Portada del relato El legado de las dos eternidades
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Fragmento:


Subió tramos infinitos de escalones hasta que el aire se volvía tan frío que los pulmones chillaban en cada bocanada. Al emergir finalmente en la plataforma más alta, Eira entró en la mirada desnuda de los atroces cielos.

Duración: 07:56

El legado de las dos eternidades
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que los cielos sangraron, las voces de los antiguos se replegaron a su último escondite: las torres de hielo de Vystral. Cuentan los más viejos que antes de aquello, los inviernos eran benevolentes y el verano pasaba como un suspiro dorado sobre la boca de los campos. Pero desde la caída del cometa escarlata, el paso de los años se midió en tempestades y terremotos.

Eira, hija de Innick el rojo, fue la primera que oyó el rumor. Bajaba la escalinata del Santuario del Guardián cuando sintió el hormigueo metálico correrle por la espina. Era la señal. Los arúspices la habían descrito mil veces: “El aire se tensará como cuerda de laúd, Eira, y tendrás que escuchar lo que los otros callan”.

Aquel día la niebla era un manto tan cerrado que ocultaba la mitad de la ciudad, aunque unas lenguas de fuego aparecían y desaparecían entre las nubes bajas, como si el cielo se estuviera desgarrando. La ciudad de Austnir yacía a los pies de las torres, que los invasores del sur llamaban ‘Los Colmillos del Dragón’. Nadie osaba cruzar su umbral desde hacía un siglo, no por el frío mortal, sino por el eco de quienes no regresaban.

Pero Eira no era una mujer criada en el miedo. Se había entrenado bajo el tutelaje de los Forjadores de Hielos, aprendiendo a leer lo que los copos decían en el silencio de la noche. Aquel mediodía, dirigió sus pasos hacia la Torre del Lamento, la menor de las seis, allí donde los animales se alejaban y el viento otoñaba en alaridos de condena.

Mientras ascendía, el rumor se hizo voz. Eira escuchó su nombre como un susurro en el oído: ‘Ven…’ El hielo bajo sus botas crujió como si la propia torre estuviera despertando. Al cruzar el arco de entrada, la luz del día se dispersó; dentro de la torre, sólo su antorcha alimentaba las sombras.

En el centro de la primera sala había una escultura humana, una figura cubierta íntegramente de escarcha, los brazos extendidos en súplica hacia lo alto, la boca congelada en un grito que nunca se oiría. Cada torre servía de cárcel y tumba: aquí yacían aquellos que osaron retar a los cielos de fuego.

—No temen a la muerte, temen al olvido —recordó Eira, las últimas palabras de su padre.

Avanzó entre figuras de sal y de hielo, mientras la voz se hacía más clara:

—En la cima, niña, en la cúspide de la Torre hallarás la llave.

Subió tramos infinitos de escalones hasta que el aire se volvía tan frío que los pulmones chillaban en cada bocanada. Al emergir finalmente en la plataforma más alta, Eira entró en la mirada desnuda de los atroces cielos.

Arriba, las nubes eran como océanos rojizos y naranjas, ardiendo al compás de rayos azules que cruzaban la bóveda constantemente. Nadie podía mirar aquello sin sentir que el mundo iba a quebrarse de un momento a otro.

En el centro de la azotea, clavada en un altar de hielo negro, una lanza de fuego bailaba eternamente, alimentando el resplandor volcánico que tartamudeaba sobre la torre.

Junto al altar aguardaba un hombre. Pero su faz era dual: la mitad estaba viva, con arrugas profundas y la mirada incandescente; la otra mitad era un yelmo de hielo macizo, traslúcido como mármol bajo el sol.

—Eira de los Días Últimos —dijo él, y la torre vibró con el peso de sus palabras—. Hija de Innick, la sangre de los Forjadores. Has venido por la ruptura del Pacto.

Eira apretó la empuñadura de su daga.

—El pacto se firmó para preservar la tierra, no para someterla al exilio y herir el cielo hasta que escupa fuego.

Él alzó la mano y la lanza chisporroteó, arrojando chispas al vacío.

—No lo entiendes. Los cielos arden porque los cimientos de la magia se resquebrajan; la humanidad, vuestra codicia, ha robado del fuego que nunca le perteneció. Cada torre sostiene todavía parte del velo que evita la ruina. Cuando caigan, todo será llama o hielo. Nada perdurará, y ni los recuerdos de tus antepasados hallarán refugio.

Eira miró a su alrededor, buscando respuestas en el horizonte incandescente. Sabía que las antiguas Crónicas decían que bajo cada torre yacía un corazón —un mineral viviente—, y que en el día de la ruptura, todo germinaría en caos.

—He venido a detener la profecía, no a rendirme al miedo. Si la lanza de fuego debe ser apartada para que la tierra sane, yo lo haré. Ofrezco mi sangre.

El hombre rió con una voz que era mitad relámpago y mitad ventisca.

—Tu sangre no basta, hija de Innick. Debes elegir: custodiar las torres y mantener el cielo sangrante, o derrumbarlas y liberar una era de oscuridad y renacimiento, donde todo lo antiguo perecerá, incluido tú.

Sobre las ciudades, las lenguas de fuego se curvaban, azotando el mundo con una furia presa de patrones profundos e incomprensibles. La elección de Eira era la elección de todos los mortales: tradición y ralentizado declive, o caos y renacimiento brutal.

—¿Qué eligieron los que guardan el Pacto? —preguntó ella.

—Se hicieron uno con las torres, sacrificando su humanidad. Soy la prueba viviente y muerta. Aquí mis días se doblan como el hielo y el fuego, uno sosteniendo al otro. Elige.

El aplomo de Eira comenzó a quebrarse ante el peso de los siglos. ¿Quién era ella para establecer el curso de los vientos futuros? Pensó en sus hermanas, en los niños jugando entre los riscos, en los viejos que tejían relatos al calor de un hogar que, pronto, podría ser sólo ceniza. Escuchó entonces los alaridos de los cielos, la letanía del cometa escarlata acercándose, más ruidoso cada día.

—No. No creemos para siempre en guardianes voluntariamente encadenados a su dolor —respondió, encarándolo con la daga desenvainada.

El hombre de hielo y fuego asintió lentamente. Dio un paso atrás.

—Entonces, tómala. Que tu voluntad guíe a los tuyos, ya sea sobre ruinas o sobre esperanza.

Eira acercó su mano a la lanza; la carne ardió y se heló al contacto. Sintió respirar en su pecho todo el linaje de los Forjadores y todo el odio de los viejos dioses.

En el instante en que arrancó el arma del altar, la torre empezó a resquebrajarse. Un estrépito antediluviano se elevó. Vio cómo el guardián se convirtió en un amasijo de motas de luz, evaporado entre fuegos fatuos de azules y rojos.

Descendió la escalinata mientras el hielo se disolvía bajo sus pies, y cada grano de esa disolución cantaba nombres olvidados. Las otras torres reverberaron en la distancia, y supe entonces, en las venas mismas de Eira sentí la vieja magia crepitar, no para detener los cambios, sino para encauzarlos.

Al llegar al suelo, Austnir bullía de gritos y rezos. El cometa ardía a un cielo de distancia, seguido de una estela tan vasta como la memoria de toda una raza. La ciudad, y las torres que quedaban, vibraban con una furia que era preludio. No habría marcha atrás.

Eira entregó la lanza a los suyos, proclamando:

—Los fuegos del firmamento no se apagarán y el hielo no volverá si sólo vemos a las torres como prisiones. Serán caminos, serán puentes. Tomamos del fuego sabiduría y del hielo templanza.

Así, la era nueva llegó con tormentas apoteósicas, pero donde la tierra se abrió con relámpagos brotaron primero lirios, y en los campos asolados por la escarcha, la vida verde se rebeló. Las torres caídas se convirtieron en valles de cristal, y las montañas calcinadas por el cometa fueron sembradas de los fuegos vivos que dieron luz al nacimiento de los días.

Los descendientes de Eira, siglos más tarde, recordaron la noche en que una mujer cruzó la frontera de los miedos para tomar el destino y, sin quebrar su humanidad, enseñó a su gente la única lección verdadera de los antiguos: que el fuego y el hielo, como la vida y la muerte, sólo desean ser liberados, y quien los niega o los adora por igual perderá el mundo ante sus ojos.

Pero cuenta la leyenda que, en los ocasos en que el cielo todavía arde rojizo y fragmentos de hielo piden paso al sol, la voz de la guardiana susurra al oído de los intrépidos: “Todo principio es un puente entre dos eternidades. Atrévete a cruzar.”

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