Fragmento:
La tierra de Erenthia nunca ha dejado de sangrar. Desde los acantilados cubiertos de niebla en Móric hasta los calurosos puertos de Athelium, los mapas cambian de color con cada generación. Cada frontera dibujada con espada y fuego, cada rincón custodiado por hombres y mujeres de ideales, ambición o simple hambre. Siempre hay quienes luchan porque creen y quienes luchan porque no tienen opción. Y hay quienes luchan porque la guerra es todo lo que han conocido—mercenarios, hijos bastardos de la fortuna.
Duración: 08:51
La tierra de Erenthia nunca ha dejado de sangrar. Desde los acantilados cubiertos de niebla en Móric hasta los calurosos puertos de Athelium, los mapas cambian de color con cada generación. Cada frontera dibujada con espada y fuego, cada rincón custodiado por hombres y mujeres de ideales, ambición o simple hambre. Siempre hay quienes luchan porque creen y quienes luchan porque no tienen opción. Y hay quienes luchan porque la guerra es todo lo que han conocido—mercenarios, hijos bastardos de la fortuna.
Y en Erenthia, algunos mercenarios sabían conjurar más que palabras duras y espadas ligeras.
En la primavera del año del León Caído, soy Kael Danrin, escribo desde la distancia helada de los años vividos y pagados a ironía y sangre. Mi juventud, lo admito, olía a desesperación y cerveza barata. Me uní a la Compañía del Cuervo Blanco creyendo que serían otra banda de inadaptados buscando oro sencillo, como muchas otras cuyas tumbas acogen cuervos verdaderos. Pero el lema de la compañía—“Todo tiene un precio, menos las cadenas”—pronto se volvió más significativo una vez que presencié nuestra primera verdadera adquisición: Hana de las Sendas Rotas.
Nos contrataron para liberar la fortaleza de Eldras, asediada por los fanáticos de la Rosa Negra, que esparcían terror bajo la bandera de una redención sin piedad ni límite humano. Los nobles prometieron oro y amnistía a los saqueadores, pero a nosotros nos ofrecieron algo distinto: grimorios y la protección de un secreto olvidado. No a todos los magos de Erenthia les conviene figurar en las listas de los colegios respetados; muchos prefieren la sombra de una capucha y el filo de una daga.
Llegamos de noche, extrayendo la niebla del río igual que lana de borrego. Hana caminaba a mi lado, casi descalza, y nunca terminaba de parpadear: ojos violetas que veían el mundo como si cada instante pudiera seducirla o matarla. Había pagado su puesto entre nosotros mostrando el sortilegio del Velo Índigo: unas palabras apenas pronunciadas, y diez hombres armados de la Rosa Negra murieron soñando con sus madres. Los demás se congelaron, atrapados en un remolino de nostalgia, lo suficiente como para que las espadas corrientes de la compañía hicieran el resto.
Después del primer combate, mientras contábamos heridas y monedas, Hana me ofreció una copa de vino fuerte robada durante el saqueo. Me habló de sus maestros, de exilios y persecuciones, de cómo los magos libres acaban siendo moneda de cambio en cualquier conflicto prolongado. “La magia es peor que la espada,” dijo. “Si la usas para ganarte el pan, todos se preguntan cuándo usarás el truco contra ellos.”
En Eldras aprendimos otro matiz del infierno: los soldados de la Rosa Negra tenían entre sus filas a los Imbricati, caballeros unidos en carne y alma a los espíritus del sufrimiento. Peleaban con la fuerza de tres hombres, pero cada golpe que recibían era como arrancarles años de vida. Por cada Imbricato que Hana lograba someter, dejábamos tras de nosotros a niños con el pelo blanco y sonrisas de anciano, cuerpos vaciados.
La misión fue un éxito, al menos en términos del contrato. Eldras se mantuvo en pie gracias a nuestro arte —espada y conjuro—, y salimos rico en magia adquirida, pero pobres de cualquier inocencia previa. Yo llevaba una herida fea en la pierna, y Hana no volvió a sonreír hasta que salimos de la línea de vista de los muros. Caminó a mi lado, murmurando palabras de sanación, y donde ella pasaba, las flores dejaban de crecer por un ciclo de lunas.
No tardamos en volver a ser requeridos. Aquella primavera, la guerra se transformó en una fiebre incurable que devoraba reinos. Los contratos llovían, y el Cuervo Blanco eligió siempre el pago más insólito: pergaminos prohibidos, favores a devolver, nombres secretos de antiguas deudas. Gracias a la magia, nuestra fama cruzó continentes, pero la paranoia era nuestra compañera más fiel.
No todos en el Cuervo Blanco veían al arte arcano con buenos ojos. Garren, el jefe de exploradores, despreciaba la hechicería y a quienes la practicaban. “Las cicatrices ganadas con acero curan y quedan como testimonio,” solía decir; “Las magias corrompen y desaparecen como traiciones.” Pero hasta él admitía que, en el campo de batalla, Hana era la diferencia entre una victoria pírrica y un exterminio.
La campaña que selló nuestro destino fue la del paso de Ryall. Los ejércitos de la Liga del Sol Poniente habían sitiado el paso durante meses. Allí, la magia no solo era ventaja: era el único camino. Nos pagaron con una reliquia: el Ojo de Yus, capaz de absorber toda la luz de un enclave y liberar oscuridad tangible como huesos. El consejo fue simple: “Tomad el paso usando cómo queráis vuestra herejía, pero permitid que los comerciantes pasen sin miedo otro año.”
El plan era casi suicida. Éramos sesenta y, al otro lado, cientos, protegidos por los Honderos Escarlata y su alquimia de fuego líquido. Kael, eso es una locura, me dije cada noche. Pero la locura es la moneda diaria del cuervo y el mercenario.
La noche antes del asalto, Hana y otros tres magos de nuestra confianza dibujaron runas en la tierra, ofrecieron su sangre a la madera vieja y pronunciaron un antiguo voto del exilio: “Somos sellos, somos sombras, somos el precio que no se paga.”
Bajo su conjuro, y con el Ojo de Yus atado a la lanza más alta, la oscuridad los cubrió como un manto. Sin sol ni luna visible, los honderos dispararon al vacío, y sus ánforas estallaron sin rumbo. Nosotros nos arrastramos, sombras dentro de la sombra, y la batalla fue una danza fantasmal: espadas que surgían de la nada, enemigos que caían en medio de la noche perpetua.
El problema de la magia usada sin freno es que nunca cobra su precio de inmediato. Al amanecer, el paso era nuestro. La oscuridad se retiró cuando la última gota de sangre tocó el altar, pero la magia de Hana y los demás estaba gastada; sus ojos, opacos, sus voces roncas como el roce de huesos. Uno de los suyos —Mendrik, flautista antes de soldado de fortuna— se desvaneció ante nuestros ojos, convertido en ceniza llevada por el viento.
Ganamos la fama y el paso, pero cada mago sobreviviente envejeció diez años esa noche.
El botín se repartió fríamente, como siempre: pocas veces un mercenario puede llamar suyo algo que no sea la deuda de su propia vida. Nos dieron el paso, el Ojo de Yus y el miedo de todos los nobles de Erenthia. Lo supe al ver cómo nos miraban, al cruzar aldeas cuyos templos se cerraban cuando pasábamos.
La docta ignorancia de los poderosos es arma de doble filo. Empezaron los rumores: que si el Cuervo Blanco quería el trono de Erenthia, que si invocábamos bestias de la Oscuridad Primigenia para devorar enemigos y aliados por igual. Los contratos escasearon, y las minas de oro y las bibliotecas cerraron sus puertas para nosotros.
Finalmente, el golpe del destino cayó en forma de traición. Uno de los nuestros, Leorik, mago de tercer círculo contratado en el último asedio, vendió nuestros nombres a una hermandad secreta de inquisidores. Nos tendieron una emboscada a las puertas de Valoras; sólo Hana lo previó, pero era tarde para huir.
Esa noche, la lealtad valió más que todos los juramentos, y el combate fue la locura final que el Cuervo Blanco soportaría. Hana gastó los últimos restos del Ojo de Yus para abrirnos un hueco; la magia nos llenó la cabeza de gritos y visiones insanas, pero logramos huir, dejando tras de nosotros una ciudad maldita y media docena de cadáveres amigos.
Después de aquella noche, el Cuervo Blanco desapareció como el humo ante la tempestad. Algunos huyeron al este, a tierras donde nadie pregunta por tu dios o tu causa. Otros vendieron sus historias por oro y olvido. Hana y yo cruzamos las montañas heladas, perseguidos por inquisidores y por los fantasmas de quienes supieron demasiado. No hubo gran final, no hubo reivindicación. La guerra seguía, y el Cuervo Blanco era ya sólo una leyenda, un espectro en la memoria de los que temen la magia porque han aprendido su precio.
Hoy, escribo esto en un rincón sin nombre de una ciudad donde ni siquiera los dioses importan. Hana ya no conjura; le tiembla la mano y sonríe solo al mirar las estrellas. Vivimos de enseñar a niños cómo defenderse, cómo sobrevivir, a veces cómo mentir lo justo para ver el sol otro día.
Quizá en otro mundo, en una leyenda mejor narrada, los mercenarios mágicos sean héroes, constructores de paz. Pero la única verdad eterna en Erenthia es que quien vende magia, como quien vende su espada, siempre acaba siendo más prisionero de lo que combate que del oro que lo compró.
El precio de la libertad no es el oro, ni la gloria, ni siquiera el olvido.
Es la soledad.
Esta es la historia que nadie paga por escuchar. Pero a diferencia de la magia, las cicatrices escritas no desaparecen.
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