Portada del relato Las campanas del Imperio
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Fragmento:


—¿Quién solicita la sangre de historia? —dijo finalmente, recitando el rito ancestral que precedía cualquier consulta al oráculo de latón.

Duración: 08:18

Las campanas del Imperio
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Texto de ajuste de pausa.

El hedor del aceite de lavanda lo delató mucho antes de que su figura sombría se materializara en la esquina de la sala de cartas. Aquella fragancia inusual era peligrosa en pleno corazón del Imperio, donde el aroma a sudor y polvo dominaba las estancias. Miren destapó apenas su lámpara de bronce, dejando que la luz palpitara entre su palma y el rostro encapuchado del recién llegado.

—Llegas tarde —susurró ella, apartando los pliegues amarillentos de una carta—. Y ese olor podría traerte más problemas de los que pagarás por mis servicios.

El desconocido no respondió. En vez de palabras, dejó sobre la mesa un medallón antiguo, opaco y redondo, tallado con símbolos obsoletos incluso en un tiempo donde el lenguaje mismo se reinventaba cada siglo. Miren lo estudió, frotando el pulgar con deliberada lentitud sobre los relieves gastados.

—¿Quién solicita la sangre de historia? —dijo finalmente, recitando el rito ancestral que precedía cualquier consulta al oráculo de latón.

La voz del hombre era hueca como el tambor de guerra de los Narmidios. —Quiero a la emperatriz.

Miren encajó la mandíbula. El título, tan simple y definitivo —la emperatriz—, era suficiente para helarle la piel. Solo un necio preguntaría por el futuro de Lucelia Primarus, regente de la ciudad de los puentes dorados, directora de magia industrial y conquistadora de la noche violeta. Solo un desesperado o un monstruo.

—Sabe que la magia y la tecnología pasan factura —dijo entre dientes, apretando el medallón—. Lo que pides... requiere un tributo.

El desconocido deslizó su muñeca izquierda bajo la amplia manga. Surgió una moneda de obsidiana azulada, de esas que, según leyenda, solo poseían los que habían visto morir al menos una ciudad entera.

—Una moneda negra por la historia imposible —acentuó—, y un recuerdo de lo que perderé.

Atrás, el reloj de engranajes zumbaba con irritantes chirridos mecánicos, cada segundo registrado en un tapiz de latón y ámbar. Miren depositó la moneda junto al medallón e inclinó la cabeza.

—Acepto.

Dentro, la sala cambió. Las cortinas ondularon, los relojes variaron su pulso, las decoraciones y tapices pasaron de rojos y amarillos a azul acero y negro funeral. Allí, en el nexo de historia retorcida, Miren oró en voz baja, pescando palabras del río de los tiempos, sacando hilos del pasado incapaz de mantenerse quieto.

***

Había sido la época del estío dorado, cuando las sombras vestían de corto y el aire seco era rasgado por trompetas de cobre y relámpagos de magia cruda. La gran ciudad de Narvion, la joya costera, temblaba bajo el avance de la flota imperial. Lucelia tenía entonces treinta años de edad y doscientos de sabiduría ajena, almacenados en el orbe púrpura —el legendario Ojo Tercero, un relicario mental que robaba recuerdos a los difuntos para trasplantarlos en su mente de carne.

Desde la cúspide del palacio flotante, Lucelia observaba la batalla. Alrededor, sus consejeros, ingenieros y nigromantes discutían la alineación de las baterías eléctricas y la disposición de los barcos-autómata, aquellos que navegaban sin tripulación por orden de una canción cifrada.

—Narvion caerá antes del crepúsculo —afirmó Marovic, su sumo artificiero—. Solo teme a un dragón.

Ella torció la boca, midiendo la lealtad detrás de la ironía. El dragón era solo una leyenda en esas tierras. Los enemigos reales se vestían de acero bruñido y circuitos encantados.

—No temo a dragones, ni a hombres —respondió Lucelia, llevando una esquirla del Ojo hasta la sien—. Solo temo al olvido.

La mente de Miren, entrelazada con la de la emperatriz, sintió el latigazo de esa memoria robada. Pudo ver con ojos de Lucelia el alboroto de la batalla, los rayos atravesando el cielo, las torres de obsidiana quebrándose como cristal. Pero también percibió el desgaste, la corrupción lenta del poder. Cada recuerdo insertado la volvía extraña a sí misma, cada victoria era más ajena que la anterior.

Volvió a la sala, su voz sostenida por el ritmo de la historia:

—Ella no teme a la derrota, sino a perderse en los rostros y recuerdos de otros. La emperatriz se ha convertido en un mosaico de egos, un palacio de espejos rotos donde cada fragmento murmura un deseo distinto.

El desconocido asintió, dejando ver el borde de una cicatriz retorcida en su mejilla. —¿Y cómo caerá? Esa es mi pregunta.

—Todo imperio muere primero en la mente de su regente —respondió Miren, permitiendo que la visión se arrastrara de nuevo por el flujo temporal.

***

Después de Narvion, Lucelia gobernó veinte años más desde la torre heliocéntrica, su palacio de plata y luz y cables etéreos. Se rodeó de autómatas filósofos y cortesanos cronomagos, almas atrapadas en relojes para servirle consejos perfectos.

Pero un secreto la roía. Con cada año aumentaba el número de recuerdos prestados: proezas, amores y miedos ancestrales que terminaban por distorsionar su voz, alterar sus juicios, descomponer el tejido de una identidad antaño férrea.

Un día, en la llamada Noche de la Sombra Violeta, la emperatriz ordenó cerrar el Ojo Tercero. Prohibió toda magia de reminiscencia y cerró sus puertas a los nigromantes-libreros. Alegó que necesitaba reencontrar la persona que había sido al principio, hallar el núcleo de sí misma tras capas y capas de historia ajena.

Su corte la resintió en silencio. Los ingenieros temieron perder sus privilegios; los magos murmuraron que, sin el orbe, Lucelia perdería la clarividencia crucial para mantener la supremacía del imperio.

Cuando comenzaron los problemas —revueltas, sabotajes, motines de autómatas y enloquecidos por la energía astral—, Lucelia se aisló. Su mente, por primera vez en décadas, comenzó a olvidar nombres, gestos, estrategias. Ciertos pasillos del palacio ya no le eran familiares. Ciertos rostros del retrato imperial se quedaban sin nombre.

En una madrugada lluviosa, la emperatriz descendió a la sala de los Espejos de Sueño. Allí la esperaba una figura encapuchada y un reloj opalescente, un reloj de tiempo perdido.

Miren transmitió al desconocido la última visión, la más temida:

Lucelia se contempla a sí misma en un reflejo quebrado. Cada fragmento brilla distinto; es joven, es anciana, es hombre, es mujer, es hija única y madre de muchos. El reloj marca las horas, pero cada campanada es el eco de una vida robada, un triunfo ajeno olvidado. Comprende entonces que su imperio es un castillo de arena sostenido por su recuerdo.

El palacio titila, los autómatas enmudecen, las luces de los puentes dorados palidecen. No hay traición ni ejército enemigo: la ciudad se disgrega en la niebla del olvido, pues el único lazo que unía el presente con el pasado —el recuerdo— se ha disuelto.

Lucelia toca el vidrio del reloj y desaparece. El imperio, incapaz de recordar su propio nombre, se divide en mil principados condenados a enemistad perpetua. Cada uno atesora una versión distinta de la historia, una mentira a medias, una verdad sin raíces.

***

Al regresar, Miren sintió la piel húmeda y la boca amarga. El hombre aún la observaba, su moneda de obsidiana temblando contra la madera.

—No morirá por veneno ni por puñal —declaró la oraculista con crueldad sardónica—. Morirá desvanecida en su propio palacio, cuando ninguna voz a su alrededor pueda recordarla del todo. Así cae el mayor de los imperios.

El desconocido guardó su moneda negra y el medallón gastado. Miren esperó un agradecimiento, una maldición, pero el hombre solo dejó que su figura se fundiera en la penumbra del corredor.

Cuando la oraculista fue a cerrar la sala, sus dedos tropezaron con un papel olvidado junto al oráculo de latón, una misiva escrita en la caligrafía nerviosa de la emperatriz. La tinta olía vagamente a lavanda.

En ella, una sola línea trazada con pulso incierto:

<>

Miren, exhausta, apagó la lámpara. Afuera, la ciudad vibraba bajo el peso de siglos, esperando que algún día, alguna historia, sobreviviera al olvido de todos los imperios.

Y en la penumbra, la campana del reloj sonó una última vez, marcando la conclusión de un tiempo que nunca fue del todo propio, ni del todo ajeno.

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