Fragmento:
La historia no la empezó ningún aventurero. Ni siquiera un mago despistado. Fue obra de la señora Grivar, la mejor -y única- Vidriera de Khelenbrook, mujer de sesenta y dos años, cuyos cabellos pendían de la cabeza con la misma fuerza de voluntad que ella aplicaba al arte de fundir arena en belleza. Sus pies eran firmes, su espíritu también; no así, lamentablemente, su vitro, que constantemente coqueteaba con el colapso.
Duración: 08:48
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En el último siglo de la Doble Reina, cuando el viento era aún capaz de barrer las palabras de los vivos y el polvo de los muertos en una misma bocanada, se levantaba, allá donde el río Eontok quedaba atrapado en espirales de menta silvestre, la ciudad de Khelenbrook. Era una ciudad de medianoche perpetua, aunque el sol, por terquedad o por piedad, nunca dejaba de asomar sobre sus cúpulas, como un ojo cansado observando sin ver. Allí los relojes no contaban las horas sino los rumores de los espíritus de cristal, y la gente empleaba brazaletes de plata para ahuyentar la ceniza omnipresente, como quien lleva un paraguas para protegerse de la lluvia: resignación, más que esperanza.
La historia no la empezó ningún aventurero. Ni siquiera un mago despistado. Fue obra de la señora Grivar, la mejor -y única- Vidriera de Khelenbrook, mujer de sesenta y dos años, cuyos cabellos pendían de la cabeza con la misma fuerza de voluntad que ella aplicaba al arte de fundir arena en belleza. Sus pies eran firmes, su espíritu también; no así, lamentablemente, su vitro, que constantemente coqueteaba con el colapso.
El evento se destapó en una tarde pálida de jueves, que en la ciudad era tan buena como cualquier otra, pero más propicia a las grietas. Mientras limpiaba una espiral de cristal destinada a la Catedral de la Última Devoción, notó algo inusual: una voz, suave y persistente, vibraba desde la pieza misma. Le hablaba en tonos musicales, un idioma claro como el arpa de los dioses pero tan frío que los dedos de Grivar desearon guantes.
“Mírame bien”, imploró la voz, “pues en cada reflejo me rompo y me hago de nuevo”.
Así comenzó la segunda invasión de los Espíritus de Cristal; bueno, en realidad no fue una invasión, porque, para invadir, una presencia debe ser advertida y nada advertido permanece largo tiempo en Khelenbrook, donde incluso los forasteros aprenden rápido el arte de la indiferencia. Pero esa tarde, los rumores se fragmentaron y multiplicaron, como el propio cristal, y pronto se decía que las lámparas susurraban, que las vitrinas lloraban lágrimas invisibles salvo para quien ya estaba desesperado.
Grivar, que nunca había perdido tiempo en temerle a lo inexplicable (eso lo reservaba para las facturas y para los inspectores del gremio), se dispuso a investigar. Puso la espiral bajo la luz trémula de un candil y se inclinó tanto que podía ver el eco azulado de sus propias arrugas. El reflejo cambió; era ahora una figura alargada, hecha del mismo material almenado y transparente que el propio artefacto, pero moldeada en forma más perfecta que cualquier creación de humana mano.
“¿Qué eres?”, preguntó Grivar.
La voz respondió con una dignidad delicada: “Soy una traducción. Una memoria congelada. Tus antepasados me moldearon con deseo y olvido. Ahora respiro cuando la luz me atraviesa”.
No era una respuesta cómoda, ni concisa, pero sí lo suficientemente intrigante para arrastrar a Grivar —y posiblemente a quien lea esto— hacia una noche llena de murmullos nuevos.
La ciudad, mientras tanto, lidiaba con problemas más inmediatos. El polvo oscuro, nunca adversario sino compañero, comenzó a depositarse con más furia sobre los aleros y los tejados; y donde antes la ceniza servía como un recordatorio de consuelo —“Nada permanece limpio, ¿para qué preocuparse?”— ahora era motivo de ira y miedo. Las campanas de bronce emitieron notas roncas, atascadas en una garganta de polvo. El origen de esa ceniza era tan obvio como desalentador: la diosa Kaliaska, la primera de las Diosas de la Ceniza, había despertado, y sus sueños meneaban el mundo como un mantel sacudido para arrojar migajas de un banquete celestial.
Las Diosas de la Ceniza, según la mayoría de los eruditos (que nunca visitaban sitios propensos a la combustión espontánea), eran remanentes de los tiempos fundacionales, tan antiguas como las raíces del río. Habitaban las fumarolas de los volcanes, las grietas de los suelos saqueados y, más recientemente, las alcobas de las reinas insomnes. Se decía que cada vez que una diosa exhalaba, nacía un ciclo de heladas y cosechas pérdidas, y cada vez que lloraba, toda esperanza se volvía gris en la ciudad.
“La ciudad está condenada”, murmuraban los tenderos.
“Por lo menos es una condena compartida”, respondían los más filosóficos.
Grivar, sin embargo, no tenía tiempo para la desesperación colectiva; estaba ocupada intentando entablar una conversación digna con una presencia de otra era, todo mientras rescataba la cristalería de las manos mugrientas de la ceniza insurgente. Así, una noche, se aventuró a consultar al único ser en Khelenbrook más antiguo que las propias campanas de la Gran Torre: la apotecaria Lysandra.
Lysandra era famosa por estar exactamente a medio paso del reino de los vivos y uno y medio del de los muertos, y por servir infusiones que podían hacer hablar (pacíficamente) a un hombre con su propio hígado. Sus manos olían a cera y a misterios sin resolver. Cuando Grivar le explicó su dilema, Lysandra asintió con gravedad, como si hubiera esperado esa pregunta desde el día de su nacimiento (y probablemente así era).
“Los Espíritus de Cristal buscan su eco —dijo—, porque solo a través de la repetición pueden existir. Pero las Diosas de la Ceniza buscan el olvido, porque solo en el olvido pueden descansar. Una necesita ser vista; la otra, ignorada. Son fuerzas gemelas, igual de viejas, pero perpetuamente en guerra”.
“¿Guerra?”, preguntó Grivar, con la misma incredulidad con la que uno comprueba el precio de una barra de pan.
“No de las visibles. Pero la guerra más peligrosa es la de quien exige ser recordado contra quien exige ser enterrado en polvo”.
Aquella noche, de vuelta a su taller, Grivar decidió hacer lo impensable: reuniendo cada fragmento de cristal susurrante y toda la ceniza recogida del alféizar, intentó fundirlos juntos en su horno. El resultado, tras varias explosiones discretas y una inesperada aparición de un ratón trémulo, fue una piedra opaca. No era belleza ni fealdad, ni reflejo ni sombra: un trozo amorfo que parecía absorber la luz y eructar ecos apagados. Pero entonces, de su interior, brotó una voz doble —clara como un arroyo, áspera como un derrumbe.
“Equilibrio”, dijo la voz (o las voces, ya que parecía hablar en estéreo espiritual). “Donde uno canta, la otra calla. Donde uno arde, la otra brilla. Solo juntos seremos olvido memorable”.
La piedra se volvió, contra todo pronóstico, tibia al tacto, y Grivar sonrió por primera vez desde que las campanas habían enmudecido: el secreto de la ciudad no estaba en escoger bando, sino en tejer ambos en una cinta común.
El rumor del hallazgo voló, y cómo vuelan siempre los rumores: rápido, torpe, y tropezando con las puertas cerradas. Antes de que amaneciera, el Concejo de la ciudad había decretado que la piedra era milagrosa, peligroso objeto digno de encierro y, como corresponde a toda autoridad, tragicómica fuente de disputas. El gremio de los Canteros intentó cortarla, el gremio de las Comadres quiso usarla para asegurar nacimientos sin llanto, y los músicos la frotaban buscando sonidos; pero solo Grivar lograba despertarla, cantando viejas de forja y arrullo a la vez.
Las campanas volvieron. No su sonido metálico, sino un zumbido bajo, como si recordaran la vibración original de su creación. Nunca más la ceniza cubrió la ciudad con la misma terquedad; y aunque el polvo seguía cayendo, era menos sombrío y más como un recordatorio de la complicidad entre recuerdo y olvido.
Al cabo, entendieron (bueno, los que quisieron entender, y nunca son muchos), que ni los Espíritus de Cristal ni las Diosas de la Ceniza eran dioses en el sentido estricto o cómodo, sino distorsiones del deseo humano: uno de ser repetido y otro de ser liberado. Y en esa extraña joya hecha de pérdida y memoria, la ciudad encontró, no una salvación, sino otra razón para seguir bailando en la cuerda floja de la medianoche.
Al morir Grivar, la piedra fue colocada en la cima de la Gran Torre, donde ni los más imprudentes pájaros se atrevían a hacer nido. Se dice que, en noches sin luna, los viejos oyen una doble canción: un eco de cristal y un suspiro de ceniza. Las nuevas generaciones la evitan, por miedo o respeto, o por simple falta de curiosidad, que es la más peligrosa de todas las carencias.
Hay quien pregunta qué fue de los espíritus y de las diosas. Bueno, siguen allí, pero han aprendido a convivir —como deben hacerlo todos los enemigos que descubren que simplemente no pueden librarse el uno del otro. En la ciudad de Khelenbrook, bajo la mirada cansada del sol, entre cúpulas y humo, la luz y la ceniza bailan, y el olvido, por una vez, se mancha de memoria.
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