Fragmento:
Había en esa región un lago, Dalwyn, que nadie cruzaba después del crepúsculo. Decían que el agua se agitaba sin viento alguno y que, en noches nuevas, podía verse troncos flotando río abajo y despertando con gestos extraños, como si la madera misma tuviera ojos. Pero ni siquiera eran esos temores los que llenaban la posada del Martillo y el Lirio de historias sombrías sino, más bien, la leyenda de las coronas perdidas y los reyes que dolían en el recuerdo de un pueblo que ya sólo tenía caudillos y merodeadores.
Duración: 08:29
---
El estío murió temprano ese año en las tierras de Eilorn, y el frío se escurría ya en septiembre desde las laderas nubladas, ocultando las ruinas y lagos antiguos bajo un velo plateado que amortiguaba el sonido de los cascos y sumía a las aldeas en un mutismo expectante. Al pie de las montañas, donde las aguas se estancaban hasta volverse negras y las cañas crujían como huesos viejos, la gente hablaba en susurros de los Reyes sin rostro. No por reverencia, sino por miedo, y acaso por una antigua obligación de recordar algo que el tiempo trataba de arrebatarles.
Había en esa región un lago, Dalwyn, que nadie cruzaba después del crepúsculo. Decían que el agua se agitaba sin viento alguno y que, en noches nuevas, podía verse troncos flotando río abajo y despertando con gestos extraños, como si la madera misma tuviera ojos. Pero ni siquiera eran esos temores los que llenaban la posada del Martillo y el Lirio de historias sombrías sino, más bien, la leyenda de las coronas perdidas y los reyes que dolían en el recuerdo de un pueblo que ya sólo tenía caudillos y merodeadores.
Era una noche de luna medrosa cuando Crannog llegó a la aldea. Ni alto ni bajo, lucía una barba mal cuidada, ojos grises y un paso que parecía buscar siempre la sombra y la puerta de salida. Viajaba por la senda que bordea el lago: la llamada Vereda de los Olvidados. Nada más que una tira de barro entre zarzas y saucos, transitada solo en las horas en que las nieblas son menos densas y el hedor de la putrefacción es soportable.
Crannog pedía poco: algo de vino, pan, acaso hablar con un anciano. A cambio, narraba historias a cambio de alojamiento y un poco de sal. Pero en la aldehuela no había muchas ganas de escuchar cuentos, así que la posadera, de poco fiar y sin paciencia para poetas, lo envió con un guiño a la cabaña donde Kerys, la curandera, guardaba sus jarabes y supersticiones.
Kerys no era vieja aunque el cansancio de sus ojos sí lo fuese. Le recibió sin un resquicio de cortesía, limpiando cuchillos de raíz de escabiosa. Crannog, sin preguntarle, se acomodó junto al fuego y comenzó, quizá para sí mismo, quizá para la penumbra.
– Dicen que en el fondo de Dalwyn duermen las insignias de un linaje extinto, y que la luna nunca logra reflejarse limpia en su agua desde hace nueve generaciones. Cuentan que los Reyes de antaño, enloquecidos por una traición, arrojaron sus máscaras y coronas al lago, disolviendo su rostro en la niebla y dejando tras de sí una estirpe que ya no puede mirar el futuro sin temer la sombra del pasado.
Kerys asintió despacio, midiendo cada palabra en el silencio nocturno.
– Este relato no me es ajeno. Lo sé porque, en días de viento, oigo el rumor del lago llamando nombres que ninguno de nosotros quiere recordar.
Crannog asintió, y sacando de un bolsillo una joya oxidada, la sostuvo ante el chisporroteo del fuego: era una sortija de oro enroscado, coronada por un zafiro opacado y sucio.
– ¿Qué buscas aquí? – preguntó Kerys, su tono seco como leña vieja.
– No exactaente “qué”, sino “a quién”. Los Reyes sin rostro no han muerto. Ni han olvidado. Yo he hablado con uno de ellos. O al menos, así se presentó: voz de agua, figura de niebla, rostro de nada.
Los labios de Kerys temblaron bajo la sombra de sus cabellos:
– ¿Por qué vendrías aquí a recordarnos estas cosas?
– Yo busco el regreso de la memoria completa. El precio de la ignorancia ha sido demasiado alto en estas tierras. ¿Sabes? Hay otras aldeas donde la niebla no se retira y las noches son interminables. Es el tributo de quienes dejaron que los Reyes caigan en el olvido.
Kerys exhaló despacio.
– No pidas a los muertos que devuelvan lo que los vivos les ofrecieron.
—Yo no pido. Yo robo.
Fue así como esa noche Kerys y Crannog pactaron una frágil alianza. Al día siguiente, cruzarían juntos la orilla del lago antes del alba, pues a esa hora –decía Kerys– los susurros del agua pueden responder, o bien reclamar compañía. Iban armados: él, con una daga roma heredada de un forjador sin memoria; ella, con un disco de sal negra y raíces secas.
El vaho de la madrugada les cubría mientras descendían a la orilla fangosa. En la superficie inmóvil, la primera claridad del día no lograba quebrar el hechizo. A cada paso, el barro succionaba su calzado, y el ruiseñor más cercano se limitaba a mirarlos en lúgubre complicidad.
Crannog detuvo a Kerys cerca de un montículo de piedras cubiertas de líquenes: sólo desde ahí, contaba la leyenda, los Reyes podían escuchar a los vivos. Sacó el anillo y lo arrojó al agua, que lo engulló sin un solo eco.
—¿Ahora qué? –musitó ella.
Crannog respondió:
—Esperamos.
No pasó mucho tiempo; el sol apenas comenzaba a lastimar la bruma cuando la superficie se agrietó con el rumor de una canción. Difícil de distinguir al principio, era apenas un silbido largo, una nota sostenida por la desesperanza. Poco a poco, adoptó la cadencia de un idioma antiguo, conocido sólo en los rezos funerarios. Y del agua emergió una silueta –traslúcida, despojada de rasgos, portando la ambigua dignidad de lo inacabado. Sin labios ni ojos, el Rey sin rostro habló dirigiéndose a Kerys:
—Has venido a reclamar tu deuda.
Kerys se estremeció. Ahora Crannog miraba directamente la entelequia de niebla y lodo.
—¿Por qué los acuerdos de sangre no mueren en la tumba? –preguntó.
El Rey respondió:
—Porque fuimos traicionados por quienes esperábamos redención. El lago fue nuestro último refugio, y nuestras caras quedaron atrapadas entre las raíces de las cañas. Vosotros, nacidos en la orilla, os alimentáis de olvido, y el costo de ese olvido es el hambre perpetua en vuestras casas.
Crannog dio un paso. El barro lo tironeaba como si otras manos, las de niños o soldados caídos, quisieran sujetarlo allí.
—¿Y qué pides, espectro? –inquirió en un susurro tembloroso.
—Devuelvan nuestro linaje. Restauren la memoria que arrojaron junto a nuestros rostros y coronas. Solo así el lago dejará de reclamar nacimientos y muertes que no le pertenecen.
La niebla se espesó un instante más, y entonces el Rey se deshizo en ondas de agua y frío.
Durante tres días y tres noches, la aldea se debatió en el temor silente de haber hablado demasiado, de haber despertado males antiguos y de lo que podría llegar del fondo de Dalwyn. Kerys y Crannog, por su parte, partieron en la busca de reliquias y nombres olvidados, internándose en las bibliotecas en ruinas de Hross, revisitadas por murciélagos y epístolas incompletas. Recogieron máscaras talladas con runas, jirones de viejas banderas y genealogías tachadas por tinta o censura.
En la noche cuarta, cuando los cuervos no osaron sobrevolar el lago, Kerys tomó las reliquias y las dispuso sobre el montículo de líquenes. Crannog recitó una letanía tejida con recortes de historias y letanías fúnebres, hasta que el agua, con un rugido sordo, aceptó la ofrenda. Del fondo surgieron burbujas espesas, olorosas de tiempo acumulado, y una nueva voz se alzó sobre las cañas, más firme, más reconocible: la voz de una Reina esta vez.
—Os habéis acordado de nuestro rostro. Pero no basta con esta memoria simbólica.
—¿Qué más queréis? –inquirió Kerys, desolada, sabiendo ya la respuesta.
—Que los vivos porten nuestros nombres consigo, y no sólo de palabra. Que el linaje no sea cadena, sino puente. La sangre debe jurar no repetir la traición. Quien pronuncie el juramento, llevará en su piel una marca, y donde camine, la niebla se apartará.
Entre los dos, Crannog aceptó.
En el amanecer de ese día, los aldeanos despertaron para ver que la niebla ya no cubría el lago; la luna infiltraba sus rayos hasta la arena y el agua prometía, por vez primera en siglos, su reflejo sincero. Crannog y Kerys, sin embargo, tenían ahora un círculo desvaído en la palma izquierda, ardiente como carbones.
Fue así como, a partir de entonces, los descendientes de la aldea llevaron consigo la marca imborrable. Y Dalwyn ya no fue sólo umbral hacia la muerte, sino tanto advertencia como promesa, ambos rostros de la misma moneda: que recordar puede ser una forma de regresar, y a veces el único camino para que el dolor y el amor no se disuelvan en la niebla que nunca olvida.
Y el lago silencio guardó la historia, intacta, y los Reyes –sin rostros aún, pero ahora, al menos, con ecos de nombre– pudieron, por fin, descansar en el remanso que la memoria ofrece, allá donde la luna sí logra reflejarse.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.