Fragmento:
Las urnas eran de vidrio volcánico, forjado en las fraguas subterráneas bajo Akil-Ra. Solo ellas podían contener los fragmentos de Cronarcas: criaturas mitad brújula, mitad devorador, que surcaban los flujos temporales cosechando memorias, fatigas y ocasionalmente almas humanas demasiado curiosas. Yo soy la señora de los tratos desiguales, había dicho el patrón de Nora antes de embarcarla. Quedaría grabado en su memoria, aunque esa memoria bien podría no ser suya cuando todo terminara.
Duración: 08:51
La brisa olía a sales viejas y relámpagos, un aroma que, según decían los nativos de Khar-Nem, presagiaba la llegada de criaturas que ningún ancla podía detener y ningún libro pudo jamás encerrar del todo entre sus páginas. La nave *Indómita* cortaba el mar de Brecha, y en la proa, con un cigarro húmedo entre los dientes y el abrigo hilvanado con cabellos del diablo, Nora Finegar se preguntaba si existía suficiente oro en el mundo para justificar la insensatez de su empresa. Para atrás quedaba el humo de la costa olvidada; adelante, la línea febril de las islas que ardían incluso bajo la lluvia.
Cuando el primer fulgor azul desgarró la neblina del amanecer, la tripulación enmudeció; solo los tontos y los suicidas hablaban cuando una grieta temporal temblaba en presencia de las islas. Las llamaban Islas de Fuego por la costra incandescente —lava solidificada sobre huesos de dioses ahogados—, pero los verdaderos peligros no se alzaban sobre las rocas fundidas. Acechaban en los pliegues del tiempo, flotaban en la espuma mientras arrastraban consigo rumores del futuro y espinas del pasado.
"Prepara las urnas", murmuró Nora, y su primer oficial, Denthil, un hombre esculpido a base de mentiras, asintió sin apartar la vista de las manchas luminosas que bailaban sobre el agua.
Las urnas eran de vidrio volcánico, forjado en las fraguas subterráneas bajo Akil-Ra. Solo ellas podían contener los fragmentos de Cronarcas: criaturas mitad brújula, mitad devorador, que surcaban los flujos temporales cosechando memorias, fatigas y ocasionalmente almas humanas demasiado curiosas. Yo soy la señora de los tratos desiguales, había dicho el patrón de Nora antes de embarcarla. Quedaría grabado en su memoria, aunque esa memoria bien podría no ser suya cuando todo terminara.
A bordo de la *Indómita* viajaban también otros seis: un cartógrafo ciego guiado por un zafiro canturreador, dos hermanos cuyas lenguas divididas hacían eco a los delirios de los corales parlantes, y una mujer tatuada con constelaciones en el pecho, que afirmaba recordar nacimientos y muertes que aún no habían ocurrido. Todos habían pagado su pasaje con tiempo; ninguno podría pagar la vuelta.
Esa misma noche, las aguas tenían un brillo verde enfermizo. La primera aparición fue brutal: de la espuma emergió un caracol de cobre giratorio, tan grande como un bote de remos, con la espiral tatuada de escenas repetidas de una batalla olvidada. Tan pronto como uno de los hermanos —el más joven, siempre el más joven— tendió la mano, una ráfaga glacial hizo titilar el aire entre proa y cielo. El cartógrafo comenzó a farfullar años, nombres, y direcciones, y la mujer tatuada apenas contenía un grito.
Sin embargo, la criatura no atacó. Se limitó a romper la superficie y retirarse, soltando una fiebre de burbujas que apestaban a harina y azufre. Denthil recogió una de las urnas, la llenó con aire contaminado y la arrojó a Nora. Ella la cerró y sintió el peso dorado de una historia, la de un soldado caído que nunca existió, palpitando al tacto. Un fragmento para la colección.
Al tercer amanecer, la *Indómita* rodeó la isla mayor —Akiluth, decían los mapas podridos— y su anillo de lava parecía no obedecer a las cartas de mareas ni los mapas lunares. En la playa, el cartógrafo ciego descendió, escoltado por la mujer de las constelaciones. Nora les advirtió, pero la profesionalidad era una forma de coraje. Y la locura, otra.
Entre los vapores y las cenizas, el grupo halló los restos de un torreón: bloques de basalto, paredes fundidas, y relojes de obsidiana insculpidos con signos arcanos. Ninguno marcaba la hora, pero las manecillas temblaban cada vez que las criaturas del tiempo aullaban a lo lejos, navegando entre épocas como cometas erráticos.
El mayor de los hermanos, que llevaba atada una cuerda trenzada con cabellos de su madre muerta, se acercó a los relojes y recitó un rezo que sólo los acantilados entendieron. Al contacto, uno de los relojes exhaló una sombra que respiró a todos los presentes: un susurro de infancia perdida, abuelos nunca nacidos, amores rotos antes de empezar. Cuando la sombra retrocedió, algo en la mirada de la mujer tatuada había cambiado: contaba ahora una arruga más en la comisura de sus labios, y una constelación desaparecida relucía ausente en su piel.
"Y así empieza el pacto", dijo Denthil, observando las heridas de los relojes.
Aquella noche acamparon bajo el cráter mayor. El suelo vibraba, y por el rabillo del ojo cada miembro de la expedición creía ver rostros que pasaban de la niñez a la vejez y de vuelta en un parpadeo. La primera criatura del tiempo que aterrizó en el campamento no fue un titán, sino algo apenas mayor que una rata gruesa, cubierto de escamas de obsidiana líquida. Su voz era un serie de campanadas desincronizadas; traduciéndolas, la mujer tatuada logró arrancar una promesa: la de guiarles por un sendero seguro a través de las islas, siempre que entregaran una década de sus mejores recuerdos.
Una negociación, entonces. Nora fue la primera, jalando de su bolsillo un anillo de hierro que antiguamente llevaba su madre en los inviernos más duros. El anillo bastó para pagar el tributo; ella sintió el vacío, un zumbido en el hueco de su infancia, pero permaneció entera. Los demás se resistieron más. El mayor de los hermanos sacó un diente de leche, el cartógrafo susurró el nombre de su primer amor y el mapa de su ciudad natal. La criatura devoró las ofrendas con suma ceremonia.
Avanzaron por caminos imposibles: cruzaron un desfiladero donde la arena les cubría los pies y la cabeza al mismo tiempo, caminaron sobre tablones que crujían con nombres de antepasados, y bajo el cielo invertido donde el futuro caía en gotas sobre sus hombros, les fue permitido arrancar minúsculos fragmentos de Cronarcas para llenar sus urnas ennegrecidas.
El cartógrafo, cuya ceguera le había costado una biblioteca entera de inviernos, fue el primero en sucumbir. Al recoger una esfera temporal —parecida a una lágrima negra—, su cuerpo se fragmentó en docenas de edades distintas. Por un instante fue niño, anciano, feto, adolescente, y luego, con el tiempo quebrado, se disolvió en polvo. El zafiro canturreador cayó al suelo, mudo.
Las Islas de Fuego no perdonaban.
El grupo menguaba con cada hora, pues el tiempo pasaba aquí en ráfagas: unos días pasaban en un aleteo, otras veces una noche duraba meses. Las criaturas espectrales emergían para comerciar, murmurar advertencias, o simplemente mirar mientras los humanos continuaban su tarea. Denthil, astuto como una sombra, acumulaba fragmentos extra en secreto, confiando que más tarde podría renegociar su contrato con la señora de los tratos desiguales.
Las traiciones en el limbo, sin embargo, tienen un modo peculiar de salir a la luz.
En la cumbre del cráter, con el volcán siseando bajo sus pies y el cielo rojo salpicado de auroras intempestivas, Denthil intentó abrir una de las grandes urnas de obsidiana frente a los demás. Nora, aún estando exhausta y un poco menos humana por la pérdida de sus recuerdos, lo encaró. La criatura del tiempo que los había guiado apareció entonces, multiplicándose en versiones jóvenes y ancianas a la vez.
"El tiempo no se comercia, se tributa", dijo en un idioma hecho de colisiones y cristales rotos.
El hombre cayó de rodillas, llanto silencioso. Alguien debía pagar. Nora sintió la cuerda de su infancia, el peso del anillo de su madre, la ausencia de veranos felices, el rumor de aguas que nunca volvería a navegar. A cambio, la criatura aceptó los fragmentos reunidos y abrió un pasaje a través de los vapores mortales, permitiendo que los supervivientes huyeran con sus botines corrompidos.
Las Islas de Fuego ardían por última vez esa noche, iluminadas por los gritos de cronarcas heridos y la consciencia de siglos retorciéndose sobre sí mismos. En la huida, la mujer de las constelaciones perdió todo recuerdo de su propio nombre, pero conservó los sellos temporales tatuados, lo necesario para guiar a otros infelices en viajes similares.
Nora y el hermano superviviente llegaron apenas a flote a bordo de una barcaza improvisada, sus urnas llenas de memorias robadas y promesas incumplidas. En la distancia, la costa olvidada titilaba acunada por la niebla.
Tiempo después, cuando la señora de los tratos desiguales revisó el contenido de sus preciadas urnas, no encontró en ellas historias de gloria ni riquezas duraderas. Solo polvo de recuerdos, el eco amargo de lo que se pierde al intentar encerrar el tiempo. Las islas ardieron aún por años remotos y futuros, pero los que conocieron sus caminos jamás volvieron a navegar enteros.
Como recordaban en Khar-Nem, sólo los necios tratan de capturar fragmentos del tiempo. Y sólo los verdaderamente desesperados intentan regresar.
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