Portada del relato El Eco de la Llama y el Hielo
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Fragmento:


—Es tarde —gruñó el coronel Erlan, alzando su visera y mostrando un rostro curtido y marcado de cicatrices—. Tus rezos no aplacarán al invierno ni a los asaltantes.

Duración: 08:38

El Eco de la Llama y el Hielo
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El sol caía tras los muros de Högendor, tiñendo de sangre las almenas. Las colinas se cubrían de escarcha, y las copas de los árboles en el Bosque Antiguo, apenas visibles más allá de los campos de cebada, respiraban una niebla fría y densa que parecía emanar del propio corazón de la tierra. Sobre un parapeto, entre los cascos herrados de los caballos y juramentos desgastados por la guerra, se encontraba Gerwald, hijo de la duquesa Margery de Elfenstein y del desaparecido Lord Tristán.

Gerwald tenía la mirada de su madre —feroz, grisácea—, pero el porte del padre que sólo conocía por leyendas. Su armadura, aún reluciente pese al hollín del asedio, reflejaba el último fuego del crepúsculo. No era alto ni musculoso, pero emanaba una firmeza tranquila como la madera antigua. En su mano sostenía la antorcha ceremonial, tallada en roble y dorada con arabescos de dragón.

—Es tarde —gruñó el coronel Erlan, alzando su visera y mostrando un rostro curtido y marcado de cicatrices—. Tus rezos no aplacarán al invierno ni a los asaltantes.

Gerwald no le respondió. En su lugar, bajó la mirada hacia el patio interior, donde los preparativos de la noche ardiente proseguían: calderos de aceite, flechas cubiertas de brea, y mujeres trenzando runas de lana para atarlas a los petos de los guardias. El ritual era antiguo, aunque la iglesia de la Llama Pura lo había prohibido hacía generaciones. Pero en la víspera de la batalla, con las murallas quebradas y el enemigo desplegado más allá del río Helgar, no era noche para temores eclesiásticos.

Su madre bajó hacia el patio, vestida con una cota ligera sobre la túnica ceremonial. Margery, con su melena plateada recogida en una trenza de batalla, irradiaba una autoridad insobornable. Sus labios pronunciaban en susurros las palabras olvidadas de la Vieja Fe, forjadas en la niebla de los ancestros. Cada invocación tejía un escudo invisible sobre sus soldados, hombres y mujeres cuyas creencias se cernían entre la Fe Nueva y los fantasmas de sus abuelos.

—¿Vendrán esta noche? —preguntó Gerwald.

—Si el viento y las señales son ciertos, sí —afirmó su madre sin temblor—. Y con ellos, vendrán sus propios inviernos.

***

Antes de la medianoche, el canto helado de los cuernos sacudió los cimientos de Högendor. Los ojos del enemigo parpadearon al otro lado del Helgar. En sus filas marchaban mercenarios y nigromantes emigrados desde las desmoronadas ciudades del norte. Más allá, entre el susurro de las picas y las carrozas de asedio que chirriaban al girar, bailaban sombras de cosas que nunca fueron humanas: lobos sin carne, cuervos de cuatro alas, y estandartes que ondeaban con runas que rezumaban odio.

La duquesa Margery holló la nieve amontonada en el patio. En cada una de las torres que flanqueaban la muralla norte, encendió con sus propias manos una antorcha. El brillo lechoso de sus cerillas abrió caminos breves de luz, y la humareda de cera y resina se alzó cargada de plegarias.

—Por las ancestras que tejieron nuestra casa de piedra —entonó Margery—; por los huesos bajo el frío; por la memoria de lo que fuimos y el testimonio de lo que seremos.

El viento rugió, y Gerwald pensó que, por un instante, algo anciano y hondo giró a su alrededor. Lo entrevió apenas, como quien vislumbra una figura entre la tormenta: una dama cubierta de escarcha, vestida con coronas de acebo y abedul, el dedo alzado hacia el ejército enemigo.

Pero la visión desapareció, absorbida por el primer alarido de guerra.

***

El asalto comenzó como todas las batallas: con truenos de catapultas, el chasquido de flechas y el retumbar de escudos. Sin embargo, apenas los asaltantes pusieron sus pies sobre la escarcha de los muros, las antorchas ceremoniales resplandecieron con un fuego que no era de este mundo. Las llamas ardían azuladas, danzando con furia en torno a las figuras enemigas, lamiendo sus armaduras, cerniéndose sobre sus estandartes como bestias.

Los adversarios titubearon, muchos de ellos gritando antiguos conjuros para repeler hechizos. Algunos cayeron de rodillas, atenazados por el pavor, y sólo los nigromantes y sus sirvientes de carne marchita los empujaron adelante, desenvainando espadas encantadas y cánticos oscuros nacidos de las criptas.

Gerwald defendió la puerta norte, espada en mano. Cada tajo arrasaba cuerpo y espectro, y cada gota de sangre congelada alimentaba la rabia de los muertos bajo Högendor. A su lado, el coronel Erlan cayó al suelo, una daga enemiga entre las costillas. Gerwald luchó hasta agotar el aliento, hasta que la mente se le nubló y la nieve se tiñó de rojo.

Cuando al fin rompió la línea adversaria, supo que los muros no aguantarían otra ola. Debía recurrir al último recurso, aquel que ni la iglesia ni la Vieja Fe aprobaban: la llamada de la Rosa de Hielo.

***

En el corazón del castillo, en la Sala de Invierno, esperaba el relicario. Tallado en marfil y oro, con espinas incrustadas de lapislázuli, yacía bajo un velo de terciopelo. La Rosa fue un legado prohibido, traído desde las ruinas de Zirhova —según las leyendas, una ciudad devorada por la nieve y la traición, en la que sólo el amor de una bruja y un rey consiguió mantener vivo el último fuego.

Y el precio, como el hielo, es siempre más alto de lo que uno está dispuesto a pagar.

Su madre lo esperaba ante el altar. Rodeada de velas y con la voz quebrada, pronunció el juramento de la Rosa:

—Hija de la escarcha, madre del sacrificio, sé nuestra aliada en la hora última.

Gerwald desenvainó la daga ceremonial. Con la hoja grabada con runas, abrió un corte a lo largo de su palma y dejó caer la sangre sobre los pétalos gélidos. El aire se volvió insoportablemente frío. Hilos de escarcha cubrieron las paredes. De entre las sombras, emergió la figura de la dama que antes había entrevisto: hermosa, antigua, con coronas de hueso y nieve, y una sonrisa terrible.

—¿Sabes lo que pides, hijo de Elfenstein? —preguntó la Rosa.

—Lo sé —contestó Gerwald, bajando la mirada.

La rosa extendió una mano translúcida y depositó un beso en la frente de Margery. Separando la esencia del sacrificio, la anciana se desvaneció en un suspiro de escarcha. El frío arrasó la estancia, rugiendo hasta el patio. Gerwald cayó de rodillas, temblando. En ese instante, comprendió el precio: su madre no volvería a ser exactamente ella, condenada a permanecer a medio camino entre el mundo de los vivos y la memoria de la Rosa.

Pero la tempestad había despertado. Högendor se estremeció. El viento barrió a los invasores. Sombras azules descendieron, y cada uno de los nigromantes cayó, congelado de dentro hacia fuera. Las huestes enemigas chocaron contra la muralla invisible de la Rosa de Hielo, y el suelo se abrió bajo sus pies, devorándolos en un vórtice de ventiscas.

Cuando la tormenta remitió, quedaban pocos vivos. Los defensores, atónitos, vieron la tierra cubierta de un sudario blanco, los ecos del enemigo sellados bajo un lago de hielo.

***

Al llegar el alba, los supervivientes de Högendor abandonaron las ruinas en silencio. Gerwald caminaba al frente, llevando la antorcha ya sin luz. Margery avanzaba detrás, sus ojos nublados, la voz cargada de anhelos inconclusos. Donde pisaba, la escarcha jamás se derretía; donde miraba, el invierno nunca se despedía.

Nunca más volvieron a hablar de la Rosa, ni de la dama de escarcha. Los hombres y mujeres del castillo juraron silencio, y los trovadores que luego intentaron cantar la historia eran acallados por un terror instintivo. Años después, sólo restaban rumores: algunos decían que Gerwald partió hacia el sur buscando redención; otros que se perdió entre las brumas del Bosque Antiguo, esperando reencuentro con su madre perdida.

Fue en el cruce de los caminos, según un ciego, donde la duquesa Margery fue vista por última vez. Caminaba sola, entre árboles forrados de plata, la frente marcada con el beso helado de la Rosa. Se dice, en las noches más frías, que su murmullo flota sobre los campos, rezando plegarias para que el invierno nunca vuelva a reclamar lo que les fue arrebatado.

Pero, la historia de Högendor jamás terminó. Bajo la nieve y el yugo del silencio, el eco de la Llama y el Hielo aún aguarda a quienes, desesperados, busquen pactar con fuerzas más antiguas que los reyes, más frías que la muerte, y más voraces que el hambre de poder.

Y así, las leyendas crecen como la escarcha: en silencio, sin compasión, cubriendo las piedras de la memoria con su manto perpetuo.

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