosa de hombres y de dioses.
Duración: 08:19
El humo de las hogueras flotaba bajo las ramas, lleno de promesas húmedas y quebradas, mientras los aldeanos terminaban su vigilia. La aldea de Ernith, en el confín del ducado de Merovin, se acurrucaba entre campos agotados y la giba oscurecida del bosque de Harth. En los inviernos de mi juventud los sauces lloraban sobre los diques y murmuraban, pero nunca como ahora: en estos años murmuraban palabras.
No soy hombre de letras, aunque escribo, y es extraño sobrevivir lo bastante para querer contar la verdad cuando ya a nadie le importa. Mi nombre es Tiermon, hijo de Haume y heredero de la forja más amarga de Ernith, una herencia de hierro, cicatrices y frío. La historia que destruyó mi linaje —y devastó la propia Ernith— no comenzó con los susurros, sino con una voz. Y la voz era la de un infante muerto.
La historia, así, debe empezar en el undécimo año del reinado de nuestro duque, Baudry el Lastimado, cuando las malambras del bosque de Harth parecieron crecer en deseo y crueldad. Por entonces, menstruaban aún las tierras con algo de dádiva. Era el tiempo del Midsol —la vigilia de Arcy, la protectora— que no había salvado a nadie desde hacía ya tres cosechas.
Aquella primavera, la risa del río se rindió a un seco murmullo, y el bosque empezó a devorar a los hombres. Cuando las primeras cabras desaparecieron, las viejas negaron con la cabeza y los niños regresaron del campo con ramitas trenzadas en sus cabellos, dormidos como si el sueño los hubiera apresado en medio del juego. Se culparon a duendecillos o a los eremitas que vivían bajo el fresno roto, pescadores de almas extraviadas. Pero cuando desapareció Maeve, la hija del molinero —y otros ya antes de ella, pero así es como lo cuentan—, supieron que la maldición era cosa de hombres y de dioses.
El bosque de Harth nunca fue un bosque fácil. Sus límites parecían moverse, como si respirara, comiéndose arados o casas de aperos cada pocas generaciones. Los leñadores más viejos decían que los árboles temían ser cortados. Mi abuelo contaba historias, tan viejas que olían a tumba, sobre la Sangreverde —una corriente pétrea que corría bajo nuestro mundo y se arrastraba, insistente, bajo la corteza—. Pero eso eran sólo cuentos, hasta que las desapariciones comenzaron a dejar huellas.
Las huellas de Maeve eran profundas y frescas, entre el barro y la musgosa penumbra, y terminaban junto al Roble de Cein. Las ramas de ese roble eran tan gordas como el torso de un hombre, llenas de cicatrices y marcas de cuchillo, pues desde hacía siglos incluso los padres más escépticos tallaban runas allí, pidiendo por la protección de los suyos. Pero ninguna runa bastó. Frente al roble, los rastros de la niña se frustraron como si se hubiera volatilizado.
Yo era joven y arrogante entonces. Armado con el hacha de mi padre y un sentido inflexible de justicia, juré ante el Roble que no regresaría sin saber de ella. A mi lado iba Allun, un campesino de risa clara y voluntad turbia, y Elayne, de cabellos del color de la avena, que nunca juró nada pero cuyo mirar cortaba incluso la niebla.
Decían que en Harth uno no debía pronunciar su propio nombre en voz alta. Que las ramas escuchaban —y los ecos no devolvían lo que robaban—. Cuando cruzamos la frontera invisible, la temperatura bajó; la luz se dobló hasta parecer de otro mundo. Emergieron del silencio presencias que no tenían ni forma ni bondad.
Del bosque fluía un perfume acre, a savia podrida y miedo. Allun avanzó a codazos, diciendo que todo era superstición, y cortó una rama muerta para encender la antorcha. Al hacerlo, el mismo viento se replegó, como si el aire se negara a rozarnos. De pronto, escuchamos llorar a la niña.
"Maeve", susurró Elayne, "¿dónde estás?" Pero el llanto se repetía, siempre a nuestra izquierda, alejándose cada vez que nos acercábamos. Una vez, pensé ver un vestido blanco entre los abedules; otra, huellas minúsculas resbalando entre zarzas. Allun comenzó a reír nervioso, pero Elayne me detuvo: "No la sigas. Eso no es Maeve".
Había razón en su cautela. Las sombras bajo los árboles se apretaban juntas, y las hojas crujían como mandíbulas. Pronto encontramos algo peor que huellas: la piedra sacrificial.
De niños, nos advirtieron no alejarnos del sendero de ceniza, y ahora entendía por qué. En medio de un claro imposible, donde ningún árbol debía crecer, reposaba un altar cubierto de líquenes sangrientos. La piedra resplandecía con una luz que no venía ni del sol ni de ninguna luna. Allí, junto a una grieta imposible, vimos una madeja de cabellos y retales ensangrentados. Pero en vez de dolor, sentí que el miedo se deslizaba hacia la rabia, porque entendí que aquello no era una mera bestia, ni siquiera el hambre antigua del bosque: era una voluntad.
Elayne retrocedió; Allun blandió su hacha. De la grieta emergió una lengua de aire negro, como humo vivo, arrastrando fragmentos de memoria. La niebla comenzó a girar sobre la piedra, densa de rostros. Entonces lo supimos. La maldición de Harth era una memoria feroz, una conciencia hecha con los restos de todas las víctimas, humanos y animales, desde que el primer cazador manchó ese claro con sangre. Era una herida abierta por sacrificio, que cada generación intentaba cerrar con más sacrificio.
Elayne cayó de rodillas y rezó a un dios que no conocía. Yo me adelanté, y lo que vi en la niebla cambió mi vida: vi soldados y leñadores antiguos, aldeanas robando la leña, niños deformados cruzando el claro; vi a la propia Maeve flotando entre miles. Y, más allá de todo, un ojo, un ojo de raíz y piedra, observándonos.
Allun gritó entonces; lo había tocado la niebla. Lo que le ocurrió fue rápido y espantoso: se desmoronó como si de una marioneta cortada se tratara, devorado desde dentro por voces de desesperación.
"¡No pienses tu nombre!" chilló Elayne, y fue entonces que aquello intentó robar mis recuerdos. Sentí que la memoria de mi madre, de mi propia infancia, del sabor del pan caliente, de cada historia contada junto al fuego, se desvanecía.
Agarré la empuñadura de mi hacha, doblada por mi padre y su padre antes que él, y sentí el hierro crujir de todas sus manos fundidas. Con una súplica de rabia, tallé una runa nueva en la propia piedra del altar, una runa para recordar el dolor y no la sumisión. El bosque se estremeció; las raíces gimieron. Elayne gritó un nombre antiguo, y la grieta palpitó, expulsando una marea de ecos que se desvanecieron entre los árboles.
La niebla retrocedió, vencida. El altar sangró savia oscura durante un instante infinito. En el suelo, donde antes estaban las ropas de Maeve, ahora yacía la niña, viva pero vacía, llorando sin sonido. Elayne la abrazó, y nunca olvidaré la mirada que me dirigió: mezcla de triunfo y derrota.
Regresamos con los primeros rayos del alba, Allun desaparecido para siempre, la niña muda; el aire había cambiado. El bosque seguía allí, pero algo en él se había dormido —o tan solo reparado. Nadie preguntó demasiado por lo ocurrido; nadie pidió detalles. El altar desapareció días después, absorbido por la maleza, y la grieta fue tragada por un crecimiento furioso de zarzas y acebos.
Aquel año nadie volvió a desaparecer, pero cada noche, después de la faena, los viejos tallaron nuevos símbolos en el Roble de Cein. Maeve jamás recuperó la voz, y yo pasé noches enteras intentando recordar cosas sencillas: la cara de mi madre, el olor del trigo recién cortado, el nombre de la niña antes de que se perdiera en la espesura.
Ahora veo cuánto del mal duerme en heridas antiguas sin cerrar, y cómo la memoria —colectiva e individual— puede convertirse en un dios oscuro, pidiendo sacrificios hasta que se le enfrenta o se le aplaca. El bosque permanece, esperando la siguiente grieta. Y la aldea también, curándose en falso, rehaciendo historias para olvidar lo insoportable.
Quizá por eso escribo —para atar palabras como runas, para recordar y, quizá, para advertir. Porque bajo cada raíz no sólo hay huesos, sino la larga sombra de todo lo que no supimos —o no quisimos— recordar. Y bajo la sombra del bosque de Harth, todavía late la niebla, esperando un nombre que susurrar.
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