Portada del relato La bóveda de las almas antiguas
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Fragmento:


En las postrimerías del siglo XV, cuando los ecos de guerras y pestilencias aún serpenteaban por la campiña de Lotaringia, un monje llamado Frater Lucien custodiaba, en el monasterio de Sainte-Anne-des-Bois, un secreto antiguo, más viejo que todos los pergaminos de la biblioteca en la que desempeñaba su oficio de copista. La humanidad, creía Lucien, era una sucesión ininterrumpida de llantos y promesas incumplidas, y los muros góticos del monasterio no hacían sino reforzar tal impresión, con sus piedras ennegrecidas que parecían llorar al amanecer. Mas entre la rutina de salmos, scriptorium y vigilias, se ocultaba un rito, del cual sólo él y el abad poseían pleno conocimiento: la herencia del Vitrarium, las puertas de cristal que separaban el mundo tangible del reino de las sombras.

Duración: 10:30

La bóveda de las almas antiguas
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Texto de ajuste de pausa.

En las postrimerías del siglo XV, cuando los ecos de guerras y pestilencias aún serpenteaban por la campiña de Lotaringia, un monje llamado Frater Lucien custodiaba, en el monasterio de Sainte-Anne-des-Bois, un secreto antiguo, más viejo que todos los pergaminos de la biblioteca en la que desempeñaba su oficio de copista. La humanidad, creía Lucien, era una sucesión ininterrumpida de llantos y promesas incumplidas, y los muros góticos del monasterio no hacían sino reforzar tal impresión, con sus piedras ennegrecidas que parecían llorar al amanecer. Mas entre la rutina de salmos, scriptorium y vigilias, se ocultaba un rito, del cual sólo él y el abad poseían pleno conocimiento: la herencia del Vitrarium, las puertas de cristal que separaban el mundo tangible del reino de las sombras.

No eran puertas en el sentido estricto, sino paneles de un cristal muy antiguo —liso, translúcido, pero a momentos opaco como un charco bajo tormenta— que se alzaban bajo el ábside de la capilla subterránea, accesible solo tras descender noventa y nueve peldaños. Según la tradición, esas puertas se alzaban allí desde antes de la fundación misma de Roma. Algunos decían que habían sido traídas de Babilonia; el abad, hombre menos amigo de fabulaciones, sostenía que eran obra de algún artífice alquímico en tiempos de Constantino. Lucien, quien pasaba horas contemplando los matices inasibles del cristal, pensaba, sin decírselo a nadie, que eran más viejas que la propia memoria.

Aquella noche, mientras el invierno extendía su manto sobre la abadía y la nieve tapizaba los desprendimientos del tejado, Lucien, munido de un candelabro y una llave de hierro tan pesada como para disuadir a cualquiera de usarla con ligereza, descendió solo hacia la cripta. El abad agonizaba en su celda, devorado por una fiebre oscura, y fue en un delirio cuando le dijo con voz deshilachada:

—La puerta debe estar cerrada al alba, Frater… o todo lo que conocemos desfallecerá.

A la luz de las velas, el pasadizo se asemejaba al esófago de una bestia, y cada paso era acompañado de susurros, ecos de rezos y risas, y más de un sollozo que no podía atribuirse solo al viento. Cuando Lucien llegó ante la bóveda última, la del Vitrarium, vio que el cristal centelleaba de un modo inusual: relámpagos umbríos le recorrían la superficie y, muy de vez en cuando, parecían formar rostros. Él aguardó hasta que pudo ver su propio reflejo; entonces, como si el cristal reconociera la presencia de un igual en soledad, se abrió una hendidura apenas visible, y el eco de alas —alas crispadas, sin duda— saturó el aire.

Fue entonces que Lucien vio, innominados ante sus ojos, a los Ángeles de sombra. No era la primera vez; la primera lo había dejado temblando por una luna entera, y a la segunda había aprendido que el miedo es un tributo inútil ante tales presencias. Las criaturas, varias, tenían formas que sólo en parte evocaban la iconografía sacra: alas, sí, pero deshilachadas de luz agonizante; ojos, mas no en el rostro sino en la manos, en la cintura, en las palmas y las plantas. Se mantenían entre el cristal y un límite ilegible, más allá del cual no existía lugar donde refugiar la mente.

Uno de ellos —de sexo y edad imposibles— avanzó hasta que sus huellas de sombra tiñeron el cristal de una neblina morada.

—¿Por qué hoy? —quiso saber Lucien, con voz hueca.

El ángel respondió sin mover labios, sus palabras brotando directamente en la memoria del monje:

“No estás solo hoy. El umbral del cristal busca al guardián, pero también busca liberarse. Alguien más vendrá, y la decisión será tuya: abrir o sellar para siempre.”

Lucien apretó la llave. “¿Y si no hago nada?”

La respuesta fue una ráfaga de imágenes: el monasterio resquebrajado, los rostros de los hermanos en largas filas de penitencia, y sobre ellos los mismos ángeles, pero ya no detrás del cristal sino caminando entre las sombras, invitando a los vivos a sumarse al rebaño de los olvidados.

A la salida, Lucien no regresó directamente a su celda. Decidió pasar la noche en la biblioteca, inmerso en las crónicas viejas, buscando entre palabras lo que el ángel había sugerido: “alguien más vendrá”. Y así, al filo del alba, dio con una carta olvidada: un noble local, el conde Thierry de Valaciennes, relataba haber soñado, noche tras noche, con un vitral que lo llamaba por su nombre, en la abadía de Sainte-Anne. La última línea estaba escrita con desesperanza: “cuando Desdémona cambie de rostro, sabré qué hacer”.

El monje apenas tuvo tiempo de asimilarlo cuando golpearon a la puerta principal. Cuando el hermano portero fue a abrir, Lucien se adelantó. Allí, envolviéndose en la capa, estaba el propio conde Thierry, alto, de mejillas enfrentadas al picor del invierno y un rumor de fatalidad en los ojos.

—Os ruego asilo, frater —dijo, y su voz parecía arrastrar ecos de polvo—. Hay un portento que debo confrontar. Sabed que sólo aquí he de encontrar mi absolución.

En la mirada del noble había algo de locura y algo de lucidez absoluta, ese filo cortante que hace prever el desastre cuando aún no ha caído sobre la frente. Lucien llevó al conde a la biblioteca y le mostró la carta.

—Así pues, es cierto —dijo el noble—. He soñado con una puerta tras la cual aguardan seres que buscan juicio, o libertad. Me han dicho que habrá de abrirse, y que… —dudó un momento, como si le costase pronunciar lo siguiente— …seré yo el ejecutor.

Lucien, lleno de aprensión, relató su propia visión nocturna y la advertencia del ángel. Thierry escuchó en silencio, y cuando terminaron los maitines, ambos descendieron juntos a la criptas, candelabros en mano.

Ante el Vitrarium, la superficie era más inquieta que nunca. Los ángeles de sombra se arremolinaban tras ella, pulsando contra el cristal como insectos atraídos por una lámpara. Uno, el más antiguo (porque en su rostro Lucien reconoció la erosión de las eras), los saludó con una reverencia penumbrosa.

“Se ha convocado a los dos portadores —anunció, de nuevo sin voz—. Uno es el guardián; el otro, el ejecutor. Todo umbral precisa dos voluntades: una para preservar, y otra para transformar.”

Lucien volvió la mirada a Thierry.

—No podemos abrir —suplicó, sintiendo el peso del invierno en los huesos—. Lo que hay tras la puerta…

Thierry, preso de una resolución terrible, se aproximó. Colocó la mano sobre el cristal, y este le devolvió un reflejo no de sí mismo, sino de una versión más joven, casi infantil, con los ojos encendidos de esperanza.

—Los he oído en sueños —murmuró—. No quieren venganza, ni quieren tomada la carne. Ansían el juicio; el fin de su destierro. Sólo un corazón desprendido puede concedérselo.

El ángel replicó: “Lo que una vez fue ligado aquí, lo fue por temor. Pero no todos los ángeles de sombra son portadores de ruina. Algunos son custodios de promesas no cumplidas.”

Lucien sintió derrumbarse algo dentro de sí. Todo su aprendizaje, sus penitencias, ¿eran acaso un error? ¿No era el papel del hombre discernir entre la luz y la tiniebla, y sólo entonces actuar?

—¿Y si abrimos las puertas y no hay juicio sino ira? —inquirió.

El ángel extendió su ala: “No existe juicio sin riesgo. Pero no existe redención sin acto.”

Thierry ladeó la mano, aún apoyada en el cristal. La superficie vibró, y allá donde su palma se posaba, las líneas parecían negruzcas, como regueros de tinta. Lucien, impulsado no tanto por valentía como por desesperación ante la posibilidad de haberse equivocado toda la vida, puso la llave en el cerrojo de hierro y giró.

La bóveda del Vitrarium gimió, una queja prolongada y quebradiza, y el cristal pareció hundirse hacia adentro, expandiéndose sobre las losas tapizadas de polvo y cera. Un viento helado, cargado de memorias, llenó el recinto. Más allá, flotando como hojas en un río de silencio, emergieron los ángeles. Caminaron —o volaron, porque no había forma de definir sus movimientos— hasta el umbral, y los dos hombres, apenas capaces de contener el terror, vieron cómo los ángeles se postraban, como haría una cohorte de condenados ante el trono del Altísimo.

El ángel más antiguo habló de nuevo: “No pedimos el mundo, ni la carne, ni la sangre ajena. Pedimos juicio. ¿Nos absolveréis, o perpetuaréis nuestro encierro?”

Thierry, en un susurro, puso voz a juicios aprendidos de la tierra:

—¿Por qué os selló aquí el hombre antiguo?

El ángel respondió: “Porque conocimos su miedo. Le ofrecimos un espejo que mostraba más de lo que podía soportar. Por eso nos temió.”

Lucien, sintiendo cómo su alma latía con fuerza, dio el veredicto: “No seréis absueltos aún, pero se os otorgará tiempo; podréis caminar entre nosotros hasta la próxima luna nueva. Si en ese lapso no provocáis daño, la puerta no será sellada de nuevo.”

El cristal vibró, casi alegremente, y las figuras de sombra adquirieron mayor densidad, haciéndose más nítidas pero también, curiosamente, más humanas. Los ojos en las palmas se cerraron uno a uno.

Durante los siguientes días, los ángeles de sombra merodearon por el monasterio y los alrededores. Se los veía conversar en voz baja con los desesperados, guiar a los moribundos suavemente hacia el final, consolar a los solitarios. Nadie, salvo Lucien y Thierry, supo quiénes eran en verdad, pero se rumoreó sobre seres vestidos de niebla que traían serenidad a quienes ya no hallaban esperanza.

Al concluir el mes, los ángeles volvieron a la bóveda. Los dos hombres aguardaban su regreso. Uno tras otro, los ángeles cruzaron la puerta de cristal que ahora se abría con mansedumbre. El último, el más antiguo, se volvió hacia Lucien y Thierry.

—Habéis cumplido con justicia. Se recordará, en el lugar donde no existen los nombres, que dos hombres de carne y fe supieron elegir el riesgo y no la certidumbre de la tumba. La puerta, hermanos, ya no es prisión, sino tránsito. Volveremos cuando el hombre olvide cómo mirar a través del cristal.

Así, en los anales incompletos de Sainte-Anne-des-Bois, sobrevivió apenas un apunte marginal: “La noche en que el vitral soñó con alas, y dos hombres dieron fe a la sombra”. Lucien nunca supo si hizo bien, pero cada amanecer, al mirar el cristal, veía en él algo nuevo: la promesa de que ni la oscuridad ni la luz bastan por sí solas, y que todas las puertas piden, de vez en cuando, un guardián dispuesto a juzgar más allá del miedo.

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