Portada del relato El rumor de las campanas invisibles
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Fragmento:


Berlenem dobló la carta y la escondió entre su ropa. En ese momento, los relámpagos sonaron a lo lejos, y bajo ellos despertó un rumor antiguo. Era costumbre que en Bastión, al primer trueno, todas las ventanas se cerraran de golpe, cada familia recordando tiempos en los que el desastre era más probable que la calma.

Duración: 09:03

El rumor de las campanas invisibles
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Texto de ajuste de pausa.

Nieve fina y casi blanca cubría los salientes de la atalaya oeste. Bajo las nubes, la ciudad de Bastión relucía. Sus tejados de pizarra se curvaban como espaldas de bestias dormidas, y las veletas apuntaban en todas direcciones, pues era imposible predecir la furia de los vientos que venían del Mar de Cristal. Los ciudadanos sabían que era un lugar diferente a cualquier otro: Bastión era una de las Ciudades de Trueno, y la memoria del riesgo que eso implicaba se cernía sobre su gente con la densidad de un presagio.

A esa hora, en que la víspera y la aurora se recorren mutuamente el rostro, Berlenem subió la escalera de metal que lo llevaría al tejado más alto de la universidad. Llevaba una túnica de lana y una mano temblorosa. A sus setenta y cuatro años, tenía pesadillas tan consistentes como el hierro, y cada vez que cerraba los ojos bastaban para cubrirle de sudor frío.

Llevaba consigo una carta lacrada. Sabía, como todos los eruditos de Bastión, que las decisiones más cruciales se tomaban antes del primer trueno, cuando la ciudad aún podía pasar por una mera leyenda. Levantó la misiva al cielo, como si hacerlo fuera parte de algún ritual olvidado. No pudo evitar mirar a su alrededor, convencido de que detrás de las nubes alguien acechaba.

No era paranoia. Bastión tenía enemigos.

No en vano era una de las nueve Ciudades de Trueno, urbes rodeadas de artefactos de cobre y azogue, cuyo zumbido servía de advertencia cada vez que una tormenta mágica caía sobre sus fortalezas. De hecho, en muchos mapas prohibidos había advertencias que decían: “Aléjate de las ciudades que suenan, y de las que nada se dice”.

Pero la carta que Berlenem tenía en las manos provenía de un lugar donde solo llegaban los murmullos: una Ciudad Escondida. No le decían su nombre; tampoco era necesario. Solo quienes habían nacido en Bastión o en una de sus hermanas sabían leer las letras curvas que danzaban sobre el papel sin tinta. Eran palabras tejidas a partir de la vibración cual una campana invisible.

Pon atención, porque aquí empieza la historia verdadera: la carta, dirigida falsamente a nombre de una mujer fallecida hacía siglos —y destinada a quien tuviera el coraje de abrirla—, era una súplica. Decía así:

“Por favor, encuéntranos antes de que la tormenta olvide que alguna vez existimos.”

Berlenem dobló la carta y la escondió entre su ropa. En ese momento, los relámpagos sonaron a lo lejos, y bajo ellos despertó un rumor antiguo. Era costumbre que en Bastión, al primer trueno, todas las ventanas se cerraran de golpe, cada familia recordando tiempos en los que el desastre era más probable que la calma.

Aquella noche, sin razón aparente, las campanas de Bastión callaron una fracción de segundo tras el trueno. Los viejos relataron en voz baja que eso solo podía significar una cosa: la frontera entre lo visible y lo ausente se estaba adelgazando.

Berlenem había dedicado su vida a la cartografía, no de tierras, sino de vacíos: huecos en la historia y en la memoria del mundo. Era el último miembro de la Cónclave de los Voces de Cobre, estudiosos todos de lo que no se podía ver ni oír. Caminaba a menudo la periferia de Bastión, allí donde el trueno rueda sobre los muros antes de perderse entre colinas.

Su búsqueda nunca había dado frutos concretos, hasta ahora. Se obsesionó con la idea de que en algún lugar cercano —quizás debajo, quizás al otro lado de algún muro, quizás en el tiempo que hay entre uno y otro relámpago— una ciudad oculta sobrevivía en el olvido. Y ahora, por primera vez, alguien le pedía ayuda desde aquel silencio.

La carta incluía un enigmático mapa en negativo. Era como una representación de Bastión vista al revés: calles que no existían, casas donde solo había patios y vacíos donde deberían alzarse mercados. Casi podía sentir, al tocar el papel, un escalofrío que no era frío sino ausencia. Esa noche, Berlenem bebió el último trago de su aguardiente y decidió que al día siguiente, al silenciarse el trueno, seguiría los pasos de la carta.

La ciudad, esa mañana, vibraba bajo la costra de su vida cotidiana. Nadie notaba que el viejo cartógrafo había salido de su casa; hacía años que a nadie importaba. Sin embargo, mientras caminaba, notó una serie de coincidencias que solo alguien dedicado a la cartografía de lo imposible sabría leer: un poste doblado por la mitad, la sombra de una puerta sobre la que nunca caía el sol, un niño vendiendo flores en una esquina que nunca había existido en ningún plano oficial.

Siguió el mapa en negativo, recordando antiguas canciones de puerta y trueno. Poco a poco, comenzó a notar que, a cada paso, los colores parecían más pálidos, los sonidos más lejanos. No era tanto que Bastión desapareciera, sino que él se estaba alejando de Bastión, caminando hacia la ausencia.

Llegó a una muralla que jamás había visto. No era de piedra ni de ladrillo, sino de algo parecido a la niebla, y en su superficie se daban reflejos breves de rostros que nunca había conocido. En el centro, un portal apenas delineado en bronce, idéntico al dibujo del mapa. Se detuvo; no por miedo, sino por el vago respeto del descubridor ante lo desconocido.

Con la punta de la carta, Berlenem rozó aquel umbral. Hubo un breve zumbido, el mismo tono con que las campanas de Bastión llamaban al toque de queda. La niebla se apartó apenas, y atravesó.

Lo que encontró al otro lado no era una ciudad en ruinas, ni un jardín prohibido, sino la viva réplica de Bastión. Mientras allá el cielo amanecía tormentoso, aquí flotaba la luz palpitante de una tarde de otoño. Todo era más silencioso, como si cada objeto respirara más lentamente. Y sin embargo, las casas, las plazas, hasta las fuentes, estaban pobladas de gente. Pero estas personas iban vestidas en ropas de épocas tan diversas que parecían sacadas de los libros de historia de los niños.

Al principio nadie se acercó. Pero al verle caminar, una mujer con un velo azul —parecida a alguien que Berlenem solo podía recordar en sueños— se acercó y le habló, no en voz alta, sino directamente dentro de su oído.

—Nos recuerdas—dijo, y fue suficiente, porque lo importante era la memoria.

Berlenem comprendió lo esencial: las Ciudades Escondidas eran preservatorios de lo que la Tormenta del Olvido no podía borrar. Eran refugio no de personas, sino de fragmentos de tiempo, de remordimientos, de aquellos momentos donde una elección fue otra, donde las ciudades no fueron asaltadas, donde no se perdió a nadie irremediablemente. Gente que había sido borrada de la memoria de Bastión sobrevivía aquí, inmune al estrépito del trueno.

—¿Por qué ahora?—preguntó Berlenem con voz quebrada—¿Por qué esta carta?

La mujer ladeó el rostro, como escuchando un eco.

—El trueno está cambiando. Bastión ya no recuerda sus propias canciones. Pronto, ni siquiera recordarán la existencia de las Ciudades de Trueno, y nosotros, que vivimos en lo que no fue, también seremos olvidados.

—¿Qué esperan que haga?

—Trae recuerdos. Los tuyos, los de otros. Lleva historias, nombres, objetos... O seremos borrados cuando Bastión olvide.

Berlenem se quedó mucho tiempo en esa ciudad, que a falta de nombre llamaré aquí la Ausente. Habló con aquellos que habían sido olvidados, reunió relatos orales, copió letras de canciones y mapas que no existían en ningún otro lugar. Mientras tanto, a cada tormenta la frontera con Bastión se hacía más débil.

A su regreso, Berlenem se convirtió en un extraño en su propia ciudad. Paseaba calles que apenas lograba reconocer, nombraba fuentes que otros decían que jamás existieron, tarareaba melodías que ni su memoria terminaba de recordar. Pero no guardó silencio. Le contó a niños, y a los pocos ancianos atentos a historias, todo aquello que era memoria huidiza.

Unos no le creyeron, otros fingieron indiferencia, pero lo que importa es esto: cada historia, cada mapa compartido, tejía un débil hilo entre Bastión y la Ausente. En cada voz que la repetía, las campanas sonaban un poco más nítidas.

Hasta que, una noche de trueno y viento, alguien que no era Berlenem siguió el camino del mapa en negativo. Y después otro. Y otro. Con el tiempo, los universitarios comenzaron a estudiar no solo las tormentas que caían sobre la ciudad, sino también aquellas que pasaban sin dejar huella.

Bastión, la Ciudad de Trueno, no fue asaltada por un ejército ni consumida por la catástrofe. Pero un día, muchos muchísimos años después, solo quedó el eco de sus campanas. Y en los relatos de algunos locos y poetas, el rumor de una ciudad que todavía resonaba, aunque nadie recordara ya por qué o desde cuándo.

Así, gracias a un viejo cartógrafo y una carta envuelta en trueno, dos ciudades se entrelazaron en la memoria de aquellos para quienes el olvido es peor que la muerte, y mejor que el silencio. Porque a veces, los mapas más precisos son los que marcan el territorio de lo que ya nadie recuerda.

Y en alguna parte, aún hoy, se puede oir —si guardas suficiente silencio— el rumor de las campanas invisibles.

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