Portada del relato La Red del Ocaso
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Fragmento:


Hubo un momento, había asegurado el sabio (y no demasiado sobrio) Abu Sef, en que los dioses caminaban por las calles dignas de AnkhmorPest, y nadie podía distinguir su olor del de los mortales, salvo por sus patillas: las patillas pulcras son siempre signo de intromisión divina, decía Sef, insistiendo en toquetear las suyas propias hasta dejarlas tan retorcidas como el destino. Una vez, bajando por la callejón de las Vestiduras Respetables, Abu Sef había tropezado con un dios tan reciente que aún no tenía adoradores, y tuvo que improvisar una reverencia que no comprometiese su reputación de escéptico, pero tampoco le arriesgara a terminar convertido en un ornitorrinco. Era esa clase de ciudad.

Duración: 11:04

La Red del Ocaso
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Texto de ajuste de pausa.

Hubo un momento, había asegurado el sabio (y no demasiado sobrio) Abu Sef, en que los dioses caminaban por las calles dignas de AnkhmorPest, y nadie podía distinguir su olor del de los mortales, salvo por sus patillas: las patillas pulcras son siempre signo de intromisión divina, decía Sef, insistiendo en toquetear las suyas propias hasta dejarlas tan retorcidas como el destino. Una vez, bajando por la callejón de las Vestiduras Respetables, Abu Sef había tropezado con un dios tan reciente que aún no tenía adoradores, y tuvo que improvisar una reverencia que no comprometiese su reputación de escéptico, pero tampoco le arriesgara a terminar convertido en un ornitorrinco. Era esa clase de ciudad.

No importaba cuán profundas fueran las dudas de los filósofos ni cuán grueso el polvo sobre los legajos: la historia sucedía en presencia de testigos, y la memoria, era bien sabido, conocía infinidad de vericuetos y lugares oscuros donde esconder a los hechos. En AnkhmorPest, sin embargo, las historias rara vez se limitaban a la memoria. Tenían la lamentable tendencia a levantar la cabeza, decir “¿y si?” y lanzarse a bailar zumba por las arterias de la ciudad.

Este relato, sin embargo, no trata de uno de esos bailes. O, bueno, sólo tangencialmente. Habla de un hombre —o tal vez un fantasma— llamado Orsinius Wilber, escribano y falsificador de documentos históricos con más talento para el pergamino que para la posteridad. Orsinius había dedicado su vida a copiar, enmendar y, muy discretamente, mejorar las historias y relatos que recorrían la ciudad. En su opinión, el pasado tenía el mal gusto de ser francamente aburrido, y él le estaba haciendo un favor a la posteridad al reservarle un ayer inmejorablemente emocionante.

Como todo buen falsificador, Orsinius era acucioso en los detalles y tenía una aversión visceral hacia los testigos presenciales. El pasado debía quedarse en el pasado, donde podía ser podado y podado sin protestas. Su despacho, una buhardilla en la Calle de las Citas Apócrifas, olía a humo de lámpara, cera de oreja y una pizca de miedo húmedo. Aquella noche, el ámbito de Orsinius estaba especialmente impregnado por el chillido de su querida pluma de ganso, cuya punta era tan afilada como su conciencia era roma.

Fue entonces cuando, de entre la bruma espesa del Ocaso y el murmullo de ratas, emergió Lysandra la Erudita, sobrina nieta del legendario archivista Heralphus, flanqueada por un conjunto heterogéneo de libros y portando en la mano un legajo atado con cinta roja.

“Wilber”, dijo Lysandra, con esa voz que hacen las maestras cuando preguntan si te lavaste las manos, sabiendo perfectamente la respuesta.

Orsinius levantó la vista, manifestando la expresión de un perro apaleado a punto de reivindicarse sin culpa.

“Señora Lysandra”, balbuceó, “mi pluma y mi tintero son suyos… con ciertas reservas de copyright, desde luego”.

Ella dejó caer el legajo sobre el escritorio. Las hojas, atadas pero ansiosas, exhalaron un suspiro que no era exactamente humano. O quizás sí.

“He estado reconstruyendo la genealogía de los Varólides”, dijo Lysandra, “y, para mi sorpresa, he encontrado contradicciones. Siete guerras en vez de ocho. Tres matrimonios, cuando todo el mundo sabe que fueron dos y media. Además de una serie de inaceptables heroísmos atribuidos a una mula”.

Orsinius aspiró con cuidado, sosteniendo el aliento como si se tratara de un recurso no renovable.

“Quizá —propuso con timidez— los documentos han sufrido los estragos del paso del tiempo. El moho. El fuego. Alguna especie de hongo literario…”

Lysandra lo miró por encima de las gafas. No existe defensa contra una estudiosa mirándote por encima de las gafas, salvo el inmenso poder de hacerse el muerto, y eso no servía, pues ella era experta en necrología.

“Los documentos —replicó, feroz— tienen tinta fresca y papel de hace tres días, Orsinius. Y, lo que es aún más grave, presentan una caligrafía difícilmente distinguible de la de su propia mano. Como aquél decreto según el cual los Varólides legalizaron la venta libre de cerveza de mantequilla. Inventa usted pasado, Orsinius”.

El falsificador se revolvió y comenzó a replicar, cuando la lámpara titiló extrañamente. Hubo un súbito soplido de aire frío cerca de su oreja —algo que a nadie sorprende en AnkhmorPest, donde a las corrientes de aire no les gusta pagar alquiler y acostumbran a colarse en cualquier lado— y las sombras en el rincón del despacho comenzaron a jactarse de adquirir forma. En las ciudades antiguas, los lugares olvidados tienen memoria. AnkhmorPest tenía más memoria de la que alguien desearía.

La sombra se condensó en la figura de un hombre vestido con la armadura ceremonial de los Primeros Registros, portando una pluma gigantesca a modo de lanza. Sus ojos, completamente blancos, erraban por la estancia con nostalgia escolar.

“Se invoca,” gruñó la sombra, “al Custodio del Legajo”. Su voz, envuelta en la pátina de tres mil años de olvido, pareció deslizarse sobre las tablas podridas y susurrar “quizá deberías ventilar”.

Orsinius se encogió en la silla, mientras Lysandra —en la clásica costumbre de los eruditos— sacó un pequeño libro para tomar notas del suceso.

El Custodio se inclinó hasta quedar a la altura de la mesa y extendió su pluma hacia Orsinius.

“Estás acusado”, dijo solemnemente, “de reescribir el pasado. De adulterar la memoria. De insertar paréntesis donde sólo había puntos finales. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?”

Orsinius era especialista en encontrar excusas, y la situación no era diferente. De hecho, podría haber improvisado todo un alegato si no hubiese estado tan ocupado sudando frío.

“Señor Custodio”, tartamudeó, “todo lo hice por… la legibilidad. ¡Nadie quiere leer sobre tres horas de registros de pasto y tributos, ni sobre cómo Heráclitus el Exiguo amedrentaba cabras! El pasado necesita chispa, señor; las gestas heroicas necesitan sangre, sudor y una frase célebre antes de la batalla. Sentí que era mi deber, por el bien del futuro”.

El Custodio hizo girar lentamente la pluma sobre sus dedos intangibles, en un gesto que no prometía nada bueno.

“El pasado”, sentenció, “es lo que permite que el presente se sujete a algo más que un delirio colectivo. Sin el rigor de lo sucedido, el ahora sería sólo un zumbido sin forma. Si cada vez que fracasa la memoria, un escriba inventa lo que falta, ¿cómo aprenderemos de los errores? ¿Cómo reconoceremos milagros si todos los días alguien ‘mejora’ la realidad?”

Lysandra intervino, con voz taimada: “Pero… si la mentira es conocida, se transforma en mito, y los mitos son, a veces, más sólidos que los hechos. ¿No es así?”

El Custodio vaciló, como hacen los espectros cuando se plantean si dejar que la lógica les gane la partida.

“El mito”, concedió, “es el excremento fértil de la verdad. Pero no tolera el engaño consciente. Las mentiras que se saben mentiras corrompen el alma de la ciudad”.

Orsinius, que había estado valorando la posibilidad de fingir desmayo (no perdiendo de vista que Lysandra tomaría notas de ello), alzó una mano:

“Pero… ¿y si la mentira trae esperanza? ¿Y si los Varólides no legalizaron la cerveza de mantequilla, pero su pueblo fue más feliz creyendo que sí?”

“¿Quién eres tú para decidir qué versión debe prevalecer?”, replicó el Custodio, y chasqueó los dedos espectrales. Al hacerlo, una ráfaga de polvo —símbolo universal de todo lo que se olvida y después regresa— cubrió los libros y legajos.

“Someteremos a juicio la memoria de la ciudad. Dejas que el pasado hable por sí mismo”.

Un soplo helado y Lysandra, Orsinius y el Custodio se hallaron, de pronto, en la plaza Mayor alrededor del monolito de las Cosas Que Nadie Recuerda Pero Que Nadie Se Atreve a Demoler.

Miles de caras emergieron de la piedra, susurrando fragmentos de hechos perdidos.

“Proclamad vuestros argumentos”, ordenó el Custodio.

Lysandra se aventuró primero, invocando las virtudes del mito, la necesidad de esperanza, la noble capacidad humana de embellecer el ayer. Era una experta en citas selectivas. Orsinius, algo menos inspirado, apeló a la estética de la historia, a lo insoportable de los detalles administrativos y la belleza de las grandes gestas.

Pero del silencio del monolito surgieron, una tras otra, las voces ásperas de los que conocieron la verdad en primera persona, los desposeídos, los olvidados, los que una vez fueron “nadie” antes de ser “nada”. Relataron, entremezcladas, historias que Orsinius nunca habría tenido el coraje de inventar: la heroica resistencia a la ocupación pestilente, los amores prohibidos entre carniceros y poetas, el motín en la salina provocado por una pizca de luna llena en la sopa. Historias llenas de sangre y cabras, sí, pero también de silencios que nadie podía inventar.

Los dioses, que asomaban la cabeza por entre las cornisas para curiosear cómo les representaban, se turnaban para limpiar sus patillas y cuchichear: “¿Eso sucedió de veras?” “¿Recuerdas aquel año en que permitimos la exportación de murciélagos alados?” “No fui yo, fue mi primo”.

Al final, la plaza se disolvió como sueño de arquitecto sobrio, y los tres retornaron al despacho.

El Custodio, ahora menos amenazante, consultó su propia memoria.

“Hay sitios —dijo despacio— donde sólo subsiste la memoria. Y sitios, como éste, donde la realidad y la ficción bailan sin saber quién es quién. Hay lugar para la esperanza, para el mito y hasta para tus heroicas mulas, Orsinius. Pero no hay lugar para el olvido intencionado. Tienes que registrar la verdad y, si después quieres, escribir también el rumor, el poema y el brindis falso, pero sin pretender que uno es otro”.

El falso escriba bajó la cabeza, asumiendo un castigo privado: exiliar en cada documento falso la breve nota “Esto no ocurrió, pero debería haber ocurrido”. Decidieron inscribir esta cláusula en todos sus manuscritos futuros.

Lysandra, satisfecha solo como lo están quienes han derrotado a la mentira con la verdad y no al revés, recogió sus legajos y se retiró al archivo, sabiendo que ahora la ciudad tendría historias verdaderas… y algunas absolutamente imprescindibles mentiras, declaradas con alegría. Orsinius perfeccionó el arte de la nota al pie y la postdata.

Y la ciudad, ese extraño cruce donde la historia y la mitología discutían cada tarde en la taberna, continuó creciendo. Porque el pasado, después de todo, es eso que los vivos necesitan para justificar sus costumbres, y el futuro, eso que todos están demasiado ocupados inventando.

De vez en cuando, por la Calle de las Citas Apócrifas, una sombra con patillas pulcrísimas se asoma al despacho entreabierto de Orsinius, sonríe y susurra: “Recuerda, muchacho, sólo la realidad necesita ser escrita con buena letra”.

Y quizá, solo quizá, en AnkhmorPest hay una mula que una vez fue heroína. O no. Pero debería haberlo sido.

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