Portada del relato El Mirador de la Estirpe
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Fragmento:


Fue en el año mil setecientos noventa y nueve del conteo de los hombres cuando la corte vivía sumida en esa aurora temblorosa que precede al cambio, aunque aún ninguno de ellos podía saberlo. Jamás la capital de Ethria —con sus cúpulas torneadas y sus plazas de mármol blanco— relucía como en las noches de festival, cuando los herederos envueltos en terciopelo declamaban versos bajo el balcón de la reina Viara Wynène. Susurros jóvenes, ojos vivos; sin embargo, bajo el esplendor, la intranquilidad crecía como la raíz oscura de un árbol que nadie desea mirar.

Duración: 08:36

El Mirador de la Estirpe
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Texto de ajuste de pausa.

Fue en el año mil setecientos noventa y nueve del conteo de los hombres cuando la corte vivía sumida en esa aurora temblorosa que precede al cambio, aunque aún ninguno de ellos podía saberlo. Jamás la capital de Ethria —con sus cúpulas torneadas y sus plazas de mármol blanco— relucía como en las noches de festival, cuando los herederos envueltos en terciopelo declamaban versos bajo el balcón de la reina Viara Wynène. Susurros jóvenes, ojos vivos; sin embargo, bajo el esplendor, la intranquilidad crecía como la raíz oscura de un árbol que nadie desea mirar.

En la ciudad vieja, donde la piedra se curvaba bajo el pisoteo de generaciones, el anciano Ortas recorría los corredores del Mirador, aquel torreón inclinado sobre el río Rhol. A los pies de esa garganta pétrea, en la sala de mapas, yacía un pergamino sellado; una profecía, decían, legado de los antiguos Oculistas al linaje de los Wynène. Un grimorio en el que la realeza, y sólo la realeza, buscaba palabras que prometieran perpetuidad y orden.

Las profecías dominaron Ethria como una música de fondo; primero, el sonido sosegado de una lira —prometiendo victorias, cosechas abundantes, larga vida—. Después, murmullos inquietos: “La Gran Promesa”, la había llamado el propio Príncipe heredero. En pergaminos dorados, los Oculistas habían predicho que mientras existiera un descendiente de Wynène sentado en el trono, la ciudad jamás caería ante un enemigo externo ni perecería de hambre. En los frescos de la sala del consejo, aparecían visiones de gloria talladas en jaspe: ejércitos vencidos, alacenas repletas, y dragones que se inclinaban elocuentes ante el estandarte real.

Pero a medida que los años se recogían bajo el peso de la historia, los dolores de la corte crecían. Ortas, el conservador de secretos, había vivido lo suficiente para ver el esplendor enfermarse: lluvias tardías arruinaban las siembras, extrañas plagas acudían con el viento del oeste y, en la frontera, los clanes de Nahl se reagrupaban tras décadas de sumisión. Todo esto cuando, si hemos de creer en las palabras de los Oculistas, tales calamidades eran imposibles bajo la égida de la casa Wynène. ¿Una profecía incumplida? ¿O sólo la lectura incorrecta de signos cuyas interpretaciones se habían perdido como polvo en el tumulto de la memoria humana?

La corte, sintiendo el nerviosismo de un animal acorralado, intentó reavivar la fe en las palabras antiguas. Noche tras noche, convocaron sacrificios, oráculos y decodificadores de pergaminos. Ortas fue llamado ante la Reina, ya que decían que su linaje había transmitido la habilidad de leer los pliegues sutiles entre los versos de la Profecía Original. La sala del trono, custodiada por antorchas tenues, estaba abarrotada de cortesanos de rostros escépticos y sacerdotes con manos temblorosas.

“Maestro Ortas —declaró la Reina Viara—, dinos con verdad cortante: ¿por qué, si la Promesa nos desvela el futuro glorioso, esta oscuridad penetra nuestros muros? ¿Acaso no fue dicho que, mientras portemos el sello de los Oculistas, nada nos faltará?”

Ortas, de barba polvorienta y manos que recordaban el tacto de pergaminos mohosos, titubeó ante la voz de la Reina. Apenas reparó en los murmullos sutiles, la respiración contenida. Finalmente habló: “Majestad, las profecías caminan sobre el filo de dos realidades: la que se le promete al pueblo y aquella que sólo el poeta que las escribe comprende. Y a veces —ah, a veces— el propio profeta teme lo que ha sellado, o la humanidad, ansiosa y miope, tuerce las palabras hasta que ya no significan nada bajo las estrellas.”

Eso no calmó el apetito de respuestas. Entre los asistentes había un joven noble, Caelin de Valys, quien se atrevió a alzar la voz: “Quizá nunca fue la profecía el error, sino nuestra interpretación. ¿Y si la Promesa no era para nosotros?”

Así, disuelto el cónclave, la inquietud de la corte se desbordó en la ciudad. Y en Ethria, donde las promesas eran fundación y sostén, el rumor de una mentira primigenia comenzó a corromperlo todo. Las preguntas crecieron como enredaderas: ¿Acaso el linaje real no era legítimo? ¿Había un error de sangre, de tiempo, de ambición?

La reina Viara, sacudida por el temor de un futuro no escrito, ordenó que Ortas y Caelin buscaran la fuente del oráculo: los Oculistas. Hacía generaciones que la orden de los Oculistas había desaparecido en la niebla del bosque Eranar, perseguidos y desterrados cuando, tras una hambruna imprevista, el pueblo creyó que la magia de las palabras había fallado por su culpa. Ortas, guiado por Caelin —cuyo escepticismo era la chispa de un fuego aún por encender— se embarcó hacia Eranar, contraviniendo los viejos edictos y con la bendición desesperada de la reina.

El bosque, sombrío y antiguo, parecía devorar cualquier resto de esperanza solar. Los caminos serpenteaban entre raíces como dedos de gigantes dormidos, y las sombras parecían bailar con ritmo de presagio. Tras tres días de fatiga y silencio, Ortas cayó presa de una fiebre extraña. Caelin, decidido, cargó con él a hombros hasta una cueva velada por líquenes fosforescentes, donde aguardaba una sobreviviente de los Oculistas, la última, se diría luego en provincia: Karethe.

Karethe poseía ojos de diferente color y cabellos como cenizas frescas. Sus manos, largas y calmas, sujetaban aún el báculo de los videntes, tallado con profecías minúsculas que nadie, salvo ella, podía leer. Ante Ortas y Caelin, no mostró sorpresa alguna; al contrario, los saludó como si los hubiera esperado desde antes que el destino los gestara.

—El mundo entero necesita la ilusión de certeza —sentenció Karethe, una noche, alrededor del fuego. Habían repasado la profecía: sus versos herméticos, sus juramentos ambiguos. Bajo la luz débil de la cueva, reveló un secreto: la Gran Promesa nunca había sido escrita como bendición, ni como condena. Era, en realidad, una advertencia oculta. “Sólo el linaje que acepte la pérdida y abrace el cambio será digno de prevalecer en la historia. Todo trono cimentado en certezas eternas caerá, porque la eternidad sólo existe en la imaginación de los dioses o en la necedad del hombre.”

Caelin se desconcertó. “¿Todas las calamidades estaban previstas? ¿Era el desastre... necesario?”

Karethe asintió. “Las profecías viven y mueren por el modo en que son leídas y por los que deciden usarlas como escudo. El pueblo temía el cambio más que el hambre. Y así confundió advertencia con protección. Los Wynène, en su afán de asegurar el porvenir, sólo sellaron su condena: porque quien rehúsa el flujo de los días acaba convertido en piedra bajo su propio pedestal.”

Cargados de esta revelación, Ortas y Caelin regresaron a una Ethria en ruinas. Los clanes de Nahl habían entrado, no con furia conquistadora, sino con cansancio. El pueblo, derrotado más por el colapso de la fe que por la fuerza de las armas, no opuso apenas resistencia. En la plaza central, ante la multitud agotada, Ortas relató lo que había aprendido: la verdad de las palabras tergiversadas, la certeza de la caída y la invitación al renacimiento.

Dispersos, los supervivientes comenzaron a reconstruirse. Viara abdicó, cansada y libre, y Caelin, negándose a cualquier trono, propició el diálogo entre clanes y ethríanos. Karethe, por un breve intervalo, enseñó a los niños las historias verdaderas —no como profecías ni como destinos escritos, sino como advertencias humildes sobre el flujo impredecible de los hombres.

La profecía, así desenmascarada, no destruyó el mundo: lo desnudó. Ethria abandonó para siempre la búsqueda de edictos inquebrantables, y en sus plazas crecieron árboles a los que nadie prometía ni invierno ni eternidad, sino sólo la luz del presente y el temblor, acaso hermoso, del porvenir incierto.

Años después, Caelin, ya anciano, visitó el Mirador junto a una generación que no había oído hablar de tronos invulnerables ni de promesas de perpetuidad. En la sala de mapas, sólo quedaba el eco de sus pasos y, junto a la ventana, un pedazo de pergamino, casi ilegible, que murmuraba al viento: “Del linaje que acepte cambiar vendrá la semilla de los días. Todo lo demás es ceniza”.

Así terminó la era de las profecías incumplidas en Ethria; no con un estallido grandioso, sino con el lento y apacible advenimiento del mañana, del cual nada osaron decir los antiguos Oculistas, porque sabían, como también sabe el hombre que vive, que la vida es más sabia cuando no está predicha.

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