Portada del relato Sombras bajo el Dosel
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Fragmento:


—Bienvenida a casa, Berenice —dijo, y yo sentí una mezcla de alivio y melancolía.

Duración: 08:21

Sombras bajo el Dosel
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Texto de ajuste de pausa.

A veces pienso que la historia comienza en el bosque, y otras veces, que termina allí. Imagino que en cualquier caso las raíces están entrelazadas con el tiempo, que el pasado se enreda bajo la corteza húmeda y se preserva en lo oscuro, allí donde la luz apenas se atreve a entrar. Me llamo Berenice Duval, y la última vez que respiré el aire de mi tierra era víspera de la cosecha, y el susurro de los pinos tenía un tinte de amenaza.

El pueblo de Juvrecour, en la frontera incierta entre Bretaña y los dominios de Normandía, era más pequeño de lo que recuerdo ahora, como si la memoria estirara los límites a medida que los años se deslizan. Habíamos aprendido mucho en aquellos años tras la guerra: a callar ante la presencia de los hombres que iban armados, a rezar ante los altares improvisados tras el saqueo de la vieja capilla, y a leer las señales que el bosque nos ofrecía. Ningún forastero, ninguno salvo los desesperados, cruzaba el linde cuando las campanas anunciaban el ángelus. Nadie quería desafiar aquello que residía entre las sombras.

Mi abuela solía decirme que los árboles eran más antiguos que los santos, y que habían aprendido a callar mejor. También me decía que debíamos cuidarlos, pues no siempre comprendían bien las palabras de los hombres ni sus juramentos.

Yo tenía veintitrés años cuando regresé tras el largo exilio impuesto por la guerra entre Francia e Inglaterra. Allí el bosque se extendía igual que antes, pero el pueblo había cambiado: caras nuevas, alguna casa reconstruida con la madera vieja, y un sentimiento de que el mundo afuera era aún más peligroso. El aire olía a resina y promesas rotas. Mucha gente ya no creía en los antiguos pactos.

Me recibió Eirian, la curandera, la única que aún hablaba de los espíritus como si fueran vecinos y no leyendas. Su pelo canoso era tan rebelde como siempre, y su mirada, astuta y triste, parecía leer mi corazón.

—Bienvenida a casa, Berenice —dijo, y yo sentí una mezcla de alivio y melancolía.

Caminamos juntas hasta el borde del bosque. Mientras la mayoría de los aldeanos evitaban adentrarse en el anochecer, Eirian lo hacía con la familiaridad de quien camina por su propia sala.

—Han estado inquietos —me confió mientras arrancaba un puñado de helechos—. Las ofrendas han dejado de llegar desde hace dos estaciones.

—¿Por miedo? —pregunté, recordando la última vez que los niños dejaron pan y miel a la sombra del roble viejo.

Eirian asintió. Sus manos eran tan callosas como las raíces que pisábamos.

—Por olvido, que es peor.

Bajé la vista, avergonzada. Mis propios recuerdos estaban llenos de cánticos y de pequeños rituales —costumbres que apenas comprendía entonces, cuando solo me parecían juegos para alejarme de las sombras. Entendía ahora, con una certeza fría, que todo bosque exige una forma de respeto.

El sol desapareció tras las copas, y un viento repentino agitó las hojas. Eirian se detuvo. Todo se volvió densamente silencioso.

—¿Puedes sentirlo? —susurró. Y asentí, pues el aire parecía haber cambiado de densidad; algo respiraba junto a nosotras, paciente.

Esa noche, en la pequeña cabaña que aún olía a tomillo y a leña, soñé con manos largas y delgadas, tan blancas como la luna de invierno, extendiéndose desde el suelo del bosque. Voces —demasiado suaves para nombrarlas, demasiado claras para ignorarlas— llenaban la oscuridad, repitiendo antiguos nombres. Me despertó un golpeteo en la ventana: una ramita, arrastrada persistentemente por el viento… o por otra cosa.

***

Al día siguiente, las noticias del pueblo confirmaron lo que temíamos. Dieron con el cuerpo de un cazador en el claro del fresno, su rostro congelado en una expresión tan atroz que la gente prefirió no describirlo. Los perros aullaban a las sombras y los niños lloraban sin razón aparente. Las historias florecieron, como suelen hacerlo en épocas de miedo: algunos decían que era castigo por perturbar la espesura; otros, que era solo mala suerte en una época donde la muerte caminaba a la vista.

Eirian se reunió conmigo antes de la caída de la tarde. Llevaba en las manos una vela, un cuenco con leche, y un ramillete de hierbas.

—Esta noche iremos al corazón del bosque —anunció—. No entres en pánico si ves cosas extrañas. Es peor demostrar miedo.

Mi mente se debatía entre la incredulidad y la expectación. Caminamos en silencio, guiadas solo por la luz mortecina de la vela, hasta alcanzar un claro que, de niña, siempre había parecido un mundo aparte: los árboles, enormes y antiguos, formaban una suerte de cúpula, y la tierra estaba cubierta de hojas que nunca se descomponían del todo.

Eirian depositó la leche y las hierbas bajo el abeto más grande, encendió la vela, y empezó a entonar un cántico apenas audible, una melodía con palabras de una lengua que nunca aprendí.

El aire se tornó pesado. Sentí un cosquilleo en la piel, una presión detrás de los ojos. Y entonces los vi: formas translúcidas que flotaban entre los troncos, ora humanas, ora animales, como si el bosque reciclase las almas para atender sus propios asuntos. Eran bellos y aterradores a la vez; sin ojos, pero con una suerte de conciencia que me atravesaba.

Uno de ellos —femenino, o al menos eso me sugirió la caída de su melena líquida— se detuvo frente a nosotras, y de su boca brotó un eco que se transformó en palabras comprensibles, aunque mi mente se negó a recordar después el sonido exacto.

—¿Por qué recordáis y por qué olvidáis?

Eirian se arrodilló.

—Perdonadnos. No todos hemos dejado atrás el viejo pacto.

La figura se inclinó, y la sombra de sus dedos acarició la cabeza de mi compañera. Mi corazón latía tan fuerte que supe que aquel ruido debía ser audible también para los muertos.

No me atreví a hablar. Los ojos del espíritu se volvieron hacia mí: sentí vértigo, frío y tristeza. Un desfile de imágenes cruzó mi visión: solares antiguos, la primera siembra, la llegada de los normandos, el fuego y el llanto de los asedios pasados. Un ciclo interminable de promesas y rupturas.

—¿Por qué regresaste, Berenice Duval? —preguntó ella, y su voz fue viento en mis mejillas.

No supe responder. Quizá porque había perdido todo lo demás. Quizá, pensé avergonzada, porque nunca me marché del todo.

—Este lugar necesita memoria —dijo el espíritu, y sus acompañantes asintieron, los ojos hechos abismos de hojas—. Sin memoria, solo queda hambre.

La vela titiló y creció, extendió sombras temblorosas por todo el claro. Eirian susurró palabras de agradecimiento y arrojó más hierbas al fuego. El bosque parecía retener la respiración.

Dio instrucciones a los espíritus, en ese lenguaje que parecía muy anterior al francés o al bretón, y finalmente, las figuras se desvanecieron, dejando tras de sí una sensación de húmeda despedida. No sabíamos si habíamos hecho bien, pero sentíamos que algo importante se había decidido.

***

A la mañana siguiente, el aire era diferente, casi ligero. Los pájaros habían vuelto a cantar y el río reflejaba la luz de un modo casi alegre. Pero la tranquilidad era tensa, como si la tierra esperase la siguiente palabra.

La noticia corrió entre los aldeanos: los animales regresaban al bosque, los niños reían de nuevo. Pero la gente evitaba aún mirar demasiado hacia el interior de la espesura, como si el recuerdo de los espíritus hiciese que cada sombra pareciera un aviso.

Eirian y yo sabíamos que el equilibrio era precario. Los bosques en Bretaña nunca olvidan, aunque los hombres intenten hacerlo. Colocamos ofrendas cada siete noches, invitando al pueblo a recordar por qué se hacían esas cosas, aunque las respuestas fueran vagas y ninguna historia tuviera un origen solamente humano.

En el fondo, yo sentía que los verdaderos habitantes del bosque tenían una mirada sobre nosotros que sólo a veces se volvía indulgente. Aprendí a entonar el cántico que Eirian me enseñó, y a veces, en las noches cuando el viento parecía interrumpirse, creía escuchar el susurro de mi nombre entre el follaje.

Hoy, con los cabellos grises y los huesos pesados, camino hasta el claro del abeto cuando el sol ya ha caído. Dejo leche, miel y una ramita de tomillo. Cierro los ojos y respiro. El aire huele a tierra y a misterio.

A veces pienso que la historia todavía está comenzando. O tal vez, sólo está esperando el siguiente recuerdo para continuar.

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