Fragmento:
Aideen, la hija del herrero, no era ni la más joven ni la más vieja, y por eso su corazón ardía con una inquietud que, de tan antigua, era como un eco dentro de ella, una nota familiar vibrando con la promesa del peligro. Esa noche, mientras el viento murmuraba nombres ya desvanecidos, decidió dejar su casa y cruzar el tapiz de prados hacia Keld.
Duración: 09:20
El crepúsculo caía denso y oblicuo sobre las ruinas del viejo Keld. Los robles centenarios extendían brazos hendidos sobre los restos de un muro barroco, pintando filigranas de sombra en losas musgosas. Allá, lejos, brillaba el plata del río Irdil, y bajo sus aguas, algunos decían, aún dormían los antiguos.
En la aldea de Dalnith, por donde empezaba la senda hacia esas ruinas, nadie dormía. Cada casa, cada cobertizo, incluso el establo comunal, estaba cerrado a piedra y madera, pues en ese último día del Garde, la luna sería nueva y la vigilia pesaba sobre todos. Los más viejos temían la llegada de forasteros, y los más jóvenes ansiaban mirar, aunque fuera de reojo, aquello que el granizo del tiempo había olvidado.
Aideen, la hija del herrero, no era ni la más joven ni la más vieja, y por eso su corazón ardía con una inquietud que, de tan antigua, era como un eco dentro de ella, una nota familiar vibrando con la promesa del peligro. Esa noche, mientras el viento murmuraba nombres ya desvanecidos, decidió dejar su casa y cruzar el tapiz de prados hacia Keld.
Era hija de la tercera luna y había nacido con una marca: una cicatriz pálida, recta, que le cruzaba la mano derecha. Su abuela se la había mostrado una vez en el espejo, murmurando sobre linajes rotos y juramentos incumplidos. Desde entonces, Aideen supo que lo que otros evitaban era lo que ella necesitaría buscar.
Al pisar los umbrales rotos del viejo Keld, la oscuridad pareció trepar por su espalda. El lugar olía a piedra, a agua estancada y a algo más denso, un aroma que vibraba como la nota baja de un cuerno. Portaba una linterna forrada en tela negra, para no llamar la atención de presencias no invitadas, y en la cintura llevaba la daga de acero y cobre de su padre. A su alrededor, las runas escarbadas en las piedras titilaban apenas al contacto con el soplo nocturno.
No era la primera vez que estaba allí. Aideen conocía los rastros: el círculo de menhires, el altar derruido, los pequeños montículos donde brotaban lirios blancos solo bajo la luna nueva. Pero esa noche ella buscaba algo específico. Las historias, susurradas en la chimenea de su abuela, decían que la más antigua de todas las runas —la que daba poder sobre la voluntad de los hombres y reservas de los dioses— dormía bajo el dolmen del rey-poeta, donde la tierra misma había callado siglos atrás.
La joven halló la losa, semioculta bajo zarzas y líquenes. Se inclinó y buscó con los dedos un hueco entre las capas inmemoriales de sedimento y ceniza. Al encontrarlo, el contacto fue eléctrico, frío y profundo, como cuando el río desborda en primavera y te arrastra hacia lo negro.
Se oyó entonces un crujido. Aideen alzó la linterna y descubrió a un hombre, alto, vestido de cuero viejo y manto ajado, que la observaba desde el lindero de los robles. Sus ojos, de un gris pizarra, no reflejaban la luz. Cuando habló, su voz arrastraba ecos de feria y cementerio.
—No todos los saberes duermen hermosos, moza. Hay nombres que aún los muertos olvidan.
Aideen apretó la daga sin apartar la mano de la losa. —A lo que no se nombra, el miedo lo hace varón y fiera —respondió con una bravura flotante.
El hombre se aproximó, despacio, hasta situarse a metros de ella. —¿Sabes leerlas?
—Algunas —mintió. Solo había aprendido a escrutar líneas y curvas como quien adivina el correr del agua en la piel.
El forastero se arrodilló, posando la palma en la piedra. Su aliento olía a tierra húmeda y raíces cortadas. —Estas runas son de origen más viejo que el hierro. Te lo diré una vez: para cada poder, hay un precio. Algunos precios se arrastran detrás de ti toda una vida.
Aideen tragó saliva pero insistió, hurgando hasta palpitar la raíz de su deseo. —¿Por qué viniste? ¿Qué buscas aquí, hombre sin nombre?
Él agachó la cabeza, y sólo entonces advirtió ella la línea azul que se enroscaba por su muñeca: un tatuaje de runas minúsculas, como un rastro de hormigas, girando en espiral. —Vengo a advertirte. Pero también a recordar. Fui juramentado en este círculo siendo niño, mucho antes de que el fuego arrasara mi pueblo. Aquí los señores de la lengua antigua se reunieron para atar promesas y maldiciones. La canción de la piedra vive todavía, y he aprendido que atreverse a cambiarla nos parte en dos.
El silencio entre ellos se llenó de hojas agitadas. Finalmente, Aideen susurró: —No quiero poder para humillar ni para herir. Mi abuela está muriendo. Las hierbas no funcionan ya, y nadie en esta aldea recuerda los versos de despertar para el corazón enfermo.
Los ojos del forastero se ablandaron. —El don de curar es la más costosa de las voluntades. Para tomarlo, deberás dar algo igual de valioso.
Las palabras titilaron en la bruma: “Igual de valioso”. ¿Qué poseía ella que pudiera pesar en una balanza donde se juega la vida?
—Muéstrame la runa —insistió ella, interna y externamente temblando.
El hombre deslizó el puñal de piedra que llevaba a la cintura, cortando las zarzas del borde del dolmen. Luego, con el filo, entresacó una tabla estrecha, tan negra que absorbía la luz. Sobre ella danzaban grabados de plata, nudo tras nudo, como olas congeladas.
—Debes trazar la línea sobre tu propia piel, y jurar a la sombra de los viejos días que no buscarás mal y no rehuirás el precio. Si cumples, tu petición será oída. Si mientes, la deuda será cobrada por tus hijos, o los hijos de ellos.
Sin pensar demasiado, consciente solo de la presión leve de la muerte sobre el pecho de su abuela, Aideen aceptó.
El hombre cortó con delicadeza una punta de rama de tejo, la acercó al cuchillo y la entintó con sangre de sus propios dedos. —Repite mi gesto —dijo.
Aideen se pinchó la yema, sintiendo el ardor. Se inclinó y, con la rama teñida, copió el primer trazo de la runa sobre su muñeca, la misma cicatriz que siempre había sentido como un signo. El dibujo brilló apenas, azul y dorado, antes de hundirse en su carne como agua fría.
El viento se detuvo; ni un insecto zumbó. Algo en el aire era distinto: la quietud espesa que precede al trueno o al milagro.
El forastero susurró: —La piedra escucha.
Entonces, sobre el lecho de losas, surgió la imagen de una anciana, pálida y etérea, con el cabello como hierba vieja y las manos apretadas en su regazo. Los ojos, hundidos e infinitos, traslucían la resignación de quien ya conoce el dolor largo.
La voz de la abuela cruzó el umbral entre mundos: —¿Por qué vuelves, niña de la tercera luna?
—A curarte, si puedo —musitó Aideen, incapaz de dejar fluir lágrimas en ese sueño despierto.
—¿Y qué darás a cambio, hija de mi hija? Preguntó la voz de la aparición, tornándose viento, trino, eco—¿Cuál es tu nombre verdadero?
En el pecho de Aideen vibró una verdad que nunca había dicho: el nombre que su madre susurró una sola vez antes de partir, el nombre prohibido en la lengua de la piedra. Lo pronunció, y al hacerlo sintió la mordida del recuerdo y el escalofrío del miedo. La figura de su abuela se estremeció, y entonces una luz, fina y cálida, envolvió la losa y a la joven. Un calor dulce lamió la herida de su muñeca.
Cuando el fulgor cesó, la anciana había desaparecido y el hombre de la capa le sonreía con una compasión áspera.
—Has pagado —dijo—. Tu abuela respirará la próxima luna llena. Olvidará por un tiempo la pesadilla de la enfermedad, pero a ti te faltará siempre una sombra bajo la piel. Cada vez que uses este poder, perderás algo que ni hoy adivinas.
Aideen asintió, comprendiendo más de lo que quería como quien mira por primera vez en el fondo de un pozo.
Volvió a Dalnith antes de que el alba derretiera la niebla. La casa de su abuela permanecía en penumbra, el aire pesado, pero el pecho de la vieja se movía con ritmo apacible, los labios murmullando palabras sin sentido. Por primera vez en semanas, sonreía en el sueño.
Los siguientes días Aideen los vivió como quien aprende a andar con una pierna dormida. El vínculo de la sangre la hacía más sensible: notaba los dolores de otros, los deseos de los que sufrían en silencio. Y cada vez que intentaba aliviar un mal, la runa en su muñeca palpitaba, consumiéndole recuerdos: el color exacto de la risa de su madre, la cadencia de la canción favorita de la abuela, la calidez de una tarde de juegos bajo la lluvia.
No era justo, ni piadoso. Pero así de antiguos eran los pactos de poder y pérdida.
En las lunas siguientes, la noticia se esparció en la región: la hija del herrero podía curar males imposibles, devolver el sueño a los afligidos, sanar huesos partidos y corazones apesadumbrados. Algunos vinieron a pagarle, otros a implorar gracia, unos pocos a rogarle el secreto. Pero Aideen solo respondía que lo había aprendido de la piedra vieja, y que el precio lo pagaba cada día.
Al tercer año, cuando regresó el hombre de los ojos de pizarra, la encontró sentada bajo el viejo roble donde la abuela lloraba ya dormida para siempre, y la runa en la muñeca ardía como una brasa.
—¿Te arrepientes?
Ella lo miró, cansada y firme.
—Cada día. Pero volvería a hacerlo.
El forastero asintió, reconociendo la verdad de las palabras.
—Este es el sendero de quienes despiertan a las piedras. No hay vuelta, ni vindicación. Solo el eco de lo que salvamos y de lo que perdemos en la sombra de la memoria.
Al despedirse, Aideen supo que, en alguna otra aldea, otra hija sellaría otro pacto, y que los susurros de las piedras antiguas jamás abandonarían la tierra de Keld. Porque el poder de las runas, como la enfermedad y el amor, era un don que llevaba por igual una bendición y su peso en amargura.
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